jueves, 13 de agosto de 2015

Amorosa.

Amorosa

Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia.
Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo; recordaba cuanto le había ocurrido en doce meses, todo lo acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo.
Se sentó, abrió un cajón y sacando una fotografía, después de mirarla y darle un beso, la dejó encima de la mesa y empezó una carta:
“Mi adorable Irene: Habrás recibido un recuerdo mío; ahora, solo en mi casa, pensando en ti…”
No pasó adelante; dejando la pluma, se levantó; iba y venia…
Desde marzo tenía una querida, no una querida como las otras, mujer de aventuras, actriz, callejera o mundana; era una mujer a la que había pretendido y logrado con verdadero amor. El ya no era un joven; pero distando todavía de ser viejo, miraba seriamente las cosas a través de un prisma positivo y práctico.
“Hizo balance” de su pasión, como lo hacía siempre al terminar el año, de sus amistades y de todas las variaciones y sucesos de su existencia.
Ya calmado su primer apasionamiento ardoroso, podía examinar con precisión hasta qué punto la quería y cuál pudiera ser el porvenir de aquellos amores.
Descubrió arraigado en su alma un cariño profundo, mezcla de ternura, encanto y agradecimiento, poderosos lazos que sujetan para toda la vida.
Un campanillazo le hizo estremecer. Dudó. ¿Abriría? Es preciso abrir a un desconocido, que al pasar llama en la noche de Año Nuevo.
Cogió una bujía, salió al recibimiento, hizo girar la llave, trajo hacia sí la puerta… y vio en el descansillo a su querida, pálida como un cadáver y apoyando una mano en la pared.
Sorprendido, preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella dijo:
—¿Puedo entrar?
—¡Ya lo creo!
—¿No me verá nadie?
—Absolutamente nadie.
—¿Ibas a salir?
—No.
Entró —como quien tiene muy conocida la casa— y desplomándose, casi desmayada, en el diván del gabinete, rompió a llorar, con la cara entre las manos.
El, arrodillado junto a ella, procuraba suavemente descubrir y ver sus ojos, repitiendo:
—Irene, Irene mía, ¿por qué lloras? Te lo suplico. ¡Dime por qué lloras!
La mujer balbució entre sollozos:
—¡No puedo.., vivir así!
No la comprendía.
—¿Vivir así? ¿Cómo?
—No puedo vivir así… en mi casa. No quise decírtelo nunca, pero es horrible… No puedo…, sufro demasiado… Me atormenta… Me ha maltratado!…
—¿Tu marido?
—Sí…
—¡Ah!…
Le sorprendió, porque no imaginaba— ¡cómo imaginarlo! —que fuera brutal con su querida el marido; un hombre de finos modales, que frecuentaba el casino, la sala de armas, paseos y escenarios; jinete y tirador; muy conocido y estimado en sociedad, correcto y cortés; hombre de pocos ,alcances y de limitados conocimientos, pero con la inteligencia indispensable para discurrir como todas las gentes de su mundo y respetar las preocupaciones y rutinas elegantes.
Parecía ocuparse de su mujer, como debe hacerlo un hombre ,acaudalado y aristócrata: atendiendo a sus caprichos, a su salud, a sus trajes y dejándola perfectamente libre.
Desde que Randal fue presentado a Irene y ella le recibió con agrado, tuvo derecho a las deferencias que todo marido culto sabe guardar a los contertulios de su mujer. Cuando Randal pasó de ser amigo a ser amante, las deferencias del esposo aumentaron, es natural.
Y como nada le hizo sospechar de que hubiese tempestades íntimas en aquel matrimonio, le sorprendía mucho esta revelación inesperada.
¡Te ha maltratado! No llores y dime cómo fue.
Irene contó una historia muy larga: sus desavenencias, al principio triviales, más hondas de día en día, la incompatibilidad de sus temperamentos.
Empezaron las disputas, acabando en una separación completa; el marido se mostró suspicaz, violento. Más adelante, celoso, celoso de Randal; y acababa de maltratarla.
—… No vuelvo a mi casa, no. Dime lo que debo hacer.
Jacobo se había sentado muy cerca, y le cogió las manos.
—Piénsalo mucho, y no lo hagas ciegamente; que todas las culpas caigan sobre tu marido; tu salva tu posición de mujer irreprochable.
Mirándole con inquietud, Irene le preguntó:
—¿Qué me aconsejas?
—Vuelve a tu casa y sufre.con resignación hasta encontrar un pretexto para separarte con todos los honores.
—¿No es algo cobarde tu consejo?
—Es prudente. No puedes arrojar por la ventana tu honra y las atenciones que debes a tu familia. ¡Qué dirán de ti si renuncias a todo en un momento de locura!
Irene se levantó excitada, violenta:
—No puedo más. Todo acabó.¡Se acabó, se acabó y se acabó!
Luego, apoyando ambas manos en e1 pecho de su amante, le miró a los ojos.
—¿Me quieres?
—Mucho.
—¿De veras?
—¡Tan de veras!
—Pues bien; viviremos juntos en tu casa.
Randal exclamó asombrado:
—¿En mi casa? ¿Conmigo? ¿Te has vuelto loca? ¿Comprometerte, deshonrarte para toda la vida?
Ella repuso, lentamente, con seriedad, midiendo las palabras:
—Oye, Jacobo. Me ha prohibido que te vea. Yo no soy mujer de las que mienten y engañan. Si vuelvo a mi casa, no volveré más a la tuya. Elige.
—Si te divorciases, nos casaríamos.
—Era necesario esperar dos o tres años… Tu cariño, ¿tiene tanta paciencia? ¿No se sublevaría en ese tiempo?
—Reflexiona. Si te quedas hoy aquí, mañana te reclamará; es tu marido: el derecho le asiste, le .ampara la ley.
—No me interesa quedarme aquí, lo que yo quiero es ir contigo a cualquier parte. Si me quieres, vámonos a donde tu digas, y si no me quieres, adiós.
Jacobo la detuvo:
—Irene, ten calma;
Ella no quería oírle; con los ojos llenos de lágrimas, repetía:
—Déjame…, déjame…, déjame…
La hizo sentar a la fuerza y se arrodilló de nuevo a sus pies. Trató —acumulando reflexiones y consejos— de hacerle comprender lo irreparable de aquella resolución. Estuvo elocuente, y hasta en su mismo cariño halló argumentos convincentes.
Le suplicó una y mil veces que le atendiera, que razonara como él, que no se ofuscase.
Fría, serena, cuando Jacobo calló, Irene dijo:
—Está bien; permite que me levante y que me vaya
—No; eso, no.
—Déjame. Tú me rechazas, me voy
—Te vas, pensando que no te quiero.
—Me rechazas.
—¡Dime si tu resolución, si tu loca resolución, de la cual te arrepentirás luego, es irrevocable!
—Sí… Pero ¡déjame!
—No; si estás decidida, mi casa es tu casa. Nos iremos lo antes posible a un lugar seguro; te acompañaré, te seguiré…
—No; no quiero que te sacrifiques. Comprendo… que te sacrificas.
—Espera; hice cuanto pude para convencerte; no quise contribuir a perjudicarte. Pero lo que tú hagas, yo lo acepto.
Irene volvió a sentarse, le miró a los ojos fijamente y dijo:
—Habla; explícame cómo te convenciste cuando te proponías convencerme; dime lo que has pensado.
—No he pensado nada. Te advierto que haces una locura, una terrible y dolorosa locura. Insistes, y te pido mi parte; lo de cada uno debe ser de los dos: tu locura, como todo.
—Tampoco me convences.
—Oyeme bien. No se trata ni de sacrificio ni de abnegación. Cuando comprendí que te amaba, pensé lo que debieran pensar todos los amantes en situaciones parecidas: “El hombre que pretende a una mujer, que la enamora, que la consigue, contrae un sagrado compromiso. Naturalmente, cuando se trata de una como tú y no de una mujer fácil y casquivana.
El matrimonio, que tiene mucha importancia social, un gran valor legal, a mi juicio, vale poco, moralmente, por las condiciones que lo determinan.
Así, cuando una mujer sujeta por ese lazo jurídico, pero que no quiere a su esposo, que no puede quererle, cuyo corazón es libre, siente cariño por un hombre y se hace suya, ese hombre se compromete más en ese mutuo consentimiento que formalizando legalmente un matrimonio.
Y si ella y él son personas honradas, la unión debe ser más íntima y estrecha que si la consagraran todas las ceremonias.
En tales circunstancias, la mujer se arriesga mucho. Y, porque no lo ignora, porque lo da todo, su corazón, su cuerpo, su alma, su honor, su vida; porque se ha resignado a sufrir todas las miserias y todas las derrotas; porque realiza su amor heroicamente; porque se ha resuelto a desafiar las iras de su marido, que .puede matarla, y el desprecio del mundo, que puede perderla, ¡es digna de respeto! Por eso también su amante, al pretenderla, debió pensarlo y prevenirlo todo, preferiría siempre a todo, en cualquier circunstancia. No tengo nada que añadir. Advertí primero —como un hombre prudente; ahora ya puedo hablar como un hombre apasionado. ¡Soy tuyo!
Radiante de alegría, Irene selló sus labios con un beso.
—Viviremos como siempre; no ha pasado nada: he fingido… Quise ver cuánto me querías… Una prueba muy arriesgada… Ya la hice… ¡Qué feliz Año Nuevo me ofreces!

miércoles, 12 de agosto de 2015

La última belleza.

La última belleza

I.
Después de la exquisita y teatral interpretación de los encantos del Sur que nos ofreció Atlanta, todos menospreciábamos Tarleton. Era un poco más caluroso que cualquiera de los sitios donde habíamos estado —una docena de reclutas se desmayó el primer día bajo el sol de Georgia—, y cuando veías manadas de vacas desfilar por las calles del centro arreadas por boyeros negros, la luz caliente te iba hipnotizando y querías mover una mano o un pie para asegurarte de que seguías vivo.
Así que me quedaba en el campamento y el teniente Warren me hablaba de mujeres. Hace ya quince años de aquello, y he olvidado qué sentía entonces, aparte de que los días pasaban, uno tras otro, mejor que ahora, y que tenía el corazón desolado, porque en el Norte se casaba aquélla de cuya leyenda yo había estado enamorado tres años. Había visto recortes y fotografías de periódicos. Era una «romántica boda de guerra», muy suntuosa y muy triste. Sentía en carne viva la oscura luminosidad del cielo bajo el que se celebraría la ceremonia y, como joven esnob, sentía menos dolor que envidia.
Y un día que fui a Tarleton a cortarme el pelo me encontré a un tal Bill Knowles, un antiguo compañero de Harvard, muy simpático. Había formado parte de la división de la Guardia Nacional que nos había precedido en el campamento; a última hora se había pasado a la aviación y se había quedado en Tarleton.
—Me alegro de verte, Andy —dijo con excesiva seriedad—. Te pasaré toda la información que tengo antes de irme a Texas. Sabes, en realidad aquí sólo hay tres chicas…
Me interesaba el asunto: era algo místico que sólo hubiese tres chicas.
—… y ahora mismo vas a conocer a una.
Estábamos frente a una heladería, y entramos y me presentó a una señora que inmediatamente me pareció detestable.
—Las otras dos son Ailie Calhoun y Sally Carrol Happer.
Supuse, por cómo había pronunciado el nombre, que le interesaba Ailie Calhoun. Le preocupaba lo que la chica haría cuando él se fuera: quería que llevara una vida tranquila y aburrida.
A mi edad no me duele confesar que acudió a mi mente un tropel de imágenes absolutamente poco caballerosas de Ailie Calhoun, nombre adorable. A los veintitrés años no se reconocen los derechos adquiridos, por decirlo así, sobre una belleza; pero, si Bill me lo hubiera pedido, me habría comprometido sin vacilación y con total sinceridad a cuidar de Ailie como si fuera mi hermana. No me lo pidió: sólo se quejaba de tener que irse. Tres días después me dijo por teléfono que se iba a la mañana siguiente, que lo acompañara aquella noche a casa de Ailie.
Nos encontramos en el hotel y fuimos dando un paseo hacia la zona residencial al calor de un atardecer que olía a flores. Las cuatro columnas blancas de la casa de los Calhoun miraban hacia la calle, y, protegida por las columnas, la galería era oscura como una gruta por donde trepaba y se enredaba una parra.
Cuando cruzábamos el jardín, una chica vestida de blanco salió corriendo de la casa, gritando:
—¡Perdón por llegar tarde! —y, al vernos, añadió—: Ay, me había parecido oíros llegar hace diez minutos.
Calló de repente cuando crujió una silla y un hombre, un aviador del aeródromo Harry Lee, emergió de las sombras de la galería. —¡Canby! —exclamó la chica—. ¿Cómo estás? El aviador y Bill Knowles esperaban, tensos como enemigos declarados.
—Canby, tengo que decirte un secreto, cariño —dijo Ailie inmediatamente—. Perdónanos, Bill.
Se apartaron. Y unos segundos después el teniente Canby, terriblemente disgustado, dijo con voz torva:
—Entonces lo dejamos para el jueves, pero en serio. Apenas si nos saludó con un gesto, y se alejó por el jardín, y las espuelas, con las que presumiblemente espoleaba el avión, brillaban a la luz de las farolas.
—Entrad. Todavía no sé cómo te llamas. Allí estaba: la mujer del Sur en toda su pureza. Hubiera reconocido a Ailie Calhoun aunque nunca hubiese oído hablar de Ruth Draper ni hubiese leído a Marse Chan. Poseía desenvoltura, pero esa desenvoltura dulcificada con encanto y enérgica sencillez; un halo que sugería una historia de padres devotos, hermanos y admiradores, que hundía sus raíces en la época heroica del Sur; la infalible imperturbabilidad adquirida en la lucha sin fin contra el calor. Había en su voz notas que gobernaban a esclavos y fulminaban a capitanes yankis, pero también suaves notas mimosas que se disolvían en la noche con belleza sin igual.
Apenas si la veía en la oscuridad, pero cuando me levanté para irme —estaba claro que no debía quedarme mucho tiempo— se paró bajo la luz naranja de la puerta. Era pequeña y muy rubia; llevaba demasiado colorete en la cara, acentuado por una nariz empolvada de blanco, de payaso, pero, a través del maquillaje, brillaba como una estrella.
—Cuando Bill se vaya, pasaré las noches sentada aquí, sola,
noche tras noche. Quizá puedas llevarme a las fiestas del Club de Campo . la patética profecía hizo reír a Bill—. Espera un minuto —murmu
ró Ailie—. Tienes la insignia torcida.
Me arregló la insignia del cuello, mirándome a la cara un segundo con algo más que curiosidad. Fue una mirada indagatoria, como si preguntara: «¿Serás tú?». Como el teniente Canby, me adentré de mala gana en la noche que, de pronto, parecía demasiado corta.
Y dos semanas más tarde estaba sentado con ella en la misma galería, o, mejor, ella descansaba a medias entre mis brazos, aunque apenas si me tocaba: no recuerdo cómo lo conseguía. Yo, sin éxito, estaba intentando besarla: llevaba intentándolo casi una hora. Bromeábamos, o algo así, sobre mi poca sinceridad. Mi teoría era que, si me dejaba besarla, me enamoraría de ella. Ailie sostenía que, estaba claro, yo no era sincero.
Durante una tregua entre dos de estas batallas me habló de su hermano, que había muerto en Yale, en el último curso. Me enseñó la foto —era guapo, serio, con un bucle al estilo Leyendecker— y me dijo que, cuando encontrara a alguien a la altura de su hermano, se casaría. Aquel idealismo de familia me pareció desalentador; incluso mi descarada confianza en mí mismo no podía competir con los muertos.
Así pasaron aquella y otras tardes, que acababan cuando volvía al campamento con el recuerdo del aroma de las magnolias y una vaga insatisfacción. Nunca la besé. Fuimos al vodevil y al Club de Campo los sábados por la noche, donde Ailie rara vez conseguía bailar diez pasos seguidos con el mismo hombre, y me invitaba a barbacoas al aire libre y ruidosas meriendas con sandía, y nunca se le ocurrió que valiera la pena cambiar por amor lo que yo sentía por ella. Ahora me doy cuenta de que no hubiera sido difícil, pero Ailie, a sus diecinueve años, era sabia y debió de comprender que, en lo que se refiere a los sentimientos, éramos incompatibles. Y así me convertí en su confidente.
Hablamos de Bill Knowles. Pensaba en la posibilidad de casarse con él; porque, aunque no quisiera admitirlo, un invierno en un colegio de Nueva York y un baile estudiantil en Yale habían conseguido que mirara hacia el Norte. Me dijo que no creía que se casara con un sureño. Y poco a poco me di cuenta de que era, consciente y voluntariamente, distinta de aquellas chicas que cantaban canciones de negros y jugaban a los dados en el bar del Club de Campo. Por eso nos atraía a Bill, a mí, a tantos. Nos resultaba familiar.
Durante junio y julio, mientras el rumor de las batallas y los terrores de Europa nos llegaba debilitado, estéril, las miradas de Ailie revoloteaban por la pista de baile, buscando entre los jóvenes oficiales. Conquistó a varios, eligiéndolos con infalible perspicacia —salvo en el caso del teniente Canby, a quien aseguraba despreciar, aunque se citara con él de vez en cuando, «porque era sincero»—, y pasamos el verano repartiéndonos sus tardes.
Un día canceló todas las citas: Bill Knowles estaba de permiso y volvía. Hablamos del acontecimiento con científica impersonalidad. ¿La obligaría Bill a tomar una decisión? El teniente Canby, por el contrario, no se tomó el asunto de un modo impersonal: se convirtió en un fastidio. Le dijo que si se casaba con Knowles ascendería dos mil metros en su aeroplano y apagaría el motor. La asustó. Tuve que cederle a Canby mi última cita con Ailie antes de que Bill volviera.
El sábado por la noche Ailie y Bill Knowles fueron al Club de Campo. Formaban una espléndida pareja y yo volví a sentir envidia y tristeza. Mientras bailaban en la pista, los tres músicos de la orquesta tocaban Cuando te hayas ido de una manera imperfecta y conmovedora que me parece estar oyendo ahora mismo, como si de cada compás brotara un precioso minuto de aquel tiempo. Entonces me di cuenta de que le había tomado cariño a Tarleton, y miré a mi alrededor casi temiendo descubrir que algún rostro venía a buscarme desde la oscuridad cálida y musical de la terraza, donde se fraguaban sin cesar parejas de organdí y verde oliva. Era una época de juventud y guerra, y nunca hubo tanto amor como entonces.
Cuando bailaba con Ailie, me sugirió súbitamente que fuéramos al coche. Quería saber por qué aquella noche no la sacaban a bailar. ¿Es que creían que ya se había casado?
—¿Te vas a casar?
—No lo sé, Andy. A veces, cuando Bill me trata como si fuera una diosa, me emociono —hablaba en voz muy baja, lejana—. Y entonces…
Se echó a reír. Me rozaba con su cuerpo, tan frágil y suave, levantaba la cara hacia mí, y allí, de pronto, con Bill Knowles a cinco metros, por fin hubiera podido besarla. Nuestros labios se rozaban experimentalmente. Entonces un oficial de aviación apareció en la esquina de la galería más próxima a nosotros y se asomó, dudando, a la oscuridad.
—Ailie.
—Sí.
—¿Te has enterado de lo que ha pasado esta tarde?
—¿Qué? —se inclinó hacia delante, y ya se le notaba la inquietud en la voz.
—Horace Canby se ha estrellado. Ha muerto en el acto.
Se levantó despacio y bajó del coche.
—¿Estás diciendo que se ha matado? —dijo.
—Sí. No se sabe qué ha podido fallar. El motor…
Ahhh —un murmullo ronco brotó entre las manos con las
que de repente se había cubierto la cara. La mirábamos sin poder hacer nada mientras apoyaba la cabeza en el coche, sofocando un llanto sin lágrimas. Un instante después fui a buscar a Bill, que, entre los hombres sin pareja, miraba a todas partes para ver por dónde andaba Ailie, y le dije que Ailie quería volver a casa.
Me senté en los escalones de la entrada. Canby nunca me había caído simpático, pero su muerte terrible y sin sentido me pareció más real entonces que los miles de muertos por los que cada día doblaban las campanas en Francia. Ailie y Bill se fueron enseguida. Ailie gimoteaba, pero, cuando me vio, se me acercó rápidamente.
—Andy… —hablaba de prisa, en voz baja—, nunca le digas a nadie lo que te conté sobre Canby ayer por la tarde. Me refiero a lo que me había dicho.
—Claro que no.
Me miró durante un segundo muy largo, como si quisiera estar segura. Y por fin estuvo segura. Entonces suspiró de una manera tan singular que yo no podía dar crédito a mis oídos y enarcó las cejas en un gesto que sólo podría ser descrito como una parodia de la desesperación.
—¡Andy!
Miré al suelo, incómodo, consciente de que quería llamar mi atención sobre los efectos desastrosos que involuntariamente causaba en los hombres.
—¡Buenas noches, Andy! —gritó Bill cuando se metían en
un taxi.
—Buenas noches —dije yo, y estuve a punto de añadir—: Pobre tonto.
II.
Es evidente que debería haber tomado una de esas magníficas decisiones morales que la gente toma en los libros, y despreciarla. Pero, por el contrario, no me cabe la menor duda de que Ailie me hubiera tenido a sus pies con sólo mover un dedo.
Pocos días más tarde, lo arregló todo diciendo tristemente:
—Ya sé que piensas que fue terrible que pensara en mí misma en una situación semejante, pero me pareció una coincidencia tan espantosa…
A los veintitrés años yo no estaba convencido de nada, excepto de que algunas personas eran fuertes y atractivas y podían hacer lo que quisieran, y otras habían nacido para la vergüenza, sin remedio. Yo esperaba ser de las primeras. Estaba seguro de que Ailie lo era.
Tuve que rectificar algunas de mis ideas sobre ella. En el curso de una larga discusión con alguna chica sobre los besos —en aquellos días la gente todavía empleaba más tiempo en hablar de los besos que en besarse—, le mencioné el hecho de que Ailie sólo había besado a dos o tres hombres, y sólo cuando creía estar enamorada. Para mi mayor desconcierto la chica, por hablar figuradamente, se cayó al suelo de risa.
—Pues es verdad —le aseguré, y en aquel mismo instante supe que no lo era—. Me lo ha dicho ella.
—¡Ailie Calhoun! ¡Dios mío! Pero si el año pasado, en la fiesta de primavera de la Escuela Técnica…
Eso fue en septiembre. Cualquier día podíamos embarcar hacia Europa, y para sumarse a nuestro regimiento llegó del cuarto campamento de instrucción una nueva hornada de oficiales. El cuarto campamento no era como los otros tres: los aspirantes a oficiales provenían de la tropa, incluso de las divisiones de nuevos reclutas. Tenían extravagantes apellidos sin vocales, y, excepto algunos miembros jóvenes de la Guardia Nacional, era dudoso que hubieran recibido la menor formación. A nuestra compañía se sumó el teniente Earl Schoen, de New Bedford, en Massachusetts. Era, físicamente, el mejor ejemplar que he visto en mi vida. Medía un metro noventa, tenía el pelo negro, buen color y los ojos oscuros y vivos. No era muy inteligente y era claramente un analfabeto, pero era un buen oficial, con firmeza y dotes de mando, y con esa pizca justa de vanidad que sienta bien a los militares. Yo tenía la idea de que New Bedford era una aldea en el campo, y a eso atribuía sus cualidades y su engreimiento.
En los barracones tuvimos que dormir de dos en dos, y Schoen y yo compartimos dormitorio. Antes de que hubiera pasado una semana, había clavado brutalmente en la pared la foto de una chica de Tarleton.
—No es una cualquiera. Es una chica de la alta sociedad: se junta con lo mejor de la ciudad.
El domingo siguiente, por la tarde, conocí a la señorita en una piscina de las afueras. Cuando Ailie y yo llegamos, el cuerpo musculoso de Schoen se salía del bañador en el otro extremo de la piscina.
—¡Hola, teniente!
Cuando le devolví el saludo, me sonrió y guiñó un ojo, señalándome con la cabeza a la chica que estaba a su lado. Y luego, dándole un codazo en las costillas, también me señaló a mí con la cabeza. Era una manera de presentarnos.
—¿Quién es ése que está con Kitty Preston? —preguntó Ailie, y, cuando se lo dije, me respondió que parecía un tranviario y fingió buscar su billete.
Un momento después Schoen atravesaba la piscina nadando con fuerza y estilo, y salió del agua donde nosotros estábamos. Se lo presenté a Ailie.
—¿Qué le parece mi chica, teniente? —preguntó—. Ya le había dicho que era estupenda, no? —señaló con la cabeza a Ailie, esta vez para indicar que su chica y Ailie frecuentaban los mismos ambientes—. ¿Qué tal si comemos juntos en el hotel una de estas noches?
Los dejé solos un momento después, divertido, porque me daba cuenta de que Ailie había decidido ostensiblemente que aquél no era, en ningún caso, su ideal. Pero no era posible deshacerse del teniente Earl Schoen con tanta facilidad. Recorrió con la mirada, alegremente, sin ofender, la figura delgada, preciosa, de Ailie, y decidió que incluso estaba mejor que la otra. Diez minutos más tarde los vi juntos en el agua: Ailie huía nadando con su estilo mecánico y remilgado, y Schoen alborotaba ruidosamente a su alrededor, y la alcanzaba, y a veces se detenía para mirarla, fascinado, como un niño miraría a una muñeca nadadora.
Pasó toda la tarde con ella. Por fin Ailie se me acercó y me dijo al oído:
—Me está siguiendo. Piensa que no he pagado el billete del tranvía.
Se volvió con rapidez. La señorita Kitty Preston, con evidentes signos de nerviosismo, estaba frente a nosotros.
—Ailie Calhoun, no te creía capaz de quitarle deliberadamente el hombre a otra —una expresión de angustia ante la escena inminente revoloteó por la cara de Ailie—. Creía que te considerabas por encima de esas cosas.
La voz de la señorita Preston era baja, pero tenía esa tensión que, más que oírse, se percibe a distancia, y vi cómo los ojos limpios y preciosos de Ailie miraban aquí y allá, aterrorizados. Pero, por suerte, el propio Earl se acercaba ya, despacio, alegre e inocente, hacia nosotros.
—Si te gusta, no deberías rebajarte delante de él —dijo Ailie como un relámpago, con la cabeza bien alta.
Era, frente a la ingenua y feroz ansia posesiva de Kitty, la familiaridad de Ailie con los modos tradicionales de comportamiento, o, si se prefiere, la educación de Ailie frente a la vulgaridad de la otra. Ailie dio media vuelta para irse.
—¡Espera un momento, niña! —exclamó Earl Schoen—. ¿No me das tu dirección? A lo mejor se me ocurre llamarte por teléfono.
Lo miró de una manera que debía hacerle entender a Kitty que Earl no le interesaba lo más mínimo.
—Tengo mucho trabajo este mes en la Cruz Roja —dijo, con una voz tan fría como su cabellera rubia—. Adiós.
Camino de casa se reía. Se había esfumado aquel aire de haberse visto envuelta sin querer en un episodio lamentable.
—No va a conservar a ese chico —dijo—. El quiere una nueva.
—Parece que quiere a Ailie Calhoun.
Mi sugerencia le hizo gracia.
—Podría regalarme, como si fuera la insignia de un club, el aparato para picar los billetes. ¡Es ridículo! Si mamá viera a alguien así en casa se moriría de repente.
Y, para no desmentir a Ailie, pasaron quince días antes de que Schoen fuera a su casa, aunque fue él quien insistió y le metió prisa, y, en el siguiente baile del Club de Campo, Ailie fingía sentirse molesta.
—Es un verdadero cabezón, Andy —me susurró—. Pero es tan sincero…
Usaba la palabra cabezón sin el tono de crítica que hubiera contenido si Schoen fuera un joven del Sur. La usaba intuitivamente: su oído no distinguía entre una palabra yanki y otra. Y el caso es que la señora Calhoun no expiró cuando Schoen apareció en la puerta de su casa. Los prejuicios supuestamente inextirpables de los padres de Ailie eran un fenómeno que desaparecía a su gusto y según convenía. Pero sus amigas se quedaron de una pieza. Ailie, que siempre había estado un poco por encima de Tarleton y siempre había elegido a sus acompañantes entre los oficiales más distinguidos del campamento… ¡Ailie y el teniente Schoen! Me cansé de asegurarle a la gente que sólo era un capricho de Ailie, y la verdad es que cada semana más o menos Ailie aparecía con alguien nuevo —un alférez de Pensacola, un antiguo amigo de Nueva Orleans—, pero siempre, entre uno y otro, estaba Earl Schoen.
Se recibió la orden de que un primer grupo de oficiales y sargentos se trasladara al puerto de embarque y zarpara hacia Francia. Mi nombre figuraba en la lista. Había pasado una semana en unas maniobras y en cuanto volví al campamento Earl Schoen me buscó.
—Vamos a celebrar una fiesta de despedida en el comedor de oficiales: sólo tú, yo, el capitán Craker y tres chicas.
Earl y yo nos encargaríamos de recoger a las chicas. Recogimos a Sally Carrol Happer y Nancy Lámar, y luego fuimos a casa de Ailie, y nos recibió el mayordomo con la noticia de que Ailie no estaba en casa.
—¿No está en casa? —repitió Earl, atónito—. ¿Dónde está?
—No ha dejado dicho nada. Sólo ha dejado dicho que no está.
—¡Pues sí que tiene gracia la cosa! —exclamó. Paseaba a la sombra de la galería que ya conocía bien mientras el mayordomo esperaba en la puerta, y algo se le ocurrió—. Oye —me dijo—, creo que se ha peleado conmigo.
Esperé. Y Schoen le ordenó secamente al mayordomo:
—Dígale que tengo que hablar con ella un momento.
—¿Cómo voy a decírselo si no está en casa?
Earl volvió a pasearse por el porche. Luego asintió varias veces con la cabeza y dijo:
—Está enfadada por algo que ocurrió en el centro.
En pocas palabras me resumió el asunto.
—Mira, espérame en el coche —le dije—. Quizá pueda arreglarlo —y, cuando de mala gana se fue, le dije al mayordomo—: Oliver, dile a la señorita Ailie que quiero verla a solas.
Tras una breve discusión, llevó el mensaje y un instante después volvió con la respuesta.
—La señorita Ailie dice que no quiere volver a ver al otro caballero nunca más. Dice que usted puede entrar, si quiere.
Estaba en la bibioteca. Yo esperaba encontrarme la fría imagen de la dignidad ofendida, pero tenía la cara descompuesta: estaba desesperada y confundida. Tenía los ojos enrojecidos como si hubiera pasado horas llorando, lenta, dolorosamente.
—Ah, hola, Andy —dijo con palabras entrecortadas—. Hace mucho que no nos vemos. ¿Se ha ido?
—Vamos, Ailie…
—¡Vamos, Ailie! —gritó—. ¡Vamos, Ailie! ¡Se atrevió a dirigirme la palabra! ¿Te das cuenta? Y se quitó el sombrero. Estaba a menos de tres metros de distancia con aquella horrible… con aquella horrible mujer cogida del brazo, hablando con ella, y me vio, y se quitó el sombrero. Andy, yo no sabía qué hacer. Me metí en la heladería y pedí un vaso de agua, y tenía tanto miedo de que me siguiera que le pedía al señor Rich que me dejara salir por la puerta de atrás. No quiero volver a verlo ni saber nada de él.
Hablé. Dije lo que se suele decir en casos semejantes. Estuve hablando media hora. No pude convencerla. Varias veces me interrumpió murmurando algo sobre que no era sincero, y por cuarta vez me pregunté qué significaría aquella palabra para ella. Constancia, no, desde luego; era, intuí a medias, la manera especial en que quería ser respetada.
Me levanté para irme. Y entonces, de manera increíble, el claxon del coche sonó tres veces con impaciencia. Era pasmoso. Decía, tan a las claras como si Earl hubiera estado en la habitación: «Muy bien, ¡al diablo! No voy a esperar aquí toda la noche».
Ailie me miró horrorizada. Y de repente una expresión singular apareció en su cara, se extendió, brilló y se apagó, convirtiéndose en una sonrisa al borde de las lagrimas, histérica.
—¿No es una persona terrible? —exclamó con inútil desesperación—. ¿No es horrible?
—Vamos —me apresuré a decirle—. Coge el abrigo. Es nuestra última noche.
Y todavía puedo revivir aquella última noche con la misma intensidad, la luz de la vela que parpadeaba sobre la basta mesa del comedor de oficiales y sobre los adornos de papel ajado que quedaban de la fiesta de despedida de la compañía de aprovisionamiento, la triste mandolina que por las calles del campamento seguía tocando Mi hogar en Indiana con la nostalgia universal del final del verano. Las tres chicas perdidas en aquella misteriosa ciudad de hombres también sintieron algo: una impresión de hechizada precariedad, como si estuvieran en una alfombra mágica que se había posado en los campos del Sur y que en cualquier momento podía ser empujada y arrastrada por el viento. Brindamos por el Sur y por nosotros. Luego dejamos las servilletas y los vasos vacíos y un poco del pasado sobre la mesa, y cogidos de la mano salimos a la luz de la luna. Ya había sonado el toque de silencio; no había ni un ruido, salvo el lejano relincho de un caballo, y un fuerte y persistente roncar que nos hizo reír, y el taconazo de un centinela que desfilaba en el puesto de guardia. Craker estaba de servicio; nosotros subimos al taxi que esperaba, fuimos a Tarleton y dejamos en casa a la chica de Craker.
Entonces Ailie, Earl, Sally y yo, de dos en dos en el amplio asiento trasero, cada pareja dándole la espalda a la otra, absortos y susurrantes, nos adentramos en la inmensidad de la noche.
Viajamos a través de bosques de pinos cargados de liqúenes y musgo, entre algodonales en barbecho, por una carretera blanca como el confín del mundo. Nos detuvimos a la sombra informe de un molino donde sólo se oía el correr del agua y el gritar de los pájaros desvelados y donde sobre todas las cosas reinaba una claridad que intentaba filtrarse por todas partes: en la perdidas barracas de los negros, en el coche, en lo más hondo del corazón. Era la canción del Sur: me pregunto si los demás aún pueden recordarlo. Yo me acuerdo: la palidez de las caras frías, los ojos soñolientos, amorosos, y las voces:
—¿Estás cómoda?
—Sí. ¿Y tú?
—¿De verdad estás cómoda?
—Sí.
De repente nos dimos cuenta de que era tarde y estábamos solos. Volvimos.
Nuestro regimiento partió hacia Camp Mills al día siguiente, pero al final no llegué a ir a Francia. Pasamos un mes de frío en Long Island, embarcamos a paso de marcha a bordo de un transporte, con los cascos de acero colgando del correaje, y a paso de marcha desembarcamos. Me había perdido la guerra. Cuando volví a Tarleton intenté conseguir que me licenciaran, pero mis obligaciones de oficial me retuvieron la mayor parte del invierno. Earl Schoen fue uno de los primeros en ser desmovilizado. Quería encontrar un buen empleo «antes de que hubiera demasiada competencia». Ailie no había querido comprometerse en matrimonio, pero los dos daban por sobreentendido que Earl volvería.
Para enero los campamentos, que durante dos años habían dominado la vida de la pequeña ciudad, iban desapareciendo. Sólo el persistente olor del incinerador aún recordaba toda aquella actividad y todo aquel bullicio. La poca vida que quedaba se centró amargamente en el puesto de mando de la división, lleno de irritados militares profesionales que también se habían perdido la guerra.
Y entonces los jóvenes de Tarleton empezaron a volver desde todos los rincones del planeta: unos con uniforme canadiense, otros con muletas o mangas vacías. Un batallón de la Guardia Nacional, que regresaba del frente, desfiló por las calles, y en sus filas estaban vacíos los puestos de sus muertos, e inmediatamente los soldados renunciaron para siempre a las historias románticas y empezaron a vender toda clase de mercancías en los mostradores de las tiendas de la localidad. Muy pocos uniformes se mezclaban con los esmoqúines y los trajes de noche en el baile del Club de Campo.
Poco antes de Navidad, Bill Knowles llegó sin avisar un día para volver a irse al día siguiente: o le había dado a Ailie un ultimatum o ella había tomado por fin una decisión. Yo la veía algunas veces, cuando no estaba ocupada con los héroes que habían regresado de Savannah y Augusta, pero me sentía como un superviviente pasado de moda: y lo era. Ella estaba esperando a Earl Schoen con tanta incertidumbre que prefería no hablar del asunto. Earl llegó tres días antes de que me dieran la licencia definitiva.
Me los encontré por primera vez cuando paseaban por la calle principal, y no creo haber sentido tanta pena por una pareja en mi vida; aunque me figuro que la misma situación se repetía entonces en todas las ciudades en las que había habido campamentos militares. El aspecto de Earl era todo lo lamentable que pueda imaginarse. Llevaba un sombrero verde, con una pluma. Su traje seguía esa moda grotesca con la que han conseguido terminar la publicidad y las películas. Era evidente que había vuelto a su barbería de toda la vida, pues llevaba el pelo bien aplastado sobre la nuca rosa y afeitada. No es que tuviera la limpieza de los pobres, sino que su ostensible familiaridad con las salas de baile suburbiales y los clubes pueblerinos hacía daño a la vista, o, más bien, le hacía daño a Ailie. Pues Ailie nunca había podido imaginarse la realidad: con la ropa que Earl llevaba puesta, incluso la gracia natural de aquel magnífico cuerpo había desaparecido. Al principio Earl alardeó de su estupendo trabajo; les permitiría arreglárselas hasta que «empezara a ganar dinero fácil». Pero, desde el mismo momento en que volvió al mundo de Ailie con su verdadero aspecto, debería haberse dado cuenta de que no tenía esperanzas. No sé lo que ella le dijo, ni hasta qué punto el dolor pesó más que la estupefacción de Ailie. Ella reaccionó con rapidez: tres días después de su llegada, Earl y yo volvíamos al Norte en el mismo tren.
—Bueno, se acabó lo que se daba —dijo, de mal humor—. Era una chica maravillosa, pero demasiado intelectual para mí. Me figuro que se casará con algún ricachón que pueda asegurarle una buena posición social. Yo no soporto tanta tontería —y, poco después, me dijo—: Me ha pedido que vuelva dentro de un año, pero no volveré jamás. Tanta aristocracia no está mal si te sobra el dinero, pero…
«Pero no era real», pensaba añadir. La sociedad provinciana en que se había desenvuelto con tanta satisfacción durante seis meses ahora le parecía amanerada, artificial, de petimetres.
—Oye, ¿has visto lo mismo que yo al subir al tren? —me preguntó un momento después—. Dos tipas maravillosas, solas. ¿Qué tal si vamos a su vagón y las invitamos a comer? Yo quiero la del traje azul —en mitad del pasillo del tren, se volvió de pronto y me preguntó, frunciendo el entrecejo—: Oye, Andy, una cosa, ¿cómo crees que se enteró de que yo era tranviario? Yo no se lo había dicho.
—No tengo ni idea.
III.
Este relato llega a una de las grandes lagunas que más me llamaban la atención cuando empecé. Durante seis años, mientras acababa mis estudios de derecho en Harvard y construía aviones comerciales e invertía en un tipo de asfaltado que se resquebrajaba al paso de los camiones, Ailie Calhoun apenas fue algo más que un nombre en una felicitación de Navidad”, apenas una brisa que soplaba en mi imaginación en las noches cálidas cuando recordaba las magnolias. Alguna vez un conocido de los días del ejército me preguntaba: «¿Qué fue de aquella rubia que tenía tanto éxito?», pero yo no lo sabía. Me encontré con Nancy Lámar en el Hotel Montmartre de Nueva York una tarde y me enteré de que Ailie se había comprometido con uno de Cincinnati, había ido al Norte a conocer a la familia y había roto el compromiso. Seguía siendo tan encantadora como siempre, y siempre tenía alrededor uno o dos pretendientes que la asediaban. Pero ni Bill Knowles ni Earl Schoen habían vuelto jamás.
Y por aquel entonces, no sé dónde, me enteré de que Bill Knowles se había casado con una chica que había conocido en un barco. Y eso es todo: poco remiendo para un agujero de seis años.
Aunque parezca extraño, una chica apenas entrevista a la luz del crepúsculo en una pequeña gasolinera de Indiana empezó a sugerirme la idea de volver al Sur. La chica, que llevaba un vestido de organdí rosa, abrazó a un hombre que se bajó de nuestro tren y lo empujó hacia un coche que estaba esperando, y yo sentí una especie de punzada. Me pareció que la chica arrastraba a aquel hombre al mundo veraniego y perdido de mis primeros veinte años, donde el tiempo se había detenido y chicas encantadoras, difuminadas como el pasado, todavía paseaban por las calles oscuras. Creo que la poesía es el Sur que sueña uno del Norte. Pero pasaron meses antes de que le mandara un telegrama a Ailie, e inmediatamente, tras el telegrama, partí hacia Tarleton.
Era julio. El Hotel Jefferson parecía extrañamente pobre, estropeado y agobiante: un grupo de pesados cantaba intermitente y escandalosamente en el comedor que mi memoria reservaba y consagraba a oficiales y chicas. Reconocí al taxista que me llevó a casa de Ailie, pero su «¿Cómo no voy a acordarme de usted, teniente?» me pareció poco convincente. Yo sólo era uno entre veinte mil.
Fueron tres días raros. Me figuro que algo del primer y juvenil esplendor de Ailie habría corrido la suerte de cualquier otro fulgor mortal, pero no me atrevería a jurarlo. Seguía teniendo tanto atractivo físico que te daban ganas de tocar la personalidad que le temblaba en los labios. No: el cambio era mucho más profundo.
De repente me di cuenta de que había cambiado de estilo. Las modulaciones del orgullo, las alusiones al hecho de que conocía los secretos de antes de la guerra, cuando los días eran más radiantes y mejores, habían desaparecido de su voz; ya no había tiempo para aquello, mientras divagaba con las bromas, entre risueñas y desesperadas, del Sur más moderno. Y todo cabía en aquellas bromas, para que nunca cesara el parloteo y no quedara tiempo para pensar: pensar en el presente, en el futuro, en ella, en mí. Fuimos a una ruidosa fiesta en casa de unos recién casados, y Ailie era el centro nervioso, resplandeciente, de la fiesta. Ya no tenía dieciocho años, pero incluso en el papel de payaso atolondrado estaba más atractiva que nunca.
—¿Has tenido noticias de Earl Schoen? —le pregunté la segunda noche, cuando íbamos al baile del Club de Campo.
—No —se puso seria un instante—. Me acuerdo mucho de él. Fue el… —dudó.
—Sigue.
—Iba a decir que fue el hombre a quien más he querido, pero no sería verdad. Nunca lo quise de verdad; si no, me hubiera casado con él a pesar de los pesares, ¿no? —me miró interrogante—. Por lo menos no lo hubiera tratado como lo traté.
—Era insoportable.
—Desde luego —reconoció sin mucha decisión. Su humor cambió; ahora parecía bromear—: ¡Cómo nos engañaron los yankis a las pobres chicas del Sur! ¡Qué tonta fui!
Cuando llegamos al club se confundió como un camaleón con la multitud, para mí, de desconocidos. Llenaba la pista de baile una nueva generación con menos dignidad que la que yo había tratado, pero la máxima representante de su esencia perezosa y febril era Ailie. Seguramente se había dado cuenta de que en su intento inicial de escapar del provincianismo de Tarleton se había quedado sola, miembro de una generación condenada a no tener sucesores. No sé en qué momento había perdido la batalla, librada tras las columnas blancas de la galería de su casa. Pero había calculado mal, en algún momento se había equivocado. Su desenfrenada animación, que seguía atrayendo al suficiente número de hombres como para rivalizar con las chicas más jóvenes y atrevidas, era el reconocimiento de la derrota.
Salí de su casa, como tantas veces en aquel perdido mes de julio, con una especie de insatisfacción. Horas después, dando vueltas en la cama del hotel, descubrí cuál era el motivo, cuál había sido siempre el motivo: yo estaba profundamente, incurablemente enamorado de ella. Más allá de toda incompatibilidad, Ailie era todavía, y para mí siempre lo seguiría siendo, la chica más atractiva que había conocido en mi vida. Y así se lo dije la tarde siguiente. Era uno de esos días calurosos que yo conocía ya a la perfección, y Ailie se sentaba en el sofá, a mi lado, en la biblioteca en penumbra.
—No, no puedo casarme contigo —dijo, casi asustada—. No te quiero de esa manera… Nunca te he querido así. Y tú tampoco me quieres. No pensaba decírtelo ahora, pero me caso el mes que viene. No lo hemos anunciado porque ya llevo anunciadas dos bodas —de pronto se le ocurrió que quizá me habían dolido sus palabras—: Andy, sólo ha sido una de tus tonterías, ¿verdad? Tú sabes que no me casaría nunca con un hombre del Norte.
—¿Quién es? —pregunté.
—Es de Savannah.
—¿Estás enamorada?
—Por supuesto —los dos sonreímos—. ¡Por supuesto que sí! ¿Qué estás intentando que diga?
No había ninguna duda, como no había habido dudas con los otros. No podía permitirse tener dudas. Lo sé porque hacía mucho que Ailie había dejado de fingir cuando estaba conmigo. Y sé que aquella naturalidad se debía a que no me consideraba un pretendiente. Bajo la máscara de buena crianza, instintiva, siempre había sido la misma y jamás había creído que pudiera quererla de verdad alguien que no hubiera alcanzado un estado de adoración ciega. A aquel estado lo llamaba «ser sincero»; se sentía más segura con hombres como Canby y Earl Schoen, que eran incapaces de juzgar a un corazón sólo en apariencia aristocrático.
—Me parece muy bien —dije, como si me hubiera pedido permiso para casarse—. Y, ahora, ¿me harías un favor?
—Lo que quieras.
—Vamos al campamento.
—Pero, cariño, allí no queda nada.
—No me importa.
Fuimos al centro dando un paseo. El taxista de la parada del hotel puso el mismo reparo:
—Allí no hay nada, capitán.
—Da igual. Vamos.
Veinte minutos después paró el taxi en una llanura polvorienta, desconocida, salpicada de algodonales nuevos y pinares aislados.
—¿Quiere que vayamos a donde se ve humo? —preguntó el taxista—. Es la nueva cárcel.
—No. Siga por esta carretera. Quiero buscar dónde estuve viviendo.
Un antiguo hipódromo, que ni siquiera llamaba la atención en los días gloriosos del campamento, erigía en la desolación su tribuna desmoronada. Intentaba en vano orientarme.
—Siga la carretera, pase aquellos árboles y gire a la derecha. No, no, a la izquierda.
Obedeció, con antipatía profesional.
—No encontrarás nada, querido —dijo Ailie—. Los contratistas lo demolieron todo.
Circulábamos despacio, entre algodonales. Podría haber sido allí…
—Vale. Quiero bajar —dije de pronto.
Dejé a Ailie en el coche: estaba preciosa, y la brisa cálida le agitaba el pelo largo y rizado.
Podría haber sido allí. Allí podrían haber estado las calles de la compañía y, un poco más abajo, el comedor de oficiales, donde cenamos aquella noche.
El taxista me miraba con indulgencia mientras yo tropezaba, hundido hasta las rodillas en la maleza, buscando mi juventud en una tabla, unos restos de techumbre o una lata de tomate oxidada. Intenté usar como orientación un grupo de árboles que me resultaba vagamente familiar, pero cada vez era más de noche, y no podía estar seguro de que aquéllos fueran los árboles que yo creía.
—Van a reconstruir el viejo hipódromo —gritó Ailie desde el coche—. Tarleton, a la vejez, se está volviendo presumida.
No. No parecían, pensándolo bien, los árboles que yo había creído. De lo único que podía estar seguro era de que aquel lugar, tan lleno una vez de vida y esfuerzo, había desaparecido, como si no hubiese existido nunca, y que, dentro de un mes, Ailie también habría desaparecido y el Sur, para mí, se quedaría vacío para siempre.


martes, 11 de agosto de 2015

Un trato de algodón.

Un trato de algodón

Hace mucho, muchísimo tiempo, siendo Devadatta rey de Benarés, escribí algunos relatos acerca de Strikland, de la Policía del Punjab (el que se casó con la señorita Youghal) y acerca de Adán, hijo suyo. Strickland terminó ya su servicio en la India, y vive actualmente en un lugar de Inglaterra que se llama Weston––super––Mare, donde su esposa toca el órgano en una de las iglesias. Muy de tarde en tarde se traslada Strickland a la ciudad de Londres, y su esposa le obliga, de cuando en cuando, a que vaya a visitar a sus amigos. Fuera de esto, juega al golf y va en pos de los lebreles sólo por bien parecer.
Si el lector recuerda al niño aquel que contó una historieta al novelista Eustace Cleever, recordará también que llegó con el tiempo a ser baronet propietario de una enorme finca. Ha perdido un poco de prestigio, debido a su cocina, pero no ha perdido nunca a sus amigos. Me he enterado de que una de las salas de su palacio está convertida en hospital para enfermos; en ella pasé yo una semana acompañado de dos melancólicas enfermeras y de un especialista en psilosis. En otra ocasión la encontré rebosante de muchachos, hijos todos de angloindios, a los que el Niño había congregado para pasar las vacaciones, y que casi hicieron morir de dolor al encargado de cuidar la finca.
Mi última visita resultó mejor. El Niño me llamó por telégrafo, yyo caí en brazos de un amigo mío, el coronel A. L. Corkran, lo que me quitó muchísimos años de encima; ambos ensalzamos a Alá, que no había dado fin todavía a los deleites ni separado a los compañeros.
Corkran, una vez que me hubo explicado el sentimiento que se experimenta mandando un regimiento de infantería indígena en la frontera, me dijo:
–– Los Strikcs llegan esta noche con su muchacho.
–– Me acuerdo de él. Es el muchachuelo que me dio base para escribir un relato ––le contesté––. ¿Está acaso en el servicio?
–– No. Strick le colocó en el Protectorado Centro––euro––africano. Desempeña el cargo de comisario segundo en Dupé, que yo ignoro dónde cae. ¿En Somalia quizá, Largo? ––preguntó el Niño.
El Largo ensanchó burlonamente las ventanas de su nariz:
–– Sólo te has desviado tres millas. Fíjate en el atlas.
–– Esté donde esté, ese muchacho se encuentra hoy tan podrido de fiebre como todos vosotros ––dijo el Niño, que se había sentado ya en el diván grande ––. Trae además en su compañía a un criado indígena. Largo, pórtate como un atleta y dile a Ipps que le aloje en los establos.
–– ¿Por qué? ¿Es acaso un yao, como el individuo aquel que Wade trajo cuando tu mayordomo estaba con ataques?
El Largo visita con frecuencia al Niño, y ha visto unas cuantas cosas raras.
–– No. Es un individuo que perteneció al viejo cuerpo de policías del Punjab cuando los mandaba Strickland, y, según tengo entendido, un perfecto europeo.
¡Magnífico! Desde hace tres meses no he hallado un punjabí, y un punjabí del África central tiene que resultar divertidísimo.
Llegó a nuestro oídos el ruido del automóvil al detenerse delante del pórtico. La primera en entrar fue Agnes Strickland, a la que el Niño adora sin disimular sus sentimientos.
La verdad es que el Niño adora, con la adoración plácida de un hombre gordo, a ocho astutas mujeres por lo menos; pero Agnes lo cuidó en cierta ocasión en que el Niño tuvo un mal acceso de fiebre de Peshaxur, y cuando ella está en la casa del Niño, la casa le pertenece a ella más que a nadie. Ahora Agnes empezó a decir:
–– No enviaste suficientes alfombras, y quién sabe si Adán se ha resfriado.
–– En el interior del coche hace calor. ¿Por qué le consentiste que viajase en la parte delantera?
–– Porque lo quiso él ––contestó Agnes con una sonrisa maternal.
Y procedió a presentarnos a la sombra de un hombre joven que caminaba apoyándose fuertemente sobre el hombro de un barbudo mahometano punjabí.
–– Ahí tienes todo lo que de mi hijo ha vuelto a Inglaterra ––me dijo el padre.
En efecto, no había en el joven nada del muchacho con el que yo había hecho un viaje a Dalhousie, larguísimo tiempo atrás.
–– ¿Y qué uniforme es ése? ––preguntó el Largo al criado Iman Din, que se situó en posición de firmes sobre el suelo de mármol.
–– Es el uniforme de las tropas del Protectorado, sahib. Aunque yo soy el servidor personal del pequeño sahib, no parece bien que nosotros, los blancos, nos hagamos servir por el personal vestido completamente al estilo de los criados.
–– Comprendo. Con seguridad también que nosotros, los blancos, servimos la mesa a caballo, ¿verdad?
El Largo apuntó con el dedo a las espuelas del criado.
–– Estas me las puse cuando vinimos a Inglaterra por mejor parecer.
Adán se sonrió con un asomo de sonrisita, que empecé a recordar, y le colocamos sobre la meridiana grande, en espera de que nos sirviesen algún refrigerio. El Largo le preguntó qué tiempo de licencia tenía, y él contestó que seis meses.
–– Pero se tomará otros seis mediante un certificado médico ––dijo Agnes con expresión de ansiedad. Adán arrugó el ceño:
–– ¡Usted no querría eso, claro! Lo comprendo. Yo también me pregunto qué estará haciendo el que me sustituye en el mando.
El Largo se atusó el bigote y se puso a meditar en sus sikhs.
¡Bueno! –– exclamó el Niño––. Yo sólo tengo que cuidarme de algunos millares de faisanes. Vamos a vestirnos para la mes, Largo. Estamos nosotros solos. ¿Qué flores ordena mi señora que se pongan en la mesa?
–– ¿Para nosotros solos? ––contestó ella, mirando a las flores de ricino que adornaban el gran vestíbulo––. Pues entonces, que pongan clavelones…, los del pequeño cementerio.
Se transmitió esa orden.
Pues bien: para nosotros los clavelones equivalen a tiempo caluroso, incomodidad, separación y muerte. Con ese aroma en nuestra nariz, y teniendo de servidor al criado de Adán, fuimos con toda naturalidad a caer cada vez más en el viejo argot, acordándonos, a cada vaso que bebíamos, de los compañeros nuestros que se nos habían adelantado en el último viaje. No comimos en la mesa grande, sino junto a la gran ventana corrediza que daba sobre el parque, en el que estaban recogiendo y cargando los últimos restos de heno. Cuando se echó encima el ocaso, no quisimos que encendiesen luces, sino que esperamos la salida de la luna, y seguimos nuestra conversación en la semioscuridad, que trae a nuestra memoria los viejos recuerdos.
Al joven Adán no le interesaba nuestro pasado sino en aquello que éste había afectado a su propio futuro. Yo creo que su madre lo tenía agarrado de la mano por debajo de la mesa. Imam Din, descalzo por respeto a los suelos, le trajo el medicamento, se lo fue sirviendo gota a gota, y pidió órdenes.
–– Espera para llevárselo a la cama cuando se sienta fatigado ––dijo la madre.
E Iman Din se retiró a la parte sombreada del salón, junto a los retratos de los antepasados.
Y dígame: ¿qué espera sacar de ese Protectorado suyo?
Esta pregunta la hizo el Niño cuando, agotado el tema de nuestra India, pasamos a hablar del África de Adán.
El joven se reanimó al oír aquellas palabras, y dijo:
–– Caucho, nueces, goma y otros productos por ese estilo, aunque nuestro verdadero porvenir está en el algodón. El año pasado cultivé en mi distrito cincuenta acres de esa planta.
–– ¡En mi distrito! ––exclamó el padre––. ¿Lo oyes, mamaíta!
–– ¡Lo que digo es cierto! Me alegraría tener a mano una muestra para enseñársela. Algunos enterados de Manchester afirmaron que era de tan buena calidad como cualquier otro algodón que llega al mercado desde cualquiera de las islas.
–– ¿Y cómo se te ocurrió meterte a plantador de algodón, hijo mío? ––preguntó la madre.
Mi jefe nos dijo que todo hombre debería tener una distracción, un shouk, de cualquier clase que fuese, y cierta vez se tomó la molestia de viajar todo un día a caballo, apartándose de su ruta, para señalarme una franja de tierra negra que estaba indicadísima para el cultivo del algodón.
–– ¡Vaya! ¿Y de qué clase era ese jefe suyo? ––preguntó el Largo con su voz meliflua.
–– El hombre mejor que hay sobre la tierra…, sin excepción alguna. Es un hombre de los que dejan que uno mismo se suene la nariz. La gente le ha puesto de apodo… Adán largó una frase endemoniada––, que significa el Hombre de los Ojos de Piedra”.
–– Me alegra lo que me dice, porque, según lo que otros me han referido…
La frase del Largo ardió como una cerilla lenta, pero la explosión no se hizo esperar.
–– ¡Otros! ––dijo Adán, y alzó una mano delgada––. Cada perro tiene sus pulgas. ¡Si usted les hace caso a esos otros, naturalmente que sí!
La manera que tuvo el joven de sacudir su cabeza resultó tal y como yo le recordaba, entre los policías de su padre, veinte años atrás, y la mirada brillante de la madre fue como una llamada en la penumbra para que yo le rindiese adoración. Pegué un puntapié en la espinilla al Largo… No debe uno burlarse del primer amor o del primer sentimiento de lealtad de un joven.
Apareció encima de la mesa un montoncito de algodón en bruto, y la voz de Iman Din nos dijo:
–– Pensé que quizá lo necesitase, y por esa razón lo coloqué entre nuestras camisas.
–– ¡Qué bien habla este hombre el inglés! exclamó el Niño, que se había olvidado ya de su Oriente.
Todos nosotros admiramos la muestra de algodón por complacer a Adán, y, a decir verdad, era de fibra muy larga y brillante. El joven exclamó:
–– Bueno…, se trata sólo de un experimento. Somos tan terriblemente pobres en mi distrito, que ni siquiera disponemos de dinero para pagar un cochechito correo. Empleamos una caja de galletas montada sobre dos ruedas de bicicleta. El dinero para este cultivo ––añadió Adán, dando unas palmaditas cariñosas a la muestra–– lo conseguí por pura casualidad.
–– ¿Cuanto costó? ––preguntó Strickland.
–– Con la semilla y la maquinaria, alrededor de doscientas libras. Las labores fueron realizadas por caníbales.
–– Eso resulta animador.
El Largo alcanzó otro cigarrillo.
No, gracias ––le contestó Agnes––. Llevo demasiado tiempo en Weston––super––Mare para que me atraigan los caníbales. Voy al cuarto de música a ensayar los himnos del próximo domingo.
Se llevó a los labios ligeramente la mano del muchacho y cruzó los acres de suelo brillante hasta el salón de música, que había servido de salón de banquetes a los ascendientes del Niño. El vestido gris y de plata de Agnes desapareció bajo la galería de los músicos; encendiéronse dos luces eléctricas, y su figura se dibujó sobre el fondo de las hileras de tubos dorados.
–– ¡Hay aquí un apego abominable a tocar la música mecánicamente! ––dijo en voz alta.
–– ¡Dios me valga! ––exclamó el Niño, echándose la servilleta al hombro––. Estuve interpretando Parsifal en rollo de pianola.
–– Prefiero la interpretación personal. Quita esto, Ipps. Oímos cómo el viejo Ipps patinaba obediente, cruzando la sala. El Largo dijo:
–– Veamos esa interpretación personal.
Y acercó el borgoña, que la facultad médica recomienda para enriquecer la sangre debilitada por la fiebre.
–– Poco es lo que hay que decir. Ahora bien: la franja de tierra que me mostró mi jefe se mete en plena región de los sheshaheli. No nos ha sido posible demostrar ante los tribunales que esa tribu practica el canibalismo; pero yo creo que si un sheshaheli viene a ofrecernos cuatro libras de pecho de mujer, con el tatuaje y todo, espetadas sobre una hoja de llantén…
–– Es preciso no desayunarse sin haber pegado antes fuego a las aldeas –– dijo el Largo acabando la frase.
Adán movió la cabeza y suspiró:
¡Nada de hacer intervenir a las tropas! Se lo conté todo a mi jefe, y éste me dijo que era preciso esperar a que hiciesen chuletas de un blanco. Me aconsejó que si alguna vez sentía esa tentación, no cometiese un…, un improductivo felo de se, y que dejase la tarea a un sheshaheli. Entonces podría presentar él un informe, y podríamos barrerlos de allí.
–– ¡Qué inmoralidad! Así es como nosotros ganamos…
Y el Largo citó el nombre de una provincia conquistada mediante un sacrificio tan justo.
Sí, pero aquellas fieras de hombres ejercían el dominio de uno de los extremos de mi franja de terreno algodonero como si tal cosa. Y cuando me adelanté a fin de coger muestras del suelo para analizarlas, nos persiguieron como a una alimaña, a mí y a Imam Din.
–– ¡Sahib!, ¿me necesita?
La voz surgió de la oscuridad, y antes de acabar la frase brillaban los ojos por encima del hombro de Adán.
–– No. Salió ese nombre en la conversación ––y bastó un movimiento del dedo de Adán para hacer desaparecer a Imam Din––. No pude convertir el hecho en un casus belli inmediatamente, porque mi jefe se había llevado todas las tropas a fin de aplastar en el Norte a una cuadrilla de reyes esclavos. ¿No han oído hablar nunca de nuestra guerra contra Ibn Makarrah? Casi estuvimos en una ocasión a punto de perder por su culpa nuestro Protectorado, aunque ahora es aliado nuestro.
–– ¿Verdad que era una fiera dañina, aun dentro de la manera de ser de aquella gente? ––dijo el Largo––. Wade me habló de tal individuo el año pasado.
Lo cierto es que el apodo con que todos le conocían en aquel país era el de Misericordioso, y es preciso que se haya hecho algo para conseguir un apodo como ése. Nadie de entre nosotros pronunciaba su nombre propio al referirse al hombre en cuestión. Decían él o el Tal, y no lo decían levantando la voz. Combatió durante ocho meses contra nosotros.
–– Lo recuerdo. Y también que apareció en no sé qué periódico un suelto hablando de esa lucha ––contesté yo.
Pero le derrotamos. La verdad es…, la verdad es que los traficantes de esclavos no vienen por nuestra región porque es fama que nuestros hombres se mueren casi todos al mes de haber sido capturados. Eso disminuye los beneficios.
–– ¿Y qué hay de tus encantadores amigos los sheshahelis? ––preguntó el Niño.
–– No hay mercado para ellos. Mejor que sheshahelis, la gente compraría cocodrilos. Tengo entendido que antes que nos anexionásemos la región, Ibn Makarrah hizo una incursión contra ellos, para adiestrar a sus guerreros jóvenes, y se limitó a hacerlos picadillo. La mayor parte de mi gente son campesinos, precisamente lo que necesitan los plantadores de algodón… ¿Qué está tocando mamá?… ¡Ah, sí! Once in Royal…, ¿verdad?
El órgano, que hasta entonces había estado canturriando tan feliz como una madre contemplando a su hijo restablecido, atacó de firme una melodía. El Niño exclamó con toda sinceridad:
–– ¡Estupendo! ¡Lo toca estupendamente!
Yo sólo había oído cantar al Niño una vez, y aunque cantó de mañana, cuando todo el mundo se siente inclinado a la tolerancia, sus compañeros de rancho le tiraron a un estanque de nenúfares.
–– ¿Y cómo te las arreglaste para que tus caníbales trabajasen en tu campo? ––preguntó Strickland.
–– Convirtiéronse a la civilización una vez que mi jefe hubo aplastado a Ibn Makarrah, precisamente en el momento en que yo los necesitaba. Mi jefe me había prometido por escrito que si yo conseguía rebañar un sobrante, él no se lo embolsaría esta vez con destino a sus caminos, sino que me permitiría que lo emplease en mi empresa algodonera. Yo sólo necesitaba doscientas libras. Nuestras rentas daban para poca cosa.
–– ¿Qué fuentes de ingresos tenía el Protectorado? ––preguntó el Largo en idioma indígena.
–– El impuesto a las chozas, la patente de comerciantes, las licencias de caza y de minas; en total, menos de catorce mil rupias; y hasta el último penique estaba marcado para una finalidad concreta desde muchos meses antes.
Adán suspiró. Imam Din dijo con voz suave:
–– Hay también la multa a los perros que se meten en el campo del sahib, y que el año pasado fue de más de tres rupias.
–– Yo creo que era justo multarlo, porque ladraban como condenados. Eramos bastante rigurosos en cuestión de multas. Yo logré que mi escribiente indígena, Bulaki Ram, se entusiasmara hasta la ferocidad. Llegaba a calcular los beneficios de nuestro proyecto algodonero hasta tres decimales, después de las horas de oficina. Les aseguro a ustedes que envidio a los magistrados de este país, que todas las semanas arrancan el dinero a montones a los automovilistas. Yo me las había ingeniado para que ingresos y gastos se equilibrasen, y estaba loco por conseguir las doscientas libras necesarias para mi algodón. Cuando uno está solo le entran esas chaladuras…, y acaba hablando en voz alta.
–– ¡Hola! ¿Llegaste a ese punto ya? ––preguntó el padre.
Adán asintió con un movimiento de cabeza.
–– Sí. Llegué a recitarle a un árbol la parte que recordaba del Marmion, señor. Pero, de pronto, cambió mi suerte. Cierto atardecer se me presentó un negro que hablaba inglés y que traía arrastrando de los pies un cadáver (uno se acostumbra a esta clase de aventurillas). Me dijo que se lo había encontrado y que hiciese el favor de identificarlo, porque quizá consiguiese un premio si se trataba de uno de los hombres de Ibn Makarrah. Era el muerto un musulmán viejo, con una buena cantidad de raza árabe; un hombrecito de huesos pequeños y calvo. Yo me estaba preguntando cómo se había conservado el cadáver en tan buen estado en un clima como el nuestro, y, de pronto, el muerto estornudó. ¡Hubieran ustedes visto al negro! ¡Lanzó un alarido y pegó un bote como…, como aquel perro en el Tom Sawyer, cuando se sienta encima de un escarabajo de nombre raro! El negro lanzaba ladridos sin dejar de correr, y mientras tanto el cadáver seguía estornudando. Me di cuenta de que había sido envenenado con sarky, que es una secreción de cierta planta que ataca los centros nerviosos (nuestro oficial médico mayor está escribiendo una monografia sobre este tema). En vista de ello, Imam Din y yo procedimos a vaciar el cadáver, dándole jabón de afeitar, pólvora corriente de escopeta y agua caliente.
Ya había sido testigo anteriormente de un caso de sarkizamiento; por esta razón, cuando se le empezaron a despellejar los pies y dejó de estornudar, comprendí que viviría. Sin embargo, estuvo grave. Permaneció lo mismo que un tronco durante una semana, y a fuerza de masajes, Imam Din y yo echamos fuera de él la parálisis. Entonces nos dijo que él era un hajji; había estado tres veces en la Meca y procedía del África francesa; que había tropezado con el negro a la vera de un camino…, por el estilo de lo que ocurre en la India con los thugs…, y que el negro le había envenenado. La explicación me pareció bastante razonable, sabiendo como yo sabía los procedimientos de los negros de la costa.
–– ¿Le creíste? ––preguntó con vivo interés el padre.
–– No había razón para no hacerlo. El negro no regresó nunca, y el viejo se quedó conmigo por espacio de dos meses ––contestó Adán––. Usted conoce ya a qué extremos de caballerosidad puede llegar un caballero mahometano, padre. Pues aquel hombre era eso.
–– A extremos insuperables, sí, señor; a extremos insuperables ––fue la contestación del padre.
–– Siempre que no le compare con un sikh ––refunfuñó el Largo.
–– Había estado en Bombay; conocía todos los recovecos del Africa francesa; sabía recitar poesías y textos del Corán un día entero. Jugaba al ajedrez como un maestro, y no saben ustedes lo que eso significaba para mí. Entre jugada y jugada hablábamos de la regeneración de Turquía y del Sheikh––Ul––Islam. Hablábamos de todo lo imaginable. Era un comprensión admirable. Como es de suponer, creía en la justicia de la esclavitud, pero comprendía perfectamente que aquello tenía que acabar. Por esa razón, opinaba, lo mismo que yo, que era preciso desarrollar los recursos del distrito gracias al cultivo del algodón, naturalmente.
–– ¿También de eso hablaron? ––preguntó Strickland.
–– Bastante. Hablamos de ese problema durante horas y horas. Usted no sabe lo que ello suponía para mí. Un hombre admirable… Dime, Imam Din, ¿no era nuestro hajji un hombre maravilloso?
–– ¡Completamente maravilloso! Gracias al hajji logramos reunir el dinero que necesitábamos para nuestro algodón.
Yo me imaginé que Imam Din se había movido detrás de la silla de Strickland.
–– Sí. Aunque aquello tenía que ir de una manera muy dura contra sus convicciones. Encontrándome yo atacado de fiebres en Dupé, vino el árabe a traerme la noticia de que uno de los hombres de Ibn Makarrah se paseaba descaradamente por mi distrito con un grupo de esclavos… ¡sujetos con la horca!
–– ¿Y qué te pasaba con la horca, que no podías tolerarla? ––preguntó el Largo, porque Adán había subrayado la palabra horca apoyando en ella la voz.
–– Cuestión de etiqueta local, señor mío ––contestó Adán, demasiado absorto en el relato para reparar en el chiste atroz del Largo––. Cuando un comerciante de esclavos los lleva atravesando territorio británico debe simular que se trata de criados suyos. El pregonarlos de pueblo en pueblo con la horca al cuello, es decir, con el palo ahorquillado en que se les mete el cuello, constituye una insolencia parecida a la que se cometía antaño en el mar no poniendo en facha las gavias. Además, eso produce desasosiego en el distrito.
Pensé que había dicho usted que los comerciantes de esclavos no cruzaba su jurisdicción ––intervine yo.
–– Así es; pero mi jefe andaba en aquella época ahuyentándolos del Norte, y ellos saltaban a territorio francés por todos los caminos que se les ponían delante.
Yo tenía orden de hacer la vista gorda mientras ellos circulasen; pero aquello de ofrecer esclavos en venta metidos en la horca era pasarse de la raya. Yo estaba imposibilitado de marchar en persona, y por esa razón ordené a una pareja de nuestros policías Makalali y a Imam Din que hiciesen por una sola vez una advertencia verbal a aquellos caballeros. Era bastante arriesgado, y hubiera podido resultar costoso, pero salieron vencedores. Regresaron a los pocos días con el comerciante de esclavos (que no ofreció resistencia) y una multitud de testigos; le formamos juicio en mi dormitorio y le impusimos una hermosa multa. Para que ustedes comprendan hasta qué punto de perversidad había llegado aquel bestia de hombres (es cosa frecuente que los árabes se vuelvan idiotas después de una derrota), les diré que había raptado a cuatro o cinco sheshaheli y andaba ofreciéndolos en venta a todo el mundo por el camino… ¿No llegó incluso a ofrecértelos a ti Imam Din?
–– Yo fui testigo de que ofrecía en venta comedores de carne humana ––dijo Imam Din.
–– Por suerte para mi proyecto algodonero, eso que había hecho era faltar de dos maneras a la ley: había esclavizado a otros hombres y había puesto a la venta sus esclavos dentro del territorio británico. Eso significaba que yo podía imponerle una doble multa.
–– ¿Y cómo se defendió? ––preguntó Strickland, que había sido de la Policía del Punjab.
–– Por lo que recuerdo, aunque en aquel momento tenía yo una fiebre de cuarenta grados, se había equivocado de meridiano de longitud. Creía estar dentro de territorio francés. Aseguró que no lo haría nunca más si le castigábamos únicamente con una multa. Cuando le oí decir eso sentí impulsos de darle un apretón de manos. Pagó en dinero contante, lo mismo que un automovilista, y se largó en el acto.
–– ¿Usted lo vio?
Sí… ¿No es cierto, Imam Din?
–– Doy la seguridad de que el sahib lo vio y habló con el comerciante de esclavos. Además, el sahib echó un discurso a los comedores de carne humana después que los hubo libertado, y ellos juraron proporcionarle toda la mano de obra que necesitaba para su plantación de algodón. Mientras ocurría todo eso, el sahib se apoyaba en el hombro de su propio servidor.
–– Recuerdo algo de eso; recuerdo que Bulaki Ram me dio los documentos para firmarlos, y recuerdo con toda claridad que guardó el dinero en la caja fuerte: doscientos diez magníficos soberanos ingleses. ¡No saben ustedes todo lo que eso significaba para mí! Creo que se me pasó la fiebre; en cuanto pude me largué, tambaleante aún, acompañado del hajji, para entrevistarme con los sheshaheli y tratar con ellos la cuestión de la mano de obra. Y entonces fue cuando descubrí por qué tenían tanto interés en trabajar. ¡No se trataba de agradecimiento! Su gran aldea había sido herida por el rayo y reducida a cenizas un par de semanas antes; se tumbaron boca abajo en el suelo, a mi alrededor, en varias hileras, y me pidieron que les diese tarea. Se la di.
–– Lo cual te hizo seguramente muy feliz, ¿no es cierto? ––dijo su madre, que se había acercado sin que la sintiésemos y estaba detrás de nosotros––. Y le tomaste cariño a tu plantación de algodón, ¿verdad?
Y al decir esto quitó de allí el montoncito de muestra.
–– ¡Vive Dios que fui feliz! ––dijo Adán bostezando––, y si alguno de ustedes tiene interés ––añadió, mirando al Niño–– en invertir un poco de dinero en ese negocio, dará con ello vida a mi distrito. Estoy en condiciones de proporcionarle cifras, señor; pero le aseguro…
–– Lo que tú vas a hacer ahora es tomar tu arsénico; luego, Imam Din te llevará a la cama, y yo subiré para abrigarte bien.
Agnes se inclinó hacia adelante, puso sus redondeados codos sobre los hombros de su hijo, cruzó sus manos por entre sus negros cabellos y nos dijo:
–– ¿Verdad que es un encanto este hijo mío?
Lo dijo con un alzamiento de la ceja izquierda y con una modulación de voz tan conmovedora como los que había empleado para que Strickland se arrojase como loco entre los caballos el año 84. Permanecimos callados cuando los tres se retiraron. Esperamos así hasta que Imam Din regresó del piso alto y carraspeó junto a la puerta de una manera que solamente en el Asia de negro corazón saben hacerlo. Entonces Strickland le dijo:
–– Y ahora, dijo de mi servidor, dinos lo que verdaderamente ocurrió.
–– Todo ocurrió tal y como el sahib lo ha contado. Unicamente…, únicamente hubo un pequeño arreglillo…, un arreglillo debido al negocio algodonero del sahib.
–– ¡Cuéntalo!… ¡Toma asiento! Le pido perdón, Niño ––dijo Strickland.
Pero ya el Niño había hecho la señal, y oímos el ruido que hizo Imam Din al sentarse en el suelo. Porque adoptar la posición de firmes habría sido salirse un poco del Este. Imam Din habló así:
–– Cuando el sahib le acometió un acceso de fiebre en nuestra casa techada de Dupé, el hajji se puso a escuchar atentamente lo que hablaba. Su creencia era que pronunciaría nombres de mujer, aunque yo le había dicho ya que nuestra virtud era superior a toda creencia o comparación, y que nuestro único anhelo era aquel negocio del cultivo del algodón. Convencido, por fin, el hajji sopló en la frente de nuestro sahib a fin de meter en su cerebro la noticia de que un comerciante de esclavos andaba por su distrito mofándose de la ley ––continuó
Imam Din, volviéndose hacia Strickland––. Nuestro sahib contestó a aquellas falsas palabras igual que un caballo de sangre contesta a la espuela. Se sentó en la cama. Dio orden de que apresase a aquel esclavista. Luego volvió a caer de espaldas. Y nosotros lo dejamos.
–– ¿Lo dejasteis solo…, servidor de mi hijo e hijo de mi servidor? ––preguntó el padre.
Había allí una mujer entrada en años que pertenecía al hajji. Había venido trayendo el cinturón en que el hajji guardaba el dinero. Este le dijo que si nuestro sahib moría, moriría ella también. Y, en verdad, mi sahib me había dado la orden de que marchásemos.
–– Cuando desatinaba por la fiebre, ¿no es eso?
–– ¿Qué podíamos hacer, sahib? El gran anhelo de su corazón era el negocio del algodón. Hablaba de él en medio de la fiebre. En su consecuencia, el hajji se dispuso a conseguir que se cumpliese ese gran anhelo suyo. Sin duda que el hajji podía haberle entregado dinero suficiente allí mismo para diez plantaciones de algodón; pero también a este respecto la virtud de nuestro sahib era superior a toda creencia o comparación. Entre los grandes no se intercambia dinero. Por eso el hajji dijo, yyo le ayudé con mi consejo, que era preciso que lo dispusiésemos todo de manera que consiguiese el dinero sin salirse en modo alguno de la ley inglesa. Ello suponía para nosotros grandes molestias, pero… la ley es la ley. El hajji enseñó a la mujer anciana un cuchillo con que la mataría si nuestro sahib moría. Por eso acompañé yo al hajji.
Sabiendo quién era, ¿verdad? ––preguntó Strickland.
–– ¡No! Temiéndole por ser quien era. Salía de aquel hambre de poder que dominaba la voluntad de las personas inferiores. El hajji dijo a Bulaki Ram, el escribiente, que ocupase la silla del gobierno de Dupé hasta nuestro regreso. Bulaki Ram temía al hajji porque éste había valorado maliciosamente su habilidad en el cálculo en cinco mil rupias por cualquier lote de esclavos. Entonces dijo el hajji: “Vengay haremos que los comedores de carne humana realicen ese asunto del algodón, para delicia del que es mi delicia.” El hajji amaba a nuestro sahib con el amor que siente un padre por su hijo, un salvado por un salvador, un grande por otro grande. Pero yo le dije: “No podemos ir a la aldea de los sheshaheli sin un centenar de rifles, y aquí sólo tenemos cinco.” El hajji me contestó: “Yo he soltado un nudo del pañuelo de mi cabeza que valdrá para nosotros por más de un millar.” En efecto, vi que lo había aflojado de modo que el pañuelo colgaba como una bandera sobre su hombro. Entonces fue cuando comprendí que era un grande con poder en su interior. Llegamos a las tierras altas de los sheshaheli al rayar el alba del segundo día, en el momento que se levanta el viento frío. El hajji avanzó con mucho tiento por el calvero donde amontonaban la basura y arañó en la puerta de entrada del poblado, que estaba cerrada. Cuando ésta se abrió pude ver a los comedores de carne humana tumbados en sus lechos bajo los aleros de las chozas. Rodaron fuera de sus yacijas, y se levantaron, uno tras otro, a todo lo largo de la calle; el miedo producía en sus rostros el mismo efecto que la brisa que blanquea las horas. El hajji permanecía en la puerta de entrada al poblado para guardar sus propias ropas de toda contaminación. El hajji dijo: “Aquí estoy otra vez. Entregadme seis y ponedles el yugo.” Ellos se apresuraron a empujar hacia nosotros con palos a seis hombres, y les pusieron por yugo un pesado tronco. El hajji dijo entonces: “Coged todos fuego del hogar de la mañana y venid a barlovento.” Sopla un viento tan fuerte en aquellas tierras altas a la hora de la salida del sol, que cuando cada uno de aquellos hombres hubo vertido su vasija de fuego delante de la que tenía el hajji, toda la anchura de la aldea era un mar de llamas, que lo arrasó todo. Entonces dijo el hajji: “De aquí a poco tiempo vendrá aquel hombre blanco que vosotros perseguisteis en una ocasión para ver si apresabais caza. Os pedirá mano de obra para plantar esto y lo otro. Vosotros sois quienes habréis de trabajar, y después de vosotros trabajará vuestra prole.” Y ellos contestaron, alzando un poquitín la cabeza del borde de las cenizas: “Nosotros somos quienes habremos de trabajar, y después de nosotros trabajará nuestra prole.” El hajji les preguntó: “¿Cual es, pues, mi nombre?” Ellos contestaron: “Tu nombre es también el Misericordioso.” El hajji dijo: “Elogiad, pues, mi misericordia”; y mientras aquella gente se deshacía en elogios, el hajji se alejó y yo detrás de él.
El Niño pareció como que carraspeaba, y se sirvió más borgoña.
–– A eso del mediodía, uno de aquellos seis hombres cayó muerto. De miedo…, nada más que de miedo, sahib; nadie le había tocado…, nadie podía haberle tocado; como iban atados por parejas y el compañero de coyunda estaba loco y cantaba desatinadamente, esperamos a que llegase algún pagano que realizase la tarea necesaria. Llegaron, por fin, hombres de la tribu Angari con cabras. El hajji les preguntó: % Qué es lo que veis?” Ellos contestaron: “Oh señor nuestro, nosotros ni vemos ni oímos.” El hajji les dijo: “Yo os mando que veáis, que oigáis y que digáis.” Ellos contestaron: “Oh señor nuestro, nuestros ojos obedientes parece que vieran esclavos en una horca.” El hajji dijo: “Eso es lo que habéis de testificar ante el funcionario que os espera en el pueblo de Dupé.” Ellos contestaron: “¿Qué nos ocurrirá después?” El hajji dijo: “Recibiréis la recompensa debida al que informa. Pero si no testificáis, caerá sobre vosotros un castigo tal que los pájaros se vendrán abajo desde los árboles, aterrorizados, y los monos pedirán a gritos compasión.” Oído esto, los hombres de Angari se dieron prisa para trasladarse a Dupé. Entonces el hajji me dijo: “¿Bastarán estas pruebas para que nos condenen, o será preciso que yo envíe a toda una aldea?.” Le contesté que tres testigos eran ampliamente suficientes como prueba de una acusación, pero que hasta ahora el hajji no había puesto sus esclavos en venta. Es cierto que, según dijo hace un momento nuestro sahib, el raptar esclavos está condenado con una multa, pero también el tratar de venderlos se castiga con multa. Nosotros precisábamos la doble multa, sahib, para llevar a cabo la explotación algodonera con que soñaba nuestro sahib. Todo esto lo había arreglado previamente con Bulaki Ram, que conoce la ley inglesa, y yo pensé que el hajji lo recordaría. Pero se irritó y exclamó: “¡ Oh Dios, refugio de los afligidos!, ¿tendré, siendo quien soy, que meterme a buhonero de esta carne de perro, a lo largo del camino a fin de cumplir el anhelo del hombre que es la delicia de mi corazón?” Sin embargo, reconoció que ésa era la ley inglesa, y en vista de ello agria, como suelen oler los paganos. Huelen igual que los leopardos, sahib. Eso ocurre porque comen a otros hombres.
Es posible que sí ––dijo Strickland––. ¿Pero dónde tenías tú el seso? No basta un testigo como prueba de que se ha intentado una venta.
–– ¿Qué hubiéramos podido hacer, sahib? Era preciso mirar por el buen nombre del hajji. No podíamos meter como testigo de un hecho de esa clase a un pagano. Además, olvida el sahib que el acusado mismo estaba preparando su condena. El no habría negado su propia prueba. Aparte de eso, yo estoy bastante enterado de las pruebas que exige la ley. Marchamos, pues, a Dupé, donde Bulaki Ram esperaba rodeado de los hombres de Angari; yo corrí a ver al sahib a su cama. Tenía los ojos muy brillantes y salían de su boca órdenes enrevesadas, pero la anciana no se había soltado el pelo para morir. El hajji dijo: “Júzgame de prisa, porque no soy Job.” El hajji era hombre docto. Juzgamos el caso rápidamente y entre cuchicheos tranquilizadores en torno a la cama. Sin embargo…, sin embargo, como tratándose de un sahib de semejante sangre no sabe uno si ve o no ve, cumplimos exactamente con todos los requisitos de la ley inglesa. Lo único que hicimos al margen de ella fue mantener a los testigos, a los esclavos y al preso fuera, para no ofender su olfato.
–– ¿De modo que él no vio al preso? ––dijo Strickland.
Yo estaba preparado para esposar a un Angari en cuanto él lo hubiese pedido; pero, por merced divina, hallabase el sahib tan febril, que no lo pidió. Es completamente cierto que él vio meter el dinero dentro de la caja fuerte…, doscientas diez libras inglesas, y es completamente cierto que aquel oro obró sobre él lo mismo que un medicamento muy eficaz. Pero en cuanto a que había visto al preso y a que había hablado con los comedores de carne humana, todo eso se lo sopló el hajji en su frente, a fin de que se le grabase en su cerebro enfermo. Como han visto ustedes, algo ha quedado allí. ¿Ah, pero cuando se le pasó la fiebre y nuestro sahib pidió el libro de multas y los pequeños libros de pinturas que habían llegado de Europa, que representaban arados, escardillos y molinos de algodón, entonces sí que volvió a reírse tal como acostumbraba hacerlo en otro tiempo!. El hajji sentía amor por él… ¿Y quién no? Fue un pequeño acomodo, muy pequeño, sahib. ¿Es preciso contárselo a todo el mundo?
–– ¿Y cuándo supiste tú quiera era el hajji? ––dijo Strickland.
–– Fijamente no lo supe hasta que él y nuestro sahib regresaron de su visita al país de los sheshaheli. Es cierto que los comedores de carne humana se tiraron al suelo alrededor de sus pies, y que pidieron azadones para cultivar el algodón. Aquella misma noche, cuando yo estaba cocinando la cena, me dijo el hajji: “Yo regreso a mi tierra, aunque no sé si el Hombre de los Ojos de Piedra me ha dejado un buey, un esclavo o una mujer.” Yo le contesté: “¿Tú eres aquél?” El hajji me dijo: “Yo equivalgo a una recompensa de diez mil rupias, que puedes ganarte tú. ¿Presentaremos otra acusación para que el muchacho pueda comprar más máquinas de cultivar el algodón? Le contesté: “¿Me tomas por un perro al suponer que yo pueda hacer tal cosa? ¡Que Dios prolongue tu vida un millar de años!” El hajji me dijo: “¿Quién conoce el mañana? Dios me ha dado en mi ancianidad una especie de hijo, y yo bendigo al Señor. Cuida tú de que esa raza no se pierda.” Entonces se marchó desde la cocina hasta la mesa de despacho de nuestro sahib, que estaba debajo del árbol; nuestro sahib tenía en la mano un sobre azul oficial, que acababa de llegar por un mensajero corredor desde el Norte. Al ver aquello, temiendo que se tratase de alguna noticia mala para el hajji, traté de retener a éste, pero me dijo: “Los dos somos grandes, y ni él ni yo fallaremos.” Nuestro sahib alzó la vista, invitando al hajji a que se acercase antes de abrir la carta. Entonces le dijo el hajji: “¿Se me permite decir adiós?” Nuestro sahib metió la carta en el archivo, respirando profunda y alegremente, y le dijo una frase amable. El hajji prosiguió: “Me marcho a mi propia tierra.” Luego se quitó del cuello un corazón de ámbar gris que llevaba colgado de una cadena y alargó vivamente, cerró el puño con la palma hacia abajo y exclamó: “Si está escrito en él tu nombre, resultaría inútil, porque en mi corazón está grabado ya un nombre; pero en el amuleto no hay nada.” El hajji se inclinó hasta los pies del sahib; nuestro sahib le levantó y le besó; pero el hajji se cubrió la boca con la tela de su hombro, porque tenía una virtud especial, y se marchó.
¿Y qué orden venía en la carta oficial? ––murmuró el Largo.
–– Se le ordenaba únicamente al sahib que escribiese un informe sobre yo no sé qué enfermedad nueva que atacaba al ganado. Todas las órdenes vienen dentro del mismo tipo de sobres. No podíamos estar seguros de la clase de orden que vendría dentro de aquél.
–– Y cuando abrió la carta, ¿mi hijo no hizo un gesto o señal? ¿Carraspeó, por ejemplo? ¿Dejó escapar un taco? ––preguntó Strickland.
–– Nada de eso, sahib. Yo me fijé en sus manos. No temblaban. Luego se enjuagó la cara, pero antes sudaba ya por efecto del calor.
–– ¿Lo sabía? ¿Sabía quién era el hajji? ––preguntó en inglés el Niño.
–– Yo soy un pobre hombre. ¿Quién puede adivinar lo que un sahig de semejante progenie sabe o no sabe? Pero el hajji estaba en lo cierto. La raza no se debe perder. No hace demasiado calor en Dupé, y, en cuanto a nodrizas, la prima de mi hermana de Jull…
–– ¡Hum! Esa es cosa del muchacho mismo. ¿Lo habrá sabido su jefe? ––dijo Strickland.
Con seguridad que sí ––dijo Imam Din––. La noche anterior al día en que el sahib marchó hacia el mar, el gran sahib…, el Hombre de los Ojos de Piedra…, comió con él en su campamento, y yo servía la mesa. Hablaron un buen rato, y el gran sahib dijo: “¿Qué piensa usted de aquél?” (Por allí no decimos nunca Ibn Makarrah). Nuestro sahib contestó: “¿De quien?” El gran sahib le contestó: “De aquel que enseñó a los caníbales a cultivar el algodón de su plantación. Tengo informes seguros de que permaneció en su distrito lo menos tres meses, y yo esperaba que todos los mensajeros corredores que llega-ban me traerían su cabeza, enviada por usted.” Nuestro sahib dijo: “Si se hubiese necesitado su cabeza, se habría nombrado a otra persona para que gobernase mi distrito, porque él era amigo mío.” El gran sahib se echó a reír y dijo: “Si me hubiese hecho falta en su puesto un hombre de menos categoría, puede estar usted seguro de que lo habría enviado, y si hubiese necesitado la cabeza de aquél, puede estar seguro de que habría enviado hombres que me la trajesen. Pero cuénteme ahora de qué medios se valió para manejarlo, en provecho nuestro, en ese negocio de la plantación algodonera.” Nuestro sahib dijo: “¡Vive Dios, que no manejé a ese hombre en ningún sentido! Era mi amigo.” El gran sahib le ordenó: “Toh Vau! ¡Cuéntelo!” Nuestro sahib movió la cabeza negativamen-te, según tiene por costumbre, tal como lo hacía de niño, y los dos se miraron a los ojos, igual que dos esgrimidores de espada en el ring de una feria. El primer en bajar los ojos fue el gran sahib, que dijo: “Sea. Es posible que yo mismo hubiese contestado de ese modo cuando era joven. No tiene importancia. He firmado ya un tratado con aquél y es ya un aliado nuestro. Algún día me lo contará él mismo.” Yo me acerqué entonces con café recién hecho, y ellos se callaron. Pero yo no creo que aquél le cuente al gran sahib más de lo que le dijo nuestro sahib.
–– ¿Porqué razón? ––pregunté yo.
–– Porque lo mismo el uno que el otro son grandes, y yo vengo observando durante mi vida que los grandes son muy parcos de palabras en los tratos que tienen entre ellos; y menos aún cuando hablan de un tercero acerca de tales tratos. Ellos se benefician del silencio… Creo que la madre ha bajado ya del cuarto de arriba, y voy yo ahora a frotarle los pies hasta que se duerma.
Sus oídos habían percibido los pasos de Agnes en la escalera, y casi en seguida cruzó ella por nuestro lado, camino del salón de música, tarareando el Magnificat.


viernes, 7 de agosto de 2015

Bienvenido, Bob.

Bienvenido, Bob

Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.
Igualmente lejos —ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso— del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.
A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a aveces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba “querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita”, mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.
Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente —yo estaba de pie recostado contra el piano— empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.
Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me moró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: “Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?”.
No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: “Bueno, puede ser que usted improvise”.
El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club —recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo— porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.
Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.
Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. “Usted no va a casarse con Inés”, dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. “No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga”. Volví a sonreírme. “Hace unos años —le dije— eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme…”. Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. “Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella”, pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. “Habría que dividirlo por capítulos —dijo—, no terminaría en la noche”.
“Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios”. Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. “Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto”. Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. “usted puede equivocarse —le dije—. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí…”. “No, no —dijo rápidamente—, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende…”. Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparto de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero —decía también— tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa —la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio—, Bob dijo “nada más”, y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.
Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.
Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era “no”, sabía que era “no” todo el aire que la estaba rodeando.
Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada —ni Inés— podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.
Ahora hace cerca de un uño que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron —hoy se llama Roberto— comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado de cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el situio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acmpañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.
Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra “miseñora”; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.
Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.
No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.