miércoles, 23 de diciembre de 2015

Por qué se rió el pez.

Por qué se rió el pez.

En el momento en que una pescadora anunciaba su mercancía ante el palacio del Rajá, la Raní salió a un balcón y le pidió que subiera a mostrarle lo que tenía. En este momento un pescado dio un salto, mostrando su plateado vientre.
– ¿Es macho o hembra? -preguntó la Raní.- Quiero comprar una hembra.
Al oír esto, el pescado soltó una ruidosa carcajada.
– Es macho -contestó la pescadora, que siguió voceando lo que vendía.
La Raní, muy furiosa, fue a encerrarse en su cuarto, y al llegar el Rajá y verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.
– ¿Estás enferma? -inquirió.
– No; pero estoy muy disgustada por lo que ha hecho un pescado. Una pescadora pasó delante de palacio y al preguntarle yo si el pescado que acababa de soltar era macho o hembra, el pescado soltó una carcajada.
– ¿Que un pez se ha reído? -preguntó asombradísimo el Rajá.- ¡Eso es completamente imposible!
– ¡No estoy loca! Digo lo que he visto con mis propios ojos, y oído con mis propias orejas.
– Pues es muy extraño. Haré averiguaciones.
A la mañana siguiente, el Rajá contó a su Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa, y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. De no hacerlo así antes de seis meses, le haría decapitar.
El Visir prometió hacerlo, aunque de antemano se daba por vencido. Cinco meses de intenso trabajo no dieron el menor resultado, y nadie pudo explicar el motivo de la risa del pescado.
Comprendiendo que nada podría salvarle de la muerte, pues ni los más sabios podían hallar solución lógica al problema, el Visir lo preparó todo para su muerte, diciendo antes a su hijo que marchase a recorrer el mundo, en espera de que la cólera del Rajá se calmara.
El joven se despidió de su padre, y un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano, se marchó sin rumbo fijo, confiando que el Destino guiaría sus pasos.
Al cabo de unos días de marcha se encontró con un campesino que también iba de viaje. Como el hombre le fue simpático, le pidió si le permitía acompañarle. El campesino aceptó de buen grado, y los dos viajaron juntos en buena armonía.
Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:
– ¿No cree que si de vez en cuando nos ayudásemos, el viaje sería más distraído?
“¡Este hombre está loco!”, pensó el campesino.
Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir preguntó a su compañero:
– ¿Está comido o no ese trigo?
No sabiendo qué contestar a la extraña pregunta, el campesino se limitó a decir que no lo sabía.
Pasaron las horas y los dos amigos llegaron a un pueblo. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:
– Amigo, ve a comprar con esto dos hermosos caballos, pero no olvides de devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.
Entre irritado y divertido, el viejo rechazó el cuchillo, refunfuñando que o bien su compañero estaba loco o trataba de parecerlo.
El hijo del Visir hizo ver que no oía las palabras del campesino y entró en el pueblo, pasado el cual se encontraba la casa de su compañero. Mientras cruzaban el mercado, que se hallaba muy concurrido, nadie les ofreció cosa alguno, ni les invitó a descansar.
– ¡Qué cementerio más enorme! -exclamó el joven.
“¿Por qué llamará cementerio a una población tan populosa?”, se preguntó el campesino.
Al salir de la ciudad, pasaron junto a un cementerio, donde varias personas rezaban por las almas de sus muertos y repartían limosnas y comida a cuantos pasaban por allí.
– ¡Qué ciudad más espléndida! -exclamó el hijo del Visir.
“¡No cabe duda de que está loco!”, pensó el viejo. “Veremos qué hará ahora. Sin duda llamará agua a la tierra, y tierra al agua. A la sombra la calificará de luz, y a luz de sombra.”
En esto llegaron junto a un río, que era necesario vadear. El campesino quitóse los zapatos y lo cruzó, pero el joven se metió en el agua sin quitarse los zapatos.
“¡En mi vida había visto loco mayor!”, se dijo el campesino.
Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que distraería a su esposa y a su hija, y le dijo que se hospedara en su casa todo el tiempo que pensase estar en el pueblo.
– Muchas gracias -contestó el hijo del Visir.- Pero antes quisiera preguntarle si los cimientos de su casa son lo bastante fuertes.
El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a mandíbula batiente.
– He traído a un amigo que está loco de remate ­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirle.- Fijaos cómo estará, que antes de aceptar mi hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de mi casa son lo bastante sólidas.
– Papá, ese hombre no está loco -dijo la hija, que era una muchacha muy lista.- Si te ha preguntado eso ha sido para saber si podías hospedarle sin perjuicio. Mejor dicho, si tu fortuna te permitía tener un huésped.
– ¡Ya comprendo! -exclamó asombrado el campesino.- Quizá puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si nos ayudásemos mutuamente, el camino sería más divertido.
– Es muy sencillo -contestó la joven.- Lo que tu compañero quería decir es que si ambos os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más fácil.
– ¡Tienes razón! Bien; quizá puedas descifrar este otro enigma. Al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.
– ¿Y no comprendiste lo que quería decir? Pues es muy sencillo: deseaba saber si el propietario de aquel campo debía dinero a alguien, en cuyo caso el producto de la venta del trigo iría a parar a manos de sus acreedores, lo cual sería lo mismo que si ya estuviera comido.
– ¡Maravilloso! Te voy a contar otro: al entrar en un pueblecito, me dio su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos caballos, pero advirtiéndome que le devolviera el cuchillo.
– ¿No son dos buenos palos una ayuda excelente para caminar? ¿No podría llamárseles caballos del pobre? Al darte el cuchillo te indicó que cortases dos palos, debiendo ir con cuidado.
– ¡Magnífico! Pues bien, al entrar en la población nadie nos invitó a refrescar ni a sentarnos, en cambio al pasar junto al cementerio los que allí oraban nos dieron refrescos y dulces. Mi compañero llamó cementerio a la ciudad y ciudad al cementerio.
– Esto también es sencillísimo, padre mío. Por ciudad se entiende el lugar donde puede adquirirse todo. En cambio, a la gente que no practica la hospitalidad se la considera peor que muerta. Aunque llena de seres vivos, la ciudad os resultó a vosotros peor que un cementerio, en cambio, en el cementerio, morada de los muertos, encontrasteis la caridad y el amor.
– Es verdad! -exclamó el asombrado campesino.- Te voy a contar lo último que hizo. Al llegar junto al río, en vez de quitarse los zapatos entró con ellos en el agua.
– Admiro su sabiduría -replicó la joven.- Muchos veces me he dicho que la gente es estúpida al quitarse los zapatos y cruzar descalza la corriente, sembrada de agudos guijarros. Infinidad de veces he visto que a causa del dolor producido al pisar uno de esas piedras, la persona que cruzaba el río caía dentro de él, y por no mojarse los zapatos se mojaba todo el cuerpo. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría verle y hablar con él.
– Saldré inmediatamente a decirle que entre.
– Antes adviértele que los cimientos de nuestra casa son muy fuertes. Enseguida le enviaré un regalo para que comprenda que somos lo bastante ricos para darle hospedaje.
Dicho esto, la joven llamó a un criado y lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de aceite dulce, doce pasteles, una jarra de leche y el siguiente mensaje:
“La luna es llena; doce meses hacen un año; el mar rebosa agua.”
Por el camino, el criado encontró a un hijo suyo, quien al ver lo que su padre llevaba le pidió un poco, y el servidor fue lo bastante loco para dárselo. Cuando encontró al joven le dio lo que le quedaba del regalo, y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:
– Vuelve junto a tu ama y dile que la luna está en cuarto menguante; el año sólo tiene once meses; y la marea es descendente.
No comprendiendo el significado del mensaje, el criado volvió junto a su ama para comunicárselo. La joven se dio cuento en seguida de lo que había ocurrido y castigó severamente al ladrón.
El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y cuidados, y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.
– La risa del pescado significa que en palacio hay un hombre que quiere matar al Rajá -dijo la hija del campesino.
– ¡Magnífico! -exclamó entusiasmado el joven.­ Volvamos corriendo a mi país a fin de salvar la vida de mi padre, y al Rajá de todo peligro.
Al día siguiente el joven partió acompañado de la muchacha, y al llegar a su casa contaron al Visir el motivo de la risa del pescado. El pobre hombre, que estaba casi muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.
– ¡Es imposible! -exclamó el monarca.
– Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas vuestras esclavas, y haced que salten por turno el ancho de una alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.
Así se hizo y de todas las esclavas, sólo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Esta esclava resultó ser un hombre, que al momento fue decapitado ante el Rajá.
Y así quedó satisfecha la Raní, contento el Rajá, y con vida el Gran Visir.
En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

martes, 22 de diciembre de 2015

La buena ardilla.

La buena ardilla.

Érase una vez un niño chiquitín. Este niño era solamente la mitad de grande de lo que eran los demás niños de su edad. Su padre le llamaba Lu: nombre bonito y breve. Su madre le llamaba Lulu. Su abuela, empero, que le quería de todo corazón y no se cansaba nunca de él, le llamaba Lululu.
Lu era, ágil como un armiño y podía trepar como una ardilla. Lo malo era que con ello se desgarraba cada día los pantaloncitos y la blusita. La abuela se lo remendaba todo con mucha paciencia. Pero un día se encontraba ella enferma en la cama, y así tenía la madre mucho que hacer. Como el chiquillo volviera, además, a casa con rotos en la ropa, dijo ella:
– Lulu, basta ya de ser destrozón. Aquí tienes el vestido de las fiestas. Si vuelves a trepar de nuevo con él por los árboles, tendrás que ir mañana con agujeros y desgarrones a la iglesia.
Esto no le interesaba a Lu, naturalmente; pero cuando se halló de nuevo en el jardín, debajo del gran abeto, vio saltar alegremente a la ardilla de rama en rama. Sintió un cosquilleo en los diez dedos de las manos y de los pies que le impulsaba a imitar a la ardilla.
– ¡Ay! – gritó -. ¡Ardilla, querida ardilla! ¿Te riñen también a ti, cuando se te rasga el vestido?
La ardilla aguzó las orejas. De un gran salto se sentó en la rama inferior miró con sus inteligentes ojos abajo, hacia donde estaba Lu.
– Mi vestido no se me rasga nunca – contestó la ardilla -. Mi vestido lo ha cosido el buen Dios, y por ello durará hasta que me muera.
– ¡Oh! – exclamó Lu -. El mío lo ha cosido sólo mi abuela. Se rasga todos los días, y por ello hoy no puedo trepar hasta tu nido; de lo contrario, tendría que ir mañana con desgarrones a la iglesia.
– ¡Lástima! – gritó la ardilla.
Luego fue a brincar y había trepado ya hasta la mitad del tronco, cuando gritó entonces el chiquillo:
– ¡Ardilla, querida ardilla, préstame tu vestido! ¡Sólo media horita! ¡Tengo tantas ganas de trepar!
– ¿Y luego tendré yo que estar desnuda, sentada sobre esta rama? – preguntó la ardilla -. No, no; eso no me conviene.
– Tú puedes meterte en el nido, que está muy calentito, y mirar por la ventana. ¡Ay, sólo media horita!
El chiquillo derramaba lágrimas grandes como guisantes. Entonces no pudo seguir negándose la ardilla.
– ¡Así, tómalo! ¡Pero no te entretengas más de media hora!
El chiquillo se quitó los pantalones y la blusita, y los dejó, junto con la camisita, sobre las hojas secas, al pie del abeto. Luego se puso apresuradamente el pardo abrigo de pieles de la ardilla, mientras ésta, completamente desnuda, se ocultaba presurosa en el redondo nido, en lo alto del abeto. Miró por la ventana y vio trepar tan hábilmente al chiquillo, que le pareció estar viendo a su primo.
La media hora pasó volando.
– ¡Lu! – gritó la ardilla -. ¡Ya ha pasado media hora!
– Sí – contestó el chiquillo -; voy a cambiarme.
Y así quiso hacerlo. Pero, al llegar abajo, se encontró con que al pie del abeto no había ningún pantalón, ninguna blusita, ni ninguna camisita que ver.
– Ardilla – exclamó Lu -; no te puedo devolver por ahora tu vestido.
– ¿Cómo? ¿Por qué?
– Porque mi ropa ha desaparecido de aquí, y yo no puedo ir desnudo a casa.
– ¿Ah, sí? ¿Y yo tengo que quedarme desnuda en mi nido? No, no; todo lo que quieras; ¡pero mi vestido tienes que devolvérmelo!
Entonces trepó Lu a lo alto del abeto. Allí se quitó el pardo abrigo de pieles, y la ardilla se deslizó dentro de él. Desnudo y temblando, se quedó sentado el chiquillo sobre la rama, sin saber qué hacer. Entonces habló la bondadosa ardilla:
– ¡Vete a mi casita! ¡Cierra la puerta, cuando venga la comadreja, o la pérfida ave de rapiña! Yo iré en busca de tu vestidito, ¡Cuando lo haya encontrado, ábreme entonces la puerta!
Lu se deslizó en el redondo nido de la ardilla, y ésta se plantó en tres saltos sobre el verde césped, junto a un mirlo negro. Éste picoteaba con su amarillo pico en el suelo, sin mirar a su alrededor.
– Mirlo – dijo la ardilla – ¿Has robado tú tal vez un vestidito de niño?
– ¿Robado? ¡Yo no soy ningún ladrón! ¡Haz el favor de marcharte, si no quieres que te saque los ojos con mi pico!
Entonces huyó de allí la bueno ardilla, llena de espanto.
En el corral encontró al pato.
– Patito contorneador ¿has visto tú acaso un vestidito de niño?
– ¿Un vestidito de niño? ¿Un vestidito de niño? ¿Y qué quieres tú que yo hiciera con un vestidito de niño?
– Lu lo ha perdido. No, dicho en confianza: un ladrón se lo ha robado.
Al oír esto graznó el pato tan fuerte como pudo. Al oírle todos los animales del corral se acercaron corriendo.
– Schnädergeck – dijo el pato -; ¡ayudadnos todos a buscar! ¡Al pequeño Lu, a quien ya conocéis todos vosotros, le han robado su vestido!.
El gallo cacareó fuerte, y las gallinas cloquearon, y todos batieron las alas en señal de que el suceso les afectaba profundamente. Como todos tenían en gran estima al pequeño Lu, ayudaron gustosos a buscar su vestidito. Delante de todos iba siempre la ardilla. Miraron atentamente por todos los rincones; pero ni en el patio ni en el jardín se veía ningún pantaloncito, ninguna blusita, ni tampoco ninguna camisita. Entonces gritaron todos:
– ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón!
Delante de la ventana de la cocina dormía al sol el gato gris.
– ¿Os referís a mí? – gritó éste indignado -. Esto sí que no lo tolero yo.
Se irguió, juntó muy próximas sus cuatro patas, y arqueó el lomo.
– No, no – dijo la ardilla -. Al pequeño Lu, ya le conoces tú también, al pequeño Lu le han robado su vestido.
– ¿A mi Lu? ¿A mi Lulu? ¿A mi Lululu? ¿Quién es el ladrón? le voy a sacar los ojos.
– Le estamos buscando. ¡Ven con nosotros!
Entonces bajó el gato de un salto de la cornisa y marchó delante de todos, incluso de la ardilla. De repente, se quedó inmóvil.
– Se me ocurre una cosa. Pero, ¡procurad no hacer ruido!
Silenciosamente se deslizó el gato hasta la garita del perro. Fofo aguzó las orejas, después gruñó suavemente, y por último ladró con todas sus fuerzas.
– ¿Qué buscan aquí las gallinas? ¿Y qué se le ha perdido al gato gris? ¡Que se me acerque éste, si se atreve!
Pero Micifuz se acercó, y sus ojos brillaron de ira; pues, ¿sabéis lo que vio en el fondo de la garita del perro? ¡El vestido del niño! Todo estaba allí: los pantalones grises, la blusita azul, la camisita blanca.
– ¡Ladrón! – bufó el gato.
Fofo se preparó para la lucha. Estos vestidos no tenía que tocarlos nadie. Pertenecían a su joven señor, el querido Lu. El perro los había encontrado y recogido, y los llevaba vigilando toda una hora. Estaba dispuesto a defenderlos, aun cuando, además de las gallinas y del gato y de la ardilla, viniera también todo el establo; el vestido no lo daría mas que a su joven señor.
Pero los gatos son más inteligentes que los perros. Micifuz susurró al oído de la ardilla:
– ¡Cuando esté fuera el perro, coged vosotros el vestido!
Y Fofo salió en verdad de su casita; pues el gato bufaba y arqueaba el lomo, y encendía dos fuegos en sus ojos. Y esto era demasiado para Fofo.
– ¡Guau, guau! – gritó, y se lanzó sobre el gato, al que no podía sufrir.
Micifuz trepó al manzano más próximo, bufó hacia abajo, y Fofo ladró hacia arriba, mientras la ardilla se apoderaba de los pantaloncitos, la blusita y la camisita, y las llevaba arriba, hacia el redondo nido, donde esperaba Lu lleno de ansiedad.
Cuando regresó Fofo a su casita, y no encontró en ella los vestiditos, se tendió sobre el vientre, y aulló con aullidos que inspiraban lástima. No cesó de aullar hasta que apareció Lu. Al verle se levantó de un salto y ladró fuertemente, agitando gozoso la cola. Ahora comprendió, de repente, la verdad de lo ocurrido y olvidó en su felicidad incluso su cólera contra Micifuz.
También Lu se sentía feliz; pues sus pantaloncitos estaban intactos. Al día siguiente no tendría ya que ir con desgarrones a la iglesia. Su madre no le castigaría.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El aviso del tero.

El aviso del tero.

Sabido es en toda la campaña argentina, que el tero , esa avecilla
zancuda que hace sus nidales junto a las lagunas o entre los cañaverales
de los ríos, es el mejor amigo del hombre en los vastos desiertos.
¿Cómo puede ser esto – preguntará la gente que desconozca la pampa – si
el tal animalito es pequeño, y casi inofensivo?
Sencillamente, por su vigilancia constante y sus escándalos cuando algo
de extraño advierte en la quietud de sus dominios.
Si es cierto que los gansos del Capitolio dieron la alarma, con sus
graznidos estridentes, a los soldados desprevenidos, convirtiendo una
segura derrota en la más gloriosa victoria , no es menos cierto que los
teros de la interminable pampa, comunican al viajero todos los peligros
que lo acechan, poniéndolo en guardia, con sus chillidos y sus revoloteos
casi a ras de tierra, que no cesan hasta que la tranquilidad renace en las
dilatadas regiones.
Su plumaje es bonito y llamativo con su color plomizo, su pecho blanco, su
penacho agudo y sus ojos rojos como dos rubíes.
Para el gaucho, el animalito es sagrado y nunca intenta matarlo, no sólo
por la eficaz ayuda que le presta en sus viajes, sino porque su carne, dura
y negruzca, como la de ciertas aves de rapiña, no es comestible.
El tero es la más simpática de las avecitas americanas y su sagacidad para
esconder los nidales es proverbial en la campaña argentina.
Si a todo esto agregamos su valentía para combatir a las serpientes y a
otras alimañas de la llanura, veremos que este zancudo, entre las aves, es
uno de los más nobles amigos del hombre.
Y ahora que hemos presentado a tan simpático animalito, vayamos a
nuestra historia, que es tan cierta como la existencia del sol, según las
palabras de don Nicanor, el paisano viejo, que una tarde, narró estos
hechos en rueda de amigos en la pulpería.
Cierta vez, vivía en el desierto un hombre bueno, llamado Isidoro, que
durante algunos años labró la tierra y cuidó de su familia, compuesta por
su mujer y dos hijos varones de corta edad.
Isidoro, trabajando de sol a sol, había conseguido hacerse propietario de
una majada y otros animales domésticos que le proporcionaban un vivir
modesto, pero desahogado.
El campesino era, como dejamos dicho, de muy buen corazón, siendo
querido en toda la comarca por sus actos de abnegación y sus
generosidades para con los pobres y desvalidos.
Pero como no hay nada perfecto en este mundo, Isidoro tenía un grave
defecto que lo llevaba muchas veces a cometer serios yerros, y era su
testarudez, hija de un amor propio mal entendido.
Cuando Isidoro se proponía una cosa, era inútil que se le hiciera ver
razones; el hombre se mantenía en su idea en contra de toda lógica, lo que
motivaba el alejamiento de aquellos que intentaban conducirlo por la
mejor senda.
Como les ocurre a todas estas personas de cabeza dura, cuanto más se le
pedía que abandonara un alocado propósito, más se obstinaba en salir con
la suya, aunque en su interior se diera buena cuenta de su error
insensato.
– ¡No hagas tal cosa, Isidoro! -le decía a veces su mujer.
– ¡Ya que te opones, lo haré, aunque reviente! -le contestaba el testarudo, y
proseguía en sus trece, y en ocasiones con grave riesgo de su vida.
Llegó un día en que los indios salvajes del desierto formaron grandes
malones, con los que avanzaron sobre los poblados cristianos, robando
ganado, asesinando a los que se oponían a sus atropellos y haciendo
cautivas a las pobres mujeres.
Como es natural, todos los colonos de la llanura fueron avisados con
tiempo del malón, y huyeron hacia los fortines militares, para ponerse bajo
su seguro amparo.
Pero Isidoro, por llevar la contraria, resolvió quedarse en su rancho,
exponiendo a su mujer y a sus hijos a los más graves sufrimientos si los
salvajes llegaban hasta aquellos sitios. – ¡Debemos huir! ¡los indios nos matarán! -le decía la esposa entre sollozos.
– ¡Me quedaré! -le contestaba invariablemente el testarudo, sin medir las
consecuencias de su acción insensata.
– ¡Hazlo por tus hijos! -volvía a rogarle la pobre mujer.
– ¡Nunca! ¡Aquí debo permanecer! ¡Nadie me sacará! ¡Yo lo quiero así! –
respondía casi a gritos el hombre, encaprichado en llevar la contraria a los
ruegos de toda la familia.
Como es natural, hubo que obedecerle, e Isidoro y los suyos fueron los
únicos seres humanos que permanecieron en sus viviendas del desierto,
expuestos a ser sacrificados por los salvajes merodeadores de la pampa.
La mujer no se conformó, como es natural, con la descabellada resolución
del jefe de la familia y resolvió huir con los niños a sitio más seguro, ya
que no podía permitir que por un capricho fueran asesinados los pobres
inocentes.
Aquella noche aguardó que Isidoro se durmiera, tomó las criaturas, las
abrigó para preservarlas del frío del desierto y atando un caballo a un
pequeño carrito que poseían, emprendió el camino hacia lugares más
civilizados, rogando a Dios los protegiera en la difícil y peligrosa travesía.
Quien conoce la pampa sabe lo difícil que es orientarse en ella cuando no
existe la guía del sol, y la infeliz mujer bien pronto se perdió entre las
sombras, sin saber, en su desesperación, cuál era el punto de su destino.
Así, abrazada a los pequeños, llorosa y angustiada, se detuvo en medio de
la llanura, levantando sus ojos hacia los cielos, para rogar ayuda por la
vida de sus desventurados vástagos.
La noche fría y el viento pampero, casi permanente en aquellas regiones,
hacían más crítica la situación de la pobre madre, que momentos después,
aterrada, escuchó a lo lejos el tropel de la caballería india, que cruzaba
entre alaridos salvajes, llenando el desierto de mil ruidos enloquecedores.
– ¡Dios salve a mis hijos! -gemía la infeliz de rodillas, mirando las estrellas
que titilaban entre las sombras del cielo.
En el ruego estaba, cuando por encima de su cabeza, pasó volando una
avecilla, que casi rozando su cabeza, gritó en un estridente chillido:
– ¡Teruteru… sígueme! ¡Teruteru… sígueme!
La mujer miró hacia donde revoloteaba el pájaro y sorprendida por el
milagro, dijo entre sollozos:
– ¡Dios te envía!
El tero, que no era otro el que desde el espacio había hablado, dio vueltas
a su alrededor y cada vez más fuerte, insistía:
– ¡Teruteru… sígueme! ¡Teruteru… sígueme!
La dolorida madre, cobijando en su corazón una débil esperanza, subió
con los chicos al carro y prosiguió la marcha lentamente, siempre
precedida por el fantástico vuelo del animalito, que le iba indicando el
camino entre las densas sombras.
– ¡Teruteru… sígueme! ¡Teruteru… sígueme!
Una hora había durado la marcha, cuando el tero casi sobre los ateridos
viajeros, gritó con fuerza mientras agitaba sus alas:
– ¡Teruteru… párate! ¡Teruteru… párate!
La mujer obedeció y a los pocos minutos, una turba de indios cruzaba casi
junto a ellos y se perdía más tarde entre las tinieblas, sin haberlos visto.
– ¡Gracias! -musitó la pobre, contemplando el animal que volvía de
investigar el campo.
– ¡Teruteru… sígueme! ¡Teruteru… sígueme!
Se reinició la marcha y paso a paso entre el silencio conmovedor del
desierto, tan sólo interrumpido por la queja del viento entre los
cañaverales, el carrito continuó su huida, llevando en su interior tres
corazones angustiados, que miraban las sombras con los ojos abiertos por
el espanto.
Así, por tres horas más prosiguió el viaje, siempre precedidos por el
extraordinario terito, que a la pobre madre le recordaba la estrella que guió
a los Reyes Magos hacia el lejano Belén.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya doraba los secos hierbajos de la
pampa, divisaron las primeras poblaciones cercanas al fortín, lo que
señalaba el final de la trágica aventura y la salvación de la vida.
Casi en las puertas de las primeras empalizadas, cuando todo peligro
había pasado, el terito, guía maravilloso, volvió a revolotear por encima de
las tres cabezas y con un alegre chillido de despedida, se perdió en el
horizonte, mirando por última vez a sus salvados, con sus redondos ojillos
de rubí.
Isidoro, el testarudo, pagó con su vida el capricho, teniendo la mala suerte
de todos aquellos que se dejan arrastrar hacia los peores destinos, llevados
por un amor propio mal entendido.

viernes, 18 de diciembre de 2015

La extraña muerte de fray Pedro.

La extraña muerte de fray Pedro.

Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio, me señaló una lápida en que leí, únicamente: Hic iacet frater Petrus.
-Éste -me dijo- fue uno de los vencidos por el Diablo.
-Por el viejo Diablo que ya chochea -le dije.
-No -me contestó-. Por el demonio moderno que se escuda con la ciencia.
Y me narró el sucedido.
Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por el maligno espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso, nervioso, pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas y el laboratorio que le era permitido, por los bienes que atraía a la comunidad. Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas. Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de conversación, a Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese otro fraile Schwartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre con el azufre.
Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones astrológicas y quirománticas; ella le desviaba de la contemplación y del espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la curiosidad, que perdió a nuestros primeros padres. La oración misma era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso y febril.
Como toda lectura le era concedida, y tenía a su disposición la rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y a poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la ciencia constituye, en el principio, el arma de la Serpiente que ha de ser la esencial potencia del Anticristo, y que, para el verdadero varón de fe, initium sapientiae est timor Domini.
¡Oh ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que ha hecho a los ciertos Celestinos! Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un especial nimbo a algunos mínimos de Dios queridos, entre los esplendores místicos y milagrosos de las hagiografías.
Los doctores explican y comentan altamente cómo, ante los ojos del Espíritu Santo, las almas de amor son de mayor manera glorificadas que las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes vitraux de sus Fisonomías de santos, a esos beneméritos de la caridad, a esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu, bienaventurados hermanos de los pájaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos y sororales por las puras estrellas del firmamento. Joris-Karl, el merecido beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura, en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de resplandores paradisiacos al lego guardapuercos que hace bajar a la pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y el aplauso de las potestades de los cielos. Y fray Pedro de la Pasión no comprendía eso…
Él, desde luego, creía, creía con la fe de un indiscutible creyente. Mas el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no se daba cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo vedado y en lo arcano del universo, era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.
Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán Roentgen, quien lograra encontrar el modo de fotografiar a través de los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo X. Vio el facsímil de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la patente figura de objetos retratados entre cajas y bultos bien cerrados.
No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo que era un ansia de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en ello se contenía, punzaba sus anhelos… ¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto pensamiento, en que se mezclaban su teología y sus ciencias físicas?… ¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su encendida imaginación?
En las horas litúrgicas, de los rezos y de los cánticos, notábanlo todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de sangre, ya con la mirada como extática, fija en lo alto, o clavada en la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado omnitrascendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del bien y del mal. Y era mucho más que una tempestad bajo un cráneo… Múltiples y raras ideas se agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría él, por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos en su pobre laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar las anheladas pruebas, hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la sabiduría y en la convicción humanas!… Él ofrecería más de lo que se ofreció a Santo Tomás… Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podría pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como debía permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las visiones de los éxtasis, y en las manifestaciones de los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas?
¡Si en Lourdes hubiese habido un kodak, durante el tiempo de las visiones de Bernardetta! ¡Si en los momentos en que Jesús, o su Santa Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se aplicase convenientemente la cámara oscura!… ¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la religión!
Así cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.
Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina y a la oración, en su celda, se presentó a su vista uno de los hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.
-Hermano -le dijo-, os he oído decir que deseabais una de esas máquinas, como ésas con que los sabios están maravillando al mundo. Os la he podido conseguir. Aquí la tenéis.
Y, depositando el envoltorio en manos del asombrado fray Pedro, desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que debajo del hábito se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo.
Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo, consagrose a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la misa, excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle; y todos le veían pasar, extraño y misterioso, y temían por la salud de su cuerpo y por la de su alma.
Él perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí mismo, en frutos, llaves dentro de libros, y demás cosas usuales. Hasta que un día…
O más bien, una noche, el desventurado se atrevió, por fin, a realizar su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma. Salió veloz para su celda.
Al día siguiente, en la celda de fray Pedro, se hallaba el señor arzobispo delante del padre provincial.
-Ilustrísimo señor -decía éste-, a fray Pedro le hemos encontrado muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que le causaron daño.
-¿Ha visto su reverencia esto? -dijo su señoría ilustrísima, mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en los divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Un médico rural.

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Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.
Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.
–¿Los engancho al coche? –preguntó, acercándose a cuatro patas.
No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.
–Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa –dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.
–¡Hola, hermano, hola, hermana! –gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.
–Ayúdalo –dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.
–¡Salvaje! –dije al caballerizo–. ¿Quieres que te azote?
Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.
–Suba –me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.
Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.
–Yo conduciré, pues tu no conoces el camino –dije.
–Naturalmente –replica–, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.
–¡No! –grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta, al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo, además, que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.
–Tu vendrás conmigo –digo al mozo–; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.
–¡Arre! –grita él; y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta que encontrara la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:
–Doctor, déjeme morir.
Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia delante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome sus manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.
–Si –pienso indignado–; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo…
En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.
–Regresaré enseguida –me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo el joven es posible que tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna, todo el distrito me molesta, pero que, además, tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia… Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo –¿qué espera, pues, la gente?– se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial… ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.
–¿Me salvarás? –murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.
Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Cómo quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?
Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:
“Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico…”
Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.
–¿Sabes –me dice una voz al oído– que no tengo mucha confianza en ti? No importa como hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.
–En verdad –dije yo–, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.
–¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.
–Joven amigo –digo–, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.
–¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?
–Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.
Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.
–¡Deprisa! –grité–. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:
“Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama.”
A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Dos errores.

Dos errores.

—Mírame los zapatos —dijo Bill—. Veintiocho dólares.
El señor Brancusi los miró.
—Chachi —dijo.
—Hechos a medida.
—Ya sabía que eras elegantísimo. No me habrás hecho venir sólo para enseñarme los zapatos, ¿verdad?
—No soy elegantísimo. ¿Quién ha dicho que yo era elegantísimo? —preguntó Bill—. Sólo porque tengo más educación que la mayoría de la gente que se dedica al negocio del espectáculo.
—Y además sabes que eres joven y guapo —dijo Brancusi con su especial sentido del humor.
—De eso no hay duda, sobre todo si me comparo contigo. Las chicas creen que soy actor, hasta que me conocen… ¿Tienes un cigarrillo? En fin, parezco un hombre… que ya es más que lo que hacen todos esos niñatos que rondan por Times Square.
—Atractivo. Un caballero. Buenos zapatos. Favorecido por la suerte.
—En eso te equivocas —objetó Bill—. Inteligencia. Tres años, nueve espectáculos, cuatro exitazos, un solo fracaso. ¿Dónde ves la suerte?
Un poco aburrido, Brancusi se limitaba a mirarlo. Lo que hubiera visto —si tuviera ojos en la cara y no estuviera pensando en otra cosa— era un joven irlandés de aspecto sano que transpiraba agresividad y confianza en sí mismo hasta saturar el aire de su despacho. Brancusi sabía que en cualquier momento Bill oiría el sonido de su propia voz y se avergonzaría y se refugiaría en su otra personalidad: la del hombre serenamente superior, sensible, protector de las artes, una imitación de los intelectuales del Theatre Guild. Bill McChesney aún no había terminado de decidirse entre sus dos caras: semejantes mezclas no suelen cuajar antes de los treinta años.
—Fíjate en Ames, en Hopkins, en Harris… Fíjate en quien te dé la gana —insistió Bill—. ¿En qué me superan? ¿Qué pasa? ¿Quieres una copa? —se había dado cuenta de que a Brancusi se le iban los ojos al armario de la pared de enfrente.
—Nunca bebo por la mañana. Sólo me preguntaba quién estará dando golpes en la pared. Deberías pararlo. Estas cosas me ponen nervioso, me sacan de quicio.
Bill se acercó rápidamente a la puerta y la abrió.
—Nadie —dijo—… ¡Ah, hola! ¿Qué quiere usted?
—Vaya, lo siento mucho —respondió una voz—. Lo siento muchísimo. Estoy tan nerviosa que no me había dado cuenta de que tenía este lápiz en la mano.
—¿Qué quiere usted?
—Quería verlo, y un empleado me ha dicho que está usted ocupado. Traigo una carta de Alan Rogers, el dramaturgo: quería dársela yo personalmente.
—Estoy ocupado —dijo Bill—. Vea al señor Cadorna.
—Ya lo he visto, pero no me ha servido de mucho, y el señor Rogers dice que…
Brancusi, impaciente, le echó una ojeada a través de la puerta. Era muy joven, con un precioso pelo rojo: su cara reflejaba más temperamento que el que indicaba su parloteo; no se le ocurrió al señor Brancusi que tenían la culpa sus orígenes en Delaney, en Carolina del Sur.
—¿Qué hago? —preguntó la chica, poniendo tranquilamente su futuro en las manos de Bill—. Tenía una carta para el señor Rogers, pero el señor Rogers sólo me ha dado esta carta para usted.
—Bueno, ¿qué quiere que haga yo? ¿Casarme con usted? —saltó Bill.
—Me gustaría que me diera un papel en una de sus obras.
—Entonces siéntese y espere. Estoy ocupado… ¿Dónde está la señorita Cohalan? —tocó un timbre, volvió a mirar, de mal humor, a la chica y cerró la puerta del despacho. Pero durante la interrupción había recuperado su otra personalidad y reanudó su conversación con Brancusi con el tono de alguien que hubiese compartido con Reinhardt, como uña y carne, sus anhelos por el futuro artístico del teatro.
A las doce y media había olvidado todo excepto que se estaba convirtiendo en el más grande director teatral del mundo y que tenía una cita para comer con Sol Lincoln y hablarle precisamente de aquello. Al salir del despacho, miró con expectación a la señorita Cohalan.
—El señor Lincoln no puede verlo —dijo—. Acaba de llamar.
—Acaba de llamar —repitió Bill, molesto—. Muy bien. Táchelo de la lista para el jueves por la noche.
La señorita Cohalan trazó una línea en un papel.
—Señor McChesney, no se habrá olvidado de mí, ¿verdad?
Se volvió hacia la pelirroja.
—No —contestó, pensando en otra cosa. Y dijo a la señorita Cohalan—: Da igual: invítelo el jueves. Que se vaya al infierno.
No quería comer solo. Ya no quería hacer nada solo: las relaciones con la gente son mucho más divertidas cuando uno tiene éxito y poder.
—Si me permite hablar con usted unos minutos… —empezó la chica.
—Me temo que ahora no puedo —y de repente se dio cuenta de que era la persona más bella que había visto en su vida.
La miró con asombro.
—El señor Rogers me dijo…
—Venga a comer algo conmigo —dijo, y, con aire de tener mucha prisa, le dio a la señorita Cohalan algunas órdenes rápidas y contradictorias y se fue sin cerrar la puerta.
Salieron a la calle 42 y Bill respiró el aire que le correspondía: en la calle 42 sólo hay aire para pocas personas a la vez. Era noviembre y había terminado el primer instante de euforia de la temporada teatral, pero Bill podía ver, si miraba al este, el anuncio luminoso de una de sus obras, y, si miraba al oeste, el anuncio de otra obra suya. Al volver la esquina, se anunciaba la obra que había montado con Brancusi: sería la última vez que trabajaba con otros.
Fueron al Bedford, donde se produjo un torbellino de camareros cuando Bill entró.
—¡Menudo restaurante! —dijo la chica, impresionada, queriendo ser sociable.
—Es el paraíso de los comicastros —Bill saludaba con la cabeza a unos y otros—. Hola, Jimmy… Bill… Qué pasa, Jack… Es Jack Dempsey… No suelo comer aquí. Normalmente, como en el Club de Harvard.
—Ah, ¿estudió usted en Harvard? Yo conocía…
—Sí —titubeó; había dos versiones sobre Harvard, y de repente decidió contarle la verdadera—. Y me trataron como a un palurdo. Ya se acabó aquello. Hace una semana estuve en Long Island en casa de los Gouverneer Haight, una gente muy distinguida, y un par de californianos que en Cambridge ni se dieron cuenta de que yo existía empezaron a tutearme y a llamarme su viejo amigo Bill —titubeó, y de repente decidió interrumpir la historia en aquel punto—. ¿Qué quiere usted? ¿Un trabajo? —preguntó. Recordó de repente que la chica tenía agujeros en las medias. Los agujeros en las medias siempre lo conmovían, lo ablandaban.
—Sí, o tendré que volver a casa —dijo la chica—. Quiero ser bailarina… Ya sabe… Ballet ruso. Pero las clases cuestan mucho dinero, así que tengo que buscar trabajo. Así, además, aprendería a moverme en el escenario.
—Corista, ¿no?
—No, no, bailarina clásica.
—Bueno, Pavlova es corista, ¿no?
—No, no —aquella irreverencia la escandalizó, pero continuó un instante después—: He estudiado con la señorita Campbell… Georgia Berriman Campbell… En mi ciudad… Quizá la conozca usted. Fue alumna de Ned Wayburn, y es verdaderamente maravillosa. Es…
—¿Sí? —dijo Bill, distraído—. Bueno, es un oficio difícil. Las agencias de actores están llenas de gente que sabe hacerlo todo, hasta que yo les hago una prueba. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho.
—Yo tengo veintiséis. Llegué aquí hace cuatro años sin un céntimo.
—¡Caramba!
—Podría retirarme ahora mismo y vivir bien el resto de mi vida.
—¡Caramba!
—El año que viene me tomaré un año de vacaciones. Me caso. ¿Has oído hablar de Irene Rikker?
—¡Por supuesto! ¡Es mi actriz favorita!
—Somos novios.
—¡Caramba!
Cuando poco después salieron a Times Square, Bill dijo despreocupadamente:
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Pues… Voy a buscar trabajo.
—Quiero decir ahora mismo.
—Ah, nada.
—¿Quieres que tomemos café en mi apartamento? Está en la calle 46.
Sus miradas se encontraron, y Emmy Pinkard se convenció a sí misma de que sabría cuidarse sola.
El apartamento era un estudio amplio y luminoso con un diván que medía tres metros, y, en cuanto ella se tomó su café y él un whisky con soda, Bill le echó el brazo por el hombro.
—¿Por qué iba a darle un beso? —preguntó Emmy—. Apenas le conozco y además se va a casar con otra.
—¡Si es por eso! A ella no le importa.
—¿No?
—Eres una buena chica.
—La verdad es que no soy idiota.
—Muy bien, sigue siendo una buena chica.
Emmy se levantó, pero se entretuvo un poco más, muy tranquila y natural, en absoluto molesta.
Me figuro que esto significa que no me va a dar trabajo .—dijo con simpatía.
Bill estaba pensando ya en otra cosa —en una entrevista y un ensayo—, pero volvió a mirar a la chica y vio que seguía teniendo agujeros en las medias. Llamó por teléfono:
—Joe, soy el Novato… ¿Creías que no me había enterado de que me llamabas así? Muy bien… Dime, ¿has encontrado a las tres chicas para la escena de la fiesta? Bueno, óyeme; guarda un sitio para una niña del Sur que te voy a mandar hoy.
La miraba lleno de satisfacción, consciente de ser una buena persona.
—Bueno, no sé cómo darle las gracias. Y al señor Rogers —añadió con audacia—. Adiós, señor McChesney.
Bill no se dignó contestar.
II.
Durante los ensayos acostumbraba a intervenir con frecuencia y a examinarlo todo con una expresión de sabiduría, como si adivinara los pensamientos de la gente, pero la verdad era que su propia buena fortuna lo había sumido en un mar de confusión y era incapaz de ver las cosas con claridad, y ni siquiera le importaba. Pasaba la mayoría de los fines de semana en Long Island, invitado por gente distinguida. Cuando Brancusi lo llamaba «mariposón social», Bill contestaba: «Bueno, ¿y qué? Estudié en Harvard, ¿no? ¿Crees que me han encontrado en la calle vendiendo manzanas como a ti?». Los nuevos amigos lo apreciaban mucho por su atractivo y amabilidad, además de por su éxito.
Su compromiso con Irene Rikker era lo menos satisfactorio de su vida; se habían cansado el uno del otro, pero no se decidían a poner fin al asunto. Y, como muchas veces la propia riqueza une a los dos jóvenes más ricos de la ciudad, así Irene Rikker y Bill McChesney, arrastrados juntos por la marea del triunfo, no podían pasar sin el agradable reconocimiento mutuo de las razones de semejante éxito. A pesar de todo, daban rienda suelta a peleas feroces y cada vez más frecuentes, y el final se iba acercando. Estaba implicado un tal Frank Llewellen, un actor corpulento y bien parecido, que trabajaba con Irene. Cuando Bill se dio cuenta de la situación, se lo tomó con amargo sentido del humor; pero, después de dos semanas de ensayos, se respiraba la tensión.
Y, mientras, Emmy Pinkard, con dinero suficiente para galletas y leche, y un amigo que la invitaba a cenar, era feliz. El amigo, Easton Hughes, de Delaney, estudiaba en la Universidad de Columbia la carrera de dentista. A veces lo acompañaban otros jóvenes y solitarios futuros dentistas, y al precio, si se puede decir así, de unos pocos besos fortuitos en un taxi, Emmy cenaba cuando tenía hambre. Una tarde, cerca del escenario, le presentó a Easton a Bill McChesney, y desde entonces Bill convirtió sus celos de broma en base de su amistad.
—Ya veo que ese sacamuelas ha vuelto a jugármela. Te aconsejo que tengas cuidado, no vaya a administrarte una dosis de gas hilarante.
Se encontraban pocas veces, pero no hacían más que mirarse. Cuando Bill la veía, la miraba fijamente un instante, como si no la hubiese visto nunca y luego recordara de repente que tenía que gastarle una broma. Cuando Emmy lo miraba, veía muchas cosas: un día de sol, y multitudes que se apresuraban en las calles; una limusina espléndida y nueva, a la espera de una pareja con trajes espléndidos y nuevos que paseaba por alguna ciudad exactamente igual que Nueva York, pero lejana y más divertida. Había deseado muchas veces que Bill la besara, pero otras tantas veces se había alegrado de que no lo hubiera hecho; porque, según pasaban las semanas, parecía menos romántico, dedicado, como todos, a la trabajosa evolución de la comedia.
El estreno sería en Atlantic City. Un repentino malhumor, para todos evidente, se apoderó de Bill. Trataba con sequedad al director de escena, y con sarcasmo a los actores. Era, según se rumoreaba, porque Irene Rikker había llegado con Frank Llewellen en otro tren. Sentado junto al autor la noche del ensayo general, casi era una figura siniestra en la penumbra del teatro; pero no dijo nada hasta el final del segundo acto, cuando, con Irene Rikker y Llewellen solos en el escenario, gritó de repente:
—Vamos a repetir la escena. ¡Y fuera las sensiblerías!
Llevellen se acercó a las candilejas.
—¿Qué quieres decir con… fuera las sensiblerías? —preguntó.
—Es lo que está escrito en la obra, ¿no?
—Sabes lo que quiero decir: ceñios a vuestro papel.
—No sé lo que quieres decir. Bill se levantó.
—Quiero decir que dejéis ya esos repugnantes susurros.
—¿Qué susurros? Sólo he preguntado…
—Ya basta. Repetimos.
Llewellen se volvió, furioso, y, cuando iba a continuar el ensayo, Bill añadió para que todos lo oyeran:
—Incluso un comicastro debe saberse el papel.
Llewellen reaccionó como un rayo.
—No tengo por qué soportar esta clase de insultos, señor McChesney.
—¿Por qué no? Eres un comicastro, ¿no? ¿Desde cuándo te avergüenzas de ser un comicastro? Estoy montando esta comedia y quiero que te ciñas a tu papel —se acercó al escenario a través del pasillo—. Y, cuando no te ciñas, te llamaré la atención igual que a cualquier otro.
—Vale, pero ten cuidado con tu tono de voz…
—¿Sí? ¿Qué vas a hacer?
Llewellen saltó a la platea.
—¡No permito que me hables así! —gritó.
Irene Rikker exclamó desde el escenario:
—¡Por Dios! ¿Os habéis vuelto locos?
Y entonces Llewellen le pegó a Bill un puñetazo seco y po tente. Bill cayó de espaldas sobre una fila de butacas, rompió una y se quedó allí, sin poderse mover. Hubo un momento de confusión, y al gunos sujetaban a Llewellen, y el ayudante de dirección gritaba: «¿Lo mato, jefe? ¿Le parto esa cara grasienta?», y Llewellen jadeaba e Irene temblaba de miedo.
—¡Volved al escenario! —gritó Bill, poniéndose un pañuelo en la cara y tambaleándose entre los brazos del autor, que intentaba sostenerlo—. ¡Todo el mundo a sus puestos! Repetimos la escena. No quiero oír una palabra. Llewellen, vuelve al escenario.
Antes de darse cuenta, todos estaban otra vez en el escenario, e Irene cogía del brazo a Llewellen y le decía algo deprisa. Alguien encendió todas las luces de la sala y volvió a apagarlas inmediatamente. Cuando a Emmy le tocó salir a escena, echó una mirada rápida a Bill y vio que se cubría la cara ensangrentada con una máscara de pañuelos. Detestaba a Llewellen. Temía que aquel incidente acabara con la compañía y tuvieran que volver a Nueva York. Pero Bill había salvado el espectáculo: lo había salvado de su propia locura, pues, si Llewellen hubiera decidido abandonar la obra, habría dañado su prestigio profesional. El acto terminó y, sin intervalo, comenzó el siguiente. Cuando acabó, Bill se había ido.
La noche siguiente, durante el estreno, se sentó en una silla entre bastidores, a la vista de quienes entraban y salían. Tenía la cara hinchada y amoratada, aunque no parecía darse cuenta, y no hubo comentarios. Bajó a la sala un instante, y, cuando volvió, corrió el rumor de que dos agencias de Nueva York habían hecho ofertas importantes. Había triunfado. Todos habían triunfado.
Y Emmy, al ver a aquel hombre a quien, según le parecía a ella,
todos debían tanto, se sintió inundada por una oleada de gratitud. Se acercó y le dio las gracias.
—Sé elegir bien, pelirroja —contestó Bill, imperturbable.
—Gracias por elegirme —y entonces se le escapó un comentario imprudente—. ¡Tiene la cara tan mal! —exclamó—. Creo que fue muy valiente anoche, cuando no permitió que todo se hundiera.
La miró un instante, de mal humor, y luego una sonrisa irónica intentó en vano insinuarse en su cara hinchada.
—¿Me admiras, chica?
—Sí.
—¿Y me admirabas también cuando me caí en las butacas?
—Dominó usted la situación con tanta rapidez…
—Lo tuyo es lealtad. Has encontrado algo digno de admiración en este estúpido desastre.
Y la felicidad de Emmy rebosó:
—Sea como sea, usted se ha comportado maravillosamente.
Parecía tan joven, tan viva, que Bill, que había pasado un día horrible, sintió deseos de que su cara hinchada descansara en la cara de Emmy.
Y a Nueva York se llevó, a la mañana siguiente, las moradu
ras y el deseo. Las moraduras desaparecieron, pero el deseo permane ció. Y, cuando estrenaron en la ciudad, en cuanto vio cómo otros hom
bres se agolpaban en torno a la belleza de Emmy, la comedia se convirtió en Emmy, y el éxito, y era a Emmy a quien quería ver cuando iba al teatro. Después de una temporada excelente retiraron la obra cuando Bill estaba bebiendo demasiado y necesitaba a alguien para los días grises que se avecinaban, acabadas las representaciones. Inesperadamente se casaron en Connecticut, a primeros de junio.
III.
Dos hombres esperaban, sentados en el Savoy Grill de Londres, el Cuatro de Julio, Día de la Independencia. Ya estaban a finales de mayo.
—¿Es un tipo simpático? —preguntó Hubbel.
—Muy simpático —contestó Brancusi—; muy simpático, muy guapo, con mucho éxito… —y, tras una pausa, añadió—: Quiero convencerlo para que vuelva a América.
—Eso es lo que no entiendo de este tipo —dijo Hubbel—. El teatro de aquí no tiene ni punto de comparación con el teatro de Estados Unidos. ¿Por qué quiere quedarse aquí?
—Se relaciona con una multitud de duques y damas de la nobleza.
—¿Sí?
—Cuando me lo encontré la semana pasada, iba con tres damas de la nobleza: lady Fulano, lady Zutano y lady Mengano.
—Creía que estaba casado.
—Desde hace tres años —dijo Brancusi—. Tienen un niño precioso, y esperan otro.
Dejó de hablar cuando entró McChesney, que miró descaradamente a todas partes con la cara innegablemente americana sobresaliendo del cuello de un abrigo que realzaba la anchura de sus hombros.
—Hola, Mac. Te presento a mi amigo, el señor Hubbel.
—Encantado —dijo Bill. Se sentó y siguió mirando quién había en el bar. Hubbel se fue minutos después, y Bill preguntó:
—¿Quién es ese pájaro?
—Apenas lleva un mes aquí. Todavía no ha conseguido un título nobiliario. Recuerda que tú llegaste hace seis meses.
Bill sonrió.
—Piensas que soy un esnob, ¿verdad? Bueno, no quiero engañarme a mí mismo. Me gusta la nobleza, me fascina. Me gustaría ser el marqués de McChesney.
—A lo mejor bebiendo lo consigues.
—Cierra la boca. ¿Quién ha dicho que bebo? ¿Es lo que ahora van contando por ahí? Mira, si puedes decirme un solo director americano en la historia del teatro que haya tenido tanto éxito como yo en Londres en menos de ocho meses, vuelvo contigo a América mañana mismo. Sólo tienes que decírmelo…
—Ha sido con tus espectáculos antiguos. En Nueva York has tenido dos fracasos.
Bill se levantó con el gesto agriado.
—¿Quién te crees que eres? —preguntó—. ¿Has venido para hablarme así?
—No te ofendas, Bill. Sólo quiero que vuelvas. Sería capaz de decirte cualquier cosa para conseguirlo. Monta tres temporadas como las de 1922 y 1923, y habrás resuelto tu vida.
—Nueva York me da náuseas —dijo Bill, de mal humor—. Hoy eres un rey y mañana tienes dos fracasos, y van por ahí diciendo que has pegado el patinazo.
Brancusi negó con la cabeza.
—No lo decían por eso. Fue por tu pelea con Aronstael, tu mejor amigo.
—¿Amigo? ¡Una mierda!
—Tu mejor amigo en los negocios, por lo menos. Y…
—No quiero hablar de eso —Bill miró el reloj—. Oye, Emmy no se encuentra bien y me temo que no voy a poder cenar contigo. Ve a verme al despacho antes de volver a Estados Unidos.
Cinco minutos después, desde el mostrador del tabaco, Brancusi vio cómo Bill volvía a entrar en el Savoy y bajaba las escaleras que conducían al salón de té.
«Se ha convertido en un perfecto diplomático», pensó Brancusi; «antes, cuando tenía una cita, lo decía abiertamente. Está cada día más refinado desde que va con duques y duquesas.»
Quizá se sentía un poco molesto, aunque no solía molestarse. En cualquier caso, tomó una decisión en el acto: McChesney estaba en decadencia. Y, en aquel instante, según era característico en él, lo borró de su pensamiento para siempre.
No había signos exteriores de que Bill estuviera en decadencia; un éxito en el New Strand, otro éxito en el Prince of Wales y enormes ingresos semanales, que casi alcanzaban las sumas de Nueva York hacía tres años. Es verdad que un hombre de acción tiene derecho a cambiar su base de operaciones. Y el hombre que una hora después, a la hora de la cena, volvió a su casa de Hyde Park, tenía toda la vitalidad de quien aún no ha cumplido los treinta. Emmy, muy cansada y pesada, estaba echada en el diván del salón del primer piso. Bill la abrazó.
—Ya queda poco —dijo—. Estás preciosa.
—No seas absurdo.
—Es verdad. Siempre estás preciosa. No sé por qué. Quizá porque tienes personalidad, y se te ve en la cara, incluso ahora.
Estaba encantada, y le pasó la mano por el pelo.
—La personalidad es lo más importante —dijo Bill—, y eres la persona con más personalidad que conozco. v
—¿Has visto a Brancusi?
—Sí, he visto a ese mierda. Y he decidido no traerlo a cenar
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Se las da de listo… Habla de mi pelea con Aronstael como si yo hubiera tenido la culpa.
Emmy titubeó, cerró la boca con fuerza y luego dijo en ve baja:
—Te peleaste con Aronstael porque bebías demasiado.
Bill se levantó con impaciencia.
—Vas a empezar otra vez…
—No, Bill, pero estás bebiendo demasiado. Y lo sabes.
Consciente de que Emmy tenía tazón, eludió el asunto y se sentaron a cenar. Al calor de una botella de clarete decidió dejar de beber al día siguiente, hasta que naciera el niño.
—Siempre lo dejo cuando quiero, ¿no? Hago siempre lo que digo. Nunca me has visto no hacerlo.
—Nunca.
Tomaron café juntos, y después Bill se levantó para salir.
—Vuelve pronto —dijo Emmy.
—Claro, claro… ¿Qué te pasa, cariño?
—Sólo estoy llorando. No te preocupes. Anda, vete. No te quedes ahí como un tonto.
—Pues claro que me preocupo. No me gusta verte llorar.
—No sé adonde vas por las noches; no sé con quién estás. Y esa lady Sybil Combrinck que no deja de llamar por teléfono… Me figuro que no hay ningún problema, pero me despierto de noche y me siento tan sola, Bill… Porque siempre hemos estado juntos, ¿no?, hasta hace poco.
—Pero seguimos estando juntos… ¿Qué te pasa, Emmy?
—Ya lo sé… Estoy loca. Ninguno de los dos dejaría al otro, ¿verdad? Nunca hemos…
—Desde luego que no.
—Vuelve pronto, o cuando puedas.
Hizo una breve visita al teatro Prince of Wales; luego entró en el hotel de al lado y llamó por teléfono.
—Quisiera hablar con Su Señoría. Soy el señor McChesney.
Pasó un rato antes de que lady Sybil se pusiera al teléfono. —Es casi una sorpresa. Hace semanas que no tengo la suerte de oírte.
La voz era cortante como un látigo y fría como un refrigerador automático, a la manera que se había generalizado desde que las damas británicas se educaban imitando a las damas británicas de las novelas. Aquello había fascinado a Bill una temporada, pero sólo una temporada. No había perdido la cabeza.
—No he tenido ni un minuto libre —explicó con desenvoltura—. No estarás enfadada, ¿verdad?
—Enfadada no es la palabra.
—Temía que lo estuvieras. No me has invitado a la fiesta de esta noche. Creía que pensábamos lo mismo después de todo lo que hablamos…
—Después de todo lo que hablaste —dijo ella—; quizá hablaste demasiado.
Y, de pronto, para asombro de Bill, colgó.
«La auténtica británica», pensó. «Una parodia titulada La hija de los mil duques.»
El desaire lo reanimó, la indiferencia revivió el interés perdido. Las mujeres solían perdonarle su poca firmeza sentimental por la evidente devoción que demostraba hacia Emmy, y varias damas de la nobleza lo recordaban con un suspiro que no era de dolor. Pero ahora no detectó ningún suspiro semejante a través del teléfono.
«Me gustaría aclarar este lío», pensaba. Si se hubiera puesto el esmoquin, hubiera podido presentarse de improviso en la fiesta y hablar con lady Sybil; ahora no quería volver a casa a cambiarse. Pero le daba vueltas al asunto y le parecía importante solucionar la desavenencia de una vez, así que empezó a acariciar la idea de ir a la fiesta tal como estaba: a los americanos se les perdonaba la originalidad en el vestir. En cualquier caso, aún tenía tiempo, y, en compañía de varios whiskys estuvo considerando el asunto más de una hora.
A medianoche subía las escaleras de la mansión de lady Sybil Combrinck. Los encargados del guardarropa observaron con desaprobación su traje de tweed y un lacayo buscó en vano su nombre en la lista de invitados. Afortunadamente, su amigo sir Humphrey Dunn apareció en aquel instante y convenció al lacayo de que sin duda se trataba de un error.
En cuanto estuvo dentro, Bill buscó con la mirada a la anfitriona.
Era una mujer joven, muy alta, medio americana y, por esto mismo, absolutamente inglesa. En cierto modo, ella había descubierto a Bill McChesney, y respondía de sus encantos sin pulir; la retirada de McChesney había sido una de las más humillantes experiencias de lady Sybil desde que había empezado a echarse a perder.
Recibía a los invitados en compañía de su marido: Bill nunca los había visto juntos. Decidió elegir un momento menos ceremonioso para presentarse.
Seguían recibiendo a los invitados interminablemente, y Bill se sentía cada vez más incómodo. Vio a algunos conocidos, pero no demasiados, y se dio cuenta de que su ropa llamaba la atención; también sabía que lady Sybil lo había visto ya: una señal suya hubiera bastado para tranquilizarlo, pero no hizo el menor gesto. Bill se arrepentía de haberse presentado en la fiesta, pero irse en aquel momento hubiera sido absurdo y, acercándose al bufé, cogió una copa de champán.
Cuando se volvió, estaba sola por fin, y ya iba a acercarse a ella, cuando el mayordomo le dijo:
—Perdone, señor. ¿Tiene invitación?
—Soy un amigo de lady Sybil —dijo Bill, impaciente. Le dio la espalda, pero el mayordomo lo siguió.
—Lo siento, señor, pero le rogaría que me acompañara para aclarar la situación.
—No hace falta. Voy a hablar ahora mismo con lady Sybil.
—He recibido otras instrucciones, señor —dijo el mayordomo con firmeza.
Entonces, antes de que Bill se diera cuenta de lo que sucedía, discretamente le apretaron los brazos contra el cuerpo y lo empujaron a una pequeña antecámara que había detrás del bufé.
Se encontró frente a un hombre con impertinentes, en quien reconoció al secretario particular de los Combrinck.
El secretario le hizo una señal al mayordomo, que significaba: «Sí, es éste», y el mayordomo soltó a Bill.
—Señor McChesney —dijo el secretario—, ha creído conveniente venir sin invitación, y Su Señoría exige que salga de esta casa inmediatamente. ¿Tiene la amabilidad de darme el resguardo para que le recojan el abrigo?
Entonces Bill entendió lo que pasaba, y la única palabra que encontró aplicable a lady Sybil le vino a los labios; el secretario les hizo una señal a dos lacayos y Bill, debatiéndose con furia, fue arrastrado a través de una despensa, donde dos criados que trabajaban afanosamente miraron asombrados la escena, y a través de un largo pasillo, hasta que, por una puerta, lo arrojaron a la noche. Se cerró la puerta; un instante después volvió a abrirse para que salieran volando su abrigo y su bastón, que rodó ruidosamente por las escaleras.
Se quedó parado, vencido, destrozado y horrorizado; un taxi frenó junto a él, y el chófer le dijo:
—¿Se siente mal, jefe?
—¿Cómo?
—Sé dónde puede tomar un buen tentempié, jefe. A cualquier hora.
La puerta del taxi se abrió a una pesadilla. Era un cabaré que no respetaba el horario de cierre; lo acompañaban extraños que había recogido en alguna parte; luego discutía, y quería pagar con un cheque, y de repente proclamaba a gritos, una y otra vez, que era William McChesney, el empresario teatral, pero no convencía a nadie, ni siquiera a sí mismo. Parecía importante ver inmediatamente a lady Sybil y exigirle una explicación, pero, un minuto más tarde, nada, absolutamente nada, parecía importante. Iba en un taxi, y, frente a su casa, el taxista lo sacudió para despertarlo.
El teléfono estaba sonando cuando entró, pero Bill pasó glacialmente junto a la criada. Sólo oyó la voz de la criada cuando ponía el pie en las escaleras.
—Señor McChesney, otra vez llaman del hospital Midland. La señora McChesney está hospitalizada y no dejan de llamar.
Todavía aturdido, se acercó el auricular a la oreja.
—Lo llamamos del hospital Midland, de parte de su mujer. Ha dado a luz un niño muerto esta mañana, a las nueve.
—Espere un momento —la voz se le quebraba—. No entiendo.
Y por fin entendió que el hijo de Emmy había nacido muerto, que Emmy lo necesitaba. Le flaqueaban las piernas y se tambaleaba cuando cruzó la calle en busca de un taxi.
La habitación estaba a oscuras; Emmy levantó los ojos y lo miró desde la cama en desorden.
—¡Eres tú! —exclamó—. ¡Creía que habías muerto! ¿Dónde has estado?
Bill cayó de rodillas junto a la cama, pero Emmy volvió la cara.
—Hueles fatal —dijo—. Me dan náuseas.
Pero le acarició el pelo, y Bill siguió de rodillas, sin moverse, mucho rato.
—Se acabó: no quiero saber más de ti —murmuró Emmy—. Pero ha sido horroroso pensar que habías muerto. Todo el mundo está muerto. Yo quisiera estar muerta.
El viento entreabrió las cortinas y, cuando Bill se levantó para volver a cerrarlas, Emmy lo vio a la luz del día, pálido y terrible, con la ropa arrugada y hematomas en la cara. Y esta vez lo odió, en lugar de odiar a quienes le habían hecho daño. Podía sentir cómo Bill se le salía del corazón, y sentía el espacio que dejaba, y de repente ya se había ido, e incluso podía perdonarlo y compadecerse de él. Todo en un instante.
Se había caído a la puerta del hospital, cuando intentaba apearse del taxi sola.
IV.
Cuando Emmy se puso bien, física y mentalmente, sólo tuvo una idea fija: aprender ballet. El viejo sueño que le había inculcado la señorita Georgia Berriman Campbell, de Carolina del Sur, persistía como una avenida iluminada que la conducía de nuevo a la primera juventud y a los días de esperanza en Nueva York. Para ella el ballet era aquella primorosa mezcla de posturas tortuosas y piruetas muy medidas que, desarrollada en Italia unos cientos de años atrás, había alcanzado su plenitud en Rusia, a principios de nuestro siglo. Quería dedicarse a algo en lo que pudiese creer y pensaba que el ballet era la interpretación femenina de la música. En lugar de dedos fuertes, una mujer tenía piernas para interpretar a Chaikovski y Stravinski; y los pies podían ser tan elocuentes en la Chopiniana como las voces en El anillo. El ballet, en su nivel más bajo, era algo entre los funámbulos y las focas amaestradas; en el nivel más alto, era la Pavlova y el arte.
En cuanto volvieron a instalarse en un apartamento de Nueva York, se lanzó a la tarea como una chica de dieciséis años: cuatro horas diarias de ejercicios en la barra, posturas, saltos, arabescos y piruetas. La danza se convirtió en su verdadera vida, y su única preocupación era si no sería ya demasiado mayor. A los veintiséis años tenía que recuperar diez años perdidos, pero era una bailarina por naturaleza, con un cuerpo perfecto… y una cara adorable.
Bill la animaba; cuando estuviera preparada, formaría en torno a ella el primer y auténtico ballet americano. Incluso había momentos en que envidiaba su afanosa dedicación, pues, desde que habían vuelto a Estados Unidos, el trabajo en el mundo del teatro era cada vez más difícil. Además se había ganado muchos enemigos en los primeros tiempos de absoluta seguridad en sí mismo, y circulaban exageradas historias de sus borracheras y su dureza con los actores y lo difícil que era trabajar con él.
Tenía en su contra que nunca había sido capaz de ahorrar y debía mendigar apoyos para el montaje de cada obra. Además, poseía una inteligencia fuera de lo común, y tuvo el valor de demostrarlo en algunas aventuras poco comerciales, a su costa, pues no contaba con el respaldo de ningún Teatro Guild.
También tuvo éxitos, pero hubo de poner todo su empeño en conseguirlos, o así parecía, porque había empezado a pagar el precio de su vida desordenada. No dejaba de pensar en tomarse unas vacaciones o renunciar a los cigarrillos incesantes, pero había mucha competencia en aquellos días —aparecían hombres nuevos, con reputación, todavía intacta, de ser infalibles—, y además no estaba acostumbrado a la regularidad. Le gustaba trabajar, inspirado por el café solo, en medio de esos grandes agobios que parecen inevitables en el mundo del espectáculo, pero que agotaban a un hombre que había cumplido los treinta años. Terminó apoyándose en la buena salud y la vitalidad de Emmy. Estaban siempre juntos, y, aunque sentía una vaga insatisfacción por el hecho de que ahora necesitara a Emmy más de lo que ella lo necesitaba, no perdía la esperanza de que las cosas mejoraran el mes siguiente o la próxima temporada.
Una tarde de noviembre, cuando salía del estudio de ballet, Emmy, meciendo el bolso gris, se encasquetó el sombrero sobre el pelo todavía húmedo y se entregó a agradables conjeturas. Se había enterado, hacía más de un mes, de que ciertas personas iban al estudio especialmente para verla: ya estaba preparada para la danza. Una vez había trabajado con tanto empeño y durante tanto tiempo como ahora, pero pensando en otra cosa —sus relaciones con Bill—, y sólo había alcanzado un punto culminante de desesperación y desdicha; pero esta vez nada podría hacerla fracasar, excepto ella misma. Incluso se consideraba temeraria cuando pensaba: «Ha llegado el momento. Voy a ser feliz».
Apretó el paso: aquel día había sucedido algo de lo que debía hablar con Bill.
Lo encontró en la sala de estar, y lo llamó mientras se vestía. Y enseguida empezó a hablar sin mirar a su alrededor.
—Mira lo que ha pasado —hablaba a voces para competir con el ruido del agua que llenaba la bañera—. Paul Makova quiere que baile con él en el Metropolitan esta temporada; pero todavía no es seguro, así que es un secreto. Se supone que ni yo lo sé…
—Es sensacional.
—El único problema es si no sería mejor que debutara en el extranjero. Pero Donilof dice que estoy ya preparada para actuar en público. ¿Tú qué piensas?
—No lo sé.
—No pareces demasiado entusiasta.
—Estaba pensando en otra cosa. Ya hablaremos luego de eso. Dime más.
—Eso es todo, querido. Si todavía te apetece pasar un mes en Alemania, como me habías dicho, Donilof organizaría mi debut en Berlín, pero yo preferiría empezar aquí y bailar con Paul Makova. Imagínate que… —se interrumpió, sintiendo de repente, a través de la espesa piel de su alegría, hasta qué punto Bill estaba ensimismado—. Dime, ¿en qué estás pensando?
—He ido al doctor Kearns esta tarde.
—¿Qué te ha dicho?
Seguía sintiendo en su interior el murmullo de la felicidad. Los intermitentes ataques de hipocondría de Bill hacía mucho que habían dejado de preocuparla.
—Le he comentado la sangre de esta mañana, y me ha dicho lo mismo que el año pasado: que seguramente será alguna venilla rota en la garganta. Pero que, puesto que seguía tosiendo y estaba preocupado, quizá fuera mejor hacerme unas radiografías y salir de dudas. Y hemos salido de dudas. El pulmón izquierdo lo he perdido prácticamente.
—¡Bill!
—El derecho, por suerte, está limpio.
Emmy esperaba, terriblemente asustada.
—El problema se me presenta en un mal momento —continuó Bill con voz firme—, pero habrá que plantarle cara. El médico cree que me debería ir a los montes Adirondack o a Denver, y prefiere Denver. Me curaría en cinco o seis meses.
—Pues nos iremos —lo interrumpió Emmy.
—Tú no tienes que venir, sobre todo si se te ha presentado esta oportunidad.
—Claro que iré —se apresuró a decir ella—. Tu salud es lo primero. Siempre hemos ido juntos a todas partes.
—No, no.
—Claro que sí —la voz de Emmy era fuerte, terminante—. Siempre hemos estado juntos. No me podría quedar aquí sin ti. ¿Cuándo tienes que irte?
—Tan pronto como sea posible. He ido a ver a Brancusi para preguntarle si quería encargarse de la obra de Richmond, pero no ha parecido entusiasmarle demasiado —la expresión de Bill se endureció—: Está claro que no habrá otros ingresos, pero tendré bastante con lo que me deben…
—¡Si por lo menos yo pudiera ganar algún dinero! —exclamó Emmy—. Tú has trabajado tanto, y yo lo único que he hecho ha sido gastarme doscientos dólares a la semana en mis clases de ballet… Más de lo que seré capaz de ganar en años.
—Claro que dentro de seis meses estaré como siempre, según el médico.
—Claro que sí, cariño. Te pondrás bien. Nos iremos a Denver en cuanto estemos listos —lo abrazó y lo besó en la mejilla—. Sólo soy una parásita —dijo—. Debería haberme dado cuenta de que tú, lili vida, no estabas bien.
Bill, en un gesto automático, buscó un cigarrillo, pero inmediatamente se detuvo.
—Se me había olvidado: tengo que empezar a fumar menos —y entonces intentó mostrarse a la altura de las circunstancias—: No, pequeña, he decidido irme solo. Allí te volverías loca de puro aburrimiento, y yo no podría dejar de pensar que habías dejado el ballet por mi culpa.
—No pienses ahora en esas cosas. Lo importante es que te pongas bien.
Discutieron horas y horas durante la semana siguiente, y los dos dijeron toda clase de cosas, menos la verdad: que él quería que ella lo acompañara y que ella quería con toda su alma quedarse en Nueva York. Emmy habló en secreto con Donilof, su maestro, y así pudo saber que cualquier aplazamiento sería un terrible error. Cuando veía cómo las otras chicas de la academia de baile hacían planes para el invierno, Emmy prefería morirse antes que marcharse, y Bill advertía todos los signos involuntarios de su desdicha. Durante unos días pensaron en la posibilidad de un compromiso: los montes Adirondack, adonde Emmy podría ir en avión los fines de semana; pero ya Bill tenía un poco de fiebre, y el médico le ordenó terminantemente que se fuera al Oeste.
Bill lo resolvió todo una triste noche de domingo, con aquel áspero y generoso sentido de la justicia que en los primeros tiempos había despertado la admiración de Emmy, y que, en su adversidad, le daba cierto aire trágico, como en los días de su arrogante éxito lo había salvado de ser una persona insoportable.
—Esto es cosa mía, pequeña. Me he metido en este lío porque no he tenido sensatez…, parece que toda la sensatez de esta familia la tienes tú…, y a mí me toca arreglarlo. Llevas trabajando con todas tus fuerzas tres años y te mereces esta oportunidad. Si ahora me acompañaras, no me lo perdonarías nunca —sonrió tristemente—. Y yo no podría soportarlo. Y además no sería bueno para el niño.
Emmy cedió por fin, avergonzada de sí misma, sintiéndose despreciable… y feliz. Pues el mundo de su trabajo, donde existía sin Bill, ahora era más grande para ella que el mundo en que existían juntos. En aquel mundo había más espacio para ser feliz que para ser desdichada en el otro.
Dos días después, comprado ya el billete de Bill para el tren de las cinco, pasaron juntos las últimas horas, hablando de todo con optimismo; Emmy insistía aún, y era sincera: si Bill se hubiera mostrado débil un instante, ella lo hubiera acompañado. Pero la impresión de la enfermedad había afectado a Bill, que ahora demostraba más carácter que nunca. Quizá fuera mejor para él pasar aquel trago solo.
—¡En primavera! —dijeron.
Fueron a la estación con el pequeño Bill, y Bill dijo:
—Odio estas despedidas solemnes. Marchaos ya. Tengo que llamar por teléfono desde el tren antes de que salga.
Sin contar los días que Emmy había pasado en el hospital, en los últimos seis años sólo se habían separado una noche; exceptuando el periodo que vivieron en Inglaterra, podían recordar una historia de fidelidad y ternura mutua, aunque muchas veces, desde el principio, las bravatas llenas de inseguridad de Bill hubieran preocupado a Emmy, y la hubieran hecho desgraciada. Cuando Bill, solo, cruzó la puerta del andén, Emmy se alegró de que tuviera que telefonear e intentó imaginárselo mientras hablaba por teléfono.
Era una mujer de verdad: lo había querido con toda el alma. Por un momento, cuando salió a la calle 33, todo le pareció más muerto que un muerto, y el apartamento que Bill pagaba estaría vacío sin él, y ella estaba allí, a punto de dedicarse a algo que podía hacerla feliz.
Se detuvo, después de recorrer algunas manzanas, pensando: «Pero… ¡Es terrible lo que estoy haciendo! Lo dejo plantado como si fuera la peor persona de la que he oído hablar en mi vida. Lo dejo y me voy a cenar con Donilof y Paul Makova, que me gusta porque es guapo y tiene los ojos y el pelo del mismo color. Y Bill está en el tren, solo».
Obligó al pequeño Bill a dar la vuelta, como si fueran a volver a la estación. Podía verlo sentado en el tren, pálido y cansado, y sin Emmy.
«No puedo dejarlo plantado», se decía, mientras la inundaban oleadas de sentimiento. Pero sólo era sentimiento. ¿Acaso él no la había dejado plantada? ¿No había hecho en Londres lo que había querido?
«Ah, pobre Bill.»
Titubeó, indecisa, dándose cuenta, en un último instante de sinceridad, de lo rápido que olvidaría aquel momento e inventaría justificaciones para lo que estaba haciendo. Sólo tenía que recordar lo que había pasado en Londres, y dejaría de pesarle la conciencia. Pero, estando Bill solo en el tren, aquellas ideas parecían terribles. Aún quedaba tiempo: podía volver a la estación, decirle que quería acompañarlo, pero no se movió. La vida la empujaba con fuerza, luchaba por ella. La acera era estrecha en el lugar donde se encontraba: de pronto una oleada de gente, a la salida del teatro, inundó la acera, y Emmy y el pequeño Bill fueron arrastrados por la multitud.
En el tren, Bill siguió llamando por teléfono hasta el último momento, procurando volver lo más tarde posible a su compartimento porque sabía que era casi seguro que no la encontraría allí. Cuando el tren se puso en marcha, volvió al compartimento y, en efecto, sólo lo esperaban las maletas y algunas revistas en el asiento.
Entonces se dio cuenta de que la había perdido. Vio las cosas como eran, sin hacerse ilusiones: aquel Paul Makova, y los meses que pasarían cerca, y los meses de soledad. Nada volvería a ser lo mismo. Después de darle muchas vueltas al asunto mientras leía a ratos Variety y Zit’s, empezó a parecerle, poco a poco, que, de alguna manera, Emmy había muerto.
«Era una chica extraordinaria, una de las mejores. Tenía carácter. » Se daba perfectamente cuenta de que él había provocado aquella situación, y de que en todo aquello intervenía la ley de la compensación o algo parecido. Y comprendía además que, yéndose solo, volvía a valer tanto como ella. Todo, por fin, volvía a recuperar el equilibrio.
Y más allá de todas las cosas, incluso más allá de su dolor, tuvo casi la agradable sensación de estar en manos de algo más grande que él, y de haber alcanzado un estado de cierto cansancio e inseguridad en sí mismo: dos cualidades que jamás había tolerado ni siquiera un instante. Y no le parecía tan terrible ir camino del Oeste para un final definitivo. Estaba seguro de que Emmy acudiría en el último momento, no importaba lo que estuviera haciendo ni lo maravillosos que fueran sus compromisos.