viernes, 9 de enero de 2015

La cadena del ancla.

La cadena del ancla[Cuento. Texto completo.]Roberto Arlt
Cuando a fines del año 1935 visité Marruecos el tema general de las conversaciones giraba en torno a las actividades de los espías de las potencias extranjeras. Tánger se había convertido en una especie de cuartel general de los diversos Servicios Secretos. En Algeciras comenzaba ya esa atmósfera de turbia vigilancia y contravigilancia que se extiende por toda África costera al Mediterráneo.Entre las verídicas historias y aventuras de espías que me fueron narradas, ésta que se titula "La cadena del ancla" es la que conceptúo la más terrible.
Estaba una noche sentado en la mesa de un café de ese patio de calle que se llama el Zoco Chico de Tánger, en compañía de un hombre uniformado con el modestísimo traje azul de agente de hotel. Este hombrecillo, de ojos repletos de malicia, miraba pasar los burros de los indígenas entre las mesas, al tiempo que me decía caritativamente:
-En África no hable nunca de política. Desconfíe siempre y de todo el mundo.
Por seguir su consejo, empecé a desconfiar de él.
Hacía el servicio de corredor de hotel entre dos importantes establecimientos de Algeciras y Tánger. Es decir un pie en España y otro en África. Su verdadero oficio era de policía. Lo que ignoro es a qué policía servía, si a la inglesa, a la francesa, a la española o a la italiana. Él era muy amigo de otro hombre que atendía el surtidor de nafta, estratégicamente ubicado a la salida del camino que conduce de Tánger a Tetuán.
El hombre del surtidor de nafta era un ciudadano de cara sonrosada, ojos celestes y sonrisa estúpida, que hablaba en francés, inglés y... árabe.
De este ciudadano modesto, que con el conocimiento de tres idiomas se consagraba al cuidado de un surtidor de nafta, me dijo un día Sergia Leucovich:
-Fíjese usted. Ese hombre en el sitio que trabaja controla la filiación de todo el pasaje que va de Tánger a Melilla a Ceuta o Tetuán.
El hombre del surtidor de nafta pertenecía al Intelligence Service.
Estaba, como comencé narrando, una noche bajo los focos voltaicos del Zoco Chico con el corredor de HOTELES, que no se quitaba jamás su uniforme azul y gorra de inmensa visera de hule, cuando acertó a pasar, guiado por un lazarillo, un europeo gigantesco, andrajoso ciego tan melenudo como un indígena del Borch, la barba en collar y los pies calzados con unas pantuflas de piel de cabra. Extendió la mano y todos dejaron caer en su platillo algunas monedas. Cuando el mendigo se hubo alejado, el corredor de hoteles me dijo:
-Ha visto bien a ese hombre, ¿no?
-Demasiado.
-¿Y qué cree usted que es él ?
-¡Hombre, no lo sé!
-Pues ese ciego es un oficial de marina.
-¡Oficial de marina... y mendigando!
-¿Le interesaría conocer esa historia?
-Sí.
El corredor de hoteles se respaldó en la silla, le pidió un té verde al camarero y comenzó su relato:
-PARA Leonesa, acusada del asesinato de un oficial de marina británico, hubiera sido preferible que jamás una coincidencia la librara de la horca, que la esperaba en Inglaterra. Ella había matado para salvarse; posiblemente lo que le interesaba a la policía británica no era castigar a la asesina de un súbdito de Su Majestad, pero el lntelligence Service también necesitaba interrogarla.
"En cierto modo, el responsable de todo lo que ocurrió fue el fotógrafo judío Ismael Abraham, agente confidencial del caudillo musulmán nacionalista Yama Mohamed, nieto del gran Raisuli.
"La cosa ocurrió así. "Ismael Abraham entró a la oficina de la policía marítima del puerto de Ceuta. Tenía que visar su pasaporte, pues esa noche se embarcaba para Málaga, donde diligenciaría diversos asuntos. Ismael entró al despacho de policía e hizo estos gestos:
"Echó la mano al bolsillo interior de su saco y extrajo una libreta negra. Dentro de la libreta negra estaba su pasaporte. Dejó la libreta negra sobre la mesa y le entregó el pasaporte al oficial.
Éste conocía al fotógrafo y conversaron de algunas bagatelas. El oficial SELLÓ el pasaporte de Abraham y el fotógrafo se echó al bolsillo el pasaporte y la libreta. Luego salió, echando a caminar por los muelles en dirección hacia la compañía de navegación.
"Sin embargo, a mitad del tránsito tuvo una sensación extraña. Su bolsillo estaba excesivamente abultado. Posiblemente había puesto la libreta entre los FORROS y no en el bolsillo, y estaba por caerse. Llevó la mano al bolsillo y experimentó una sorpresa extraordinaria. En su bolsillo había dos libretas en vez de una: la suya y otra, otra de canto rojizo.
"Inadvertidamente se había llevado una libreta que estaba sobre la mesa de la oficina marítima. Abrió la libreta y encontró varios telegramas. Uno decía: "Vigílese escrupulosamente al ciudadano Italo Lonbesti. Usa armas". Otro: "Deténgase a Leonesa Solesvi, acusada de asesinato de un oficial de la marina británica. Lleva en su poder una máquina PARA cifrar telegramas en clave".
"Lo de la máquina para cifrar telegramas en clave fue una sorpresa para el agente de Yama Mahomed, pues ignoraba la existencia de tales aparatos.
"Luego otro telegrama: "Leonesa Bolesvi se encuentra en Tánger o Tetuán, pero se sabe que tiene que pasar a Ceuta. Vigílese la casa de Antón López y la de Efraín el Negro en la Cuestecilla del Monte".
"Cuando el fotógrafo Abraham terminó de leer estos telegramas, se había olvidado en absoluto de lo que conversara con el oficial del puesto. Bendijo a Jehová.
"La casualidad, la más extraordinaria de las casualidades le había puesto en coyuntura de SERVIRLO a Yama Mahomed. El informe le valdría una buena bolsa de duros assanis, porque Leonesa estaba refugiada en la casa del nieto de Raisuli. Lo que posiblemente ignoraba la embajada inglesa era que Leonesa pensaba dirigirse a El Cairo.
"Era necesario ponerse en comunicación con Yama Mahomed, pero él no podía utilizar el telégrafo. El teléfono de su casa también debía estar bajo el control de la policía; el único recurso era escribir, pero recientemente, por un empleado indígena, había sabido que en el correo central había un puesto de policía donde se abrían las CARTAS de todos aquellos individuos conceptuados como sospechosos de espionaje, o actividades políticas. Las cartas eran fotografiadas y luego se remitían al destinatario.
"Cuando el fotógrafo llegó al puesto de donde salían los autobuses de Ceuta para Tánger, hacía cinco minutos que había partido el último coche. Caviló un instante, pero luego se resolvió y contrató un automóvil para VOLVER a Tánger.
"A la una de la mañana, Abraham entraba al jardín de palmeras de Yama Mahomed. El nieto del Raisuli escuchó el relato del fotógrafo, y su mano izquierda, involuntariamente, comenzó a sobar su barba renegrida. El detalle de la máquina para cifrar telegramas en clave indicaba sobradamente que alguien que conocía muy de cerca a Leonesa la había delatado. Yama examinó el rostro del fotógrafo, y le dijo:
"-Espérame.
"Luego CRUZÓ el jardín de palmeras con paso tardo. Estaba caviloso.
"Yama abandonó las pantuflas a la entrada de su dormitorio y entró descalzo. Tendida en unos cojines, fumando y leyendo el "Morning Post", estaba Leonesa. Yama se sentó a su lado, sobre una estera, y le dijo:
"-Te han delatado, Lee. -Y le alcanzó los telegramas.
"Leonesa se cruzó de piernas al modo oriental; vista al soslayo de la lámpara ofrecía el perfil de un ave de rapiña con la cabeza recubierta de un ondulado casco de cabello rojo. Luego murmuró:
"-Es curioso. El único que sabía que yo llevaba una máquina de cifrar telegramas era el subsecretario de Relaciones Exteriores. Él y el ministro.
"-Pues, uno de los dos te ha delatado.
"-Debe ser el subsecretario.
"-Podría ser el ministro.
"-Es el subsecretario; pero escúchame, Yama. Tengo que pasar a El Cairo.
"-¡Irás a meterte en la misma boca del lobo!
"-¿Conoces alguien que pueda llevarme?
"-Por tierra es imposible. Te será fácil escapar a la policía inglesa, pero mejor irás por mar.
"-Si los ingleses me pillan, me ahorcan.
"Yama se restregó la barba y dijo:
"-Nunca debe matarse sino en caso de extrema necesidad. (Se refería al oficial asesinado por Leonesa.)
"-Precisamente, ése fue un caso de extrema necesidad.
"Yama encendió un cigarrillo, y con expresión soñolienta contempló las volutas. El único que podía SERVIRLE era René Vasonier. René Vasonier era PRIMERoficial de "La Nuit", un paquete de diez mil toneladas que hacía el servicio de cabotaje entre Tánger y El Cairo. René no lo conocía al nieto del Raisuli, pero el caudillo árabe conocía las actividades del primer oficial. Éste contrabandeaba haschich y se dedicaba a la trata de blancas como agente de Giácomo Nigro en toda la costa mediterránea.
"El capitán del buque no sospechaba estas actividades extrañas de su primer oficial. El contrabando de haschich o mujeres se efectuaba de esta manera:
"A medianoche, por el agujero de la cadena del ancla izquierda, se desprendía una escalerilla de cuerda y un hombre trepaba por la escalerilla, y en el escobén por donde salía la cadena del ancla arrojaba los paquetes de haschich. Las mujeres entraban por la borda y, semejantes a un torpedo, eran introducidas en el tubo por donde pasaba la cadena del ancla. El refugio era seguro; el capitán de "La Nuit", en el período de diez años que comandaba la nave, no había utilizado ni una sola vez el ancla izquierda de la nave. Ésta se había convertido en una superflua decoración del buque.
"Precisamente, "La Nuit" hacía dos días que había anclado en Tánger. Yama examinó a la espía y le dijo"
"-¿Te atreverías a viajar embutida en un tubo de ACERO?
"-¿Un tubo de ACERO?
"El nieto de Raisuli le explicó de lo que se trataba. Leonesa, atentísima, escuchaba.
"-¿Es seguro?
"-Todos los viajes el oficial lleva y trae. Unas veces es haschich y otras mujeres.
"-Perfectamente; háblalo a ese hombre.
"Y ésta es la razón por la cual al día siguiente René Vasonier acudió a la tienda del fotógrafo judío, se hizo fotografiar ostentosamente y luego escuchó una historia sobre Leonesa, de la cual no creyó una palabra. Pero el fotógrafo le entregó un paquete con cinco mil francos y dijo:
"-Yama Mahomed, el nieto de Raisuli, te recomienda esa mujer.
"René Vasonier comprendió que el destino de todos sus futuros negocios estaba entre las manos de aquel hombre, y entonces gravemente respondió:
"-Dile a tu señor Mahomed que toda la policía de Inglaterra no sería capaz de impedir que esa mujer entrara a El Cairo.
"El fotógrafo CONTINUÓ:
"-Vendrás esta tarde a buscar las fotografías, y entonces te diré lo que hay que hacer.
"La noche de ese mismo día, faltaba poco PARA amanecer, un bote se deslizó junto a "La Nuit"; una escalerilla de cuerda se desprendió de un costado oscuro de la popa, y Leonesa, envuelta en un impermeable con capuchón, subió al buque. El primer oficial en persona la esperaba. Bajaron unas escalerillas, se deslizaron a lo largo de recalentados corredores de chapas de hierro, y después de atravesar una galería de la sentina llegaron al tubo de la cadena del ancla.
"-Será sumamente molesto -dijo el oficial-, pero es el único lugar del buque que jamás revisará la policía.
"Leonesa le escuchaba grave.
"-A medianoche le traeré siempre los alimentos. Entre al tubo, no de cabeza, sino por los pies. ¿Quiere que le deje haschich para olvidarse del tiempo?
"-No.
"-Entre. Mañana zarparemos a primera hora.
"La Nuit" debía salir de Tánger a las siete de la mañana, pero a las cinco, inopinadamente, se presentó la policía francesa. Les acompañaban dos oficiales de policía inglesa y un empleado de la embajada. El buque fue revisado escrupulosamente, pero a nadie se le ocurrió mirar en el tubo del ancla.
"Cuando Yama Mahomed escuchó el informe de la revisión del buque, sonrió satisfecho. Leonesa se había salvado. Sería extraordinariamente útil a la causa del nacionalismo árabe. En El Cairo podría reorganizar el servicio de espionaje del movimiento, que había sido quebrado por numerosas detenciones.
"Leonesa entraba y salía de su redondo escondite negro como un topo de las galerías subterráneas. Durante el día le estaba absolutamente prohibido salir del tubo de ACERO; por la noche se deslizaba fuera de él, el cuerpo marcado por los eslabones de la cadena del ancla, los huesos adoloridos.
"Más de una vez había estado tentada a pedirle haschich al oficial, pero pensaba que una noche René Vasonier se presentaría diciéndole: -Hemos llegado. Salga. -Y entonces ella respiraría el aire puro de la noche, abandonaría para siempre esa sepultura de acero en cuyas tinieblas redondeadas reposaba como un cadáver.
"Cuando estaba tendida en el interior del tubo de la cadena del ancla no podía revolverse casi. Estaba separada de los eslabones por una pequeña franja de lona. Dormía o meditaba extendiendo sus planes en el futuro, dentro de todas las probabilidades que le ofrecía su existencia de espía.
"René Vasonier se había insinuado una vez para hacerle más agradable el viaje durante la noche, pero Leonesa escuchó sus palabras amables con indiferencia. El hombre le resultaba desagradable. René Vasonier no se atrevió a insistir. Tras ella estaba, tiesa y amenazadora, la figura de Yama Mahomed, el nieto de Raisuli. Leonesa le pidió cirrillos, whisky, y él se los trajo. A partir del cuarto día de viaje, Leonesa comenzó a embriagarse sistemáticamente. Solo así era posible vivir dentro del tubo de acero, cuya glacial vibración se comunicaba a todo su cuerpo como el resuello de un monstruo que estuviera digiriéndola en su estómago de tinieblas.
"A veces se detenían en puertos, donde el buque permanecía inmóvil un día o dos, luego partían; cuando anclaron en Malta, un cuerpo de policía revisó nuevamente la nave. Esta vez eran ingleses; ella les oía hablar desde lejos; entre los bultos de la estiba; después se fueron, sobrevino el silencio, y por la noche partieron.
"René Vasonier estaba satisfecho. La nueva relación con Yama Mahomed abría amplias perspectivas para su tráfico ilegal. El capitán de "La Nuit" era un imbécil; no se enteraría jamás de sus actividades. Yama Mahomed podía suministrarle un trabajo abundante; los intereses secretos que corría de El Cairo a Tánger, bajo la forma de informes, paquetes extraños, armas contrabandeadas y personas en constante fuga, aparición y desaparición, le aseguraban con su intervención cómplice un destino magnífico y sorprendente.
"Transcurrían los días; únicamente cuando entraron a Port Said, el capitán de "La Nuit", Piontevil, reparó que la mar estaba excesivamente picada. Vasonier también observó que los buques junto al murallón de la ciudad se meneaban constantemente.
"Piontevil, desde el puente de mando, miró a su oficial y exclamó:
"-íQue bajen las dos anclas!
"René dejó de vigilar la maniobra para volverse espantado:
"-¿Las dos anclas? Siempre trabajamos con una, capitán.
"-Esto está muy picado.
"René sintió que un sudor frío le bañaba el cuerpo con su viscosidad repugnante. ¿Las dos anclas? No era posible. ¿Y la mujer que iba metida en el tubo de acero? La aventura se transformaba en una tragedia. Balbuceó:
"-Hace como diez años que no funciona esa ancla, capitán.
"Piontevil no le escuchaba, mirando el mediodía de Port Said y sus confines de espuma agitada.
"En tanto el primer oficial se decía que descubrir a la fugitiva era perder su carrera, someterse a un proceso por soborno. Callarse era condenar a la muerte a la mujer. Pero su carrera...
"-¡Y esas anclas! -gritó Piontevil.
"Ya no había tiempo de avisar a la mujer. El capitán de "La Nuit", sin esperar a que su oficial diera la orden, gritó por el portavoz:
"-¡Las dos anclas! -Y entonces René le hizo una señal a los hombres de los cabrestantes de vapor. Rechinaron las palancas, una columnita de humo se escapó de los cilindros oxidados, comenzó a girar un tambor, y de pronto un grito agudísimo cruzó los aires sobre la superficie del mar; todos se miraron al rostro sin poder especificar de dónde partía aquel grito; luego estalló otro más agudo y cargado de horror, las cadenas rechinaban en los escobenes y ya no volvió a escucharse nada.
"Las anclas entraron en el agua agitada; de pronto, un pescador que rondaba la nave con su botecillo exclamó:
"-¡Una pierna sale por el escobén!...
"Todos los desocupados del puerto se precipitaron a mirar.
"Del ojo de acero, por donde se había deslizado la cadena, colgaba una pierna de mujer. Hilos de sangre se coagulaban en el acero del casco.
"Después de dos años de este suceso, René Vasonier no podía aún encontrar trabajo en ninguna compañía marítima.
"Un día en París se encontró con el fotógrafo Abraham, el mismo fotógrafo de Tánger. El fotógrafo no le preguntó ni una palabra por el destino de aquella desconocida que embarcara una noche en el puerto de Tánger. René pensó:
"-Se han olvidado.
"La muerte de Leonesa se borraba de su mente. Otro día volvió a encontrarse con un arquitecto italiano de Tánger. Le ofrecieron trabajo en las construcciones de cemento armado de la colonia italiana. Aceptó. Pasaban los meses; el drama había tenido menos repercusión de la que él supusiera. Una vez preguntó por Yama Mahomed y le dijeron que estaba lejos. La tragedia de Port Said era un mal negocio. Pero él se levantaría nuevamente. Una noche, dirigiéndose a Ceuta a poco de salir del Borch, su automóvil tropezó con un hombre tendido en la carretera. Se detuvo, abrió la portezuela; cuando puso el segundo pie en el suelo, un palo cayó sobre su cabeza; cuando despertó estaba amarrado de pies y manos; dos hombres cubiertos por el capuchón de la chilaba, con gruesas barbas hasta los pómulos, le miraban en silencio. Un tercero avivaba el fuego en un hornillo donde enrojecía lentamente una barra de hierro.
"Cuando la varilla alcanzó el rojo blanco, los dos hombres se precipitaron sobre él; con sus robustos dedos le abrieron los párpados, mientras el tercero aproximaba la punta de la barra de hierro al rojo blanco, primero a un ojo, después a otro.
"Se desmayó. Algunas horas después le encontraron unos turistas. Le desataron pero René Vasonier no pudo verles. Estaba ciego.

jueves, 8 de enero de 2015

El perfil.

El perfil[Cuento. Texto completo.]Baldomero Lillo
Una tarde, en casa de un amigo, conocí a la señorita Teresa, joven de dieciocho años, de figura simpática y atrayente. Parecía muy tímida, y la expresión de su moreno y agraciado rostro y de sus pardos y rasgados ojos, sombreados por largas pestañas, era grave y melancólica.A primera vista en su persona no se notaba nada extraordinario, pero después de algún tiempo, el más mediano observador podía advertir en ella algo extraño que llamaba poderosamente la atención. Sin que nada, al parecer, lo motivase, quedábase, de pronto, inmóvil y silenciosa, ensombrecido el rostro y la vaga mirada perdida en el vacío. Otras veces, un grito, un rumor cualquiera, la caída de un objeto en el suelo, bastaba para que, incorporándose bruscamente, mirase en torno con azoramiento, cual si un peligro desconocido le amenazase.
La impresión que estas raras actitudes dejaban en el ánimo del espectador, era que se estaba en presencia de alguien que había recibido una gran conmoción física o moral, cuyos efectos, perdurando todavía en su sistema nervioso, producían esas reacciones ya muy débiles y atenuadas por la acción sedante del tiempo.
Cuando comuniqué a mi amigo estas reflexiones me contestó:
-No te extrañe lo que has visto. Esta pobre niña recibió hace algunos meses un golpe terrible que perturbó su razón, la que ha ido recobrando poco a poco. Ahora está fuera de peligro. La causa que le produjo ese trastorno fue un crimen que se cometió el año pasado, y en el cual perdieron la vida los dueños de un pequeño negocio situado en las vecindades de S. Los asesinados, marido y mujer, eran los padres de esta muchacha, y ella escapó apenas de correr a misma suerte gracias a que pudo huir y ocultarse a tiempo
Tú que eres tan apasionado a las historias de bandidos, tienes aquí un caso interesantísimo, pero es indispensable que oigas el relato de boca de la misma protagonista, lo que me encargo conseguir de ella, pues ya no la impresiona como antes el recuerdo de ese suceso.
-Momentos después, la joven, accediendo a los ruegos de mi amigo, nos relataba en la siguiente forma su desgracia:
-...El modesto negocio que mis padres atendían y que les daba para vivir con cierta holgura, estaba situado en el cruce de dos caminos de gran tráfico y a cinco o seis cuadras de la población de S.
Ya una vez la casa había sido asaltada, contentándose los forajidos con robar y saquear, dejando al retirarse amarrados a los moradores. Yo, estaba entonces interna en un colegio de la ciudad, sólo vine a tener noticias del suceso un mes después,
Este acontecimiento obligó a mi padre a tomar algunas precauciones; hizo reforzar las puertas y ventanas y adquirió armas para defenderse. También procuró evitar que hubiese mucho dinero en casa. Apenas se reunía alguna suma, tomaba el tren e iba a depositarla a algún banco en la ciudad de F. De esta manera, ocultando el monto y giro de sus negocios, quería desvanecer la fama de hombre adinerado que la gente le atribuía.
Por fin, después de permanecer cuatro años en el colegio salí de él para acompañar y ayudar a mis padres en sus quehaceres y negocios. Nuestra vida era por demás sosegada y tranquila y no salíamos de casa sino los domingos, yo y mi madre, a oír misa en la Iglesia del pueblo. Rara vez recibíamos visitas, y cuando éstas llegaban eran casi siempre jóvenes de la localidad que, paseando a caballo por los alrededores, se detenían en nuestra casa para beber algún refresco. Uno de estos mozos pasó a ser un asiduo visitante. Se llamaba Luis, tenía veintitrés años y era PRIMO de un regidor de la municipalidad. Mis padres, gentes sencillas, lo recibían muy bien, conquistados por su carácter afable y sus modales comedidos e insinuantes.
Su actitud para conmigo era discreta y respetuosa y, halagada por sus afecciones, recibía sus homenajes con vanidosa complacencia. Sin embargo, y a pesar del placer que a su lado sentía, creo que sólo experimentaba por él una sincera amistad. Tal vez influía su físico en ese resultado, pues, aunque muy blanco y rubio, afeábale el rostro, que parecía dividir en dos, una gran nariz encorvada y prominente, En sus conversaciones era muy ameno, salpicándolas con anécdotas y graciosas ocurrencias que nos hacían reír de buena gana. Nos hablaba a veces, también, de sus amigos, tres mozos de más o menos su edad que eran sus compañeros inseparables. Mas, como estos jóvenes, pertenecientes a familias acomodadas del pueblo, tenían fama de calaveras incorregibles, mis padres no los veían con agrado y lamentaban que un joven tan cumplido como Luis cultivase esas peligrosas amistades.
Cuando venía a vernos, lo recibíamos en el comedor que era la pieza más confortable de la casa. Estaba comunicada con el almacén por una mampara de vidrios, y en la PARED opuesta abríase una ventana que daba al huerto. Mientras yo me ocupaba en tejer o bordar, él se sentaba en el alféizar de la ventana y, apoyando la espalda y la cabeza en el marco, iniciaba sus charlas en la forma ligera y agradable de siempre.
Un domingo, ya cerrada la noche, bajé a la cocina situada como a diez metros de la casa y frente a la pieza del comedor. Esa tarde, él nos había acompañado en la comida y, terminada ésta, había ido como de costumbre a sentarse en la ventana que permanecía abierta, pues la temperatura en esa época, a principios del verano, era muy suave y agradable. La luz de la lámpara, que colgaba del techo de la habitación, hacía destacarse en la blanca pared de la cocina el hueco iluminado de la ventana, recortándose en él, con gran relieve, la oscura silueta de nuestro amigo. Al verla, una idea súbita se apoderó de mí. Me aproximé a la muralla y con un pedazo de carbón y tracé el contorno de aquel perfil. En seguida, mostrándolo a su dueño, le dije, conteniendo apenas la risa:
-Luis, mire, ¿qué le parece el retrato que le acabo de hacer?
Él, después de examinar un instante aquella obra maestra, me CONTESTÓsonriente:
-Bonito, muy bonito, sólo la nariz le quedó un poquito larga.
-Pero, si la tiene así, presumido -exclamé lanzando una carcajada.
Un día, a mediados de octubre, mi padre nos comunicó su decisión de trasladarse a la ciudad, con el objeto de retirar del banco dos mil pesos que destinaba para cubrir el valor de un sitio que había comprado en el pueblo. Pensaba efectuar el viaje a la mañana siguiente, pues el vendedor acababa de avisarle que la respectiva escritura de compraventa estaba LISTA en la notaría, faltando sólo estampar las firmas para finiquitar el negocio.
Como lo había resuelto, el día señalado, después de recomendarnos el mayor sigilo sobre el motivo del viaje, mi padre partió hacia la estación para tomar el tren de las ocho de la mañana que debía conducirlo a la ciudad.
Esa misma tarde entre la una y las dos, llegó a casa nuestro amigo Luis y, mientras conversábamos en el comedor, ocupando él su sitio habitual en la ventana, me dijo de pronto:
-Divisé esta mañana a don Pedro en la estación, cuando tomaba el tren.
Hizo una pequeña pausa y agregó sonriendo:
-¿Quiere que adivine a lo que va?
Y sin darme tiempo para responder CONTINUÓ:
-A buscar la plata para pagar el sitio, ¿no es cierto? Pero no se admire que lo sepa, porque ayer estuve en la notaría y vi la escritura lista para la firma. Además mi amigo Teodoro, el escribiente, me dijo que don José Manuel le había mandado un recado a don Pedro comunicándole esta circunstancia.
-Es verdad lo que dice, le contesté, pero, por favor, no se lo cuente a nadie, porque no se imagina Ud. el miedo que pasamos cuando hay dinero en casa. En fin, como mi padre regresa hoy, esa cantidad estará aquí sólo esta noche, pues mañana IRÁ al pueblo a firmar la escritura y quedaremos libres de este compromiso.
-Comprendo -me observó- la inquietud de Uds.; pero don Pedro tendrá armas, estará prevenido.
Lo interrumpí para decirle:
-Después del robo que le hicieron hace dos años, tenía siempre una escopeta cargada a la cabecera de la cama y no se quitaba el revólver del bolsillo, pero ahora la escopeta está arrumbada en el desván y el revólver metido en un cajón de la CÓMODA. Creo que ni siquiera está cargado.
Él no me CONTESTÓ. Parecía distraído y miraba hacia afuera por la ventana. De pronto, se puso de pie y se despidió diciendo:
-Me voy, ando cumpliendo unos encargos de mi PRIMO, y sólo he pasado a saludarlas.
Por un instante quise comunicar a mi madre nuestra conversación, pero conociendo lo miedosa y aprensiva que era, decidí guardar silencio, pues estaba segura que no dormiría esa noche pensando en que tal vez otros, además de Luis, conocían el secreto descubierto por nuestro amigo.
Al anochecer llegó mi padre, y como la larga caminata desde la estación y sus trajines en la ciudad lo habían fatigado, apenas terminó la comida abandonó el comedor, diciendo que esa noche convenía cerrar el almacén más temprano que de costumbre.
Acababa yo de alzar el MANTEL y mientras daba desde la ventana algunas órdenes a Francisca, nuestra vieja cocinera, que las escuchaba en la puerta de la cocina, oí un terrible y angustioso grito de mi madre. Al volver la cabeza divisé, helada por el espanto, a través de la mampara, un grupo de hombres enmascarados que, después de cerrar y atrancar la puerta del almacén, abalanzándose adentro, saltaban el mostrador.
Sin darme cuenta, casi, de lo que hacía, me precipité por la ventana al huerto. Aunque la altura era mediana, la caída fue tan recia que, no pudiendo CONTINUAR la huida, sólo pude arrastrarme hasta unos cajones vacíos que se hallaban ahí cerca, arrimados a la PARED, y entre los cuales me oculté lo mejor que pude.
Desde mi refugio sentí cómo asesinaban a mis padres. Sus lamentos, sus súplicas, sus gritos de agonía sonaban distintamente en mis oídos, enloqueciéndome de pavor. De pronto, todo quedó en silencio y tras un breve instante escuché el rumor de muebles rotos, de cajones que se abrían y objetos que rodaban por el suelo.
También vi reflejarse en la pared de la cocina, en el hueco iluminado de la ventana, algunas sombras que CRUZABAN rápidas. Pasaron algunos largos momentos que me parecieron siglos y, súbitamente, junto con un ruido de vasos y de botellas, percibí un apagado murmullo de voces que venía del comedor. Al mismo tiempo mis ojos, que no se apartaban de la mancha luminosa, vieron dibujarse en ella la silueta de un hombre que, sentado en el alféizar de la ventana, apoyando la espalda en el marco, alzaba en la mano un vaso en actitud de beber.
Experimenté algo así como una sacudida eléctrica, y aguardé con infinita angustia que la sombra reflejada en la pared cambiara de posición. Aunque el rostro miraba al interior de la estancia, pude ver que no tenía puesta la careta. Transcurrieron todavía algunos instantes y, luego, la cabeza, haciendo un leve movimiento giratorio, destacó su perfil en la blanca muralla con admirable limpieza y nitidez.
Estuve a punto de lanzar un grito: aquella silueta se adaptaba tan COMPLETAMENTE a la que mi mano dibujara un mes atrás, que si alguien en ese instante hubiese repetido la oración, el contorno del nuevo perfil habría caído exactamente sobre el anterior.
Esta visión duró algunos segundos y se repitió dos o tres veces con el mismo resultado. Cada vez que la posición era favorable, el perfil delator se destacaba en la muralla y parecía decirme:
-Mírame bien, soy yo, tu amigo Luis, el narigudo.
Sí, ninguna duda podía caberme, eran él y sus amigos a quienes yo había facilitado, con mis ingenuas revelaciones, la ejecución de su nefando crimen.
Momentos después reinó en la casa un profundo silencio. Los asesinos se habían marchado. Cuando consideré que estaban bastante lejos, abandoné mi escondite y salí al campo por la puerta situada en el fondo del huerto. Gran trabajo nos costó, a mí y a Francisca, a quien encontré metida en una zanja en las inmediaciones, para que algunos vecinos nos acompañasen a ver lo que había sucedido en casa. Cuando entramos en ella lo primero que se presentó a nuestra vista, detrás del mostrador, fueron los cadáveres de mis padres que yacían en el suelo, cosidos a puñaladas y nadando en un mar de sangre.
Desde ese instante mis recuerdos son confusos, existiendo a partir de ahí, en mi memoria, una gran laguna.
He sabido más tarde que al día siguiente del asesinato, se presentó en casa el amigo Luis, inquiriendo de los presentes noticias del crimen y si tenían ya indicios acerca de sus autores. Al oír su voz, yo, que me encontraba en una habitación interior, apartando con brusquedad a las personas que me rodeaban, me precipité a su encuentro. Dicen que avancé hacia él en línea recta, mirándolo con fijeza y sin pronunciar una sola palabra.
Cuando estuve a dos pasos estiré el brazo y apuntándole al rostro con el dedo índice, prorrumpí en una estrepitosa e interminable carcajada. Él, según CUENTAN los que presenciaron la escena, se puso tan pálido como los muertos que se velaban en la pieza vecina. Y, en silencio, sin disimular su miedo, retrocedió seguido por mí hasta donde estaba su caballo, en el que montó precipitadamente, alejándose al galope por la carretera.
Todo el mundo atribuyó su actitud a la dolorosa impresión que le produjo mi repentina locura, pues la gente de la vecindad, viéndolo llegar tan a menudo a casa, había esparcido por todas partes el rumor de que Luis era mi novio.
Cuando la joven terminó su relación no pude menos que decirle:
-¿Y no ha denunciado Ud. ante la justicia a los asesinos?
Me miró con aire resignado y repuso con lentitud:
-¿Y quién me creería? ¿Quién haría caso de una pobre loca?
FIN

miércoles, 7 de enero de 2015

En Nazaret.

En Nazaret[Cuento. Texto COMPLETO.]Selma Lagerlöf
Cuando Jesús tenía cinco años, hallábase una vez sentado en el umbral del taller de su padre, ocupado en hacer figurillas de barro con un trozo de blanda arcilla que le había regalado el cacharrero de enfrente.
Estaba Jesús más satisfecho que nunca, pues todos LOS niños del barrio le habían contado que el cacharrero era un hombre brusco que no se dejaba conquistar ni con miradas suplicantes ni con melosas zalamerías, por cuyo motivo no había osado manifestarle un solo ruego. Pero, ved, ¡apenas si sabía él mismo cómo había sucedido aquello! El caso es que hallándose en la puerta de su casa mirando con ojos anhelantes cómo trabajaba sus moldes, el vecino salió de su taller y le regaló tanta arcilla, que bastaba para hacer con ella una gran jarra de las que se emplean para el envase del vino.
Junto a la escalera de la casa próxima estaba sentado Judas, un muchacho feo y pelirrojo, con la cara llena de manchas blanquecinas y los vestidos llenos de desgarrones que se había hecho en sus CONTINUAS peleas con los chicos de la calle. Por el momento estaba tranquilo; no importunaba a nadie ni se peleaba con ningún chico, y, como Jesús, estaba ocupado con un trozo de arcilla.
Pero esta arcilla no había podido procurársela él, pues apenas si se atrevía a pasar por delante de la casa del cacharrero, quien se quejaba siempre de que Judas TIRABApiedras a su quebradiza mercancía y seguramente le habría echado a palos; pero Jesús había partido con él su provisión.
Las figurillas que iban modelando las COLOCABAN ambos niños en torno a él. Tenían el mismo aspecto que todas las figurillas de barro de todos los tiempos. En lugar de pies tenían una gran bola de barro, y, en la espalda, unas alas apenas perceptibles y una cola insignificante.
Pero, de todos modos, observábase en seguida una diferencia en el trabajo de LOSdos compañeros.
Los pájaros de Judas eran tan desequilibrados que no lograban mantenerse en pie, y por más esfuerzos que hacía con sus menudos y duros dedos, no lograba dar a sus cuerpos una forma bella y presentable. A veces miraba a hurtadillas hacia Jesús para ver cómo hacía sus pájaros, tan regulares y lisos como las hojas de las encinas de los bosques del monte Tabor.
A medida que terminaba sus pajarillos, Jesús iba ALEGRÁNDOSE más y más. Cada uno le parecía más bonito que el otro, y los contemplaba lleno de orgullo y amor. Serían sus compañeros de juego, sus pequeños hermanitos, y debían dormir en su camita, hacerle compañía, cantarle su cariño en ausencia de su madre.
Jamás se había creído tan rico: nunca VOLVERÍA a sentirse solo y abandonado.
Un corpulento aguador pasó por delante, inclinado bajo el peso de su pesada CUBA, y tras él siguió un vendedor de legumbres, balanceándose sobre el lomo de su asno, entre dos grandes cestas de sauce, vacías ya. El aguador puso su mano sobre la cabeza de dorados rizos de Jesús, y le preguntó por sus pájaros. Jesús le contó que tenían nombre y que podían cantar. Todos sus pajarillos habían venido volando hacia él desde lejanos países y le contaban infinitas cosas de las que solo ellos y él sabían algo. Y Jesús hablaba de tal manera que el aguador y el verdulero olvidaron su trabajo, durante un largo rato, para escucharle.
Mas cuando iban a marcharse, Jesús les señaló a Judas:
-¡Mirad qué pájaros más bonitos hace Judas!
Entonces el verdulero detuvo bondadosamente su asno, y preguntó a Judas si sus pájaros tenían también nombre y podían cantar.
Pero Judas, no sabiendo qué contestar, calló obstinadamente y no levantó la mirada de su trabajo, de modo que el verdulero le aplastó, disgustado, uno de los pájaros, y siguió su camino.
Y así pasó la tarde. El sol se hallaba en su ocaso y su brillo penetraba por la baja puerta de la ciudad, que se hallaba adornada con un águila romana y que se levantaba al final de la calleja. Este resplandor que llegaba con el crepúsculo era de un color rosa vivo; y como si estuviera mezclado con sangre bañaba en su color todo lo que se ponía en su camino, al atravesar la estrecha callejuela. Lo mismo bañaba los platos y jarros del cacharrero, que la tabla que chirriaba bajo los dientes de la sierra de José o el blanco velo que cubría el rostro de María.
Pero donde más bellamente fulguraba el sol era en los pequeños charcos que se habían formado entre los desiguales adoquines del empedrado de la calle. Y, de repente, metió Jesús su manita en el charco que tenía más próximo. Se le había ocurrido pintar sus pajarillos grises con el fulgurante resplandor solar que había revestido de tan bellos matices el agua, los muros de las casas y todo cuanto alcanzaban sus rayos.
Y el brillo del sol tuvo un gran placer en dejarse extraer, como pintura de un cubo, y cuando Jesús revistió con ella sus pajarillos de barro, quedaron estos envueltos de pies a cabeza con un brillo diamantino.
Judas, que de vez en cuando lanzaba una mirada a Jesús para ver si este hacía más bellos pájaros y en mayor cantidad que él mismo, lanzó un grito de admiración al ver que Jesús revestía sus pajarillos con el brillo solar que tomaba de los charcos de la calleja.
Y también Judas sumergió su menuda mano en la fulgurante agua, intentando extraer igualmente el brillo del sol.
Pero el dorado resplandor no se dejó coger por él. Se le escapaba entre LOS dedos y por más que movía sus manos PARA cazarle no le era posible retener ni una pizca de resplandor para sus pobres pajarillos.
-¡Espera, Judas! -exclamó Jesús-. Ahora voy a pintarte LOS pájaros.
-No -dijo Judas-, no quiero que los toques, están bien así.
Levantose, frunció las cejas y se mordió los labios. Entonces fue COLOCANDO su ancho pie sobre los pájaros y los pisoteó uno tras otro, convirtiéndolos en un informe montón de barro.
Cuando hubo destruido así todos sus pájaros, se acercó a Jesús, que acariciaba a los suyos, resplandecientes como joyas.
Judas los contempló silencioso durante un rato, después alzó un pie y aplastó uno de ellos.
Cuando Judas retiró el pie y vio el menudo pajarillo transformado en un bulto grisáceo de barro, sintió tal alivio que empezó a reír y levantó el pie para aplastar otro.
-¡Judas! -exclamó Jesús-. ¿Qué estás haciendo? ¿No sabes que viven y pueden cantar?
Pero Judas riose y aplastó otro pajarillo.
Jesús buscó auxilio en torno suyo. Judas era más corpulento y fuerte y Jesús no tenía fuerza para retenerle. Miró hacia su madre, pero esta se hallaba bastante alejada y antes de que hubiera tenido tiempo de llegar, Judas habría conseguido aplastar todos sus pajarillos.
Los ojos de Jesús se llenaron de lágrimas. Ya había destruido Judas cuatro de sus pájaros y no le quedaban más que tres.
Y le apenó ver que sus pájaros siguieran allí tan tranquilos y se dejaran aplastar sin huir del peligro.
Jesús palmoteó con sus manitas para despertarlos y les gritó:
-¡Volad, volad!
Entonces los tres pajarillos empezaron a agitar sus alitas y temerosos volaron hacia el alero del tejado.
Cuando Judas vio que los pajarillos agitaron las alas y volaron al conjuro de Jesús, se puso a llorar amargamente.
Se mesó los cabellos como había visto hacer a las personas mayores dominadas por la desesperación, y se echó a los pies de Jesús.
Y Judas permaneció ante Jesús revolcándose en el polvo como un perro, besándole los pies y conjurándole para que levantara el pie y le aplastara como él había hecho con sus pajarillos de barro, pues Judas amaba a Jesús; le admiraba y le odiaba al mismo tiempo.
María, que había observado el juego de LOS niños, levantó a Judas del suelo y le acarició.
-¡Pobre niño! -le dijo-. Tú no sabes que has intentado hacer algo que no puede realizar ninguna criatura viviente. Que no se te vuelva a ocurrir hacer lo mismo si no quieres ser el más desgraciado de los hombres
¡Qué suerte correría aquel de entre nosotros que osara rivalizar con el que puede pintar con brillo de sol y vivificar el muerto barro con el hálito de la vida!
FIN

martes, 6 de enero de 2015

El alma de la máquina.

El alma de la máquina[Cuento. Texto completo.]Baldomero Lillo
La silueta del maquinista con su traje de dril azul se destaca desde el amanecer hasta la noche en lo alto de la plataforma de la máquina. Su turno es de doce horas consecutivas.Los obreros que extraen de los ascensores los carros de carbón míranlo con envidia no exenta de encono. Envidia, porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por las lluvias en el invierno forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha de depósito, empujando las pesadas vagonetas, él, bajo la techumbre de zinc no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina.
Y cuando, vaciado el mineral, los tumbadores corren y jadean con la vaga esperanza de obtener algunos segundos de respiro, a la envidia se añade el encono, viendo cómo el ascensor los aguarda ya con una nueva carga de repletas carretillas, mientras el maquinista, desde lo alto de su puesto, parece decirles con su severa mirada:
-¡Más a prisa, holgazanes, más a prisa!
Esta decepción que se repite en cada viaje, les hace pensar que si la tarea les aniquila, culpa es de aquel que para abrumarles la fatiga no necesita sino alargar y encoger el brazo.
Jamás podrán comprender que esa labor que les parece tan insignificante, es más agobiadora que la del galeote atado a su banco. El maquinista, al asir con la diestra el mango de acero del gobierno de la máquina, pasa instantáneamente a formar parte del enorme y complicado organismo de hierro. Su ser pensante conviértese en autómata. Su cerebro se paraliza. A la vista del cuadrante pintado de blanco, donde se mueve la aguja indicadora, el presente, el pasado y el porvenir son reemplazados por la idea fija. Sus nervios en tensión, su pensamiento todo se reconcentra en las cifras que en el cuadrante representan las vueltas de la gigantesca bobina que enrolla dieciséis metros de cable en cada revolución.
Como las catorce vueltas necesarias para que el ascensor recorra su trayecto vertical se efectúan en menos de veinte segundos, un segundo de distracción significa una revolución más, y una revolución más, demasiado lo sabe el maquinista, es: el ascensor estrellándose, arriba, contra las poleas; la bobina, arrancada de su centro, precipitándose como un alud que nada detiene, mientras los émbolos, locos, rompen las bielas y hacen saltar las tapas de los cilindros. Todo esto puede ser la consecuencia de la más pequeña distracción de su parte, de un segundo de olvido.
Por eso sus pupilas, su rostro, su pensamiento se inmovilizan. Nada ve, nada oye de lo que pasa a su rededor, sino la aguja que gira y el martillo de señales que golpea encima de su cabeza. Y esa atención no tiene tregua. Apenas asoma por el brocal del pique uno de los ascensores, cuando un doble campanillazo le avisa que, abajo, el otro espera ya con su carga completa. Estira el brazo, el vapor empuja los émbolos y silba al escaparse por las empaquetaduras, la bobina enrolla acelerada el hilo del metal y la aguja del cuadrante gira aproximándose velozmente a la flecha de parada. Antes que la cruce, atrae hacia sí la manivela y la máquina se detiene sin ruido, sin sacudidas, como un caballo blando de boca.
Y cuando aún vibra en la placa metálica el tañido de la última señal, el martillo la hiere de nuevo con un golpe seco, estridente a la vez. A su mandato imperioso el brazo del maquinista se alarga, los engranajes rechinan, los cables oscilan y la bobina voltea con vertiginosa rapidez. Y las horas suceden a las horas, el sol sube al cénit, desciende; la tarde llega, declina, y el crepúsculo, surgiendo al ras del horizonte, alza y extiende cada vez más a prisa su penumbra inmensa.
De pronto un silbido ensordecedor llena el espacio. Los tumbadores sueltan las carretillas y se yerguen briosos. La tarea del día ha terminado. De las distintas secciones anexas a la mina salen los obreros en confuso tropel. En su prisa por abandonar los talleres se chocan y se estrujan, mas no se levanta una voz de queja o de protesta: los rostros están radiantes.
Poco a poco el rumor de sus pasos sonoros se aleja y desvanece en la calzada sumida en las sombras. La mina ha quedado desierta.
Sólo en el departamento de la máquina se distingue una confusa silueta humana. Es el maquinista. Sentado en su alto sitial, con la diestra apoyada en la manivela, permanece inmóvil en la semioscuridad que lo rodea. Al concluir la tarea, cesando bruscamente la tensión de sus nervios, se ha desplomado en el banco como una masa inerte.
Un proceso lento de reintegración al estado normal se opera en su cerebro embotado. Recobra penosamente sus facultades anuladas, atrofiadas por doce horas de obsesión, de idea fija. El autómata vuelve a ser otra vez una criatura de carne y hueso que ve, que oye, que piensa, que sufre.
El enorme mecanismo yace paralizado. Sus miembros potentes, caldeados por el movimiento, se enfrían produciendo leves chasquidos. Es el alma de la máquina que se escapa por los poros del metal, para encender en las tinieblas que cubren el alto sitial de hierro, las fulguraciones trágicas de una aurora toda roja desde el orto hasta el cénit.
FIN