I.
Después de la exquisita y teatral interpretación de los
encantos del Sur que nos ofreció Atlanta, todos menospreciábamos Tarleton. Era
un poco más caluroso que cualquiera de los sitios donde habíamos estado —una
docena de reclutas se desmayó el primer día bajo el sol de Georgia—, y cuando
veías manadas de vacas desfilar por las calles del centro arreadas por boyeros
negros, la luz caliente te iba hipnotizando y querías mover una mano o un pie
para asegurarte de que seguías vivo.
Así que me quedaba en el campamento y el teniente Warren me hablaba de mujeres.
Hace ya quince años de aquello, y he olvidado qué sentía entonces, aparte de
que los días pasaban, uno tras otro, mejor que ahora, y que tenía el corazón
desolado, porque en el Norte se casaba aquélla de cuya leyenda yo había estado
enamorado tres años. Había visto recortes y fotografías de periódicos. Era una
«romántica boda de guerra», muy suntuosa y muy triste. Sentía en carne viva la
oscura luminosidad del cielo bajo el que se celebraría la ceremonia y, como
joven esnob, sentía menos dolor que envidia.
Y un día que fui a Tarleton a cortarme el pelo me encontré a un tal Bill
Knowles, un antiguo compañero de Harvard, muy simpático. Había formado parte de
la división de la Guardia Nacional que nos había precedido en el campamento; a
última hora se había pasado a la aviación y se había quedado en Tarleton.
—Me alegro de verte, Andy —dijo con excesiva seriedad—. Te pasaré toda la
información que tengo antes de irme a Texas. Sabes, en realidad aquí sólo hay
tres chicas…
Me interesaba el asunto: era algo místico que sólo hubiese tres chicas.
—… y ahora mismo vas a conocer a una.
Estábamos frente a una heladería, y entramos y me presentó a una señora que
inmediatamente me pareció detestable.
—Las otras dos son Ailie Calhoun y Sally Carrol Happer.
Supuse, por cómo había pronunciado el nombre, que le interesaba Ailie Calhoun.
Le preocupaba lo que la chica haría cuando él se fuera: quería que llevara una
vida tranquila y aburrida.
A mi edad no me duele confesar que acudió a mi mente un tropel de imágenes
absolutamente poco caballerosas de Ailie Calhoun, nombre adorable. A los
veintitrés años no se reconocen los derechos adquiridos, por decirlo así, sobre
una belleza; pero, si Bill me lo hubiera pedido, me habría comprometido sin
vacilación y con total sinceridad a cuidar de Ailie como si fuera mi hermana.
No me lo pidió: sólo se quejaba de tener que irse. Tres días después me dijo
por teléfono que se iba a la mañana siguiente, que lo acompañara aquella noche
a casa de Ailie.
Nos encontramos en el hotel y fuimos dando un paseo hacia la zona residencial
al calor de un atardecer que olía a flores. Las cuatro columnas blancas de la
casa de los Calhoun miraban hacia la calle, y, protegida por las columnas, la
galería era oscura como una gruta por donde trepaba y se enredaba una parra.
Cuando cruzábamos el jardín, una chica vestida de blanco salió corriendo de la
casa, gritando:
—¡Perdón por llegar tarde! —y, al vernos, añadió—: Ay, me había parecido oíros
llegar hace diez minutos.
Calló de repente cuando crujió una silla y un hombre, un aviador del aeródromo
Harry Lee, emergió de las sombras de la galería. —¡Canby! —exclamó la chica—.
¿Cómo estás? El aviador y Bill Knowles esperaban, tensos como enemigos
declarados.
—Canby, tengo que decirte un secreto, cariño —dijo Ailie inmediatamente—.
Perdónanos, Bill.
Se apartaron. Y unos segundos después el teniente Canby, terriblemente
disgustado, dijo con voz torva:
—Entonces lo dejamos para el jueves, pero en serio. Apenas si nos saludó con un
gesto, y se alejó por el jardín, y las espuelas, con las que presumiblemente
espoleaba el avión, brillaban a la luz de las farolas.
—Entrad. Todavía no sé cómo te llamas. Allí estaba: la mujer del Sur en toda su
pureza. Hubiera reconocido a Ailie Calhoun aunque nunca hubiese oído hablar de
Ruth Draper ni hubiese leído a Marse Chan. Poseía desenvoltura, pero esa
desenvoltura dulcificada con encanto y enérgica sencillez; un halo que sugería
una historia de padres devotos, hermanos y admiradores, que hundía sus raíces
en la época heroica del Sur; la infalible imperturbabilidad adquirida en la
lucha sin fin contra el calor. Había en su voz notas que gobernaban a esclavos
y fulminaban a capitanes yankis, pero también suaves notas mimosas que se
disolvían en la noche con belleza sin igual.
Apenas si la veía en la oscuridad, pero cuando me levanté para irme —estaba
claro que no debía quedarme mucho tiempo— se paró bajo la luz naranja de la
puerta. Era pequeña y muy rubia; llevaba demasiado colorete en la cara,
acentuado por una nariz empolvada de blanco, de payaso, pero, a través del
maquillaje, brillaba como una estrella.
—Cuando Bill se vaya, pasaré las noches sentada aquí, sola,
noche tras noche. Quizá puedas llevarme a las fiestas del Club de Campo . la
patética profecía hizo reír a Bill—. Espera un minuto —murmu
ró Ailie—. Tienes la insignia torcida.
Me arregló la insignia del cuello, mirándome a la cara un segundo con algo más
que curiosidad. Fue una mirada indagatoria, como si preguntara: «¿Serás tú?».
Como el teniente Canby, me adentré de mala gana en la noche que, de pronto,
parecía demasiado corta.
Y dos semanas más tarde estaba sentado con ella en la misma galería, o, mejor,
ella descansaba a medias entre mis brazos, aunque apenas si me tocaba: no
recuerdo cómo lo conseguía. Yo, sin éxito, estaba intentando besarla: llevaba
intentándolo casi una hora. Bromeábamos, o algo así, sobre mi poca sinceridad.
Mi teoría era que, si me dejaba besarla, me enamoraría de ella. Ailie sostenía
que, estaba claro, yo no era sincero.
Durante una tregua entre dos de estas batallas me habló de su hermano, que
había muerto en Yale, en el último curso. Me enseñó la foto —era guapo, serio,
con un bucle al estilo Leyendecker— y me dijo que, cuando encontrara a alguien
a la altura de su hermano, se casaría. Aquel idealismo de familia me pareció desalentador;
incluso mi descarada confianza en mí mismo no podía competir con los muertos.
Así pasaron aquella y otras tardes, que acababan cuando volvía al campamento
con el recuerdo del aroma de las magnolias y una vaga insatisfacción. Nunca la
besé. Fuimos al vodevil y al Club de Campo los sábados por la noche, donde
Ailie rara vez conseguía bailar diez pasos seguidos con el mismo hombre, y me
invitaba a barbacoas al aire libre y ruidosas meriendas con sandía, y nunca se
le ocurrió que valiera la pena cambiar por amor lo que yo sentía por ella.
Ahora me doy cuenta de que no hubiera sido difícil, pero Ailie, a sus
diecinueve años, era sabia y debió de comprender que, en lo que se refiere a
los sentimientos, éramos incompatibles. Y así me convertí en su confidente.
Hablamos de Bill Knowles. Pensaba en la posibilidad de casarse con él; porque,
aunque no quisiera admitirlo, un invierno en un colegio de Nueva York y un
baile estudiantil en Yale habían conseguido que mirara hacia el Norte. Me dijo
que no creía que se casara con un sureño. Y poco a poco me di cuenta de que
era, consciente y voluntariamente, distinta de aquellas chicas que cantaban
canciones de negros y jugaban a los dados en el bar del Club de Campo. Por eso
nos atraía a Bill, a mí, a tantos. Nos resultaba familiar.
Durante junio y julio, mientras el rumor de las batallas y los terrores de
Europa nos llegaba debilitado, estéril, las miradas de Ailie revoloteaban por
la pista de baile, buscando entre los jóvenes oficiales. Conquistó a varios,
eligiéndolos con infalible perspicacia —salvo en el caso del teniente Canby, a
quien aseguraba despreciar, aunque se citara con él de vez en cuando, «porque
era sincero»—, y pasamos el verano repartiéndonos sus tardes.
Un día canceló todas las citas: Bill Knowles estaba de permiso y volvía.
Hablamos del acontecimiento con científica impersonalidad. ¿La obligaría Bill a
tomar una decisión? El teniente Canby, por el contrario, no se tomó el asunto
de un modo impersonal: se convirtió en un fastidio. Le dijo que si se casaba
con Knowles ascendería dos mil metros en su aeroplano y apagaría el motor. La
asustó. Tuve que cederle a Canby mi última cita con Ailie antes de que Bill
volviera.
El sábado por la noche Ailie y Bill Knowles fueron al Club de Campo. Formaban
una espléndida pareja y yo volví a sentir envidia y tristeza. Mientras bailaban
en la pista, los tres músicos de la orquesta tocaban Cuando te hayas ido de una
manera imperfecta y conmovedora que me parece estar oyendo ahora mismo, como si
de cada compás brotara un precioso minuto de aquel tiempo. Entonces me di
cuenta de que le había tomado cariño a Tarleton, y miré a mi alrededor casi
temiendo descubrir que algún rostro venía a buscarme desde la oscuridad cálida
y musical de la terraza, donde se fraguaban sin cesar parejas de organdí y
verde oliva. Era una época de juventud y guerra, y nunca hubo tanto amor como
entonces.
Cuando bailaba con Ailie, me sugirió súbitamente que fuéramos al coche. Quería
saber por qué aquella noche no la sacaban a bailar. ¿Es que creían que ya se
había casado?
—¿Te vas a casar?
—No lo sé, Andy. A veces, cuando Bill me trata como si fuera una diosa, me
emociono —hablaba en voz muy baja, lejana—. Y entonces…
Se echó a reír. Me rozaba con su cuerpo, tan frágil y suave, levantaba la cara
hacia mí, y allí, de pronto, con Bill Knowles a cinco metros, por fin hubiera
podido besarla. Nuestros labios se rozaban experimentalmente. Entonces un
oficial de aviación apareció en la esquina de la galería más próxima a nosotros
y se asomó, dudando, a la oscuridad.
—Ailie.
—Sí.
—¿Te has enterado de lo que ha pasado esta tarde?
—¿Qué? —se inclinó hacia delante, y ya se le notaba la inquietud en la voz.
—Horace Canby se ha estrellado. Ha muerto en el acto.
Se levantó despacio y bajó del coche.
—¿Estás diciendo que se ha matado? —dijo.
—Sí. No se sabe qué ha podido fallar. El motor…
Ahhh —un murmullo ronco brotó entre las manos con las
que de repente se había cubierto la cara. La mirábamos sin poder hacer nada
mientras apoyaba la cabeza en el coche, sofocando un llanto sin lágrimas. Un
instante después fui a buscar a Bill, que, entre los hombres sin pareja, miraba
a todas partes para ver por dónde andaba Ailie, y le dije que Ailie quería
volver a casa.
Me senté en los escalones de la entrada. Canby nunca me había caído simpático,
pero su muerte terrible y sin sentido me pareció más real entonces que los
miles de muertos por los que cada día doblaban las campanas en Francia. Ailie y
Bill se fueron enseguida. Ailie gimoteaba, pero, cuando me vio, se me acercó rápidamente.
—Andy… —hablaba de prisa, en voz baja—, nunca le digas a nadie lo que te conté
sobre Canby ayer por la tarde. Me refiero a lo que me había dicho.
—Claro que no.
Me miró durante un segundo muy largo, como si quisiera estar segura. Y por fin
estuvo segura. Entonces suspiró de una manera tan singular que yo no podía dar
crédito a mis oídos y enarcó las cejas en un gesto que sólo podría ser descrito
como una parodia de la desesperación.
—¡Andy!
Miré al suelo, incómodo, consciente de que quería llamar mi atención sobre los
efectos desastrosos que involuntariamente causaba en los hombres.
—¡Buenas noches, Andy! —gritó Bill cuando se metían en
un taxi.
—Buenas noches —dije yo, y estuve a punto de añadir—: Pobre tonto.
II.
Es evidente que debería haber tomado una de esas
magníficas decisiones morales que la gente toma en los libros, y despreciarla.
Pero, por el contrario, no me cabe la menor duda de que Ailie me hubiera tenido
a sus pies con sólo mover un dedo.
Pocos días más tarde, lo arregló todo diciendo tristemente:
—Ya sé que piensas que fue terrible que pensara en mí misma en una situación
semejante, pero me pareció una coincidencia tan espantosa…
A los veintitrés años yo no estaba convencido de nada, excepto de que algunas
personas eran fuertes y atractivas y podían hacer lo que quisieran, y otras
habían nacido para la vergüenza, sin remedio. Yo esperaba ser de las primeras.
Estaba seguro de que Ailie lo era.
Tuve que rectificar algunas de mis ideas sobre ella. En el curso de una larga
discusión con alguna chica sobre los besos —en aquellos días la gente todavía
empleaba más tiempo en hablar de los besos que en besarse—, le mencioné el
hecho de que Ailie sólo había besado a dos o tres hombres, y sólo cuando creía
estar enamorada. Para mi mayor desconcierto la chica, por hablar figuradamente,
se cayó al suelo de risa.
—Pues es verdad —le aseguré, y en aquel mismo instante supe que no lo era—. Me
lo ha dicho ella.
—¡Ailie Calhoun! ¡Dios mío! Pero si el año pasado, en la fiesta de primavera de
la Escuela Técnica…
Eso fue en septiembre. Cualquier día podíamos embarcar hacia Europa, y para
sumarse a nuestro regimiento llegó del cuarto campamento de instrucción una
nueva hornada de oficiales. El cuarto campamento no era como los otros tres:
los aspirantes a oficiales provenían de la tropa, incluso de las divisiones de
nuevos reclutas. Tenían extravagantes apellidos sin vocales, y, excepto algunos
miembros jóvenes de la Guardia Nacional, era dudoso que hubieran recibido la
menor formación. A nuestra compañía se sumó el teniente Earl Schoen, de New
Bedford, en Massachusetts. Era, físicamente, el mejor ejemplar que he visto en
mi vida. Medía un metro noventa, tenía el pelo negro, buen color y los ojos
oscuros y vivos. No era muy inteligente y era claramente un analfabeto, pero
era un buen oficial, con firmeza y dotes de mando, y con esa pizca justa de
vanidad que sienta bien a los militares. Yo tenía la idea de que New Bedford
era una aldea en el campo, y a eso atribuía sus cualidades y su engreimiento.
En los barracones tuvimos que dormir de dos en dos, y Schoen y yo compartimos
dormitorio. Antes de que hubiera pasado una semana, había clavado brutalmente
en la pared la foto de una chica de Tarleton.
—No es una cualquiera. Es una chica de la alta sociedad: se junta con lo mejor
de la ciudad.
El domingo siguiente, por la tarde, conocí a la señorita en una piscina de las
afueras. Cuando Ailie y yo llegamos, el cuerpo musculoso de Schoen se salía del
bañador en el otro extremo de la piscina.
—¡Hola, teniente!
Cuando le devolví el saludo, me sonrió y guiñó un ojo, señalándome con la
cabeza a la chica que estaba a su lado. Y luego, dándole un codazo en las
costillas, también me señaló a mí con la cabeza. Era una manera de
presentarnos.
—¿Quién es ése que está con Kitty Preston? —preguntó Ailie, y, cuando se lo
dije, me respondió que parecía un tranviario y fingió buscar su billete.
Un momento después Schoen atravesaba la piscina nadando con fuerza y estilo, y
salió del agua donde nosotros estábamos. Se lo presenté a Ailie.
—¿Qué le parece mi chica, teniente? —preguntó—. Ya le había dicho que era
estupenda, no? —señaló con la cabeza a Ailie, esta vez para indicar que su
chica y Ailie frecuentaban los mismos ambientes—. ¿Qué tal si comemos juntos en
el hotel una de estas noches?
Los dejé solos un momento después, divertido, porque me daba cuenta de que
Ailie había decidido ostensiblemente que aquél no era, en ningún caso, su
ideal. Pero no era posible deshacerse del teniente Earl Schoen con tanta
facilidad. Recorrió con la mirada, alegremente, sin ofender, la figura delgada,
preciosa, de Ailie, y decidió que incluso estaba mejor que la otra. Diez
minutos más tarde los vi juntos en el agua: Ailie huía nadando con su estilo
mecánico y remilgado, y Schoen alborotaba ruidosamente a su alrededor, y la
alcanzaba, y a veces se detenía para mirarla, fascinado, como un niño miraría a
una muñeca nadadora.
Pasó toda la tarde con ella. Por fin Ailie se me acercó y me dijo al oído:
—Me está siguiendo. Piensa que no he pagado el billete del tranvía.
Se volvió con rapidez. La señorita Kitty Preston, con evidentes signos de
nerviosismo, estaba frente a nosotros.
—Ailie Calhoun, no te creía capaz de quitarle deliberadamente el hombre a otra
—una expresión de angustia ante la escena inminente revoloteó por la cara de
Ailie—. Creía que te considerabas por encima de esas cosas.
La voz de la señorita Preston era baja, pero tenía esa tensión que, más que
oírse, se percibe a distancia, y vi cómo los ojos limpios y preciosos de Ailie
miraban aquí y allá, aterrorizados. Pero, por suerte, el propio Earl se
acercaba ya, despacio, alegre e inocente, hacia nosotros.
—Si te gusta, no deberías rebajarte delante de él —dijo Ailie como un
relámpago, con la cabeza bien alta.
Era, frente a la ingenua y feroz ansia posesiva de Kitty, la familiaridad de
Ailie con los modos tradicionales de comportamiento, o, si se prefiere, la
educación de Ailie frente a la vulgaridad de la otra. Ailie dio media vuelta
para irse.
—¡Espera un momento, niña! —exclamó Earl Schoen—. ¿No me das tu dirección? A lo
mejor se me ocurre llamarte por teléfono.
Lo miró de una manera que debía hacerle entender a Kitty que Earl no le
interesaba lo más mínimo.
—Tengo mucho trabajo este mes en la Cruz Roja —dijo, con una voz tan fría como
su cabellera rubia—. Adiós.
Camino de casa se reía. Se había esfumado aquel aire de haberse visto envuelta
sin querer en un episodio lamentable.
—No va a conservar a ese chico —dijo—. El quiere una nueva.
—Parece que quiere a Ailie Calhoun.
Mi sugerencia le hizo gracia.
—Podría regalarme, como si fuera la insignia de un club, el aparato para picar
los billetes. ¡Es ridículo! Si mamá viera a alguien así en casa se moriría de
repente.
Y, para no desmentir a Ailie, pasaron quince días antes de que Schoen fuera a
su casa, aunque fue él quien insistió y le metió prisa, y, en el siguiente
baile del Club de Campo, Ailie fingía sentirse molesta.
—Es un verdadero cabezón, Andy —me susurró—. Pero es tan sincero…
Usaba la palabra cabezón sin el tono de crítica que hubiera contenido si Schoen
fuera un joven del Sur. La usaba intuitivamente: su oído no distinguía entre
una palabra yanki y otra. Y el caso es que la señora Calhoun no expiró cuando
Schoen apareció en la puerta de su casa. Los prejuicios supuestamente
inextirpables de los padres de Ailie eran un fenómeno que desaparecía a su
gusto y según convenía. Pero sus amigas se quedaron de una pieza. Ailie, que
siempre había estado un poco por encima de Tarleton y siempre había elegido a
sus acompañantes entre los oficiales más distinguidos del campamento… ¡Ailie y
el teniente Schoen! Me cansé de asegurarle a la gente que sólo era un capricho
de Ailie, y la verdad es que cada semana más o menos Ailie aparecía con alguien
nuevo —un alférez de Pensacola, un antiguo amigo de Nueva Orleans—, pero
siempre, entre uno y otro, estaba Earl Schoen.
Se recibió la orden de que un primer grupo de oficiales y sargentos se
trasladara al puerto de embarque y zarpara hacia Francia. Mi nombre figuraba en
la lista. Había pasado una semana en unas maniobras y en cuanto volví al
campamento Earl Schoen me buscó.
—Vamos a celebrar una fiesta de despedida en el comedor de oficiales: sólo tú,
yo, el capitán Craker y tres chicas.
Earl y yo nos encargaríamos de recoger a las chicas. Recogimos a Sally Carrol
Happer y Nancy Lámar, y luego fuimos a casa de Ailie, y nos recibió el
mayordomo con la noticia de que Ailie no estaba en casa.
—¿No está en casa? —repitió Earl, atónito—. ¿Dónde está?
—No ha dejado dicho nada. Sólo ha dejado dicho que no está.
—¡Pues sí que tiene gracia la cosa! —exclamó. Paseaba a la sombra de la galería
que ya conocía bien mientras el mayordomo esperaba en la puerta, y algo se le
ocurrió—. Oye —me dijo—, creo que se ha peleado conmigo.
Esperé. Y Schoen le ordenó secamente al mayordomo:
—Dígale que tengo que hablar con ella un momento.
—¿Cómo voy a decírselo si no está en casa?
Earl volvió a pasearse por el porche. Luego asintió varias veces con la cabeza
y dijo:
—Está enfadada por algo que ocurrió en el centro.
En pocas palabras me resumió el asunto.
—Mira, espérame en el coche —le dije—. Quizá pueda arreglarlo —y, cuando de
mala gana se fue, le dije al mayordomo—: Oliver, dile a la señorita Ailie que
quiero verla a solas.
Tras una breve discusión, llevó el mensaje y un instante después volvió con la
respuesta.
—La señorita Ailie dice que no quiere volver a ver al otro caballero nunca más.
Dice que usted puede entrar, si quiere.
Estaba en la bibioteca. Yo esperaba encontrarme la fría imagen de la dignidad
ofendida, pero tenía la cara descompuesta: estaba desesperada y confundida.
Tenía los ojos enrojecidos como si hubiera pasado horas llorando, lenta,
dolorosamente.
—Ah, hola, Andy —dijo con palabras entrecortadas—. Hace mucho que no nos vemos.
¿Se ha ido?
—Vamos, Ailie…
—¡Vamos, Ailie! —gritó—. ¡Vamos, Ailie! ¡Se atrevió a dirigirme la palabra! ¿Te
das cuenta? Y se quitó el sombrero. Estaba a menos de tres metros de distancia
con aquella horrible… con aquella horrible mujer cogida del brazo, hablando con
ella, y me vio, y se quitó el sombrero. Andy, yo no sabía qué hacer. Me metí en
la heladería y pedí un vaso de agua, y tenía tanto miedo de que me siguiera que
le pedía al señor Rich que me dejara salir por la puerta de atrás. No quiero
volver a verlo ni saber nada de él.
Hablé. Dije lo que se suele decir en casos semejantes. Estuve hablando media
hora. No pude convencerla. Varias veces me interrumpió murmurando algo sobre
que no era sincero, y por cuarta vez me pregunté qué significaría aquella
palabra para ella. Constancia, no, desde luego; era, intuí a medias, la manera
especial en que quería ser respetada.
Me levanté para irme. Y entonces, de manera increíble, el claxon del coche sonó
tres veces con impaciencia. Era pasmoso. Decía, tan a las claras como si Earl
hubiera estado en la habitación: «Muy bien, ¡al diablo! No voy a esperar aquí
toda la noche».
Ailie me miró horrorizada. Y de repente una expresión singular apareció en su
cara, se extendió, brilló y se apagó, convirtiéndose en una sonrisa al borde de
las lagrimas, histérica.
—¿No es una persona terrible? —exclamó con inútil desesperación—. ¿No es
horrible?
—Vamos —me apresuré a decirle—. Coge el abrigo. Es nuestra última noche.
Y todavía puedo revivir aquella última noche con la misma intensidad, la luz de
la vela que parpadeaba sobre la basta mesa del comedor de oficiales y sobre los
adornos de papel ajado que quedaban de la fiesta de despedida de la compañía de
aprovisionamiento, la triste mandolina que por las calles del campamento seguía
tocando Mi hogar en Indiana con la nostalgia universal del final del verano.
Las tres chicas perdidas en aquella misteriosa ciudad de hombres también
sintieron algo: una impresión de hechizada precariedad, como si estuvieran en
una alfombra mágica que se había posado en los campos del Sur y que en cualquier
momento podía ser empujada y arrastrada por el viento. Brindamos por el Sur y
por nosotros. Luego dejamos las servilletas y los vasos vacíos y un poco del
pasado sobre la mesa, y cogidos de la mano salimos a la luz de la luna. Ya
había sonado el toque de silencio; no había ni un ruido, salvo el lejano
relincho de un caballo, y un fuerte y persistente roncar que nos hizo reír, y
el taconazo de un centinela que desfilaba en el puesto de guardia. Craker
estaba de servicio; nosotros subimos al taxi que esperaba, fuimos a Tarleton y
dejamos en casa a la chica de Craker.
Entonces Ailie, Earl, Sally y yo, de dos en dos en el amplio asiento trasero,
cada pareja dándole la espalda a la otra, absortos y susurrantes, nos
adentramos en la inmensidad de la noche.
Viajamos a través de bosques de pinos cargados de liqúenes y musgo, entre
algodonales en barbecho, por una carretera blanca como el confín del mundo. Nos
detuvimos a la sombra informe de un molino donde sólo se oía el correr del agua
y el gritar de los pájaros desvelados y donde sobre todas las cosas reinaba una
claridad que intentaba filtrarse por todas partes: en la perdidas barracas de
los negros, en el coche, en lo más hondo del corazón. Era la canción del Sur:
me pregunto si los demás aún pueden recordarlo. Yo me acuerdo: la palidez de
las caras frías, los ojos soñolientos, amorosos, y las voces:
—¿Estás cómoda?
—Sí. ¿Y tú?
—¿De verdad estás cómoda?
—Sí.
De repente nos dimos cuenta de que era tarde y estábamos solos. Volvimos.
Nuestro regimiento partió hacia Camp Mills al día siguiente, pero al final no
llegué a ir a Francia. Pasamos un mes de frío en Long Island, embarcamos a paso
de marcha a bordo de un transporte, con los cascos de acero colgando del
correaje, y a paso de marcha desembarcamos. Me había perdido la guerra. Cuando
volví a Tarleton intenté conseguir que me licenciaran, pero mis obligaciones de
oficial me retuvieron la mayor parte del invierno. Earl Schoen fue uno de los
primeros en ser desmovilizado. Quería encontrar un buen empleo «antes de que
hubiera demasiada competencia». Ailie no había querido comprometerse en
matrimonio, pero los dos daban por sobreentendido que Earl volvería.
Para enero los campamentos, que durante dos años habían dominado la vida de la
pequeña ciudad, iban desapareciendo. Sólo el persistente olor del incinerador
aún recordaba toda aquella actividad y todo aquel bullicio. La poca vida que
quedaba se centró amargamente en el puesto de mando de la división, lleno de
irritados militares profesionales que también se habían perdido la guerra.
Y entonces los jóvenes de Tarleton empezaron a volver desde todos los rincones
del planeta: unos con uniforme canadiense, otros con muletas o mangas vacías.
Un batallón de la Guardia Nacional, que regresaba del frente, desfiló por las
calles, y en sus filas estaban vacíos los puestos de sus muertos, e
inmediatamente los soldados renunciaron para siempre a las historias románticas
y empezaron a vender toda clase de mercancías en los mostradores de las tiendas
de la localidad. Muy pocos uniformes se mezclaban con los esmoqúines y los
trajes de noche en el baile del Club de Campo.
Poco antes de Navidad, Bill Knowles llegó sin avisar un día para volver a irse
al día siguiente: o le había dado a Ailie un ultimatum o ella había tomado por
fin una decisión. Yo la veía algunas veces, cuando no estaba ocupada con los
héroes que habían regresado de Savannah y Augusta, pero me sentía como un
superviviente pasado de moda: y lo era. Ella estaba esperando a Earl Schoen con
tanta incertidumbre que prefería no hablar del asunto. Earl llegó tres días
antes de que me dieran la licencia definitiva.
Me los encontré por primera vez cuando paseaban por la calle principal, y no
creo haber sentido tanta pena por una pareja en mi vida; aunque me figuro que
la misma situación se repetía entonces en todas las ciudades en las que había
habido campamentos militares. El aspecto de Earl era todo lo lamentable que
pueda imaginarse. Llevaba un sombrero verde, con una pluma. Su traje seguía esa
moda grotesca con la que han conseguido terminar la publicidad y las películas.
Era evidente que había vuelto a su barbería de toda la vida, pues llevaba el
pelo bien aplastado sobre la nuca rosa y afeitada. No es que tuviera la
limpieza de los pobres, sino que su ostensible familiaridad con las salas de
baile suburbiales y los clubes pueblerinos hacía daño a la vista, o, más bien,
le hacía daño a Ailie. Pues Ailie nunca había podido imaginarse la realidad:
con la ropa que Earl llevaba puesta, incluso la gracia natural de aquel magnífico
cuerpo había desaparecido. Al principio Earl alardeó de su estupendo trabajo;
les permitiría arreglárselas hasta que «empezara a ganar dinero fácil». Pero,
desde el mismo momento en que volvió al mundo de Ailie con su verdadero
aspecto, debería haberse dado cuenta de que no tenía esperanzas. No sé lo que
ella le dijo, ni hasta qué punto el dolor pesó más que la estupefacción de
Ailie. Ella reaccionó con rapidez: tres días después de su llegada, Earl y yo
volvíamos al Norte en el mismo tren.
—Bueno, se acabó lo que se daba —dijo, de mal humor—. Era una chica
maravillosa, pero demasiado intelectual para mí. Me figuro que se casará con
algún ricachón que pueda asegurarle una buena posición social. Yo no soporto
tanta tontería —y, poco después, me dijo—: Me ha pedido que vuelva dentro de un
año, pero no volveré jamás. Tanta aristocracia no está mal si te sobra el
dinero, pero…
«Pero no era real», pensaba añadir. La sociedad provinciana en que se había
desenvuelto con tanta satisfacción durante seis meses ahora le parecía
amanerada, artificial, de petimetres.
—Oye, ¿has visto lo mismo que yo al subir al tren? —me preguntó un momento
después—. Dos tipas maravillosas, solas. ¿Qué tal si vamos a su vagón y las
invitamos a comer? Yo quiero la del traje azul —en mitad del pasillo del tren,
se volvió de pronto y me preguntó, frunciendo el entrecejo—: Oye, Andy, una
cosa, ¿cómo crees que se enteró de que yo era tranviario? Yo no se lo había
dicho.
—No tengo ni idea.
III.
Este relato llega a una de las grandes lagunas que más
me llamaban la atención cuando empecé. Durante seis años, mientras acababa mis
estudios de derecho en Harvard y construía aviones comerciales e invertía en un
tipo de asfaltado que se resquebrajaba al paso de los camiones, Ailie Calhoun
apenas fue algo más que un nombre en una felicitación de Navidad”, apenas una
brisa que soplaba en mi imaginación en las noches cálidas cuando recordaba las
magnolias. Alguna vez un conocido de los días del ejército me preguntaba: «¿Qué
fue de aquella rubia que tenía tanto éxito?», pero yo no lo sabía. Me encontré
con Nancy Lámar en el Hotel Montmartre de Nueva York una tarde y me enteré de
que Ailie se había comprometido con uno de Cincinnati, había ido al Norte a
conocer a la familia y había roto el compromiso. Seguía siendo tan encantadora
como siempre, y siempre tenía alrededor uno o dos pretendientes que la
asediaban. Pero ni Bill Knowles ni Earl Schoen habían vuelto jamás.
Y por aquel entonces, no sé dónde, me enteré de que Bill Knowles se había
casado con una chica que había conocido en un barco. Y eso es todo: poco
remiendo para un agujero de seis años.
Aunque parezca extraño, una chica apenas entrevista a la luz del crepúsculo en
una pequeña gasolinera de Indiana empezó a sugerirme la idea de volver al Sur.
La chica, que llevaba un vestido de organdí rosa, abrazó a un hombre que se
bajó de nuestro tren y lo empujó hacia un coche que estaba esperando, y yo
sentí una especie de punzada. Me pareció que la chica arrastraba a aquel hombre
al mundo veraniego y perdido de mis primeros veinte años, donde el tiempo se
había detenido y chicas encantadoras, difuminadas como el pasado, todavía
paseaban por las calles oscuras. Creo que la poesía es el Sur que sueña uno del
Norte. Pero pasaron meses antes de que le mandara un telegrama a Ailie, e
inmediatamente, tras el telegrama, partí hacia Tarleton.
Era julio. El Hotel Jefferson parecía extrañamente pobre, estropeado y
agobiante: un grupo de pesados cantaba intermitente y escandalosamente en el
comedor que mi memoria reservaba y consagraba a oficiales y chicas. Reconocí al
taxista que me llevó a casa de Ailie, pero su «¿Cómo no voy a acordarme de
usted, teniente?» me pareció poco convincente. Yo sólo era uno entre veinte
mil.
Fueron tres días raros. Me figuro que algo del primer y juvenil esplendor de
Ailie habría corrido la suerte de cualquier otro fulgor mortal, pero no me
atrevería a jurarlo. Seguía teniendo tanto atractivo físico que te daban ganas
de tocar la personalidad que le temblaba en los labios. No: el cambio era mucho
más profundo.
De repente me di cuenta de que había cambiado de estilo. Las modulaciones del
orgullo, las alusiones al hecho de que conocía los secretos de antes de la
guerra, cuando los días eran más radiantes y mejores, habían desaparecido de su
voz; ya no había tiempo para aquello, mientras divagaba con las bromas, entre
risueñas y desesperadas, del Sur más moderno. Y todo cabía en aquellas bromas,
para que nunca cesara el parloteo y no quedara tiempo para pensar: pensar en el
presente, en el futuro, en ella, en mí. Fuimos a una ruidosa fiesta en casa de
unos recién casados, y Ailie era el centro nervioso, resplandeciente, de la
fiesta. Ya no tenía dieciocho años, pero incluso en el papel de payaso
atolondrado estaba más atractiva que nunca.
—¿Has tenido noticias de Earl Schoen? —le pregunté la segunda noche, cuando
íbamos al baile del Club de Campo.
—No —se puso seria un instante—. Me acuerdo mucho de él. Fue el… —dudó.
—Sigue.
—Iba a decir que fue el hombre a quien más he querido, pero no sería verdad. Nunca
lo quise de verdad; si no, me hubiera casado con él a pesar de los pesares,
¿no? —me miró interrogante—. Por lo menos no lo hubiera tratado como lo traté.
—Era insoportable.
—Desde luego —reconoció sin mucha decisión. Su humor cambió; ahora parecía bromear—:
¡Cómo nos engañaron los yankis a las pobres chicas del Sur! ¡Qué tonta fui!
Cuando llegamos al club se confundió como un camaleón con la multitud, para mí,
de desconocidos. Llenaba la pista de baile una nueva generación con menos
dignidad que la que yo había tratado, pero la máxima representante de su
esencia perezosa y febril era Ailie. Seguramente se había dado cuenta de que en
su intento inicial de escapar del provincianismo de Tarleton se había quedado
sola, miembro de una generación condenada a no tener sucesores. No sé en qué
momento había perdido la batalla, librada tras las columnas blancas de la
galería de su casa. Pero había calculado mal, en algún momento se había
equivocado. Su desenfrenada animación, que seguía atrayendo al suficiente número
de hombres como para rivalizar con las chicas más jóvenes y atrevidas, era el
reconocimiento de la derrota.
Salí de su casa, como tantas veces en aquel perdido mes de julio, con una
especie de insatisfacción. Horas después, dando vueltas en la cama del hotel,
descubrí cuál era el motivo, cuál había sido siempre el motivo: yo estaba
profundamente, incurablemente enamorado de ella. Más allá de toda
incompatibilidad, Ailie era todavía, y para mí siempre lo seguiría siendo, la
chica más atractiva que había conocido en mi vida. Y así se lo dije la tarde
siguiente. Era uno de esos días calurosos que yo conocía ya a la perfección, y
Ailie se sentaba en el sofá, a mi lado, en la biblioteca en penumbra.
—No, no puedo casarme contigo —dijo, casi asustada—. No te quiero de esa
manera… Nunca te he querido así. Y tú tampoco me quieres. No pensaba decírtelo
ahora, pero me caso el mes que viene. No lo hemos anunciado porque ya llevo
anunciadas dos bodas —de pronto se le ocurrió que quizá me habían dolido sus
palabras—: Andy, sólo ha sido una de tus tonterías, ¿verdad? Tú sabes que no me
casaría nunca con un hombre del Norte.
—¿Quién es? —pregunté.
—Es de Savannah.
—¿Estás enamorada?
—Por supuesto —los dos sonreímos—. ¡Por supuesto que sí! ¿Qué estás intentando
que diga?
No había ninguna duda, como no había habido dudas con los otros. No podía
permitirse tener dudas. Lo sé porque hacía mucho que Ailie había dejado de
fingir cuando estaba conmigo. Y sé que aquella naturalidad se debía a que no me
consideraba un pretendiente. Bajo la máscara de buena crianza, instintiva,
siempre había sido la misma y jamás había creído que pudiera quererla de verdad
alguien que no hubiera alcanzado un estado de adoración ciega. A aquel estado
lo llamaba «ser sincero»; se sentía más segura con hombres como Canby y Earl
Schoen, que eran incapaces de juzgar a un corazón sólo en apariencia
aristocrático.
—Me parece muy bien —dije, como si me hubiera pedido permiso para casarse—. Y,
ahora, ¿me harías un favor?
—Lo que quieras.
—Vamos al campamento.
—Pero, cariño, allí no queda nada.
—No me importa.
Fuimos al centro dando un paseo. El taxista de la parada del hotel puso el
mismo reparo:
—Allí no hay nada, capitán.
—Da igual. Vamos.
Veinte minutos después paró el taxi en una llanura polvorienta, desconocida,
salpicada de algodonales nuevos y pinares aislados.
—¿Quiere que vayamos a donde se ve humo? —preguntó el taxista—. Es la nueva
cárcel.
—No. Siga por esta carretera. Quiero buscar dónde estuve viviendo.
Un antiguo hipódromo, que ni siquiera llamaba la atención en los días gloriosos
del campamento, erigía en la desolación su tribuna desmoronada. Intentaba en
vano orientarme.
—Siga la carretera, pase aquellos árboles y gire a la derecha. No, no, a la
izquierda.
Obedeció, con antipatía profesional.
—No encontrarás nada, querido —dijo Ailie—. Los contratistas lo demolieron
todo.
Circulábamos despacio, entre algodonales. Podría haber sido allí…
—Vale. Quiero bajar —dije de pronto.
Dejé a Ailie en el coche: estaba preciosa, y la brisa cálida le agitaba el pelo
largo y rizado.
Podría haber sido allí. Allí podrían haber estado las calles de la compañía y,
un poco más abajo, el comedor de oficiales, donde cenamos aquella noche.
El taxista me miraba con indulgencia mientras yo tropezaba, hundido hasta las
rodillas en la maleza, buscando mi juventud en una tabla, unos restos de
techumbre o una lata de tomate oxidada. Intenté usar como orientación un grupo
de árboles que me resultaba vagamente familiar, pero cada vez era más de noche,
y no podía estar seguro de que aquéllos fueran los árboles que yo creía.
—Van a reconstruir el viejo hipódromo —gritó Ailie desde el coche—. Tarleton, a
la vejez, se está volviendo presumida.
No. No parecían, pensándolo bien, los árboles que yo había creído. De lo único
que podía estar seguro era de que aquel lugar, tan lleno una vez de vida y
esfuerzo, había desaparecido, como si no hubiese existido nunca, y que, dentro
de un mes, Ailie también habría desaparecido y el Sur, para mí, se quedaría
vacío para siempre.