| Blancanieve y Rojaflor[Cuento folclórico. Texto completo.]Anónimo | |
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miércoles, 19 de noviembre de 2014
Blancanieve y Rojaflor.
martes, 18 de noviembre de 2014
No hay camino al paraíso.
| No hay camino al paraíso[Cuento. Texto completo.]Charles Bukowski | |
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lunes, 17 de noviembre de 2014
Casa tomada.
| Casa tomada[Cuento. Texto completo.]Julio Cortázar | |
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viernes, 14 de noviembre de 2014
PURPURA COMO UN IRIS.
PURPURA COMO UN IRIS
En un lado del pabellón decía A-1, A-2, A-3, etc., y allí estaban los hombres. En el otro decía B-1, B-2, B-3, y allí tenían a las mujeres. Pero luego decidieron que sería buena terapia dejarles mezclarse de vez en cuando, y era muy buena terapia: jodíamos en los retretes, en el jardín, detrás del granero, en cualquier sitio.
Muchas de las que estaban allí se fingían locas por que los maridos las habían cazado dándole al asunto con otros, pero todo era cuento, pedían ellas mismas que las ingresaran y así los maridos se compadecían, y luego salían y volvían a las andadas. Luego volvían a entrar, salían, etc. Pero mientras estaban allí dentro, tenían que hacerlo, y nosotros hacíamos todo lo posible por ayudarlas, y, por supuesto, el personal estaba muy ocupado: los médicos jodiendo con las enfermeras y los ayudantes jodiendose entre sí, por eso apenas se enteraban de lo que hacíamos nosotros. Y eso estaba muy bien.
He visto más locos fuera (mira donde quieras: almacenes, fabricas, oficinas de correos, tiendas de animales, partidos de béisbol, oficinas políticas) que dentro. A veces me preguntaba por qué estarían allí. Había un tipo absolutamente equilibrado. Podías hablar con él sin problemas, se llamaba Bobby, parecía normal del todo. De hecho, parecía muchísimo mas normal que la mayoría de los comecocos que intentaban curarnos. No podías hablar con un comecocos sin sentirte loco tú mismo. La razón de que la mayoría de los comecocos se hagan comecocos es que están preocupados por su propio coco.
Y examinar la propia mente es lo peor que puede hacer un loco, y todas las teorías que digan lo contrario son pura mierda. De vez en cuando, algún loco preguntaba algo así:
-Oye, ¿dónde está el doctor Malov? No ha aparecido hoy.
¿está de vacaciones, o el han trasladado?
-está de vacaciones -contestaba otro loco-, y el han trasladado.
-No lo entiendo.
-Cuchillo de carnicero. Muñecas y cuello. No dejó ni una nota.
-Era un tipo tan agradable.
-Sí, mierda, sí.
Esto es algo que yo no podía entender. Quiero decir lo de que funcionase radio Macuto en lugares como aquel. Radio Macuto nunca se equivoca. Fabricas, grandes instituciones como aquella... corre el rumor de que ha pasado esto y aquello. Y más aún, con días, con semanas de antelación, oyes cosas que resultan ciertas. Al viejo Joe, que llevaba allí veinte años, le iban a soltar. O nos iban a soltar a todos o cualquier cosa así. Siempre era cierto.
Otra cosa de los comecocos, volviendo a ellos, era que yo nunca podía entender por qué tenían que seguir la vía dura teniendo a su disposición todas aquellas píldoras.
Bueno, en fin, volviendo al asunto, los casos más avanzados (quiero decir avanzados respecto a una aparente cura) tenían permiso para salir a las dos de la tarde los lunes y los jueves, y tenían que volver a las cinco y media porque sino perdían sus privilegios. La teoría era que así podríamos lentamente ajustarnos a la sociedad. Ya sabes, en vez de simplemente saltar del manicomio a la calle. Un vistazo podría hacerte volver en seguida, al ver a todos aquellos locos sueltos.
A mí me concedían mis privilegios de lunes y jueves, durante los cuales visitaba a un medico al que tenía enganchado y me cargaba de benzedrina, dexadrina, mezendrina, arcoirís, libriums y demás, gratis. Se lo vendía a los pacientes. Bobby las comía como caramelos, y Bobby tenía muchísimo dinero. En realidad, la mayoría lo tenía. Como dije, a veces me preguntaba por qué Bobby estaba allí. Era normal en casi todas las áreas de conducta, sólo tenía una cosita: de vez en cuando, se levantaba y se metía las manos en los bolsillos y alzaba mucho las perneras de los pantalones y andaba ocho o diez pasos soltando un torpe silbidillo. Una especie de melodía que tenía en la cabeza. No era musical. Era una especie de melodía, siempre la misma. Duraba sólo unos segundos. Eso era lo único que el pasaba a Bobby. Pero seguía haciéndolo entre veinte y treinta veces al día. Yo al verlo, al principio, creí que bromeaba y pensé, vaya, que tío más simpático y agradable. Luego, más tarde, te dabas cuenta de que tenía que hacerlo.
Vale. ¿Dónde estaba? Bien. A las chicas las dejaban salir a las dos de la tarde también, y entonces teníamos más posibilidades con ellas. Ponía muy caliente el andar jodiendo por aquellos retretes, pero teníamos que darnos prisa porque rondaban por allí los cazadores. Eran tipos con coche, que conocían el horario del hospital y llegaban en sus coches y nos birlaban a nuestras lindas y desvalidas damas.
Antes de meterme en el trafico de drogas, no tenía casi dinero y sí muchos problemas. Tuve una vez que trincarme a una de las mejores, Mary, en el water de señoras de una gasolinera. Fue bastante difícil para dar con la postura (cualquiera se tumba en el suelo de un meadero) y el asunto no iba bien de pie, era espantoso hasta que recordé un truco que aprendiera una vez. Cruzaba en tren Utah. Con una linda y joven india borracha de vino. El dije a Mary que pusiera una pierna encima del lavabo. Yo subí una pierna encima del lavabo también y entré. Funciono bien. Recuérdalo. Puede serte útil algún día. Puedes, incluso, soltar el agua caliente y que te bañe los huevos para añadir una sensación más. Pero el caso es que salió primero Mary del water de señoras y luego salí yo. Y me vio el de la gasolinera.
-Eh, amigo, ¿qué hacia usted en el water de señoras?
-¡Vaya hombre, vaya! -hice un delicado movimiento con la muñeca-. ¿Es que quieres ligarme? -y salí meneando el culo. No pareció poner duda de mi condición. Eso estuvo preocupándome muchísimo en unas dos semanas. Luego, lo olvidé...
creo que lo olvidé. En fin, de todos modos, la droga funcionaba bien. Bobby se lo tragaba todo. El vendí incluso un par de píldoras anticonceptivas. Se las trago también.
-Buen material, amigo. Consígueme más, ¿vale?
Pero el más raro de todos ellos era Pulon. Siempre estaba sentado en una silla junto a la ventana, sin moverse. Nunca iba al comedor. Nadie lo veía comer. Pasaban semanas. Y él seguía sentado allí, sentado en su silla. Pero se relacionaba realmente con los locos que eran casos perdidos: la gente que nunca hablaba con nadie, ni siquiera con los comecocos. Se plantaban allí y hablaban con Pulon. Hablaban, cabeceaban, reían, fumaban. Aparte de Pulon, también a mí se me daba muy bien el relacionarme con estos casos perdidos.
-¿Cómo hacéis para vencer su resistencia? -nos preguntaban los comecocos.
Entonces, ambos les mirábamos sin contestar.
Pero Pulon podía hablar con gente que llevaba veinte años sin hablar. Conseguía que contestaran a preguntas y que le contaran cosas. Pulon era muy raro. Era uno de esos hombres inteligentes capaces de morir sin soltar prenda... y quizás por eso seguía aquel camino. Sólo un zoquete tiene bolsas llenas de consejos y respuestas a todas las preguntas.
-Escucha, Pulon -dije-, tú nunca comes. Nunca te veo comer nada. ¿Cómo puedes mantenerte?
-Jijijijijiji. Jijijijijij.
Me presenté voluntario para trabajos especiales sólo por salir del pabellón, para andar por el hospital. Yo era un poco como Bobby, sólo que no me subía los pantalones y silbaba alguna desentonada versión de la Carmen de Bizet. Yo tenía aquel complejo de suicidio y los graves ataques depresivos y no podía soportar las muchedumbres y, sobre todo, no podía soportar estar en una larga cola esperando por algo. Y en eso es que se esta convirtiendo toda la sociedad. Largas colas y esperar por algo. Intenté suicidarme con gas y no resultó. Pero tenía otro problema. Mi problema era salir de la cama. Me fastidiaba salir de la cama, siempre. Solía decir a la gente:" los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: la primera te aísla y la segunda te ayuda a escapar". Me tomaban por loco. Juegos de niños, eso es todo lo que hace la gente, juegos de niños. Van del coño a la tumba sin que les roce siquiera el horror de la vida.
Sí, me fastidiaba levantarme de la cama por la mañana. Esto significaba empezar la vida de nuevo y después de estar en la cama toda la noche has creado un tipo de intimidad a la que es muy difícil renunciar. Yo siempre fui un solitario. Perdona, supongo que lo que me pasa es que estoy desquiciado, pero no me importaría que todos los habitantes del mundo su muriesen. Sí, sé que no es agradable. Pero yo me pondría tan contento como un caracol; después de todo fue la gente que me hizo desgraciado.
Todas las mañanas igual:
-Bukowski, ¡arriba!
-¿Quéeeeee?
-He dicho: ¡Bukowski arriba!
-¿Cómo?
-¡Nada de COMO! ¡Arriba! ¡Levántate de una vez!
-... arrr... tu puta hermana..
-Iré a avisar al doctor Blasingham.
-A la mierda el doctor Blasingham.
Y allí llegaba trotando Blasingham, furioso, algo alterado, en fin, por que estaba metiendole el dedo a una de las estudiantes de enfermera en su despacho, una que soñaba con casarse e ir de vacaciones a la Riviera francesa... con un viejo subnormal al que ni siquiera se el levantaba. Doctor Blasingham. Chupasangre de fondos del condado. Un farsante y un mierda. Yo no entendía como no el habían elegido aún presidente de Estados Unidos. Quizás no el hubiesen visto aún... estaba tan ocupado sobando y baboseando las bragas de la enfermera...
-Vamos, Bukowski, ¡ARRIBA!
-No hay nada que hacer. No hay absolutamente nada que hacer... ¿Es que no se da cuenta?
-Arriba. O perderá todos sus privilegios.
-Mierda. Eso es decir que perderás el condón cuando no hay nada que joder.
-De acuerdo, cabron... yo. El doctor Blasingham, voy a contar... veamos... uno... dos...
Me levanté de un salto.
-El hombre es la victima de un medio que se niega a comprender su alma.
-Tú perdiste el alma en el parvulario, Bukowski. Venga, lávate y prepárate para el desayuno...
Me dieron el trabajo de ordeñar las vacas, por ultimo, y tenía que levantarme antes que nadie. Pero era agradable tirarles de las tetas a las vacas aquellas. Y me puse de acuerdo con Mary para encontrarnos junto al granero aquella mañana. Toda aquella paja. Sería bárbaro, bárbaro. Yo estaba tirándole de las tetas al bicho cuando asomó Mary por un lado.
-Venga vamos, pitón.
Ella me llamaba "pitón". No tengo idea por qué. Quizás piense que soy Pulon, pensaba yo. Pero, ¿qué demonios saca un hombre de pensar? Sólo problemas. En fin, subimos al altillo del pajar, nos desvestimos; desnudos los dos como ovejas esquiladas, tiritando, aquella paja limpia y dura clavándose en la carne como alfileres de hielo. Demonios, era lo que se lee en las novelas antiguas, dios mío, estábamos allí...
Entré. Era magnifico. Ya empezaba a engranar cuando pareció como si todo el ejercito italiano hubiese irrumpido en el pajar:
-¡EH! ¡ALTO! ¡ALTO! ¡SUELTA A ESA MUJER!
-¡DESMONTA INMEDIATAMENTE!
-¡SACA TU PIJO DE AHÍ!
Una pandilla de auxiliares, magníficos chicos todos, homosexuales la mayoría, demonios
, yo no tenia nada contra ellos, pero... Vaya: suben la escalerilla...
-¡ESTATE QUIETO ANIMAL!
-¡SI TE CORRES TE CORTAMOS LOS HUEVOS!
Aceleré, pero era inútil. Eran cuatro. Me arrancaron de allí y me tiraron de espaldas.
-¡DIOS SANTO, MIRA ESE CHISME!
-¡PÚRPURA COMO UN IRIS Y LARGO COMO MEDIO BRAZO! ¡PALPITANTE, GIGANTESCO, FEO!
-¿DEBEMOS?
-Podríamos perder el trabajo.
-Pero quizás mereciera la pena.
En ese momento entro el doctor Blasingham. Eso lo resolvió todo.
-¿Qué pasa ahí arriba? -preguntó.
-Tenemos a este hombre bajo nuestro control, doctor.
-¿Y la mujer?
-¿La mujer?
-Sí, la mujer.
-Oh... ella está más loca que el diablo.
-De acuerdo, que se pongan la ropa y que vengan a mi despacho. Por separado. ¡Primero la mujer!
Me hicieron esperar allí fuera, a la puerta del despacho particular de Blasingham. Allí estuve sentado entre dos auxiliares en aquel duro banco, pasando un ejemplar del Atlantic Monthly a otro del Reader's Digest. Una tortura. Como estar muriéndose de sed en el desierto y que te preguntes que prefieres: chupar una esponja seca o que te metan nueve o diez granos de arena garganta abajo...
Supongo que Mary recibió una buen reprimenda del doctor. Luego, sacaron a Mary y me metieron a mí. Blasingham parecía tomarse en serio el asunto. Me dijo que llevaba varios días vigilándome con unos prismáticos. Que sospechaba de mí desde hacia semanas. Dos embarazos sin aclarar. El dije que privar a un hombre de relaciones sexuales no era el medio mas saludable de ayudarle a recobrar el juicio. El proclamó que la energía sexual podía transferirse columna vertebral arriba y reciclarse para otros usos más gratificantes. El dije que creía que podía ser así, si fuese voluntario pero que siendo a la fuerza, a la columna vertebral podía muy bien no apetecerle transferir energía para otros usos mas gratificantes. En fin, en resumen, perdí mis privilegios por dos semanas. Pero antes de diñarla, espero echar un polvo en aquella paja. ¡Fastidiarme en plan como aquel! Me deben uno, por lo menos.
Charles Bukowski
jueves, 13 de noviembre de 2014
Clase.
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Clase
[Cuento. Texto completo.]
Charles Bukowski
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miércoles, 12 de noviembre de 2014
SE BUSCA UNA MUJER.
SE BUSCA UNA MUJER
CHARLES BUKOWSKI
Edna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio. En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:
SE BUSCA UNA MUJER.
Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la
parte mecanografiada:
«Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años. Me gusta la televisión y los films. La buena comida. Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado. Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas.
Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante, con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera...
Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida. Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando como se fríe el pan, en calzoncillos. Luego cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver
bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.
Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de nuevo toda la parte mecanografiada. «Films». Era un término muy culto. La gente decía «películas» normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.
Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. «¿Hola?» Contestó él.
—¿Señor Lighthill?
—¿Sí?
—Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche...
—Ah, sí.
—Me llamo Edna.
—¿Cómo estás, Edna?
—Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.
—Sí, hace la vida difícil.
—Bueno, señor Lighthill...
—Llámame Joe, a secas.
—Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?
—Viste mi anuncio.
—Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes conseguir una mujer?
—Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?
—¿Las mujeres?
—Sí.
—Oh, pues en todas partes, ya sabes.
—¿Dónde? Dime. ¿Dónde?
—Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.
—No me gusta la iglesia.
—Oh.
—Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?
—¿Quieres decir allí, a tu casa?
—Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar. Sin compromiso.
—Es tarde.
—No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar interesada.
—Bueno, es que...
—Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.
—No, yo no tengo miedo.
—Entonces vente, Edna.
—Bueno, es que...
—Vamos.
—Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.
Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17. La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.
—Entra, Edna...
Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.
—Siéntate. Te serviré algo de beber.
Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba las bebidas... Parecía relajado y eso la tranquilizó.
El señor Lighthill —Joe— salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.
—Sí —dijo él—, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?
—Sí, ya lo noté. Está muy bien.
—Bebe algo.
—Oh, sí.
Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.
—Llevas un vestido muy bonito, Edna.
—¿Te gusta?
—Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.
Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.
¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera...
Edna terminó su bebida.
—Deja que te sirva otro —dijo Joe.
—No. Me tengo que ir ya.
—Oh, vamos —dijo él—; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.
—Está bien, pero después de éste me voy.
Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación. La bebida era ahora más fuerte.
—Sabes —dijo—, soy bastante bueno en el sexo.
Edna bebió su vaso y no contestó nada.
—¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? —preguntó Joe.
—Nunca lo he hecho.
—Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.
—¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos —dijo Edna.
—Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.
—Tal vez no sea muy buena para estas cosas —dijo Edna—. Tal vez es por eso que estoy sola. —Se tomó un buen trago del vaso.
—Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos —dijo Joe.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor, o ambos, llega un día en que todo se acaba.
—Eso es triste —dijo Edna.
—Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.
—¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?
—No, ella se divorció de mí.
—Y qué es lo que fue mal?
—Las orgías sexuales.
—¿Las orgías sexuales?
—Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas orgías... Me sentía desesperado... Esas pollas deslizándose dentro y fuera... Perdóname...
—No pasa nada.
—Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando, y sudando, y una ciega determinación a hacerlo... como sea.
—No sé mucho acerca de esas cosas, Joe —dijo Edna.
—Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.
—¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?
—Eso ayuda bastante.
—¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?
—Las orgías no arreglarán nada.
—¿Y entonces qué?
—Bueno, no sé. Tal vez el swap.
—¿El swap?
—Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto
borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real. Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.
—¿Y funciona bien?
—Bueno, no sé... Los swaps pueden traer problemas... a la larga. Tiene que estar todo muy hablado... bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado...
—¿Tú sabes bastante, Joe?
—Bueno, estos swaps... Creo que pueden ser buenos para algunos... Tal vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.
Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.
—Escucha, Joe, me tengo que ir...
Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real. Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.
SE BUSCA UNA MUJER.
—¡Déjame, Joe! ¡Estás yendo muy de prisa, Joe! ¡Deja que me vaya!
—¿Por qué viniste aquí, zorra?
La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. El se llevó las manos a las partes y cayó al suelo.
—Dios, Dios... ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar... ¡Auuggh!
Rodó por el suelo gimiendo.
Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.
Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo. Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.
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