miércoles, 10 de junio de 2015

Leyenda del Sombrerón

Leyenda del Sombrerón

En aquel apartado rincón del mundo, tierra prometida a una Reina por un Navegante loco, la mano religiosa había construido el más hermoso templo al lado de la divinidades que en cercanas horas fueran testigo de la idolatría del hombre —el pecado más abominable a los ojos de Dios—, y al abrigo de los tiempo de montañas y volcanes detenían con sus inmensas moles.
Los religiosos encargados del culto, corderos de corazón de león, por flaqueza humana, sed de conocimientos, vanidad ante un mundo nuevo o solicitud hacia la tradición espiritual que acarreaban navegantes y clérigos, se entregaron al cultivo de las bellas artes y al estudio de las ciencias y la filosofía, descuidando sus obligaciones y deberes a tal punto, que, como se sabrá el Día del juicio, olvidábanse de abrir al templo, después de llamar a misa, y de cerrarlo concluidos los oficios…
Y era de ver y era de oír y de saber las discusiones en que por días y noches se enredaban los mas eruditos, trayendo a tal ocurrencia citas de textos sagrados, los más raros y refundidos.
Y era de ver y era de oír y de saber la plácida tertulia de los poetas, el dulce arrebato de los músicos y la inaplazable labor de los pintores, todos entregados a construir mundos sobrenaturales con los recados y privilegios del arte.
Reza en viejas crónicas, entre apostillas frondosas de letra irregular, que a nada se redujo la conversación de los filósofos y los sabios; pues, ni mencionan sus nombres, para confundirles la Suprema Sabiduría les hizo oír una voz que les mandaba se ahorraran el tiempo de escribir sus obras. Conversaron un siglo sin entenderse nunca ni dar una plumada, y diz que cavilaban en tamaños errores.
De los artistas no hay mayores noticias. Nada se sabe de los músicos. En las iglesias se topan pinturas empolvadas de imágenes que se destacan en fondos pardos al pie de ventanas abiertas sobre panoramas curiosos por la novedad del cielo y el sin número de volcanes. Entre los pintores hubo imagineros y a juzgar por las esculturas de Cristos y Dolorosas que dejaron, deben haber sido tristes y españoles. Eran admirables. Los literatos componían en verso, pero de su obra sólo se conocen palabras sueltas.
Prosigamos. Mucho me he detenido en contar cuentos viejos, como dice Bernal Díaz del Castillo en “La Conquista de Nueva España”, historia que escribió para contradecir a otro historiador; en suma, lo que hacen los historiadores.
Prosigamos con los monjes…
Entre los unos, sabios y filósofos, y los otros, artistas y locos, había uno a quien llamaban a secas el Monje, por su celo religioso y santo temor de Dios y porque se negaba a tomar parte en las discusiones de aquéllos en los pasatiempos de éstos, juzgándoles a todos víctimas del demonio.
El Monje vivía en oración dulces y buenos días, cuando acertó a pasar, por la calle que circunda los muros del convento, un niño jugando con una pelotita de hule.
Y sucedió…
Y sucedió, repito para tomar aliento, que por la pequeña y única ventana de su celda, en uno de los rebotes, colóse la pelotita.
El religioso, que leía la Anunciación de Nuestra Señora en un libro de antes, vio entrar el cuerpecito extraño, no sin turbarse, entrar y rebotar con agilidad midiendo piso y pared, pared y piso, hasta perder el impulso y rodar a sus pies, como un pajarito muerto. ¡Lo sobrenatural! Un escalofrío le cepilló la espalda.
El corazón le daba martillazos, como a la Virgen desustanciada en presencia del Arcángel. Poco, necesitó, sin embargo, para recobrarse y reír entre dientes de la pelotita. Sin cerrar el libro ni levantarse de su asiento, agachóse para tomarla del suelo y devolverla, y a devolverla iba cuando una alegría inexplicable le hizo cambiar de pensamiento: su contacto le produjo gozos de santo, gozos de artista, gozos de niño…
Sorprendido, sin abrir bien sus ojillos de elefante, cálidos y castos, la apretó con toda la mano, como quien hace un cariño, y la dejó caer en seguida, como quien suelta una brasa; mas la pelotita, caprichosa y coqueta, dando un rebote en el piso, devolvióse a sus manos tan ágil y tan presta que apenas si tuvo tiempo de tomarla en el aire y correr a ocultarse con ella en la esquina más oscura de la celda, como el que ha cometido un crimen.
Poco a poco se apoderaba del santo hombre un deseo loco de saltar y saltar como la pelotita. Si su primer intento había sido devolverla, ahora no pensaba en semejante cosa, palpando con los dedos complacidos su redondez de fruto, recreándose en su blancura de armiño, tentado de llevársela a los labios y estrecharla contra sus dientes manchados de tabaco; en el cielo de la boca le palpitaba un millar de estrellas…
—¡La Tierra debe ser esto en manos del Creador! —pensó.
No lo dijo porque en ese instante se le fue de las manos —rebotadora inquietud—, devolviéndose en el acto, con voluntad extraña, tras un salto, como una inquietud.
—¿Extraña o diabólica?…
Fruncía las cejas —brochas en las que la atención riega dentífrico invisible— y, tras vanos temores, reconciliábase con la pelotita, digna de él y de toda alma justa, por su afán elástico de levantarse al cielo.
Y así fue como en aquel convento, en tanto unos monjes cultivaban las Bellas Artes y otros las Ciencias y la Filosofía, el nuestro jugaba en los corredores con la pelotita.
Nubes, cielo, tamarindos… Ni un alma en la pereza del camino. De vez en cuando, el paso celeroso de bandadas de pericas domingueras comiéndose el silencio. El día salía de las narices de los bueyes, blanco, caliente, perfumado.
A la puerta del templo esperaba el monje, después de llamar a misa, la llegada de los feligreses jugando con la pelotita que había olvidado en la celda. ¡Tan liviana, tan ágil, tan blanca!, repetíase mentalmente. Luego, de viva voz, y entonces el eco contestaba en la iglesia, saltando como un pensamiento:
¡Tan liviana, tan ágil, tan blanca!… Sería una lástima perderla. Esto le apenaba, arreglándoselas para afirmar que no la perdería, que nunca le sería infiel, que con él la enterrarían…, tan liviana, tan ágil, tan blanca…
¿Y si fuese el demonio?
Una sonrisa disipaba sus temores: era menos endemoniada que el Arte, las Ciencias y la Filosofía, y, para no dejarse mal aconsejar por el miedo, tornaba a las andadas, tentando de ir a traerla, enjuagándose con ella de rebote en rebote…, tan liviana, tan ágil, tan blanca…
Por los caminos —aún no había calles en la ciudad trazada por un teniente para ahorcar— llegaban a la iglesia hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes, sin que el religioso se diera cuenta, arrobado como estaba en sus pensamientos. La iglesia era de piedras grandes; pero, en la hondura del cielo, sus torres y cúpula perdían peso, haciéndose ligeras, aliviadas, sutiles. Tenía tres puertas mayores en la entrada principal, y entre ellas, grupos de columnas salomónicas, y altares dorados, y bóvedas y pisos de un suave color azul. Los santos estaban como peces inmóviles en el acuoso resplandor del templo.
Por la atmósfera sosegada se esparcían tuteos de palomas, balidos de ganados, trotes de recuas, gritos de arrieros. Los gritos abríanse como lazos en argollas infinitas, abarcándolo todo: alas, besos, cantos. Los rebaños, al ir subiendo por las colinas, formaban caminos blancos, que al cabo se borraban. Caminos blancos, caminos móviles, caminitos de humo para jugar una pelota con un monje en la mañana azul…
—¡Buenos días le dé Dios, señor!
La voz de una mujer sacó al monje de sus pensamientos. Traía de la mano a un niño triste.
—¡Vengo, señor, a que, por vida suya, le eche los Evangelios a mi hijo, que desde hace días está llora que llora, desde que perdió aquí, al costado del convento, una pelota que, ha de saber su merced, los vecinos aseguraban era la imagen del demonio…
(…tan liviana, tan ágil, tan blanca…)
El monje se detuvo de la puerta para no caer del susto, y, dando la espalda a la madre y al niño, escapó hacia su celda, sin decir palabra, con los ojos nublados y los brazos en alto.
Llegar allí y despedir la pelotita, todo fue uno.
—¡Lejos de mí, Satán! ¡Lejos de mí, Satán!
La pelota cayó fuera del convento —fiesta de brincos y rebrincos de corderillo en libertad—, y, dando su salto inusitado, abrióse como por encanto en forma de sombrero negro sobre la cabeza del niño, que corría tras ella. Era el sombrero del demonio.
Y así nace al mundo el Sombrerón.


lunes, 8 de junio de 2015

De la comida que celebraron el Sol, la Luna y el Viento

De la comida que celebraron el Sol, la Luna y el Viento

Un día, el Sol, la Luna y el Viento fueron a comer con sus tíos el Trueno y el Relámpago. Su madre, una de las más brillantes estrellas del firmamento, esperaba sola su regreso.
El Viento y el Sol eran muy glotones y se lo comieron todo, sin guardar nada para su madre. Pero la suave Luna no se olvidó de ella. De cada cosa que le servían guardaba un poco en las hermosas uñas de sus dedos, a fin de que la madre pudiera probar lo que ellos comían.
Al volver los tres a casa, su madre, que les había estado esperando todo la noche, les preguntó:
– ¿Qué me habéis traído del banquete?
– Yo no he traído nada para ti -dijo el Sol, que era el mayor de todos.- Fui a divertirme, no a divertirte a ti, mamá.
– Yo tampoco he traído nada -contestó el Viento.- No era lógico que os reservase nada cuando ni siquiera para mí hubo bastante.
Pero la Luna dijo alegremente:
– Mamá, trae un plato y te pondré en él lo que te he traído.
Y cuando tuvo ante ella el plato, la Luna depositó lo que había guardado en las uñas.
La Estrella se volvió entonces hacia el Sol y le dijo:
– Ya que sólo has pensado en ti, sin acordarte para nada de tu madre, te maldigo y de ahora en adelante, tus rayos lo abrasarán todo, y la gente te odiará y en cuanto aparezcas se cubrirá la cabeza.
(Y por eso el Sol hace sudar y quema la piel.)
Volviéndose al Viento, la Estrella continuó:
– Tú también te olvidaste de tu madre. Desde hoy, soplarás siempre con fuerza, arrancarás los árboles y la gente te maldecirá constantemente.
(Y es por eso que el Viento es siempre desagradable.)
Dicho esto, la Estrella se volvió hacia la Luna y con voz suave le dijo:
– Tú has sido buena hija, y desde este momento, serás el astro más dulce, hermoso y plácido. Los hombres te contemplaran amorosamente, y los poetas no cesarán en el curso de los siglos, de cantarte alabanzas.
(Y por eso la Luna es tan hermosa y sus rayos tan acariciadores.)

sábado, 6 de junio de 2015

Las aventuras de Xatla, el Chacal.

Las aventuras de Xatla, el Chacal
Después de mucho buscar, lograron hallar una fuente donde había un poco de agua, muy escasa, porque era poco profunda.
– Hagámosla más honda para tener agua en abundancia – dijeron.
El chacal se negó a trabajar con ellos,
Cuando hubieron terminado, se reunieron y acordaron vigilar la fuente para impedir que bebiera el chacal, ya que no había querido ayudarles a obtener más agua.
El primer día pusieron de guardia al conejo, mientras unos salían de caza y los otros iban a pacer.
Cuando estuvieron lejos, el chacal se acercó a la fuente y gritó:
– ¡Buenos días, conejo! ¡Buenos días, amigo!
El conejo devolvió el saludo.
Entonces el chacal se aproximó al vigilante, desató el pequeño saco que llevaba colgado al hombro y extrajo de él un trozo de miel que se puso a mordisquear.
– ¿Qué te parece, conejo? – le dijo – ¿Te gustaría comer un poco de esta miel exquisita?
El conejo respondió:
– Claro que sí… Dame…
El chacal cortó un trocito diminuto y se lo dio.
– ¡Qué rico está! – exclamó el conejo cuando lo hubo probado -. ¡Dame más!
El astuto chacal le respondió:
– Si quieres que te dé más tienes que dejarte atar las patas y tumbarte panza arriba.
Accedió el conejo, y cuando estuvo con las patas atadas, incapaz de moverse, el chacal se acercó a la fuente y estuvo bebiendo hasta saciarse.
Cuando hubo terminado se volvió tranquilamente a su cueva.
Aquella noche, cuando los animales volvieron dijeron al conejo:
– ¿Cómo te has dejado engañar? ¡Serás tonto!
El conejo respondió:
– Ha sido culpa del chacal. Me dijo que me daría un buen trozo de miel si me dejaba atar las patas y me tumbaba panza arriba… Luego vi que todo era una artimaña para beberse nuestra agua…
Los animales le dijeron:
– Eres tonto… Te dejamos vigilando, para que impidieras que el chacal, que se había negado a trabajar con nosotros, se aprovechara de nuestro trabajo, y le dejaste beber hasta saciarse…
Después de deliberar un momento, decidieron que el que se quedara a vigilar la fuente fuese el animal que hubiese dado ya pruebas evidentes de inteligencia.
La liebre se apresuró a responder:
– Yo me encargaré de eso.
Al día siguiente partieron los animales, dejando a la liebre a cargo de la vigilancia de la fuente.
Cuando estuvieron lejos, se acercó el chacal y dijo:
– ¡Buenos días, amiga liebre! ¡Buenos días!
La liebre le devolvió el saludo.
El chacal le dijo:
– Dame un poco de tabaco.
– No tengo – respondióle la liebre.
El chacal se descolgó entonces el saco que llevaba al hombro, sacó de él un trozo de miel dura y se puso a mordisquearla.
– ¿Qué es lo que comes? – preguntóle la liebre.
– Un manjar exquisito, regalo de un pariente mío… Además de su dulzor exquisito, humedece el paladar y quita la sed. Por eso no quise trabajar con vosotros… ¿Qué necesidad tenía de fatigarme, poseyendo esto que me alimenta y me refresca a un tiempo?
– ¿Quieres dejármelo probar?
– No tengo inconveniente; pero para ello tienes que dejarte atar las patas por detrás del lomo. Luego te tumbarás boca arriba y te echaré en la boca de este manjar divino.
La liebre respondió sin vacilar:
– Átame, pues…
El chacal se apresuró a hacerlo, y cuando tuvo bien atada a la liebre descendió a la fuente y se hartó de agua, sin prestar atención a los gritos de protesta de la burlada liebre.
Aquella noche, cuando volvieron los animales, vieron con sorpresa que la fuente estaba casi agotada, y que la liebre, inmóvil, había sido atada exactamente igual que el conejo.
– ¿Qué te ha sucedido? – le preguntaron-. ¿Cómo te has dejado engañar con el mismo truco que el tonto del conejo, tú, que presumías de astuta? ¿Dónde podremos beber ahora?
La liebre se lamentó del engaño del chacal, que, después de prometerte un buen trozo del rico manjar que alimentaba y quitaba la sed a un tiempo, la había atado, dejándola inmóvil, y se había bebido casi toda el agua de la fuente.
– ¿Quién va a montar la guardia, ahora, si no podemos confiar ni en la liebre? – se dijeron.
La pantera, después de reflexionar un instante, exclamó:
– ¡Ya sé!… Mañana montará la guardia la tortuga.
Como de costumbre, los animales partieron de madrugada, a cazar unos, a pasear otros, dejando a la tortuga encargada de velar el agua.
Apenas se hubieron perdido de vista, apareció el chacal, que saludó atentamente a la celadora.
– ¡Buenos días, señora tortuga! ¡Buenos días!
La aludida no respondió.
– ¡Buenos días, señora tortuga! ¡Buenos días!
Silencio.
Entonces el chacal se dijo:
– La guardadora de la fuente es más tonta que sus antecesores. Voy a darle la vuelta de un puntapié y luego me aprovecharé para beberme toda el agua de la fuente.
Aproximóse lentamente a la tortuga y volvió a decir en voz baja:
– ¡Buenos días, señora tortuga! ¡Buenos días!
La tortuga no respondió.
Entonces, dando un salto, el chacal dio con las patas de delante, y la volvió sobre la espalda.
Inmediatamente se acercó a la orilla de la fuente y empezó a beber tranquilamente.
Pero la tortuga, con un esfuerzo, se puso derecha y se aferró con los dientes a una pata del chacal.
Éste dio un grito de dolor y exclamó:
– ¡Suelte, señora tortuga suelte! ¡Me va a quebrar la pata!
Pero no consiguió sino que la tortuga apretara con más fuerza.
El chacal se descolgó el zurrón y dio a oler a la tortuga el perfume de la miel; pero ella volvió la cabeza y se negó a oler en absoluto.
– Estoy dispuesto a darte mi zurrón con todo lo que contiene – murmuró el chacal.
Pero la tortuga no soltó su presa.
Al fin vinieron los otros animales. Cuando el chacal los vio venir dio un salto terrible, después de liberarse de la presa de la tortuga con un gran esfuerzo, y huyó a todo correr.
Los animales dijeron a la tortuga:
– Te felicitamos, compañera. Has demostrado tu valentía impidiendo que el chacal nos robara el agua como en otras ocasiones. En lo sucesivo, nosotros nos encargaremos de proporcionarte el alimento que necesites.
Entre tanto, el chacal, ebrio de furor, fue a dar rienda suelta a su cólera al bosque, y viendo un nido de palomas, dijo a la madre:
– Échame a uno de tus pichones, si no quieres que los devore a todos.
La paloma, asustada, le echó uno de sus pequeñuelos.
Cuando el chacal se alejó, la desgraciada madre se puso a llorar desconsoladamente.
Acertó a pasar por allí una garza y, al ver llorar a la paloma, le preguntó:
– ¿A qué se deben tus lágrimas?
La paloma respondió:
– El chacal me amenazó con devorar a todos mis pequeñuelos si no le echaba uno y no tuve más remedio que hacerlo.
– Hiciste mal – respondió la garza -. Si hubiese podido coger a todos tus pichones no se habría conformado con uno solo… No puede saltar hasta tu nido, paloma… No vuelvas a dejarte engañar…
La garza continuó su camino.
Al poco volvió el chacal, que gritó a la paloma:
– Dame otro de tus pichones, si no quieres que te deje sin uno siquiera.
Pero la paloma respondió:
– Te quedarás con las ganas, asesino… No me engañarás otra vez.
El chacal intentó vanamente saltar hasta el nido de la paloma. No consiguió más que romperse una uña y hacerse varias desgarraduras en la piel con los salientes de la pelada roca en cuya cima tenía su nido la paloma.
Finalmente, fatigado de su inútil esfuerzo, el chacal preguntó:
– ¿Cómo es que esta mañana no te negaste a darme un pichón y esta tarde sí?
– Porque he recibido un consejo.
– ¿De quién?
La paloma, que no sabe mentir, respondió:
– De la garza.
– ¿Dónde está ahora?
– Allá, detrás del cañaveral.
El chacal se alejó de la paloma y se dirigió hacia el lugar en que se hallaba la garza. Cuando llegó cerca de ella le preguntó:
– ¿Hacia qué lado te vuelves cuando sopla el viento de allá, garza?
La garza le respondió:
– ¿Y tú?
– Yo me vuelvo hacia este lado.
– Pues yo o mismo que tú – declaró la garza.
El chacal preguntó de nuevo:
– ¿Y cuando el viento viene de esta dirección?
– ¿Hacia qué lado te vuelves tú?
– Hacia éste.
– Pues yo también.
El chacal, irritado, siguió preguntando:
– ¿Hacia qué lado te vuelves cuando viene la lluvia de allá?
– ¿Hacia qué lado te vuelves tú? – preguntó la garza.
– Hacia éste.
– Pues yo también.
El chacal meditó un instante y continuó interrogando:
– ¿Qué haces cuando la lluvia cae recto al suelo?
La garza respondió:
– ¿Qué haces tú?
– Pues me cubro la cabeza con las patas… Así…
– Pues yo me la cubro con las alas… Así…
En aquel mismo instante, el astuto chacal saltó sobre la garza y la asió por el cuello.
La garza le suplicó que tuviera piedad de ella, pero el chacal le respondió:
– Te devoraré por haber enseñado a la paloma a burlarse de mí.
La garza, viéndose perdida, contestó:
– Si me dejas libre te diré dónde tiene su cubil una pantera que tiene varios cachorros recién nacidos, de los que a ti te gustan.
El chacal respondió sin vacilar:
– Condúceme enseguida allá y te soltaré.
La garza le dijo el camino, pero el chacal no la soltó hasta que se convenció de que no lo engañaba. Cuando olió la presencia de los cachorros de la pantera y los oyó runrunear, dio la libertad a la garza, asegurándole que como la sorprendiera en otra ocasión metiéndose en camisas de once varas, no tendría compasión de ella.
El chacal se acercó al cubil de la pantera y, viendo a la pantera madre asomar la cabeza, le dijo respetuosamente:
– ¡Buenos días, señora! ¿Quiere que cuide de sus preciosos hijos mientras está usted de caza?
La pantera respondió:
– Eres muy amable, mi buen chacal… Desde luego que quiero… Lloran mucho durante mi ausencia… Gracias, chacal, gracias… Quédate aquí y hasta luego…
El chacal se apresuró a entrar en el cubil de la pantera y vio que había diez cachorros.
Sin titubear, estranguló a uno de ellos de un zarpazo y lo devoró.
Cuando llegada la noche volvió la pantera de la caza, se acercó a la puerta del cubil y gritó desde fuera:
– Chacal, haz salir a mis pequeños.
El chacal hizo salir a uno. Cuando hubo mamado y volvió, le dio salida a otro; luego a otro… Finalmente, después de mamar el noveno, hizo salir de nuevo al primero; por lo que la pantera no se dio cuenta de que le faltaba uno.
Al día siguiente, cuando la pantera regresó de la caza, gritó al chacal, que, había aprovechado su ausencia para devorar a otro de los cachorrillos:
– ¡Chacal, haz salir a mis pequeños!
El chacal dio salida, uno a uno, a los ocho que quedaban; luego hizo salir de nuevo al primero y detrás de él al segundo, con lo que la pantera no notó la falta de ninguno de sus hijos.
Al día siguiente, el chacal devoró a otro de los cachorros de la pantera, a la cual engañó del mismo modo, y así fueron pasando los días hasta que se comió el último.
Entonces hizo un agujero por la parte posterior de la caverna y esperó la llegada de la pantera.
Cuando ésta regresó de la caza, dijo al chacal:
– Haz salir a mis pequeños.
El chacal respondió:
– ¿Habráse visto descaro igual?… Te los has comido a todos y ahora vienes a decirme que los haga salir…
La pantera repitió irritada:
– Haz salir a mis pequeños, chacal.
En vista de que no recibía respuesta, la fiera entró en su cubil, de donde el chacal acababa de salir por la abertura que había practicado por detrás.
Buscó en vano a sus cachorros y no encontrándolos salió por el mismo agujero que el chacal y emprendió su persecución.
En su huída, el chacal descubrió una colmena que había depositado su miel en la grieta de una roca.
Detúvose allí y esperó a que lo alcanzara la pantera, que le preguntó airadamente:
– ¿Dónde están mis pequeñuelos?
El chacal respondió:
– Están ahí dentro. El cubil olía mal y me los traje aquí para darles clase.
La pantera replicó:
– ¿Dónde están que no los veo?
– Ven por aquí. Los oirás cantar, cosa que hacen magníficamente.
La pantera se aproximó a la hendidura de la roca y aplicó el oído.
El chacal le dijo:
– ¿Los oyes?
– ¡Oh, si, creo que sí!
El chacal se alejó rápidamente, dejando a la pantera escuchando extática el canto de sus cachorros.
Un babuino se aproximó a la fiera y le preguntó:
– ¿Qué haces aquí, pantera?
La pantera respondió:
– Estoy escuchando los cánticos de mis pequeñuelos… Los ha educado el chacal…
El babuino cogió una vara de almendro y la agitó en todos sentidos dentro de la hendidura de la roca, diciendo:
– Quiero conocer a tus pequeños, a los que no he visto nunca.
No había terminado de pronunciar estas palabras cuando salió el enjambre en pleno, con su reina a la cabeza, y las abejas se lanzaron furiosamente sobre la pantera.
El babuino dio un salto tremendo y ascendió a lo más alto de las rocas, lanzando gritos de terror.
Desde allí gritó a la pantera:
– ¿Son ésos tus pequeños?
El chacal apareció en aquel instante para excitar a las abejas contra la pantera.
– ¡No la dejéis descansar, abejas! – les gritaba -. ¡Es una madre desnaturalizada que se ha comido a sus propios hijos!… ¡Picadle, picadle bien y hondo!…
La pantera, aterrada, se sumergió en un estanque que encontró en su camino; pero cada vez que sacaba la cabeza para respirar, las abejas le picaban ferozmente en los ojos, en el hocico, en la lengua colgante, obligándola a mantener constantemente la cabeza dentro del agua, hasta que se ahogó.
Hubo un tiempo, hace ya muchísimos años, en que los animales de la selva andaban bastante escasos de agua. Los pobres no sabían dónde podían encontrar agua para beber.


jueves, 4 de junio de 2015

El lobo y la tortuga.

El lobo y la tortuga

Un Lobo se encontró con una Tortuga, y le dijo:
-Amiga, eres la cosa más lenta que an da por el mundo. No veo cómo te las arre glas para escapar de tus enemigos.
-Como me falta la capacidad para huir -replicó la Tortuga-, la Providencia sa biamente me proporcionó un caparazón impenetrable.
Tras reflexionar largo, tiempo, el Lobo dijo:
-Me parece que igualmente fácil le hubiera resultado darte patas largas.

La honda de David.

La honda de David

Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.

martes, 2 de junio de 2015

La carne y los huesos.

La carne y los huesos

Mi avión no partiría sino hasta el día siguiente. Por primera vez lamenté no tener un retrato de mi madre conmigo, pero siempre me pareció idiota andar con retratos de la familia en el bolsillo, más aun el de mi madre.
No me incomodaba quedarme dos días más vagando por las calles de aquel gran hormiguero sucio, contaminado, lleno de gente extraña. Era mejor que caminar por una ciudad pequeña con el aire puro y los campesinos que dicen buenos-días cuando se cruzan contigo. Me quedaría aquí un año si no tuviera aquel compromiso esperándome.
Caminé el día entero respirando monóxido de carbono. Por la noche mi anfitrión me invitó a cenar. Una mujer nos acompañaba.
Comimos gusanos, el platillo más caro del restaurante. Al mirar a uno de ellos en la punta del tenedor, me pareció una especie de larva o ninfa de mosca que al ser frita hubiera perdido los pelos negros y el color lechoso. Era un gusano raro, me explicaron, extraído de un vegetal. Si fuera una mosca el platillo sería aun más caro, respondí, irónico, ya he tenido nidos de larva de mosca en mi cuerpo tres veces, dos en la pierna y una en la barriga, y mis caballos y mis perros también tuvieron, es difícil sacarla entera, de manera que pueda comerse frita, solamente frita podría ser sabrosa, como —y me llené la boca de gusanos.
Después fuimos a un lugar que mi anfitrión quería enseñarme.
El amplio salón tenía al centro un pasillo por donde las mujeres desfilaban desnudas, bailando y haciendo poses. Pasamos entre las mesas, en torno a las cuales se sentaban hombres encorbatados. Pedimos algo al mesero, luego de que nos instalamos. A nuestro lado una mujer con sólo un cache-sexe, a gatas, frotaba las nalgas en el pubis de un hombre de saco y corbata sentado con las piernas abiertas. Ella exhibía una fisonomía neutra y el hombre, un sujeto de unos cuarenta años, parecía tranquilo como si estuviera sentado en el sillón de un peluquero. El conjunto recordaba una instalación de arte moderno. Pocos días antes, en otra ciudad, en otro país, había ido a un salón de arte a ver un puerco muerto que se pudría dentro de una caja de vidrio. Como me quedé pocos días en esa ciudad, sólo pude ver al animal ponerse verdoso, me dijeron que era una pena que no pudiera contemplar la obra en toda su fuerza trascendente, los gusanos devorando la carne.
Allí, en el cabaret, aquella exhibición también me parecía metafísica como la visión del puerco muerto en su recipiente de cristal brillante. La mujer me recordó, por un momento, a un sapo gigantesco, porque estaba agachada y porque su rostro, mulato o indio, tenía algo de anfibio. En la mesa había otros tres hombres, que fingían no darse cuenta de los movimientos de la mujer.
Desde nuestro lugar no podíamos ver todo lo que ocurría en el salón. Pero en las mesas de nuestro alrededor había siempre una o dos mujeres prendidas a un hombre enteramente vestido. El boleto de entrada daba derecho a que una de las innumerables mujeres que hacían strip-tease en varios lugares del salón se frotaran por algún tiempo en el portador del ticket de entrada. Había un patrón coreográfico en las caricias: la mujer se ponía a gatas, rozaba las nalgas en el pubis del hombre que permanecía sentado en la silla, después bailaba frente a él. Algunas, más rebuscadas, se subían encima del sujeto y le sujetaban la cara en el vértice de los muslos. Después agarraban el ticket de entrada y se retiraban.
La única mujer que asistía a aquel espectáculo era nuestra acompañante. Mi anfitrión la llamaba Condesa, no sé si era su nombre o su título. Cuando era joven conocí a una mujer que me dijo que era una condesa verdadera, pero creo que era mentira. De todos modos yo llamaba señora Condesa a mi compañera de mesa, como antiguamente lo hacía con la otra. Ella miraba lo que ocurría en torno y sonreía discretamente, se comportaba como suponía que un adulto debe comportarse en un circo.
De todas las esquinas venía un sonido alto de dance music. Para poder hablar con la Condesa tenía que aproximar mi boca a su oreja. Le dije alguna cosa que me distinguía como un observador distante y fastidiado, ya olvidé lo que fue. También con la boca casi pegada a mi oreja, la Condesa, después de comentar la actitud de una mujer que cerca de nosotros frotaba el coño en la cara de un hombre de corbata de moño, citó en latín la conocida frase de Terencio: las cosas humanas no le eran ajenas, y por lo tanto no la asustaban. Y para demostrarlo balanceó el cuerpo al ritmo del sonido retumbante y cantó la letra de una de las piezas. Yo la acompañé, golpeando en la mesa.
En el salón había un cancel de vidrio con regadera, fuertemente iluminado por spots de luz, en el cual las mujeres se alternaban dándose un baño, algunas se mojaban y se lavaban el cuerpo entero, se enjabonaban los tobillos, los pelos del pubis, las rodillas, los codos, los cabellos. Otras hacían abluciones estilizadas. Están diciendo estoy limpia, confía en mí, susurró la Condesa en mi oído.
Esperamos que se realizara la rifa. El ganador podría escoger a cualquiera de las mujeres para pasar el resto de la noche con él, según palabras del maestro de ceremonias.
Nosotros, mi anfitrión y yo, no fuimos sorteados. La Condesa no había comprado boletos para la rifa.
Entonces permanecimos callados, sin cantar y sin golpear en la mesa al ritmo de la música. Pagamos —el anfitrión pagó— y salimos.
Nos despedimos en la acera frente al bar. La Condesa ofreció llevarme al hotel. El anfitrión también. Les dije que quería caminar un poco, las ciudades grandes son muy bonitas al amanecer.
Ya llevaba unos diez minutos caminando, doliéndome de no tener una foto de mi madre en el bolsillo, ni en un álbum, ni en ningún cajón, cuando el carro de la Condesa se detuvo a mi lado.
Entra, dijo, tengo ganas de llorar y no quiero llorar sola.
Cuando llegamos al hotel había un recado de mi hermano. Lo llamé desde el cuarto. La Condesa oyó nuestra conversación. Lo siento mucho, dijo, sentándose en la cama, cubriéndose el rostro con las manos, pero no estoy llorando por ti, estoy llorando por mí.
Me acosté en la cama y miré el techo. Ella se acostó a mi lado. Apoyó su rostro húmedo en el mío y dijo que coger era una manera de celebrar la vida. Cogimos en silencio y luego nos bañamos juntos, ella imitó a una de las mujeres del cabaret lavándose y cantando y yo la acompañe golpeando en las paredes de la ducha. Dijo que ya se sentía mejor y yo le dije que ya me sentía mejor.
Tomé el avión.
Nueve horas y media después llegué al hospital.
El cuerpo de mi madre estaba en la capilla, dentro de un cajón cubierto de flores, sobre un catafalco. Mi hermano fumaba a un lado. No había nadie más.
Ella preguntaba mucho por ti, dijo mi hermano, entonces me acerqué a ella y le dije que yo era tú, agarró mi mano con fuerza, dijo tu nombre y murió.
En el túmulo de la familia ya estaban los restos de mi padre y de mi hermano. Un funcionario del cementerio dijo que alguien tendría que asistir a la exhumación. Fui yo. Mi hermano parecía más cansado que yo.
Eran cuatro sepultureros. Abrieron la losa de mármol rosa y rompieron con martillos la placa de cemento que cerraba la sepultura. El túmulo estaba dividido en dos por una piedra plana. Uno de los sepultureros se metió dentro del hoyo abierto, con cuidado para no pisar los restos de mi hermano, en la parte superior. Las ropas de mi hermano estaban en buen estado. Tenía buenos dientes, los molares tapados con oro. Cuando retiraron la cabeza el maxilar inferior se desprendió del resto del cráneo. El fémur y la tibia estaban más o menos enteros; las costillas parecían de cartón.
Los huesos fueron arrojados por el sepulturero en una caja blanca de plástico al lado de la sepultura. Tres cucarachas y un ciempiés rojo subieron por las paredes, el ciempiés parecía más veloz que las cucarachas, pero las cucarachas huyeron primero. Dije en voz alta que el ciempiés era venenoso. El sepulturero, o como se llamara, no le dio importancia a lo que yo había dicho.
Después de que los restos de mi hermano fueron colocados en la caja de plástico, su nombre fue escrito con letras grandes en la tapa. Uno de los hombres entró a la sepultura y deshizo con un marro y cincel la losa que cerraba la parte inferior donde se encontraban los restos de mi padre, que había muerto dos años antes que mi hermano. El enterrador volvió a entrar a la sepultura. Los huesos de mi padre estaban en peor estado que los de mi hermano, algunos tan pulverizados que parecían tierra. Todo fue arrojado dentro de otra caja de plástico, mezclado con los restos de telas, las ropas de mi padre no eran tan buenas como las de mi hermano y se habían podrido tanto como los huesos. Del cráneo de mi padre sólo quedaba la dentadura postiza; el acrílico rojo de la dentadura brillaba más que el ciempiés.
Les di una buena propina. Las dos cajas fueron colocadas a un lado de la sepultura.
Volví a la capilla.
Mi hermano fumaba mirando por la ventana el tránsito de la calle.
Un sacerdote apareció y rezó.
El cajón cerrado fue colocado en una camilla con ruedas. Seguimos, mi hermano y yo, a la camilla empujada por el sepulturero hasta la fosa abierta. El cajón de mi madre fue colocado en la parte inferior. Una losa fue sellada con cemento, dejando la parte superior vacía, a la espera del futuro ocupante. Sobre esa losa fueron depositadas provisionalmente las dos cajas con los restos de mi padre y mi hermano. La loza de mármol rosa con los nombres de los dos, grabados en bronce, cerró la sepultura.
Deben haber robado las obturaciones de oro de los dientes de mi hermano mientras fui a la capilla para traer a mi madre, pensé. Pero estaba muy cansado para comentar eso. Caminamos en silencio hasta la puerta del cementerio. Mi hermano me dio un abrazo. ¿Quieres que te lleve?, preguntó. Le dije que iba a caminar un poco. Miré su carro que se alejaba. Me quedé allí, de pie, hasta que oscureció.

lunes, 1 de junio de 2015

La víbora y la lima.

La víbora y la lima

A un taller de un herrero entró una víbora, pidiéndole caridad a las herramientas. Después de recibir algo de todas, faltando sólo la lima, se le acercó y le suplicó que le diera alguna cosa.
— ¡Bien engañada estás — repuso la lima — si crees que te daré algo. Yo que tengo la costumbre, no de dar, sino de tomar algo de todos!
Nunca debes esperar obtener algo de quien sólo ha vivido de quitarle a los demás.