miércoles, 9 de septiembre de 2015

El hombre que podía hacer milagros.


El hombre que podía hacer milagros

No se sabe con certeza si fue un don innato. Me inclino a pensar que le llegó de forma súbita. De hecho, a los treinta años seguía siendo un escéptico, que no creía en absoluto en los poderes de los milagros. Debo decir aquí, dado que es éste el lugar más indicado, que era un hombre de baja estatura, ojos castaño oscuro, pecoso, con el pelo rojizo y muy erizado, y con un bigote cuyas puntas solía retorcer hacia arriba. Se llamaba George McWhirter Fotheringay (nombre que, sin duda, no presagia milagros) y trabajaba como secretario en la empresa Gomshott. Era bastante aficionado a entablar polémicas dogmáticas.
Fue en el transcurso de una de estas polémicas, en la que defendía la imposibilidad de los milagros, cuando tuvo el primer indicio de sus extraordinarios poderes. La discusión tenía lugar, para ser exactos, en el bar Long Dragon, y Toddy Beamish defendía la idea contraria, con un monótono pero efectivo «…Así que usted cree que…» que tenía al señor Fotheringay sobre ascuas.
Se encontraban también allí, además de ellos dos, un ciclista polvoriento, el posadero Cox y la señora Maybridge, una camarera, bastante corpulenta y perfectamente respetable, del Long Dragon. La señora Maybridge, de pie y de espaldas al señor Fotheringay, se estaba limpiando las gafas. Los demás le miraban, interesados, aunque sin mucho entusiasmo por la ineficacia del método defendido. Incitado por las tácticas del señor Beamish, el señor Fotheringay decidió realizar un tour de force retórico inusual en él. —Vamos a ver, señor Beamish dijo el señor Fotheringay—. Definamos sin ambigüedades qué es un milagro. Es algo que se opone al curso de la naturaleza, y es el resultado del poder de la voluntad; es algo que no podría suceder sin la intervención de la voluntad.
—…Así que usted cree que… —dijo el señor Beamish manifestando su oposición.
El señor Fotheringay apeló al ciclista, que hasta entonces había permanecido atento y en silencio; recibió de él su aprobación, expresada tras una tosecita que denotaba vacilación y tras haber echado una mirada de reojo al señor Beamish. El posadero no expresó su opinión, y el señor Fotheringay, volviéndose hacia el señor Beamish, recibió de él, de forma inesperada, una razonada confirmación de su definición del milagro.
—Por ejemplo —dijo el señor Fotheringay muy animado—. Aquí podría haber un milagro. ¿Acaso podría esta lámpara, de una forma natural, seguir ardiendo vuelta hacia abajo, Beamish?
—Usted lo ha dicho; no podría —dijo Beamish.
—¿Y usted? —preguntó Fotheringay—. Usted no pretenderá decir que… ¿eh?
—No —contestó Beamish a regañadientes—. No, no podría.
—Muy bien —dijo el señor Fotheringay—. Entonces se presenta alguien aquí, pongamos por caso yo mismo, se pone en frente de la lámpara y le dice, como lo podría hacer yo, concentrándome en mi deseo. «Vuélvete hacia abajo sin romperte y sigue ardiendo, ¡ea!»
Bastó para hacer decir a todos los presentes: ¡ea! Lo imposible, lo increíble se hizo palmario. La lámpara, invertida en el aire, ardía en silencio, con la llama hacia abajo. Aquella lámpara, la prosaica y vulgar lámpara del bar Long Dragon, era tan real e ineludible como cualquier otra.
El señor Fotheringay permanecía de pie con el dedo índice extendido y con el ceño fruncido, con la expresión de alguien que prevé una catástrofe. El ciclista, que estaba sentado junto a la lámpara, se cubrió la cabeza con los brazos y echó a correr hacia el lado opuesto del bar. Los demás hicieron aproximadamente lo mismo. La señora Maybridge se volvió y chilló. La lámpara permaneció inmóvil durante unos tres segundos. Un grito sordo de angustia salió de la boca del señor Fotheringay;
—No puedo soportar esto ni un minuto mas —dijo. Se tambaleó hacia atrás y la lámpara invertida fulguró súbitamente, cayó contra el rincón del bar, rebotó en un lado, golpeó sobre el suelo y se apagó.
Por suerte tenía un pie de metal; de no haberlo tenido, el lugar habría ardido en llamas. El señor Cox fue el primero en hablar, y sus observaciones, entrecortadas con exabruptos que no venían a cuento, dieron a entender que Fotheringay estaba loco. ¡Y Fotheringay ni siquiera ponía en duda una proposición como aquélla! Estaba atónito, fuera de toda medida, ante lo que acababa de suceder. La conversación que tuvo lugar a continuación no arrojó absolutamente ninguna luz sobre el asunto, en lo que a Fotheringay atañía Todo el mundo dio la razón al señor Cox, y lo hicieron con mucha vehemencia. Acusaron a Fotheringay de haber hecho algún truco y le hicieron ver que había atentado estúpidamente contra el orden y la seguridad. Sintió que un torbellino de perplejidad le arrastraba, se sentía inclinado a pensar corno ellos, y se opuso, aunque sin ningún éxito, a abandonar el lugar.
Se fue a casa congestionado y acalorado, con el cuello de la camisa arrugado, los ojos escocidos y las orejas encarnadas. Miró con nerviosismo las diez farolas que halló en el camino. Pero fue únicamente al encontrarse solo en su habitación de Church Row cuando se sintió capaz de enfrentarse de veras a sus recuerdos, y se preguntó:
—¿Qué diablos ha ocurrido?
Se había quitado el abrigo y las botas, y estaba sentado en el borde de la cama, con las manos en los bolsillos, repitiendo, por vigésima vez, las palabras que constituían su defensa:
«Yo no quería molestar a nadie con el dichoso asunto», cuando, en el preciso momento en que pronunciaba las palabras de conjuro, le pareció que, subrepticiamente, había deseado lo que estaba diciendo y que, cuando había visto la lámpara suspendida en el aire, sintió que dependía de él dejarla allí, aunque no estaba claro cómo debía hacerse. No era la suya una mente especialmente complicada; de haberlo sido, se habría detenido ante este «deseo inadvertido», que conlleva, de hecho, los problemas más inextricables de su acto de volición; pero la idea se le apareció de forma bastante confusa. Y a continuación, sin mediar, lo admito, lógica alguna, pasó al terreno práctico de la experimentación.
Señaló con resolución su vela y se concentró, aunque presentía que estaba cometiendo una locura.
—Elévate —le dijo.
Por un instante, este prepensamiento desapareció. La vela se elevó, suspendida en el aire durante un vertiginoso momento; el señor Fotheringay contuvo el aliento; luego la vela cayó sobre su mesita tocador, dejándole en la oscuridad, rota sólo por el débil resplandor de la mecha.
El señor Fotheringay permaneció un rato sentado en la oscuridad completamente inmóvil. «¡Ha ocurrido! ¡Ha ocurrido!» —se dijo— ¡y no sé cómo lo voy a explicar.» Suspiró profundamente y buscó afanosamente una cerilla en sus bolsillos, pero no encontró ninguna. Se levantó y. buscó a tientas en su mesita tocador.
—Desearía tener una cerilla —dijo.
Recurrió a su abrigo, pero no había ninguna; entonces empezó a comprender que los milagros eran posibles incluso con cerillas. Extendí una mano y frunció el ceño en la oscuridad:
—Que aparezca una cerilla en esta mano —dijo.
Inmediatamente, sintió cómo un objeto ligero se deslizaba en su palma. Cerró los dedos asiendo una cerilla.
Luego de vanos infructuosos intentos por encenderla, descubrió que se trataba de un fósforo de seguridad. Lo tiró y entonces cayó en la cuenta de que debía haberlo deseado encendido. Así lo hizo, y al momento pudo percibirlo ardiendo sobre el tapete de su mesita tocador. Lo cogió apresuradamente y se le apagó. Sus posibilidades de percepción aumentaron; buscó a tientas el candelero para colocar en él la vela.
—Venga, ¡enciéndete! —ordenó el señor Fotheringay, e inmediatamente la vela se encendió.
Vio un agujero negro en la encimera del tocador del que salía un hilo de humo. Durante unos instantes miró fijamente la pequeña llama; a continuación, alzó la vista y vio su propia imagen reflejada en el espejo.
—¿Qué me dices ahora de los milagros? —se dijo al fin el señor Fotheringay dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo.
Las posteriores reflexiones del señor Fotheringay fueron graves pero confusas. Por lo que podía entrever, se trataba de un caso de simple volición. La naturaleza de las primeras experiencias no le indujo a ulteriores experimentos, o mejor dicho, sólo a los menos peligrosos. Levantó una hoja de papel y la transformó en un vaso de agua de color rosa, luego verde, a continuación creó un caracol que más tarde aniquilaría por medio de otro milagro, y finalmente, creó un nuevo y milagroso cepillo de dientes. Al llegar el alba comprendió que el poder de su voluntad debía de poseer una extraña y amarga cualidad, hecho del que, con anterioridad, había tenido indicios, pero no una seguridad plena. El susto y la perplejidad de su primer descubrimiento aparecían ahora mitigados por el orgullo de esta evidencia singular y por un vago presentimiento de sus ventajas. Reparó en que el reloj de la iglesia estaba dando la una, y como no se le pasó por la cabeza que podía utilizar sus milagros para librarse de sus obligaciones cotidianas en la empresa de Gomshott decidió desnudarse y acostarse sin demora. Mientras luchaba por quitarse la camiseta por la cabeza, se le ocurrió una brillante idea:
—¡Que esté ya en la cama! —ordenó, y al momento estaba acostado—. Desnudo —especificó, y como se encontraba al instante entre las frías sábanas, añadió bruscamente—: Y en mi pijama… no, en un bonito pijama de lana suave. ¡Ah! —exclamó con una inmensa felicidad—. Y ahora quiero dormirme plácidamente…
Se despertó a su hora habitual; durante el almuerzo estuvo cavilando, preguntándose si su experiencia de la noche anterior no habría sido un sueño. Al fin su mente volvió de nuevo a sus cautos experimentos. Por ejemplo, tenía tres huevos para desayunar. La patrona había preparado dos de ellos, buenos, aunque no de primera calidad; el tercero, en cambio, era un fresco y delicioso huevo de oca, preparado según su gusto, gracias a su extraordinaria voluntad. Luego, en un estado de profunda pero bien disimulada agitación, se dirigió apresuradamente a Gomshott y sólo se acordó de la cáscara del tercer huevo, cuando la patrona le habló de ello por la noche Apenas pudo trabajar en todo el día, debido al nuevo conocimiento de sí mismo, asombrosamente adquirido, pero ello no le perjudicó ya que hizo su trabajo milagrosamente en los últimos diez minutos.
A medida que transcurría lentamente el día, su estado mental fue pasando de la admiración al júbilo, aunque todavía resultaba desagradable recordar su invitación a retirarse del Long Dragon, y un recuerdo alterado de lo que había sucedido y que había influido en sus colegas, le produjo cierta risa. Era evidente que debía tener cuidado al elevar objetos que pudieran romperse, pero, por otra parte, su don le prometía más y más a medida que le daba vueltas en su cabeza. Intentó, entre otras cosas, aumentar su patrimonio personal mediante modestos actos creativos. Creó un par de espléndidos gemelos de diamantes, pero tuvo que aniquilarlos apresuradamente cuando vio aproximarse al joven Gomshott hacia su escritorio. Temió que Gomshott pudiera preguntarse cómo los había conseguido. Reflexionó y vio con bastante claridad que el ejercicio de aquel don requería precaución y una cuidadosa vigilancia. Pero su sentido común le decía que las dificultades que acompañaban su nueva habilidad no serían mayores que las que ya había afrontado al estudiar la práctica del ciclismo. Fue quizá esta analogía, así como la sensación de que no sería bienvenido en el Long Dragon, lo que le indujo a ensayar unos cuantos milagros en privado, después de cenar, en el callejón detrás de la fábrica de gas.
Había posiblemente cierto afán de originalidad en sus tentativas, ya que, aparte de su poder, el señor Fotheringay no poseía ninguna cualidad excepcional. Le vino a la memoria el milagro de la vara de Moisés, pero la noche era oscura y poco propicia para encantar, como es debido, a las grandes serpientes milagrosas. Entonces le vino a las mientes la historia de «Tannhauser», que había leído en el reverso del programa de la Filarmónica. Aquello le pareció singularmente atractivo e inofensivo. Clavó su bastón en el césped que bordeaba la calle y ordenó florecer a aquella seca madera. En seguida el ambiente se cargó de un agradable olor a rosas, y, con la ayuda de una cerilla, pudo comprobar que aquel hermoso milagro se había realizado. Su íntima complacencia fue interrumpida al oír unos pasos que se aproximaban. Temeroso de que descubrieran demasiado pronto sus poderes, se dirigió a las flores de su bastón y apresuradamente les ordenó:
—¡Idos! —aunque lo que él quiso decir fue «Volved a vuestro antiguo estado»; evidentemente estaba aturdido. El bastón retrocedió a una velocidad considerable, y a continuación se oyó un grito de dolor y cólera, y un insulto procedentes de la persona que se aproximaba.
—¿Se ha vuelto usted loco para andar tirando zarzas a la gente? ¡Me ha dado en la espinilla!
—Lo siento, hombre —contestó el señor Fotheringay, cayendo en la cuenta de lo torpe de la explicación; se pasó la mano nerviosamente por el bigote y vio que Winch, uno de los tres alguaciles, se acercaba.
—¿Qué significa todo esto? —inquirió el alguacil—. ¡Ah! ¡Pero si es usted, el caballero que rompió la lámpara en el Long Dragon!
—No tenía ninguna intención de hacerlo —contestó el señor Fotheringay—. De veras, ninguna.
—Entonces, ¿por qué lo hizo?
—¡Oh! ¡Qué fastidio! —exclamó el señor Fotheringay.
—Sí, exacto, qué fastidio, ¿sabe que ese bastón me ha hecho daño? ¿Por qué lo ha hecho?
En aquel momento, el señor Fotheringay no pudo pensar en ninguna excusa. Su silencio irritó visiblemente al señor Winch.
—Esta vez ha agredido usted a la policía, ¡eso es lo que ha hecho!
—Verá, señor Winch —dijo el señor Fotheringay, molesto y confundido—, lo siento mucho. El hecho es que…
—¿Y bien?
No pudo pensar en otra cosa que no fuera la verdad. Estaba realizando un milagro. Intentó hablar de una forma coherente, pero, aunque lo intentó, no pudo.
—¡Realizando un…! Vamos, no diga tonterías. ¡Conque realizando un milagro…!, ¡un milagro! Ésta sí que es buena, pero, ¿acaso no era usted quien no creía en los milagros…? Éste debe ser otro de sus estúpidos trucos… ¡Sí señor, eso es lo que es! Ahora déjeme decirle…
Pero el señor Fotheringay no escuchó lo que el señor Winch iba a decirle. Comprendió que le había revelado su secreto y que lo proclamaría a los cuatro vientos. Una súbita rabia le incitó a actuar. Se volvió hacia el alguacil y le dijo ferozmente:
—Estoy harto, ¿me oye?, ¡harto de todo esto! Ahora le voy a enseñar uno de esos estúpidos trucos! ¡Verá! ¡Y ahora váyase al infierno!
Y se encontró de nuevo solo.
El señor Fotheringay no realizó mas milagros aquella noche, ni tampoco se molestó en averiguar adonde había ido a parar su bastón florecido. Regresó a la ciudad, asustado y muy silencioso. Se encerró en su habitación.
—¡Señor! —exclamó—. ¡Es un don poderoso, un don extremadamente poderoso! Yo no pretendía tanto. De veras que no… ¡Me pregunto cómo será el infierno!
Se sentó en el borde de la cama y se quitó las botas. Tuvo la feliz ocurrencia de trasladar al alguacil desde el infierno hasta San Francisco, y sin volver a interferir el orden natural de las cosas, se metió tranquilamente en la cama. Durante la noche soñó con la cólera de Winch.
Al día siguiente, el señor Fotheringay oyó dos noticias interesantes, alguien había plantado un rosal hermosísimo en la parte trasera de la casa privada del viejo señor Gomshott, en la calle Lullaborough, y la otra era que habían estado rastreando el río hasta Rawling’s Mili, en busca del alguacil Winch.
El señor Fotheringay estuvo abstraído durante todo el día, y no realizó ningún milagro más, a excepción de algunas provisiones para Winch y del milagro de terminar con celeridad y pulcritud su trabajo del día, a pesar del enjambre de ideas que zumbaban en su mente. La extraordinaria abstracción y suavidad de sus modales fueron comentadas por muchas gentes, y fue motivo de burla. Pero la mayor parte del tiempo, él pensaba en Winch.
El domingo por la tarde, se dirigió a la capilla, donde el señor Maydig, que se interesaba algo por el ocultismo, predicaba, harto sorprendentemente, sobre «aquellas cosas que se apartan de la ley». El señor Fotheringay, que no asistía con regularidad a la capilla, sintió que su escepticismo, al que ya he aludido, no fue hondamente perturbado. El contenido del sermón arrojó una luz enteramente nueva sobre sus dones recién adquiridos, y de repente, decidió consultar al señor Maydig en cuanto acabase el servicio. Y en el momento de tomar la decisión, se preguntó cómo esta idea no se le habría ocurrido antes.
Al señor Maydig, que era un hombre enjuto y nervioso, con unas muñecas y un cuello extraordinariamente largos, le halagó profundamente que un joven, cuyo escaso interés por los asuntos religiosos era de todos conocido y criticado, pidiese una consulta privada con él. Una vez despachados unos pequeños e ineludibles contratiempos, le condujo al estudio de la rectoría contiguo a la capilla, le ofreció acomodo; y de pie frente al fuego de una reconfortante chimenea (sus piernas dibujaban una sombra arqueada en la pared opuesta), pidió al señor Fotheringay que le expusiera su problema.
Al principio, el señor Fotheringay se sintió un poco avergonzado y le resultó difícil entablar la conversación.
—Me temo que usted no me va a creer, señor Maydig…
Durante un rato estuvo diciendo cosas por el estilo. Por fin lo intentó con una pregunta. Le preguntó al señor Maydig su opinión sobre los milagros.
El señor Maydig estaba todavía diciendo «Y bien», en un tono extremadamente juicioso, cuando el señor Fotheringay le interrumpió nuevamente:
—Supongo que usted no cree que cierta clase de personas, vulgares y corrientes, como yo, por ejemplo, pueda estar sentada aquí y ahora como yo lo estoy, y sea capaz de realizar ciertas cosas mediante un acto exclusivo de volición.
—Es posible —dijo el señor Maydig—. Algo parecido, sí, quizá sea posible.
—Si yo pudiera realizarlo aquí, libremente, con algún objeto… creo que puedo demostrárselo con un experimento —dijo el señor Fotheringay—. Ahora, coja esta pipa que hay encima de la mesa, por ejemplo. Lo que quiero saber es si lo que voy a hacer con ella es un milagro o no. Espere medio minuto, señor Maydig, por favor.
Frunció el ceño, señaló la pipa y dijo:
—Conviértete en un jarrón con violetas.
La pipa se convirtió en lo que él había ordenado.
El señor Maydig se sobresaltó violentamente al ver la transformación, y permaneció mirando alternativamente al taumaturgo y al jarrón No dijo nada. De repente, osó inclinarse sobre la mesa y oler las violetas; eran flores recién cortadas y de las más exquisitas. Luego volvió a mirar al señor Fotheringay.
—¿Cómo lo ha hecho? —inquirió.
El señor Fotheringay se retorció el bigote.
—Me bastó con ordenarlo… y ya está. ¿Se trata de un milagro, magia negra o qué es? ¿Qué cree usted que me pasa? Esto es lo que quería preguntarle.
—Es el suceso mas extraordinario que he visto.
—Hace exactamente una semana ignoraba, tanto como usted, que era capaz de ciertas cosas. Hay algo extraño a mi voluntad, supongo, y esto es cuanto puedo decirle.
—¿Es esto lo único que puede hacer o es capaz de realizar también otras cosas?
—¡No! —contestó el señor Fotheringay—. Puedo hacer muchas más cosas. —Reflexionó y de pronto recordó un conjuro que había visto en un espectáculo—. ¡Tú! —señaló—, transfórmate en una pecera con un pez… no, eso no, transfórmate en una pecera de cristal, llena de agua, con una carpa dentro nadando en su interior. ¡Esto está mejor! ¿Ha visto esto, señor Maydig?
—Es impresionante, es increíble. Es usted el más extraordinario… Pero no…
—Podría convertirlo en cualquier cosa —dijo el señor Fotheringay—. En cualquier cosa. ¡Venga! ¡Conviértete en una paloma!
Al instante, una paloma azulada estaba revoloteando por la habitación, obligando al señor Maydig a esconder la cabeza bajo el brazo cada vez que pasaba junto a él.
—¡Detente allí! —ordenó el señor Fotheringay, y la paloma se quedó inmóvil en el aire—. Podría volver a transformarte en un jarrón con gores —dijo, y luego de colocar la paloma sobre la mesa, realizó el milagro.
—Supongo que querrá usted su pipa en seguida, ¿no?
Y la pipa apareció de nuevo.
El señor Maydig había seguido estas últimas transformaciones con una devoción silenciosa. Miró fijamente al señor Fotheringay y, con suma cautela, recogió su pipa, la examinó y la colocó sobre la mesa.
—¡Vaya! —fue cuanto alcanzó a decir.
—Ahora, después de todo esto resulta más fácil explicar para qué he venido —dijo el señor Fotheringay—, y a continuación procedió a narrar con prolijidad y dramatismo sus extrañas experiencias, empezando por el asunto de la lámpara del Long Dragon, y enmarañándose en continuas alusiones a Winch. A medida que iba avanzando, el orgullo momentáneo que le había producido la consternación del señor Maydig, iba desapareciendo. Volvió a ser el vulgar señor Fotheringay de todos los días. El señor Maydig le escuchaba con atención, con la pipa en la mano, y su expresión también fue cambiando en el transcurso del relato. Mientras el señor Fotheringay estaba hablando sobre el milagro del tercer huevo, el pastor le interrumpió bruscamente, agitando su mano.
—Es posible —dijo—. Es verosímil, es asombroso, desde luego, pero conlleva un buen número de dificultades. El poder para realizar milagros es un don, una cualidad única, como el genio o el conocimiento del futuro, que sólo les ha sido dado poseerlo a unos cuantos seres excepcionales. Pero este caso… Siempre me han maravillado los milagros de Mahoma, y los de Yogi, y los de la señora Blavatsky. ¡Claro, claro que sí! ¡Es un don! Verifica de una forma hermosa las hipótesis de aquel pensador —el señor Maydig bajó la voz— …su alteza el duque de Argyll. Con ello desvelamos una ley más profunda, más recóndita que las leyes ordinarias de la naturaleza. Sí, sí, prosiga, ¡prosiga!
El señor Fotheringay procedió a relatarle su percance con Winch, y el señor Maydig, libre ya de toda cohibición o temor, empezó a agitar los brazos y a dar curso libre a sus emociones.
—Esto es lo que mas me inquieta —prosiguió el señor Fotheringay—; es por ello por lo que quiero un consejo. Sin duda está en San Francisco (dondequiera que esté San Francisco), pero con toda evidencia un asunto peliagudo para nosotros dos, como podrá ver, señor Maydig. No veo el modo de que alcance a comprender lo ocurrido y yo diría que está horriblemente atemorizado y exasperado, y que debe de estar persiguiéndome. Estoy convencido de que él está intentando ponerse en marcha para venir aquí; por eso yo le mando otra vez de regreso, mediante un nuevo milagro, en cuanto me acuerdo.
Con toda segundad, esto es algo que jamás logrará entender, y esto le hará sufrir; además, si cada vez que intenta escapar, saca un billete, le va a resultar muy caro. He hecho cuanto he podido por él, pero a él, en cambio, le es difícil ponerse en mi lugar. Pensé también que sus ropas podrían haberse chamuscado, ya sabe… si el infierno es como nos lo han pintado… antes de llegar a San Francisco, y en este caso me temo que lo habrán encerrado. Como ve, estoy en un lío espantoso…
El señor Maydig le miraba seriamente.
—Ya veo que está usted en una situación difícil, ¿cómo va a poner término a todo esto? —preguntó. Hablaba con vaguedad, dejando las ideas en suspenso.
—Pero dejemos a Winch un momento y discutamos la cuestión principal. No creo que sea éste un caso de magia negra ni nada por el estilo. No veo que haya ningún rastro de criminalidad en ello, en absoluto, señor Fotheringay; nada, a menos que me esté usted ocultando algún hecho, algún hecho material. No, son milagros, puros milagros, milagros, sí, si puedo decirlo así, y de primerísima clase.
Empezó a pasear por la alfombrilla que había junto a la chimenea y a gesticular, mientras el señor Fotheringay apoyaba su brazo sobre la mesa y la cabeza sobre su barbilla, visiblemente preocupado.
—No sé cómo voy a solucionar lo de Winch —dijo.
—Un don para realizar milagros, un don aparentemente muy poderoso —dijo el señor Maydig—. Ya encontraremos algún modo de arreglar lo de Winch, no tema. Mi querido señor, es usted un hombre muy importante, un hombre con unas posibilidades asombrosas, esto es evidente. Y de otro lado, las cosas que usted puede hacer…
—Sí, he pensado en una o dos —dijo el señor Fotheringay—, Pero algunas cosas quedaron un poco deformadas. ¿Vio usted aquel pez al principio? No era una pecera normal, ni el pez tampoco. Pensé que podría consultar a alguien sobre el particular.
—Un sistema apropiado —dijo el señor Maydig—, un sistema muy apropiado. Definitivamente, el sistema mas apropiado. —Se detuvo y miró al señor Fotheringay—. Es un don prácticamente ilimitado. Examinemos sus poderes, por ejemplo, si son realmente… si son realmente lo que parecen ser.
Y así, por increíble que parezca, en el estudio de la pequeña casa detrás de la capilla congregacional, en la tarde del 10 de noviembre de 1896, el señor Fotheringay, incitado e inspirado por el señor Maydig, empezó a hacer milagros. Al lector le habrá llamado la atención, sobre todo, la fecha. Objetará, probablemente ya habrá objetado, que algunos puntos en esta historia son inverosímiles, que sí algo parecido a lo que se ha descrito hubiese, efectivamente, ocurrido, habría salido en los periódicos del año pasado. Los detalles que siguen a continuación seguramente los encontrará difíciles de aceptar, porque, entre otras cosas, llevan a la conclusión de que él o ella, el lector en cuestión, debe haber muerto asesinado de forma violenta y sin precedentes, hace más de un año. Ahora bien, un milagro sólo lo es por su inverosimilitud, y en realidad, el lector fue asesinado hace un año de forma violentísima y sin precedentes. Ello se pondrá de manifiesto y resultará del todo verosímil en las páginas siguientes de este relato, como todo lector en su sano juicio admitirá. Pero éste no es el momento de contar el fin de esta historia, nos hallamos únicamente en la parte central. En un principio, los milagros realizados por el señor Fotheringay eran insignificantes y tímidos, consistieron en pequeños cambios con las copas y el mobiliario del locutorio, tan endebles como los milagros de los teosofistas, aunque, a pesar de su endeblez, eran recibidos con un temor reverencial por su colaborador. Él hubiera preferido resolver el asunto de Winch, pero el señor Maydig no le dejó. Después de que hubieron realizado una docena de estas trivialidades caseras, desarrollaron su poder, su imaginación empezó a dar señales de una estimulación superior, y su ambición creció. El primer milagro de envergadura se debió al hambre y a la negligencia de la señora Minchin, el ama de llaves. Los alimentos a los que tenía acostumbrado el pastor al señor Fotheringay eran ciertamente poco apetitosos como refrigerio para dos hacedores de milagros. Estaban sentados, haciendo comentarios, con pesar mas que ira sobre el ama de llaves y lo que ésta había traído como cena.
—¿No cree, señor Maydig, que sería una indiscreción que yo…?
—Mi querido señor Fotheringay, ¡pues claro que no! ¡Adelante!
El señor Fotheringay agitó la mano.
—¿Qué podríamos tomar? —preguntó, sintiéndose dadivoso, e inspeccionó el menú que había pedido—. A mi gusto —dijo echando un vistazo a la selección del señor Maydig—, siempre me ha gustado beber una buena jarra de cerveza con una buena tostada recubierta de queso fundido, y esto es lo que voy a pedir; no soy muy aficionado al Borgoña —dijo, e inmediatamente, la cerveza y la tostada aparecieron. Hablaron largo y tendido durante la cena, y, de repente, el señor Fotheringay percibió con cierta sorpresa y complacencia todos los milagros que harían en breve.
—Y por cierto, señor Maydig —dijo el señor Fotheringay—, quizá podría ayudarle, de una forma casera, quiero decir.
—No acabo de entenderle —dijo el señor Maydig, vaciando el vaso del milagroso Borgoña añejo.
El señor Fotheringay se sirvió una segunda ración de tostada, llenándose la boca.
—Estaba pensando —dijo— que podría (ñam, ñam) realizar un milagro (ñam, ñam) con la señora Minchin (ñam, ñam), hacer de ella una . mujer mejor.
El señor Maydig dejó el vaso sobre la mesa y le miró con aire dubitativo:
—Ella es, ella… se opone rotundamente a que se inmiscuyan en su vida, señor Fotheringay, y de hecho, son más de las once y estará ya durmiendo. ¿Cree usted que podría… en resumidas cuentas…?
El señor Fotheringay sopesó estas objeciones.
—No veo por qué no podría hacerlo, aunque esté durmiendo.
Por un tiempo el señor Maydig se opuso a la idea, pero al final, cedió. El señor Fotheringay dio sus órdenes, y un tanto incómodos, quizá, los dos caballeros se dispusieron a seguir comiendo. El señor Maydig empezó a conjeturar sobre los cambios que se habrían operado en su ama de llaves al día siguiente, con un optimismo que incluso a los sentidos extraordinarios del señor Fotheringay les pareció un poco exagerado y morboso, cuando, de pronto, se oyeron unos ruidos confusos que provenían del piso de arriba. Sus ojos se miraron interrogantes; el señor Maydig salió de la habitación apresuradamente. El señor Fotheringay le oyó llamar al ama de llaves, y a continuación, sus pasos yendo suavemente hacia ella.
Al cabo de un minuto, más o menos, el pastor regresó, despacio y con una expresión radiante.
—Maravilloso —dijo—. ¡Y conmovedor! ¡Muy conmovedor!
Empezó a pasear sobre la alfombra que había junto a la chimenea.
—Qué arrepentimiento, qué arrepentimiento tan impresionante… lo vi a través de la rendija de la puerta. ¡Pobre mujer! ¡Qué cambio tan maravilloso! Se había levantado, seguramente se levantó de inmediato. Se había despertado con la intención de destruir la botella de coñac que escondía en una caja. ¡Y para confesarlo incluso!… Pero esto nos ofrece, nos abre el mas impresionante repertorio de posibilidades. Si podemos operar este milagro en ella…,
—Al parecer, el asunto es ilimitado —dijo el señor Fotheringay—. Y sobre el señor Winch…
—Sí, decididamente, ilimitado. —Desde la alfombra que había delante de la chimenea, el señor Maydig, dejando a un lado el problema de Winch, expuso una serie de maravillosas propuestas, propuestas que él iba inventando, mientras hablaba.
Pero estas propuestas no interesan ahora, ni están en relación alguna con la parte principal de este relato. Baste con decir que fueron concebidas con infinita benevolencia, la clase de benevolencia que solía llamarse posprandial. Baste asimismo con decir que el problema de Winch se quedó sin resolver. Tampoco es necesario describir hasta qué punto se cumplieron las propuestas. Hubo transformaciones sorprendentes. El alba sorprendió al señor Maydig y al señor Fotheringay corriendo por la plaza del mercado, bajo la Luna, con mucho frío, en una especie de éxtasis, el señor Maydig, todo gesto y abrigo, el señor Fotheringay, bajo y con el pelo erizado, y sin estar ya avergonzado de su grandeza. Habían redimido a los borrachos del grupo parlamentario, convirtieron toda la cerveza y el alcohol en agua (el señor Maydig había decidido en contra del señor Fotheringay en este punto), posteriormente, habían mejorado notablemente ¡a comunicación ferroviaria del lugar, vaciaron el pantano de Flinder, mejoraron el terreno de One Three Hill y curaron la verruga del vicario. Se dispusieron a ver lo que podría hacerse con el embarcadero deteriorado de South Bridge.
—El lugar —dijo entrecortadamente el señor Maydig— será irreconocible mañana. ¡Qué sorpresa se van a llevar todos y cómo lo van a agradecer! —En aquel preciso momento, el reloj de la iglesia señalaba las tres.
—Son las tres —dijo el señor Fotheringay—, tengo que irme. Tengo que estar en el trabajo antes de las ocho. Y por otro lado la señora Wimms..
—Pero si no estamos mas que empezando —dijo el señor Maydig, con la infinita dulzura que le confería su ilimitado poder—. Estamos sólo empezando. Piense en todas las buenas acciones que hemos hecho. Cuando la gente se despierte…
—Pero… —dijo el señor Fotheringay.
El señor Maydig agarró su brazo de repente. Sus ojos brillaban.
—Mi querido muchacho —dijo—, no hay ninguna prisa, mira. —Señaló a la Luna en su cénit…— ¡Josué!
—¿Josué? —preguntó el señor Fotheringay.
—Josué —dijo el señor Maydig—. ¿Por qué no? ¡Detenía!
El señor Fotheringay miró hacia la Luna.
—Está un poco alta —dijo tras una pausa.
—¿Por qué no? —preguntó el señor Maydig—. Desde luego, no se detiene, usted sólo detiene la rotación de la Tierra, ¿sabe? El tiempo se detiene. No perjudicamos a nadie.
—¡Hum! —dijo el señor Fotheringay—. Bien. —Suspiró—. Lo intentaré, a ver ahora…
Se abotonó el abrigo y se dirigió hacia el globo habitable con una actitud de confianza, que le confería su poder.
—¡Detén tu rotación! —ordenó el señor Fotheringay.
Al instante se encontró volando precipitadamente a través del aire a razón de docenas de millas por minuto. A pesar de los innumerables círculos que iba describiendo por segundo, pudo pensar; pensar es maravilloso, a veces el pensamiento fluye lentamente, otras, tan raudo como la luz. Pensó en un segundo y deseó:
—¡Déjame volver abajo sano y salvo! No importa lo que pase en adelante, ¡déjame volver abajo sano y seguro!
Lo deseó justo a tiempo, porque sus ropas, calentadas debido a su rápido vuelo a través del aire, empezaban a chamuscarse. Descendió; el impacto del aterrizaje, sobre lo que resultó ser un montón de tierra recién removida, fue brusco aunque en modo alguno doloroso. Una gran masa de metal y ladrillos, de extraordinario parecido con el reloj en medio de la plaza del mercado, cayó al suelo muy cerca de él, se desplomó y rebotó por encima de su cabeza; y, como una bomba al estallar, voló por los aires hasta caer entre los escombros de piedra, hierro y ladrillos. Una vaca que iba lanzada por los aires cayó encima de uno de los grandes montones y estalló como un huevo. Hubo un estallido tan estrepitoso que, en comparación, incluso los más espectaculares que había visto en su vida le parecieron el ruido que hace el polvo al caer. Le siguieron una serie de estallidos gradualmente menores. Un viento horrible rugió en el cielo y en la tierra, de forma que apenas pudo levantar la cabeza para mirar. Por unos momentos se quedó sin respiración y tan aturdido que ni siquiera podía ver dónde estaba ni lo que estaba sucediendo. Y su primer impulso fue palparse la cabeza y asegurarse de que el pelo erizado que estaba tocando era el suyo propio.
—¡Señor! —exclamó el señor Fotheringay, sin poder apenas hablar, debido al temporal—. ¡He sobrevivido! ¿Qué ha ocurrido? Tormentas y truenos. Si hace sólo un momento había una noche serena. Fue Maydig quien me embarcó en esto. ¡Qué viento! ¡Si me quedo aquí, voy a sufrir un estrepitoso accidente,..! ¿Dónde está Maydig? ¡En qué caos se ha sumido todo!
Se miró hasta donde las haldas del abrigo le permitieron. La apariencia de las cosas era realmente muy extraña.
—El cielo no parece alterado, de todas formas —dijo el señor Fotheringay con júbilo—. Creo que está todo en orden. Incluso allí parece que se aproxima un terrible temporal. Pero la Luna está allí arriba justo como hace unos instantes. Brillante como la luz del mediodía. Pero, por lo demás… ¿Dónde está el pueblo? ¿Dónde está, dónde está todo? Y ¿cómo ha podido formarse este horrible viento? Yo no ordené ningún viento.
El señor Fotheringay hizo vanas tentativas de ponerse en pie; por lo que permaneció a gatas a la espera. Inspeccionaba el mundo a la luz de la Luna, con la parte trasera de su abrigo cayéndole sobre la cabeza.
—Algo va mal —dijo el señor Fotheringay—. Pero sólo Dios sabe de qué se trata.
Nada podía verse en ninguna dirección, bajo el blanco resplandor, a través de la neblina de polvo arrastrado por el viento que rugía, sólo veía cómo montones de tierra revuelta y montones de ruinas incipientes se desplomaban. No habían árboles, ni casas, ni formas que le resultaran familiares; sólo un desorden salvaje, que desapareció finalmente en la oscuridad, tragado por los remolinos, las corrientes, y los rayos y truenos de una tormenta que se desató raudamente. Cerca de él, en la luz más pálida, había algo que pudo haber sido alguna vez un olmo y que ahora no era más que un montón de astillas, los restos de un árbol hecho añicos desde las ramas a la base, y más allá, surgió una masa de vigas de hierro retorcidas, que a todas luces había sido un viaducto.
Como puede verse, cuando el señor Fotheringay detuvo la rotación del globo terráqueo, no especificó nada sobre los objetos ligeros que se mueven sobre su superficie. Y la Tierra gira a una velocidad tal que la superficie en su ecuador viaja a algo más de 1.000 millas por hora, y en las distintas latitudes, a más de la mitad de esa velocidad. Por eso el pueblo, el señor Maydig, el señor Fotheringay y todas las personas y cosas, habían sido despedidas violentamente por una fuerza centrífuga, a una velocidad de unas nueve millas por segundo, es decir, mucho más violentamente que si hubieran sido disparadas por un cañón. Y todo ser humano, toda criatura viviente, casa o árbol, y todo el mundo, tal como lo conocemos, había sido también lanzado, aplastado y totalmente destruido. Eso era todo.
El señor Fotheringay, desde luego, no apreciaba estas cosas en su totalidad. Pero percibía que su milagro se había malogrado, y aquello le hizo sentir una gran aversión hacia los milagros. Ahora estaba a oscuras, porque el cielo se había cubierto de nubes que escondieron el resplandor fugaz de la Luna; las tortuosas formas del granizo, caprichosamente cambiantes, poblaban el aire. El enorme rugido del viento y del agua llenaba el cielo y la tierra; sus ojos, bajo la mano que le protegía del polvo y del aguanieve, percibieron, a barlovento, y gracias a la luz intermitente de los relámpagos, cómo un inmenso muro de agua avanzaba en dirección hacia él.
—¡Maydig! —gritó la voz debilitada del señor Fotheringay en medio del alboroto de las fuerzas de la naturaleza—. ¡Aquí, Maydig! ¡Detente! —chilló el señor Fotheringay al agua que avanzaba—. ¡Por Dios, detente! Un momento —dijo el señor Fotheringay a los rayos y truenos—. Deteneos un momento mientras ordeno mis pensamientos… y ahora, ¿qué hago? —se preguntó—, ¿y ahora qué hago, Dios mío? ¡Ojalá Maydig estuviera cerca! Ya sé —se dijo—. ¡Y por Dios todopoderoso, esta vez quiero hacerlo bien!
Permanecía a gatas, resguardándose del viento, concentrándose Para hacerlo todo bien.
—¡Ah! —exclamó—, que nada de lo que voy a ordenar ocurra antes de que diga ¡Fuera!… ¡Dios mío! ¿Por qué no reparé en ello antes?
La entonación de su voz cambió al acercársele el remolino, gritando más y más alto con el vano deseo de escucharse a sí mismo.
—¡Ahora, ahí va! ¡Ten en cuenta lo que acabo de decir hace un momento. En primer lugar, cuando se haya realizado todo cuanto tengo que decir, quiero desprenderme de mi milagroso poder, que mis deseos sean como los de cualquier ser humano, como los que yo tenía antes, y que todos estos peligrosos milagros se detengan. No me gustan. Hubiera preferido no haberlo hecho. Esto es lo primero. Y lo segundo es que quiero volver hacia atrás, y detenerme en el instante en que precedió a los milagros. Permite que todo sea tal y como fue antes de que aquella bendita lámpara se diera la vuelta. Será una empresa ardua, pero será la última, ¿lo has entendido? Que se acaben os milagros, que todo sea tal y como fue y que yo regrese al Long Dragon en el momento en que me disponía a beber mi caña. ¡Sí! ¡Eso es!
Hundió sus dedos en el barro. Cenó sus ojos y dijo:
—¡Fuera!
Todo volvió a quedar perfectamente en calma. Se dio cuenta de que volvía a estar de pie, en posición erecta.
—…Así que usted cree que… —dijo una voz.
Abrió los ojos. Estaba en el bar Long Dragon, discutiendo de milagros con Toddy Beamish. Tuvo la vaga sensación de que algo muy importante se le había, de repente, olvidado. Con la excepción de la pérdida de sus poderes milagrosos, todo volvía a ser como antes había sido. Su pensamiento y su memoria volvían a ser en ese momento los mismos que habían sido en el punto en el que esta historia empezó. Por lo tanto, él no sabía, ni sabe todavía hoy, nada de cuanto aquí se ha dicho. Y, entre otras cosas, desde luego, seguía sin creer en los milagros.
—Yo le digo que los milagros, hablando con propiedad, no pueden producirse —dijo—. A pesar de lo que usted sostenga, estoy preparado para demostrarlo hasta sus últimas consecuencias.
—Eso es lo que usted cree —dijo Toddy Beamish.
—Demuéstrelo, si es capaz.
—Vamos a ver, señor Beamish —dijo el señor Fotheringay.
—Definamos, sin ambigüedades, qué es un milagro. Es algo que se opone al curso de la naturaleza, y es el resultado del poder de la voluntad; es algo que…

martes, 8 de septiembre de 2015

Los ojos sombríos.

Los ojos sombríos

Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y aburri do en exceso, cuando julio Zapiola, viéndome allí, vino a saludarme. Zapiola es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de Europa, después de larga ausencia.
Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad. Supe que se había casado: su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi parte, lo in formé de mi noviazgo con Elena y su reciente ruptura. Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle dicho que creía de to do punto imposible cualquier arreglo.
-No crea en esas sacudidas -me dijo Zapiola con aire tranquilo y serio-. Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre; era como antes, inconstante, apasiona do, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspica cias eran enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace su frir con este modo de ser.
Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su no via, esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí nin gún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.
-No sé qué tiene que ver el orgullo con esto -le observé.
-¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la ponderación justa de lo que has visto!
-Te juro…
-¡Bah; déjame en paz! -concluyó cada vez más irritado con mi tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.
Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre.
-¿Quieres hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he ha blado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.
Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contac to tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel cuerpo mudo se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.
Cuando salimos, Vezzera me dijo:
-¿Y?… ¿es como te he dicho?
-Sí -le respondí.
-¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión conforme a la realidad?
-Esta vez, sí -no pude menos de reírme.
Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.
-¡Parece -me dijo de pronto- que no hicieras sino concederme por suma gracia su belleza!
-¿Pero estás loco? -le respondí.
Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su res puesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin vol vió otra vez a mí sus ojos de fiebre.
-¿De veras, de veras me juras que te parece linda?
-¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima, ¿quieres más?
Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios femeni nos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al recuerdo de su novia.
Fui varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación, respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento. Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente se mana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:
-¿Por qué no quieres ir?
-No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor pa ra esas cosas.
-¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!
-¿Yo?
-Sí, y te exijo como a un amigo, o como a ti mismo, que me digas justamente esto: ¿Por qué no quieres ir más?
-¡No tengo ganas! ¿Te gusta?
Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis.
Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.
-Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga?
Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada le cerraba los labios.
-¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.
-¡Es que te lo voy a decir!
-¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre? -le interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé ca riñosamente.
-Acuéstate un momento… estás mal.
Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente. Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:
-¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se enamo rara de ti… Por eso no ibas.
-¡Qué estúpido! -me sonreí.
-¡Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras! Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él. -Esta noche vamos -le dije-. ¿Quieres?
-Sí, quiero.
Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó con toda na turalidad, como si hubiera dejado de verme apenas el día anterior, y sin pa recer en lo más mínimo preocupada de mi larga ausencia.
-Pregúntale siquiera -se rió Vezzera con visible afectación- por qué ha pasado tanto tiempo sin venir.
María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risue ña sorpresa.
-¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!
Aunque el tono de la exclamación no pedía respuesta, María quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos.
-Aunque deba avergonzarme eternamente -repuse- confieso que hay algo de verdad…
-¿No es verdad? -se rió ella.
Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices de Vezzera, conocí su tensión de nervios.
-Dile que te diga -se dirigió a María- por qué realmente no que ría venir.
Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia.
Vezzera afectó no darse cuenta y sostuvo la tirante expectativa con el con vulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer las cejas.
-¿Hay otra cosa? -se sonrió con esfuerzo.
-Sí, Zapiola te va a decir…
-¡Vezzera! -exclamé.
-…Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no ve nir más aquí… ¿sabes por qué?
-Porque él cree que usted se va a enamorar de mí -me adelanté, di rigiéndome a María.
Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pe ro tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el can sancio de sus ojos.
-¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?
-No, supondrás… era una broma -se rió él también.
La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.
-Eres un canalla -me apresuré a decirle a Vezzera, cuando salimos.
-Sí -me respondió-. Lo hice a propósito.
-¿Querías ridiculizarme?
-Sí… quería.
-¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes con tra mí?
No me contestó, encogiéndose de hombros.
-¡Anda al demonio! -murmuré. Pero un momento después, al se pararme, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.
-¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso?
-No -le respondí secamente.
-¿No mientes, no estás mintiendo?
-No miento.
Y mentía profundamente.
-Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá?
-¡Nunca! Se acabó.
Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.
-¿No quieres ir más? -me dijo con voz ronca y cambiada.
-No, nunca más.
-Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?
-¡Oh, no seas criatura! -me reí.
Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…
Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía des de la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban.
Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.
-Vengo a pedirte una cosa -comenzó.
-¡Déjate de cosas! -interrumpí-. ¿Por qué has salido con esta no che? ¿No ves que estás jugando tu vida con esto?
-La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba… Me jor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.
-¡No! Ya te dije.
-¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no quieres ir?
-Ya te he dicho: ¡no qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿me oyes?
La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.
-Entonces -articuló con voz profundamente tomada- es lo que pienso, lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De mo do… Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.
Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida de brazos en la mesa.
-Quédate -le dije-. Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo. Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló, con la voz blanca:
-Es que me dan unas ganas locas de matarme…
-¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.
Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.
Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y aun así, persistía siempre el motivo.
Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de Vezzera. Me decía en ella que era demasiado claro que yo estaba enamora do de su novia, y ella de mí. Que en cuanto a María, tenía la más comple ta certidumbre; y que yo no había hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de do lor, absolutamente no. Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta felicidad, y por eso nos dejaba libres a mí y a ella. Además, sus pulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a Ma ría, como él hubiera deseado… etcétera.
Y dos o tres frases más. Ínútil que le cuente en detalle mi perturba ción de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta -para mí que lo conocía- era la desesperación de celos que lo llevó al suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia tranquila, no tenía ningún valor.
En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que algo semejan te pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos, pero con un cadáver en tre nosotros.
Después de quince días fui a su casa. Hablamos vagamente, evitando la menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no podía sostener mi mirada un solo momento.
-Entonces -le dije al fin levantándome- creo que lo más discreto es que no vuelva más a verla.
-Creo lo mismo -me respondió.
Pero no me moví.
-¿Nunca más? -añadí.
-No, nunca… como usted quiera -rompió en un sollozo, mientras dos lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.
Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Le abracé la cabeza por detrás.
-Sí, mi alma querida… ¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada… ¿quieres?
-¡No, no! -me respondió-, no podríamos… no, ¡imposible!
-¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?
-¡No, no, no! -redobló aún sus sollozos.
Entonces salí desesperado y pensando con rabiosa amargura que aquel imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.
Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla a ella?
-¡María! -se dirigió a una joven que pasaba del brazo-. Es hora ya: son las tres.
-¿Ya? ¿Las tres? -se volvió ella-. No hubiera creído. Bueno, va mos. Un momentito.
Zapiola me dijo entonces:
-Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he contado. Y su caso… Espere un segundo.
Y mientras me presentaba a su mujer:
-Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices. La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reír destellan felicidad.
-Sí -repuso sencillamente-, sufrimos un poco…
-¡Ya ve! -se rió Zapiola despidiéndose-. Yo en lugar suyo volve ría al salón.
Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en me dio de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que reci bió Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.
Y yo no hacía sino recordarlos.

Dos hermanos.

Dos hermanos

En una de las islas danesas, cubierta de sembrados entre los que se elevan antiguos anfiteatros, y de hayedos con corpulentos árboles, hay una pequeña ciudad de bajas casas techadas de tejas rojas. En el hogar de una de aquellas casas se elaboran cosas maravillosas; hierbas diversas y raras eran hervidas en vasos, mezcladas y destiladas, y trituradas en morteros. Un hombre de avanzada edad cuidaba de todo ello.
– Hay que atender siempre a lo justo – decía -; sí, a lo justo, lo debido; atenerse a la verdad en todas las partes, y no salirse de ella.
En el cuarto de estar, junto al ama de casa, estaban dos de los hijos, pequeños todavía, pero con grandes pensamientos. La madre les había hablado siempre del derecho y la justicia y de la necesidad de no apartarse nunca de la verdad, que era el rostro de Dios en este mundo.
El mayor de los muchachos tenía una expresión resuelta y alegre. Su lectura referida eran libros sobre fenómenos de la Naturaleza, del sol y las estrellas; eran para él los cuentos más bellos. ¡Qué dicha poder salir en viajes de descubrimiento, o inventar el modo de imitar a las aves y lanzarse a volar! Sí, resolver este problema, ahí estaba la cosa. Tenían razón los padres: la verdad es lo que sostiene el mundo.
El hermano menor era más sosegado, siempre absorto en sus libros. Leía la historia de Jacob, que se vestía con una piel de oveja para confundirse con Esaú y quitarle de este modo el derecho de primogenitura; y al leerlo cerraba, airado, el diminuto puño, amenazando al impostor. Cuando se hablaba de tiranos, de la injusticia y la maldad que imperaban en el mundo, asomábanle las lágrimas a los ojos. La idea del derecho, de la verdad que debía vencer y que forzosamente vencería, lo dominaba por entero. Un anochecer, el pequeño estaba ya acostado, pero las cortinas no habían sido aún corridas, y la luz penetraba en la alcoba. Se había llevado el libro con el propósito de terminar la historia de Solón.
Los pensamientos lo transportaron a una distancia inmensa; parecióle como si la cama fuese un barco con las velas desplegadas. ¿Soñaba o qué era aquello? Surcaba las aguas impetuosas, los grandes mares del tiempo, oía la voz de Solón. Inteligible, aunque dicho en lengua extraña, resonaba la divisa danesa: «Con la ley se edifica un país».
El genio de la Humanidad estaba en el humilde cuarto, e, inclinándose sobre el lecho, estampaba un beso en la frente del muchacho: «Hazte fuerte en la fama y fuerte en las luchas de la vida. Con la verdad en el pecho, vuela en busca del país de la verdad».
El hermano mayor no se había acostado aún; asomado a la ventana, contemplaba cómo la niebla se levantaba de los prados. No eran los elfos los que allí bailaban, como le dijera una vieja criada, bien lo sabía él. Eran vapores más cálidos que el aire, y por eso subían. Brilló una estrella fugaz, y en el mismo instante los pensamientos del niño se trasladaron desde los vapores del suelo a las alturas, junto al brillante meteoro. Centelleaban las estrellas en el cielo; habríase dicho que de ellas pendían largos hilos de oro que llegaban hasta la Tierra.
«Levanta el vuelo conmigo», pareció cantar y resonar una voz en el corazón del muchacho. El poderoso genio de las generaciones, más veloz que el ave, que la flecha, que todo lo terreno capaz de volar, lo llevó a los espacios, donde rayos, de estrella a estrella, unían entre sí los cuerpos celestes; nuestra Tierra giraba en el aire tenue, y aparecía una ciudad tras otra. En las esferas se oía: «¿Qué significa cerca y lejos, cuando te eleva el genio poderoso del espíritu?».
Y el niño seguía en la ventana, mirando al exterior, y su hermanito leía en la cama, y su madre, los llamaba por sus nombres:
– ¡Anders y Hans Christian!
Dinamarca los conoce.
El mundo conoce a los dos hermanos.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Algo.

Algo

– ¡Quiero ser algo! – decía el mayor de cinco hermanos. – Quiero servir de algo en este mundo. Si ocupo un puesto, por modesto que sea, que sirva a mis semejantes, seré algo. Los hombres necesitan ladrillos. Pues bien, si yo los fabrico, haré algo real y positivo.
– Sí, pero eso es muy poca cosa – replicó el segundo hermano. – Tu ambición es muy humilde: es trabajo de peón, que una máquina puede hacer. No, más vale ser albañil. Eso sí es algo, y yo quiero serlo. Es un verdadero oficio. Quien lo profesa es admitido en el gremio y se convierte en ciudadano, con su bandera propia y su casa gremial. Si todo marcha bien, podré tener oficiales, me llamarán maestro, y mi mujer será la señora patrona. A eso llamo yo ser algo.
– ¡Tonterías! – intervino el tercero. – Ser albañil no es nada. Quedarás excluido de los estamentos superiores, y en una ciudad hay muchos que están por encima del maestro artesano. Aunque seas un hombre de bien, tu condición de maestro no te librará de ser lo que llaman un « patán ». No, yo sé algo mejor. Seré arquitecto, seguiré por la senda del Arte, del pensamiento, subiré hasta el nivel más alto en el reino de la inteligencia. Habré de empezar desde abajo, sí; te lo digo sin rodeos: comenzaré de aprendiz. Llevaré gorra, aunque estoy acostumbrado a tocarme con sombrero de seda. Iré a comprar aguardiente y cerveza para los oficiales, y ellos me tutearán, lo cual no me agrada, pero imaginaré que no es sino una comedia, libertades propias del Carnaval. Mañana, es decir, cuando sea oficial, emprenderé mi propio camino, sin preocuparme de los demás. Iré a la academia a aprender dibujo, y seré arquitecto. Esto sí es algo. ¡Y mucho!. Acaso me llamen señoría, y excelencia, y me pongan, además, algún título delante y detrás, y venga edificar, como otros hicieron antes que yo. Y entretanto iré construyendo mi fortuna. ¡Ese algo vale la pena!
– Pues eso que tú dices que es algo, se me antoja muy poca cosa, y hasta te diré que nada – dijo el cuarto. – No quiero tomar caminos trillados. No quiero ser un copista. Mi ambición es ser un genio, mayor que todos vosotros juntos. Crearé un estilo nuevo, levantaré el plano de los edificios según el clima y los materiales del país, haciendo que cuadren con su sentimiento nacional y la evolución de la época, y les añadiré un piso, que será un zócalo para el pedestal de mi gloria.
– ¿Y si nada valen el clima y el material? – preguntó el quinto. – Sería bien sensible, pues no podrían hacer nada de provecho. El sentimiento nacional puede engreírse y perder su valor; la evolución de la época puede escapar de tus manos, como se te escapa la juventud. Ya veo que en realidad ninguno de vosotros llegará a ser nada, por mucho que lo esperéis. Pero haced lo que os plazca. Yo no voy a imitaros; me quedaré al margen, para juzgar y criticar vuestras obras. En este mundo todo tiene sus defectos; yo los descubriré y sacaré a la luz. Esto será algo.
Así lo hizo, y la gente decía de él: « Indudablemente, este hombre tiene algo. Es una cabeza despejada. Pero no hace nada ». Y, sin embargo, por esto precisamente era algo.
Como veis, esto no es más que un cuento, pero un cuento que nunca se acaba, que empieza siempre de nuevo, mientras el mundo sea mundo.
Pero, ¿qué fue, a fin de cuentas, de los cinco hermanos? Escuchadme bien, que es toda una historia.
El mayor, que fabricaba ladrillos, observó que por cada uno recibía una monedita, y aunque sólo fuera de cobre, reuniendo muchas de ellas se obtenía un brillante escudo. Ahora bien, dondequiera que vayáis con un escudo, a la panadería, a la carnicería o a la sastrería, se os abre la puerta y sólo tenéis que pedir lo que os haga falta. He aquí lo que sale de los ladrillos. Los hay que se rompen o desmenuzan, pero incluso de éstos se puede sacar algo.
Una pobre mujer llamada Margarita deseaba construirse una casita sobre el malecón. El hermano mayor, que tenía un buen corazón, aunque no llegó a ser más que un sencillo ladrillero, le dio todos los ladrillos rotos, y unos pocos enteros por añadidura. La mujer se construyó la casita con sus propias manos. Era muy pequeña; una de las ventanas estaba torcida; la puerta era demasiado baja, y el techo de paja hubiera podido quedar mejor. Pero, bien que mal, la casuca era un refugio, y desde ella se gozaba de una buena vista sobre el mar, aquel mar cuyas furiosas olas se estrellaban contra el malecón, salpicando con sus gotas salobres la pobre choza, y tal como era, ésta seguía en pie mucho tiempo después de estar muerto el que había cocido los ladrillos.
El segundo hermano conocía el oficio de albañil, mucho mejor que la pobre Margarita, pues lo había aprendido tal como se debe.
Aprobado su examen de oficial, se echó la mochila al hombro y entonó la canción del artesano:
Joven yo soy, y quiero correr mundo,
e ir levantando casas por doquier,
cruzar tierras, pasar el mar profundo,
confiado en mi arte y mi valer.
Y si a mi tierra regresara un día
atraído por el amor que allí dejé,
alárgame la mano, patria mía,
y tú, casita que mía te llamé.
Y así lo hizo. Regresó a la ciudad, ya en calidad de maestro, y contruyó casas y más casas, una junto a otra, hasta formar toda una calle. Terminada ésta, que era muy bonita y realzaba el aspecto de la ciudad, las casas edificaron para él una casita, de su propiedad. ¿Cómo pueden construir las casas? Pregúntaselo a ellas. Si no te responden, lo hará la gente en su lugar, diciendo: « Sí, es verdad, la calle le ha construido una casa ». Era pequeña y de pavimento de arcilla, pero bailando sobre él con su novia se volvió liso y brillante; y de
cada piedra de la pared brotó una flor, con lo que las paredes parecían cubiertas de preciosos tapices. Fue una linda casa y una pareja feliz. La bandera del gremio ondeaba en la fachada, y los oficiales y aprendices gritaban « ¡Hurra por nuestro maestro! ». Sí, señor, aquél llegó a ser algo. Y murió siendo algo.
Vino luego el arquitecto, el tercero de los hermanos, que había empezado de aprendiz, llevando gorra y haciendo de mandadero, pero más tarde había ascendido a arquitecto, tras los estudios en la Academia, y fue honrado con los títulos de Señoría y Excelencia. Y si las casas de la calle habían edificado una para el hermano albañil, a la calle le dieron el nombre del arquitecto, y la mejor casa de ella fue suya. Llegó a ser algo, sin duda alguna, con un largo título delante y otro detrás. Sus hijos pasaban por ser de familia distinguida, y cuando murió, su viuda fue una viuda de alto copete… y esto es algo. Y su nombre quedó en el extremo de la calle y como nombre de calle siguió viviendo en labios de todos. Esto también es algo, sí señor.
Siguió después el genio, el cuarto de los hermanos, el que pretendía idear algo nuevo, aparte del camino trillado, y realzar los edificios con un piso más, que debía inmortalizarle. Pero se cayó de este piso y se rompió el cuello. Eso sí, le hicieron un entierro solemnísimo, con las banderas de los gremios, música, flores en la calle y elogios en el periódico; en su honor se pronunciaron tres panegíricos, cada uno más largo que el anterior, lo cual le habría satisfecho en extremo, pues le gustaba mucho que hablaran de él. Sobre su tumba erigieron un monumento, de un solo piso, es verdad, pero esto es algo.
El tercero había muerto, pues, como sus tres hermanos mayores. Pero el último, el razonador, sobrevivió a todos, y en esto estuvo en su papel, pues así pudo decir la última palabra, que es lo que a él le interesaba. Como decía la gente, era la cabeza clara de la familia. Pero le llegó también su hora, se murió y se presentó a la puerta del cielo, por la cual se entra siempre de dos en dos. Y he aquí que él iba de pareja con otra alma que deseaba entrar a su vez, y resultó ser la pobre vieja Margarita, la de la casa del malecón.
– De seguro que será para realzar el contraste por lo que me han puesto de pareja con esta pobre alma – dijo el razonador -. ¿Quien sois, abuelita? ¿Queréis entrar también? – le preguntó.
Inclinóse la vieja lo mejor que pudo, pensando que el que le hablaba era San Pedro en persona.
– Soy una pobre mujer sencilla, sin familia, la vieja Margarita de la casita del malecón.
– Ya, ¿y qué es lo que hicisteis allá abajo?
– Bien poca cosa, en realidad. Nada que pueda valerme la entrada aquí. Será una gracia muy grande de Nuestro Señor, si me admiten en el Paraíso.
– ¿Y cómo fue que os marchasteis del mundo? – siguió preguntando él, sólo por decir algo, pues al hombre le aburría la espera.
– La verdad es que no lo sé. El último año lo pasé enferma y pobre. Un día no tuve más remedio que levantarme y salir, y me encontré de repente en medio del frío y la helada. Seguramente no pude resistirlo. Le contaré cómo ocurrió: Fue un invierno muy duro, pero hasta entonces lo había aguantado. El viento se calmó por unos días, aunque hacía un frío cruel, como Vuestra Señoría debe saber. La capa de hielo entraba en el mar hasta perderse de vista. Toda la gente de la ciudad había salido a pasear sobre el hielo, a patinar, como dicen ellos, y a bailar, y también creo que había música y merenderos. Yo lo oía todo desde mi pobre cuarto, donde estaba acostada. Esto duró hasta el anochecer. Había salido ya la luna, pero su luz era muy débil. Miré al mar desde mi cama, y entonces vi que de allí donde se tocan el cielo y el mar subía una maravillosa nube blanca. Me quedé mirándola y vi un punto negro en su centro, que crecía sin cesar; y entonces supe lo que aquello significaba – pues soy vieja y tengo experiencia, – aunque no es frecuente ver el signo. Yo lo conocí y sentí espanto. Durante mi vida lo había visto dos veces, y sabía que anunciaba una espantosa tempestad, con una gran marejada que sorprendería a todos aquellos desgraciados que allí estaban, bebiendo, saltando y divirtiéndose. Toda la ciudad había salido, viejos y jóvenes. ¡Quién podía prevenirlos, si nadie veía el signo ni se daba cuenta de lo que yo observaba! Sentí una angustia terrible, y me entró una fuerza y un vigor como hacía mucho tiempo no habla sentido. Salté de la cama y me fui a la ventana; no pude ir más allá. Conseguí abrir los postigos, y vi a muchas personas que corrían y saltaban por el hielo y vi las lindas banderitas y oí los hurras de los chicos y los cantos de los mozos y mozas. Todo era bullicio y alegría, y mientras tanto la blanca nube con el punto negro iba creciendo por momentos. Grité con todas mis fuerzas, pero nadie me oyó, pues estaban demasiado lejos. La tempestad no tardaría en estallar, el hielo se resquebrajaría y haría pedazos, y todos aquéllos, hombres y mujeres, niños y mayores, se hundirían en el mar, sin salvación posible. Ellos no podían oírme, y yo no podía ir hasta ellos. ¿Cómo conseguir que viniesen a tierra? Dios Nuestro Señor me inspiró la idea de pegar fuego a mí cama.
Más valía que se incendiara mi casa, a que todos aquellos infelices pereciesen. Encendí el fuego, vi la roja llama, salí a la puerta… pero allí me quedé tendida, con las fuerzas agotadas. Las llamas se agrandaban a mi espalda, saliendo por la ventana y por encima del tejado. Los patinadores las vieron y acudieron corriendo en mi auxilio, pensando que iba a morir abrasada. Todos vinieron hacia el malecón. Los oí venir, pero al mismo tiempo oí un estruendo en el aire, como el tronar de muchos cañones. La ola de marea levantó el hielo y lo hizo pedazos, pero la gente pudo llegar al malecón, donde las chispas me caían encima. Todos estaban a salvo. Yo, en cambio, no pude resistir el frío y el espanto, y por esto he venido aquí, a la puerta del cielo. Dicen que está abierta para los pobres como yo. Y ahora ya no tengo mi casa. ¿Qué le parece, me dejarán entrar?
Abrióse en esto la puerta del cielo, y un ángel hizo entrar a la mujer. De ésta cayó una brizna de paja, una de las que había en su cama cuando la incendió para salvar a los que estaban en peligro. La paja se transformó en oro, pero en un oro que crecía y echaba ramas, que se trenzaban en hermosísimos arabescos.
– ¿Ves? – dijo el ángel al razonador – esto lo ha traído la pobre mujer. Y tú, ¿qué traes? Nada, bien lo sé. No has hecho nada, ni siquiera un triste ladrillo. Podrías volverte y, por lo menos, traer uno. De seguro que estaría mal hecho, siendo obra de tus manos, pero algo valdría la buena voluntad. Por desgracia, no puedes volverte, y nada puedo hacer por ti.
Entonces, aquella pobre alma, la mujer de la casita del malecón, intercedió por él:
– Su hermano me regaló todos los ladrillos y trozos con los que pude levantar mi humilde casa. Fue un gran favor que me hizo. ¿No servirían todos aquellos trozos como un ladrillo para él? Es una gracia que pido. La necesita tanto, y puesto que estamos en el reino de la gracia…
– Tu hermano, a quien tú creías el de más cortos alcances – dijo el ángel – aquél cuya honrada labor te parecía la más baja, te da su óbolo celestial. No serás expulsado. Se te permitirá permanecer ahí fuera reflexionando y reparando tu vida terrenal; pero no entrarás mientras no hayas hecho una buena acción.
– Yo lo habría sabido decir mejor – pensó el pedante, pero no lo dijo en voz alta, y esto ya es algo.

No son tu marido.

No son tu marido

“They’re Not Your Husband”
Earl Ober era vendedor y estaba buscando empleo. Pero Doreen, su mujer, se había puesto a trabajar como camarera de turno de noche en un pequeño restaurante que abría las veinticuatro horas, situado en un extremo de la ciudad. Una noche, mientras tomaba unas copas, Earl decidió pasar por el restaurante a comer algo. Quería ver dónde trabajaba Doreen, y de paso ver si podía tomar algo a cuenta de la casa.
Se sentó en la barra y estudió la carta.
—¿Qué haces aquí? —dijo Doreen cuando lo vio allí sentado.
Le tendió la nota de un pedido al cocinero.
—¿Qué vas a pedir, Earl? —dijo luego—. ¿Los niños están bien?
—Perfectamente —dijo Earl—. Tomaré café y un sándwich de ésos. Número dos.
Doreen tomó nota.
—¿Alguna posibilidad de… ya sabes? —dijo, y le guiño un ojo.
—No —dijo ella—. No me hables ahora. Tengo trabajo.
Earl se tomó el café y esperó el sandwich. Dos hombres trajeados, con la corbata suelta y el cuello de la camisa abierta, se sentaron a su lado y pidieron café. Cuando Doreen se retiraba con la cafetera, uno de ellos le dijo al otro:
—Mira que culo. No puedo creerlo.
El otro hombre rió.
—Los he visto mejores —dijo.
—A eso me refiero —dijo su compañero—. Pero a algunos tipos las palomitas les gustan gordas.
—A mi no —dijo el otro.
—Ni a mí —dijo el primero—. Es lo que te estaba diciendo.
Doreen le trajo el sándwich. A su alrededor, había patatas fritas, ensalada de col y una salsa de eneldo.
—¿Algo más? —dijo—, ¿Un vaso de leche?
Earl no dijo nada. Negó con la cabeza mientras ella seguía allí de pie, esperando.
Al rato volvió con la cafetera y sirvió a Earl y a los dos hombres. Luego cogió una copa y se dio la vuelta para servir un helado. Se agachó y, doblada por completo sobre el congelador, se puso a sacar helado con el cacillo. La falda blanca se le subió hacia arriba por las piernas, se le pego a las caderas. Y dejó al descubierto una faja de color rosa y unos muslos rugosos y grisáceos y un tanto velludos, con una alambicada trama de venillas.
Los dos hombres de la barra, al lado de Earl, intercambiaron miradas. Uno de ellos alzó las cejas. El otro sonrió regocijado y siguió mirando por encima de su taza a Doreen, que ahora coronaba el helado con jarabe de chocolate. Cuando Doreen se puso a agitar el bote de crema batida, Earl se levantó, dejó el plato a medio comer en la barra y se dirigió hacia la puerta. Oyó que Doreen lo llamaba, pero siguió su camino.
Después de echar una ojeada a los niños fue al otro dormitorio y se quitó la ropa. Se subió las mantas, cerró los ojos y se puso a pensar. La sensación le comenzó en la cara, y luego le descendió hasta el estómago y las piernas. Abrió los ojos y movió la cabeza de acá para allá sobre la almohada. Luego se volvió sobre su lado y se durmió. Por la mañana, después de mandar a los niños al colegio, Doreen entró en el dormitorio y subió la persiana. Earl ya se había despertado.
—Mírate al espejo —dijo Earl.
—¿Qué? —dijo ella—. ¿A qué te refieres?
—Tú mírate al espejo —dijo él.
—¿Y qué es lo que debo ver? —dijo ella. Pero se miró en el espejo del tocador y se apartó el pelo de los hombros.
—¿Y bien? —dijo él.
—¿Y bien, qué? —dijo ella.
—Odio tener que decírtelo —dijo él—, pero creo que deberías ir pensando en seguir una dieta. Lo digo en serio. Sí, en serio. Creo que podrías perder unos kilos. No te enfades.
—¿Qué estás diciendo? —dijo ella.
—Lo que he dicho. Creo que no estaría mal que perdieras unos kilos. Unos cuantos, al menos.
—Nunca me has dicho nada —dijo Doreen. Se levantó el camisón por encima de las caderas y se volvió para mirarse el vientre en el espejo.
—Antes no pensaba que te hiciera falta —dijo Earl. Trataba de elegir cuidadosamente las palabras.
Con el camisón aún recogido sobre las caderas, Doreen dio la espalda al espejo y se miró por encima del hombro. Se alzó una nalga con la palma de la mano y la dejó caer.
Earl cerró los ojos.
—Puede que esté equivocado —dijo.
—Imagino que sí, que podría perder algo de peso. Pero me costará —dijo Doreen.
—Tienes razón, no será fácil —dijo Earl—. Pero te ayudaré.
—Quizás tengas razón —dijo Doreen. Dejó caer el camisón y miró a Earl. Y se quitó el camisón.
Hablaron de dietas. Hablaron de dietas de proteínas, de dietas de “sólo verduras”, de la dieta del zumo de pomelo. Pero decidieron que no tenían el dinero suficiente para los bistecs de la dieta de proteínas. Luego Doreen dijo que tampoco le apetecía atiborrarse de verduras, y que, habida cuenta de que el zumo de pomelo no le entusiasmaba, tampoco veía mucho sentido en una dieta así.
—De acuerdo, olvídalo —dijo él.
—No, no. Tienes razón —dijo ella—. Haré algo.
—¿Qué tal si haces ejercicio? —dijo él.
—Para ejercicio ya tengo bastante con el que hago en el trabajo —dijo ella.
—Pues deja de comer —dijo él—. Unos días, al menos.
—De acuerdo —dijo Doreen—. Lo intentaré. Lo intentaré unos cuantos días. Me has convencido.
—Soy vendedor —dijo Earl.
Calculó el saldo de su cuenta corriente, cogió el coche, fue a un almacén de artículos con descuento y compró una bascula de baño. Observó detenidamente a la dependienta que registraba la venta en la caja.
En casa, hizo que Doreen se desvistiera por completo y se subiera a la báscula. Al ver sus varices, frunció el ceño. Pasó el dedo a lo largo de una que le ascendía por el muslo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Doreen.
—Nada —dijo Earl.
Miró la báscula y escribió una cifra en un papel.
—Muy bien —dijo—. Muy bien.
Al día siguiente pasó casi toda la tarde fuera; tenía una entrevista. El empresario, un hombre corpulento que cojeaba mientras le mostraba los accesorios de fontanería del almacén, le preguntó si podía viajar.
—Por supuesto que puedo —dijo Earl.
El hombre asintió con la cabeza.
Earl sonrió.
Antes de abrir, oyó la televisión dentro de la casa. Cruzó la sala, pero los niños no levantaron la mirada. Doreen, vestida para el trabajo, comía huevos revueltos con bacon en la cocina.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Earl.
Ella siguió masticando, con los carrillos llenos. Pero luego echó lo que tenía en la boca encima de una servilleta.
—No he podido aguantarme —dijo.
—Cafre —dijo Earl—. ¡Sigue, sigue comiendo! ¡Come!
Se metió en el dormitorio, cerró la puerta y se echó sobre la colcha. Seguía oyendo la televisión. Se puso las manos debajo de la cabeza y miró el techo.
Doreen abrió la puerta.
—Voy a intentarlo de nuevo —dijo.
—Muy bien —dijo él.
Dos mañanas después, Doreen lo llamó al cuarto de baño.
—Mira —dijo.
Earl miró la báscula. Abrió el cajón y sacó el papel y volvió a leer el peso mientras sonreía complacido.
—Casi medio kilo —dijo Doreen.
—Algo es algo —dijo Earl, y le dio unas palmaditas en la cadera.
Leía los anuncios por palabras. Visitaba la oficina de empleo del estado. Cada tres o cuatro días cogía el coche e iba a alguna entrevista. Y por las noches contaba las propinas de Doreen. Alisaba sobre la mesa los billetes de a dólar, formaba montoncitos de dólar con los cuartos y las monedas de cinco y diez centavos. Mañana tras mañana, hacía que Doreen se subiera a la báscula.
Al cabo de dos semanas había perdido casi dos kilos.
—Pico —dijo Doreen—. Me muero de hambre durante el día, luego en el trabajo pico cosas. Por eso no pierdo más.
Pero a la semana siguiente había perdido dos kilos y medio. Y una semana después, casi cinco. La ropa le quedaba grande. Tuvo que recurrir al dinero del alquiler para comprarse otro uniforme.
—En el trabajo me dicen cosas —le dijo a Earl.
—¿Qué clase de cosas? — preguntó él.
—Qué estoy pálida, por ejemplo —dijo ella—. Que no parezco yo. Temen que esté perdiendo demasiado peso.
—¿Qué tiene de malo perder peso? —dijo él—. No les hagas ni caso. Diles que se metan en sus cosas. Ellos no son tu marido. Tú no vives con ellos.
—Pero trabajo con ellos —dijo Doreen.
—Cierto —dijo Earl—. Pero no son tu marido.
Cada mañana entraba en el cuarto de baño detrás de ella y esperaba a que se subiera a la báscula. Se arrodillaba junto a ella con papel y lápiz. El papel estaba lleno de fechas, días de la semana, cifras. Leía lo que marcaba la báscula, consultaba el papel y asentía con la cabeza o fruncía los labios.
Ahora Doreen pasaba más tiempo en la cama. Volvía a acostarse en cuanto los niños se iban al colegio, y por la tarde descabezaba un sueño antes de salir para el trabajo. Earl ayudaba en las tareas de la casa, veía la televisión y dejaba que su mujer durmiera. Hacia todas las compras, y de cuando en cuando salía a alguna entrevista.
Una noche, después de acostar a los niños, apagó el televisor y salió a tomar unas copas. Cuando el bar hubo cerrado, fue en coche al restaurante de Doreen.
Se sentó en la barra y esperó. Al poco Doreen le vio, y dijo:
—¿Los niños están bien?
Earl asintió con la cabeza.
Se tomó su tiempo para decidir lo que quería. No dejaba de mirar a su mujer, que iba de un lado para otro detrás de la barra. Por fin pidió una hamburguesa con queso. Doreen le entregó la nota al cocinero y fue a atender a otra persona.
Se acercó otra camarera con una cafetera y le llenó la taza.
—¿Cómo se llama tu amiga? —dijo, y movió la cabeza en dirección a su mujer.
—Se llama Doreen —dijo la camarera.
—Pues ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí —dijo.
—No sabría decirle —dijo la camarera.
Comió la hamburguesa y se tomó el café. La gente seguía sentándose y levantándose de la barra. Era Doreen quien atendía a la mayoría, aunque de cuando en cuando la otra camarera venía a anotar algún pedido. Earl observaba a su mujer y escuchaba atentamente. Hubo de dejar su asiento un par de veces para ir al lavabo. Y en ambas se preguntó si se había perdido algún comentario. Al volver la segunda vez, vió que le habían retirado la taza y que alguien ocupaba su sitio. Fue hasta un extremo de la barra y se sentó en un taburete, al lado de un hombre mayor que llevaba una camisa de rayas.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó Doreen cuando volvió a verle— ¿no deberías estar ya en casa?
—Ponme un café —dijo.
El hombre de al lado leía un periódico. Alzó la vista y miró como Doreen servía café a su marido. Y se quedó mirando cómo se alejaba. Luego volvió a su periódico.
Earl sorbió el café y esperó a que el hombre dijera algo. Lo observó por el rabillo del ojo. El hombre había terminado de comer y había apartado hacia un lado el plato. Encendió un cigarrillo, dobló el periódico, se lo puso delante y siguió leyendo.
Doreen volvió y retiró el plato sucio y le sirvió al hombre más café.
— ¿Qué le parece la chica? —le preguntó Earl al hombre, haciendo un gesto hacia Doreen, que caminaba hacia el otro extremo de la barra—. ¿No le parece una preciosidad?
El hombre alzó la mirada. Miró a Doreen y luego a Earl, y volvió a su periódico.
—Bien, ¿qué dice? —dijo Earl—. Es una pregunta. ¿Tiene o no buen aspecto? Dígame.
El hombre movió con ruido el periódico.
Cuando vio que Doreen se acercaba desde el otro extremo de la barra, Earl le dio un codazo al hombre en el hombro y dijo:
—Le estoy hablando. Escuche. Mire qué culo. Y ahora fíjese. ¿Me pone por favor un helado de chocolate? —pidió en voz alta a Doreen.
Doreen se paró frente a él y suspiró. Luego se volvió y cogió una copa y el cacillo del helado. Se inclinó sobre el congelador, asomó el cuerpo hacia el interior y se puso a arañar helado con el cacillo. Earl miró al hombre y le dirigió un guiño cuando vio que la falda de Doreen empezaba a ascender por los muslos. Pero el hombre captó la mirada de la otra camarera. Se puso el periódico bajo el brazo y se metió el brazo en el bolsillo.
La otra camarera vino directamente hasta Doreen.
—¿Quién es ese personaje? —dijo.
—¿Quién? —dijo Doreen, con la copa del helado en la mano.
—Ése —dijo la camarera, y señaló a Earl—. ¿Quién es ese tipo?
Earl esbozó su mejor sonrisa. Y la mantuvo. La mantuvo hasta que sintió que la cara se le desencajaba.
Pero la camarera se limitó a observarle, y Doreen empezó a sacudir la cabeza despacio. El hombre dejó unas monedas junto a la taza y se levantó, pero aguardó también a oír la respuesta. Todos ellos tenían los ojos fijos en Earl.
—Es un vendedor. Es mi marido —dijo Doreen al fin, encogiéndose de hombros.
Luego le puso delante el helado de chocolate sin terminar de preparar y se fue a hacerle la cuenta.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El niño espía.

El niño espía

Se llamaba Stenne, el pequeño Stenne. Era un niño de París, débil, paliducho, que lo mismo podía tener diez años como quince. Con estos chiquillos, no se puede decir la edad con exactitud. Su madre había muerto; su padre, antiguo soldado de la marina, era guarda de jardines en una plaza del barrio del Temple. Los niños, las niñeras, las señoras mayores que van con sus sillas plegables bajo el brazo, las madres pobres, toda la gente sencilla y tímida que busca amparo contra los carruajes en esos parterres rodeados de aceras, conocían al señor Stenne y lo apreciaban. Todos sabían que bajo aquellos grandes bigotes, espanto de los perros y de los ociosos que bostezan en los bancos, se ocultaba una tierna sonrisa casi maternal, y que para hacer surgir esa sonrisa no había más que preguntarle al pobre hombre: «¿Cómo está su hijo? ¿Qué tal se porta?». ¡Quería tanto a su hijo! ¡Era tan feliz cuando por la tarde, al salir de la escuela, el niño venía a buscarlo y juntos daban una vuelta por los paseos, deteniéndose ante cada banco para saludar a los conocidos y corresponder a sus saludos!
Pero llegó el sitio y, desgraciadamente, todo cambió. Cerraron el jardín y lo convirtieron en depósito de barriles de petróleo, y el pobre hombre, obligado a una vigilancia constante, se pasaba la vida deambulando entre los macizos desiertos, destrozados, solitarios, sin poder fumar, sin poder ver al hijo nada más que en casa, por la noche y ya muy tarde. Así que había que ver sus bigotes cuando le mencionaban a los prusianos…
Pero Stenne hijo, por supuesto que no se quejaba de la nueva vida. ¡Un sitio! ¿Hay algo más entretenido para un chiquillo? ¡Ni escuela ni maestros! Vacaciones perpetuas y la calle animada como una feria… El niño se pasaba el día entero fuera de casa, en total libertad. Acompañaba a los batallones del barrio que iban a los fuertes, eligiendo preferentemente a los que tenían una buena banda, y en esto el chico era experto. Decía con aplomo que la del 96 no valía gran cosa; pero que, en cambio, la del 55 era estupenda. Otras veces miraba cómo los guardias móviles hacían instrucción. Y además tenía otro entretenimiento: las colas. Con su cesta al brazo, se metía en aquellas largas filas que se formaban, en la oscuridad de las mañanas de invierno sin gas, a la puerta de las carnicerías, de las panaderías. Con los pies en los charcos, se trababan nuevas amistades, se hablaba de política y, como hijo del señor Stenne, los demás le pedían su opinión. Pero más divertidas aún eran las partidas de chito, famoso juego de galocha que pusieron de moda los móviles bretones durante el sitio. Cuando Stenne hijo no estaba en las fortificaciones ni en las panaderías, ya se sabía dónde se le podía encontrar: en la partida de chito que se hacía junto al Château-d’Eau. Él no jugaba, claro está; necesitaría mucho dinero y no lo tenía; pero se contentaba mirando cómo jugaban los demás. Uno de ellos, alto, de camisa azul, que manejaba mucho dinero, despertaba su admiración. Cuando corría se le oían sonar los francos en el bolsillo. Un día, al agacharse para coger una moneda que había rodado hasta los pies de Stenne, el chico le dijo en voz baja:
—No te quedes bizco. Si quieres, puedo decirte de dónde se sacan.
Cuando la partida terminó, se lo llevó consigo a un rincón de la plaza y le propuso ir juntos a vender periódicos a los prusianos. Se sacaban treinta francos limpios por cada viaje. Al principio, Stenne lo rechazó muy indignado, y se pasó tres días sin volver a la partida; tres días terribles, sin comer ni dormir. Por la noche veía montones de chitos, derechos, al pie de la cama, y monedas de franco, brillantes, deslizándose por el suelo… La tentación era demasiado fuerte, y a los cuatro días volvió al Château-d’Eau, vio al otro y se dejó convencer. Una mañana que había nevado salieron con su saco al hombro y los periódicos escondidos bajo las camisas. Cuando llegaron a la puerta de Flandes, no se veía apenas; el grande tomó a Stenne de la mano, y acercándose al centinela —un buen hombre civil, con la nariz roja y aspecto de infeliz— le dijo:
—Déjenos pasar, buen hombre. Tenemos a nuestra madre enferma y no tenemos padre. Voy con mi hermano a ver si podemos coger algunas patatas en el campo…
Lloraba mientras hablaba. Stenne, avergonzado, bajaba la cabeza; el centinela los miró un instante; luego miró el camino, nevado y desierto:
—¡Está bien, pasad! —les dijo, dejándoles pasar.
Ahí los vemos camino de Aubervilliers. ¡Y anda que no se reía el grandullón! Desconcertado, y como en sueños, Stenne veía fábricas convertidas en cuarteles, barricadas desiertas, llenas de andrajos mojados; largas chimeneas que perforaban la niebla y ascendían hacia el cielo, rotas, desportilladas. De trecho en trecho un centinela, oficiales encapuchados, que miraban a lo lejos con gemelos, y tiendas de campaña hundidas en la nieve, fundida junto a las hogueras medio apagadas. El joven conocía los caminos y se echaba a campo traviesa para evitar los puestos. Pero, de repente y sin tener escapatoria, fueron a dar de bruces con una avanzada de franco-tiradores. Los franco-tiradores, vestidos con capotes cortos, se agazapaban en el fondo de una trinchera encharcada que corría paralela al ferrocarril de Soissons. Ahora no les valió repetir su triste historia: no los dejaron pasar. Mientras lloriqueaba, de la casa de la guardesa salió un sargento, de cabeza canosa y cara arrugada, que se parecía al señor Stenne.
—¡Vamos, pequeños, limpiaros esas lágrimas! —dijo a los chicos—. Luego iréis a coger patatas; ahora entrad a calentaros un poco. ¡Vaya una cara de frío que tiene este chiquillo!
¡Ay! Stenne no temblaba de frío precisamente; temblaba de miedo, de vergüenza. En el puesto encontraron algunos soldados acurrucados junto al fuego agonizante, un auténtico fuego de viuda, a cuya llama deshelaban la torta, pinchada en la punta de las bayonetas. Les dieron una copa y un poco de café. Mientras bebían, un oficial llegó a la puerta, llamó al sargento, habló en voz baja con él y se fue enseguida.
—¡Muchachos! —dijo feliz el sargento—. ¡Esta noche va a haber hule! Conocemos el santo y seña de los prusianos. Me parece que esta vez les arrebatamos ese condenado fuerte de Bourget.
Sonó una explosión de ¡bravos! y de risas. Bailaban, cantaban, limpiaban los machetes. Aprovechando el bullicio, los muchachos desaparecieron. Más allá de la trinchera sólo se veía la llanura, y al fondo un largo muro blanco, agujereado de troneras. Se dirigieron hacia aquel muro, deteniéndose a cada paso e inclinándose como para coger patatas.
—Volvamos… No vayamos allá —decía a cada momento el pequeño. El otro se encogía de hombros y seguía adelante. De repente oyeron el tictac de amartillar un fusil.
—¡Agáchate! —dijo el mayor, echándose cuerpo a tierra.
Luego silbó; otro silbido le respondió sobre la nieve. Avanzaban a rastras. Delante del muro, a ras del suelo, surgieron dos bigotes rubios bajo una gorra grasienta. El mayor saltó dentro de la trinchera, junto al prusiano.
—Es mi hermano —dijo, señalando a su acompañante.
Stenne era tan pequeño que, al verlo, el prusiano se echó a reír y tuvo que cogerlo en brazos para subirlo hasta la brecha del muro. Al otro lado de éste se veían terraplenes, árboles tendidos, agujeros negros en la nieve, y en cada agujero, la misma gorra grasienta, los mismos bigotes amarillentos riendo al ver pasar a los chiquillos.
En un rincón se hallaba la casa del jardinero, protegida por troncos de árboles. La planta baja estaba repleta de soldados que jugaban a las cartas mientras se cocía la sopa sobre una espléndida hoguera. Olía apetitosamente a coles, a tocino. ¡Qué diferencia con el campamento de los franco-tiradores! En el primer piso se oía a los oficiales tocar el piano, descorchar vino de Champaña. Cuando los parisinos entraron, los acogieron con un ¡hurra!; éstos entregaron sus periódicos y los otros los invitaron a beber haciéndoles hablar. Los oficiales tenían un aspecto bravucón y malévolo, pero el joven los divertía con su imaginación pintoresca y su vocabulario de golfillo; y reían, repetían las palabras después de él y se revolcaban gustosos en el cieno de París que llegaba hasta ellos. Stenne también hubiera querido decir algo para demostrar que no era un idiota; pero algo le trababa la lengua. Frente a él, a un lado, había un prusiano mayor, más serio que los demás, que leía, o que más bien parecía leer, porque no le quitaba ojo. En esa mirada había una mezcla de ternura y de reproche, como si el hombre estuviera pensando para sus adentros: «Quisiera morir antes que ver a mi hijo hacer semejante papel». Desde ese instante, Stenne sintió como si una mano se posase sobre su corazón y le impidiese latir. Para aturdirse, se puso a beber copa tras copa. Pronto todo empezó a darle vueltas; en medio de grandes carcajadas, oía confusamente que su compañero se burlaba de los guardias nacionales, de su manera de hacer la instrucción; imitaba un zafarancho de combate en el Marais, una alarma nocturna en las murallas. Después bajó la voz; los oficiales se le acercaron y sus rostros se pusieron serios. El miserable les iba a descubrir los planes de ataque de los franco-tiradores. Eso era demasiado. Stenne se levantó furioso, despejado de repente. «Eso no…, no quiero». Pero el otro sólo le contestó con una sonrisa y continuó. Antes de que acabara, los oficiales ya se habían levantado. Uno de ellos le indicó la puerta a los chiquillos:
—Ya podéis marcharos —les dijo. Y se pusieron a hablar muy agitados en alemán. El mayor salió de allí altivo como un dux, haciendo sonar el dinero; el pequeño le seguía con la frente baja, y cuando pasó junto al prusiano, cuya mirada tanto le había impactado, oyó una voz triste que le decía: «Esto no está bien, no está bien». Y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Una vez en la llanura, los muchachos echaron a correr y entraron pronto en París. Como llevaban el saco lleno de patatas (que les habían dado los alemanes), llegaron sin tropiezo hasta la trinchera de los franco-tiradores. No se veía otra cosa sino preparativos para el ataque de la noche. Sigilosamente llegaban tropas que se agrupaban detrás de las paredes. El viejo sargento estaba muy contento de acá para allá preparando su sección. Cuando los muchachos pasaron, los reconoció y los saludó con una sonrisa paternal. ¡Qué daño le hizo aquella sonrisa al pequeño Stenne! Un grito estuvo a punto de salírsele de la boca: «¡No vayáis esta noche!… Os acabamos de traicionar…». Pero el otro le había advertido: «Si te vas de la lengua, nos fusilan a los dos», y el miedo le impidió hablar.
En el barrio de la Courneuve entraron en una casa abandonada para repartirse las ganancias. La verdad me obliga a decir que la partición se hizo con toda honradez, y que al oír sonar las monedas en su bolsillo, y al pensar en la cantidad de partidas de chito que podría jugar, Stenne no encontró tan horrible lo que había hecho. Pero cuando se quedó solo, cuando pasadas unas cuantas puertas el mayor lo dejó, entonces sus bolsillos empezaron a hacérsele cada vez más pesados, y la mano que le oprimía el corazón se lo apretaba más fuerte que nunca. París ya no le parecía el mismo de antes. La gente que pasaba a su lado lo miraba severamente, como si supiera de dónde venía. Escuchaba la palabra espía en el sonido de las ruedas, en el redoble de tambor de los que hacían la instrucción a lo largo del canal. Por fin llegó a su casa y, contento de que su padre no estuviera aún allí, subió corriendo a su cuarto y escondió bajo la almohada el dinero que tanto le pesaba.
Hacía tiempo que el señor Stenne no volvía a casa tan contento, tan feliz como aquella noche. Se acababan de recibir noticias de provincias; las cosas marchaban mejor. Mientras comía, el viejo soldado miraba su fusil colgado en la pared, y decía sonriendo al chiquillo:
—¡Qué bien te las verías con los prusianos si fueras un poco mayor!
Hacia las ocho comenzó a tronar el cañón. «Es el fuerte de Aubervilliers; la batalla es en el Bourget» —decía el buen hombre, que conocía todos los fuertes—. Stenne se puso lívido, y pretextando estar cansado, se fue a acostar; pero no pudo pegar un ojo. El cañón sonaba sin cesar. Se imaginaba a los franco-tiradores deslizándose en la noche para sorprender a los prusianos, y cayendo, a su vez, en una emboscada; se acordaba del sargento que le había sonreído y lo veía tendido en la nieve, y al lado de él, ¡quién sabe cuántos más! Y el precio de tanta sangre estaba escondido allí, bajo su almohada, y era él, el hijo del señor Stenne, el hijo de un soldado, el que… Las lágrimas lo ahogaban; en el cuarto contiguo oía a su padre andar, abrir la ventana. Abajo, en la plaza, tocaban a llamada; un batallón de móviles se numeraba para marchar. Iba a ser una gran batalla, si lugar a dudas. El infeliz no pudo contener un sollozo.
—¿Qué te pasa? —le preguntó el padre entrando en la habitación.
El chiquillo no aguantó más; saltó de la cama e intentó echarse a los pies de su padre. Al realizar este movimiento, el dinero rodó por el suelo.
—¿Qué es esto? ¿Has robado? —preguntaba el viejo, tembloroso.
Entonces, sin tomar aliento, el muchacho le contó que había ido a las líneas prusianas y lo que había hecho. A medida que hablaba sentía que su corazón latía con más libertad; la confesión lo aliviaba. Cuando terminó, se tapó la cara con las manos y se puso a llorar.
—¡Padre! ¡padre! —dijo el chico tratando de acercársele.
El padre lo rechazó sin hablar, recogió el dinero y lo guardó en el bolsillo.
—¿Has terminado? —preguntó.
El chico hizo un gesto afirmativo con la cabeza. El padre descolgó su fusil y su cartuchera.
—¡Voy a devolver esto! — Y, sin añadir ni una palabra más, sin volver siquiera la cabeza, fue a unirse a los móviles que iban a salir hacia el frente aquella misma noche.
No se le ha vuelto a ver nunca más.

martes, 1 de septiembre de 2015

La muerte.

La muerte

10 de septiembre
Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo…
El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo…
12 de septiembre
He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño.
Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas.
Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar.
15 de septiembre
Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: “Como usted disponga, señor Conde”, pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda.
¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre…
18 de septiembre
Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable.
Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besé a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba “enfermo”. ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico!
21 de septiembre
He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo.
La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente.
¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías “enfermo”? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre…?
23 de septiembre
Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida.
¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce de octubre.
27 de septiembre
El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo.
-Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, ¡je, je!
Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor.
30 de septiembre
-¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460.
No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte!
2 de octubre
Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco.
Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió?
Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar?
¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas…
3 de octubre
Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos.
¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea…
¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre…
5 de octubre
Pienso continuamente en ello, y me ocupa por completo. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día.
Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte.
7 de octubre
El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra.
Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies.
Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido?
8 de octubre
He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo?
Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación… ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad.
9 de octubre
Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: “¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?” Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor.
Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío.
10 de octubre
¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero se comportó como un dentista: “Es mejor que acabemos pronto”, dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras.
“¡Es mejor que acabemos pronto!” ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción.
11 de octubre (a las 11 de la noche)
¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo!
Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba.
-¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida!
Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus.
-Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo!
Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas!
¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir:
-Es mejor que acabemos pronto…