miércoles, 20 de enero de 2016

Mandrake.

Mandrake.

Yo jugaba con las blancas y avanzaba el alfil en fianqueto. Berta preparaba un fuerte centro de peones.
Aquí es el despacho del doctor Paulo Mendes, dijo mi voz en la grabadora del teléfono dando a quien llamaba treinta segundos para dejar su mensaje. El individuo aquel decía llamarse Cavalcante Méier, como si hubiera un guión entre los dos apellidos, y que estaban intentando complicarlo en un crimen, pero —tlec— los treinta segundos se acabaron antes de que pudiera terminar de decir lo que quería.
Siempre llama la gente cuando uno está en lo más duro de la partida, dijo Berta. Bebíamos un vino de Faísca.
El tipo volvió a marcar pidiendo que le llamara yo a su casa. Un teléfono de la zona sur. Contestó una voz vieja, reverencial, como si estuviera acostumbrada a aquel tono. Era el mayordomo. Fue a llamar al señor.
Hay un mayordomo en la historia. Ya sé quién es el asesino. Pero a Berta no le hizo gracia. Aparte de su afición al ajedrez, todo lo tomaba en serio.
Reconocí la voz de la cinta: lo que tengo que decirle es algo muy personal. ¿Puedo pasar por su despacho?
Estoy en casa, dije, y le di la dirección.
Has fallado, Bebé (Berta Bronstein), dije, al tiempo que marcaba.
¿El doctor Madeiros? ¿Cómo va eso?
Medeiros dijo que la situación no era tan grave, pero tampoco tranquila. Medeiros sólo pensaba en política, había tenido algo que ver en los inicios de la Revolución y, a pesar de que su despacho de abogado era el mejor de la ciudad, no lograba liberarse de la nostalgia del poder. Le pregunté si conocía a un tal Cavalcante Méier.
Todo el mundo lo conoce.
Pues yo no. Hasta pensé que podría tratarse de un nombre falso.
Medeiros dijo que el tipo aquel era un rico hacendado de Sao Paulo, con tierras también en el Norte, exportador de café, azúcar y soya, senador suplente por Alagoas, hombre rico.
¿Y qué más? ¿Anduvo metido en líos financieros, tiene algún desarreglo de tipo sexual, aparte de ser latifundista?
Para ti en el mundo sólo hay canallas, ¿verdad? El senador es un hombre público de inmaculada honorabilidad, un líder empresarial, un ciudadano ejemplar, intachable.
Le recordé que el banquero J. J. Santos también era intachable y tuve que librarlo de las garras de un travestí maníaco en un motel de la Barra.
Pues tú le sacaste un Mercedes, ¿es así como se lo agradeces?
Yo no había ganado el coche, se había tratado de una extorsión, tal como hacen los banqueros, fue mi minuta, incluidas las tasas de administración.
Medeiros, con voz meliflua: ¿y qué problema tiene Cavalcante Méier?
Le dije que no lo sabía.
Vamos a acabar la partida, dijo Berta.
No puedo recibir a este tipo así, desnudo, ¿o sí?, dije.
Me estaba vistiendo cuando sonó el timbre. Tres veces en diez segundos. Un tipo impaciente, acostumbrado a que le abrieran las puertas con rapidez.
Cavalcante Méier era un hombre elegante, delgado, de unos cincuenta años. La nariz, un poco torcida. Los ojos, profundos, castaño-verdosos, intensos.
Soy Rodolfo Cavalcante Méier. No sé si usted me conoce.
Naturalmente. Tengo su ficha.
¿Mi ficha?
Sí. Vi que miraba el vaso en mi mano. ¿Le apetece un vaso de Faísca?
No, gracias, dijo evasivo. El vino me da dolor de cabeza. ¿Puedo sentarme?
Hacendado, exportador, senador suplente por Alagoas, con servicios prestados a la Revolución, dije.
Servicios irrelevantes, cortó secamente.
Miembro del Rotary Club, añadí como quien no quiere la cosa.
Sólo Country Club.
Un líder, un hombre de bien, un patriota.
Me miró, y dijo con firmeza, no bromee.
No es broma. También yo soy patriota. Aunque de manera diferente. Por ejemplo: no quiero declarar la guerra a la Argentina.
También yo tengo su ficha, dijo imitándome. Cínico, sin escrúpulos, competente. Especialista en casos de extorsión y fraude.
Hablaba como si fuera una grabación, recordándome una de esas cajas de carcajadas a las que se da cuerda y sale un sonido que no es humano ni animal. Cavalcante Méier se había dado cuerda a sí mismo, la cuerda que hacia que su voz de hacendado sonara como la de un aparcero.
Competente, sí. Falto de escrúpulos y cínico, no. Sólo soy un hombre que ha perdido la inocencia, dije.
Más cuerda en la caja. ¿Ha leído usted los periódicos?
Le respondí que nunca leía los periódicos, y me explicó que habían encontrado una muchacha muerta en la Barra, en su coche. La noticia aparecía en todos los periódicos.
Esa muchacha, era, ummm, mi ummm, tenía cierta relación conmigo. ¿Comprende?
¿Era su amante?
Cavalcante Méier tragó en seco.
Ya habíamos terminado. Yo pensaba que era conveniente que Marly encontrara un joven como ella, que se casara, que tuviera hijos.
Nos quedamos callados. Sonó el teléfono, aló, Mandrake. Corté.
Bien, y ¿qué más?
Nuestras relaciones eran muy discretas, podría decir incluso secretas. Nadie sabía nada de nada. Ella apareció muerta el viernes. El sábado recibí una llamada telefónica. Un hombre me amenazaba diciendo que yo la había matado y que tenía pruebas de que éramos amantes. Cartas. No sé qué cartas pueden ser ésas.
Cavalcante Méier dijo que no había ido a la policía, porque tenía muchos adversarios políticos que podrían aprovecharse del escándalo. Además, dijo, no sabía cómo aclarar el crimen. Y que su hija única iba a casarse aquel mismo mes.
Mi denuncia a la policía sería un gesto ética y socialmente inútil. Me gustaría que usted buscara a quien me llamó, que se enterara de qué es lo que quiere, que defendiera mis intereses de la mejor manera posible. Estoy dispuesto a pagar para evitar el escándalo.
¿Cómo se llama el tipo ese?
Márcio, fue el nombre que me dio. Quiere que vaya a verlo a un lugar llamado Gordon’s, en Ipanema, esta noche, a las diez. Él esperará en una moto, con cazadora negra, y en la espalda lleva escrito “Jesús”.
Acordamos que yo iría a entrevistarme con Márcio para negociar el precio del silencio. Podría costar mucho o no costar nada.
Le pregunté quién le había indicado mi nombre.
El doctor Medeiros, dijo levantándose. Salió sin tenderme la mano, sólo un movimiento de cabeza.
Fui a buscar la caja de las carcajadas. Revolví en el armario de la ropa, en el estante, en muchos cajones, hasta que la encontré en la cocina. A Balbina le encanta oír las carcajadas.
Me llevé la caja al cuarto. Me tumbé y enchufé el aparato. Una carcajada convulsa e inquietante, estrangulada en la garganta, como congestionada, una carcajada de alguien a quien le hubieran metido un embudo por el culo y las carcajadas atravesaran el cuerpo y salieran mortíferas por la boca, congestionando los pulmones y el cerebro. Aquello exigía unos tragos más de Faísca. Cuando era niño, un hombre, ante mí, en el cine, fue víctima de un ataque de risa tan fuerte, que murió. De vez en cuando me acuerdo de aquel hombre.
¿Pero por qué escuchas ese ruido horrible? Pareces loco, dijo Berta. Anda, ven, vamos a continuar la partida.
Ahora no. Voy a leer los periódicos, dije.
Mierda, dijo Berta, tirando el tablero y las piezas al suelo. Era una mujer impulsiva.
En la mesita de noche estaban todos los periódicos. Joven secretaria muerta en su propio coche en la Barra. Un disparo en la cabeza. La víctima llevaba joyas y documentos. Se descarta la intención de robo. La muerta iba hacia su casa, siempre regresaba temprano. Salía muy poco por la noche. No tenía novio. Los vecinos decían que era amable y tímida. Los padres decían que en cuanto llegaba del trabajo se encerraba en su cuarto, a leer. Leía mucho, dijo la madre, le gustaba la poesía y las novelas, era buena y obediente, sin ella nuestra vida quedará vacía, sin sentido. Había en los periódicos varias fotos de Marly, alta y delgada, de cabello abundante. Su mirada parecía triste. ¿O sería sólo una impresión mía? Soy un romántico incurable.
Al fin decidí seguir jugando con Berta. Abrí con las negras, peón de rey. Berta repitió mi jugada. Luego moví los caballos. Berta me siguió creando posiciones simétricas que llevarían a la victoria al más paciente, al que cometiera menos errores, o sea, a Berta. Yo soy muy nervioso, juego al ajedrez para irritarme, para explotar in camera; allá fuera es peligroso, tengo que mantener la calma.
Intenté recordar la partida de Capablanca con Tarrash, San Petersburgo, 1914, con una apertura de los cuatro caballos y una terrible celada. Pero ¿cuál era? No conseguí recordarla. Tenía en la cabeza al hombre del Gordon’s.
No vale la pena que te quedes mirándome con esa cara de victoria, le dije, tengo que irme ahora.
¿Ahora? ¿En medio de la partida? ¿Otra vez? Lo que pasa es que eres un cobarde, sabes que vas a perder y huyes.
Es verdad. Pero, aparte de eso, tengo que ir a ver a un cliente.
Berta, con los brazos alzados, empezó a ahuecarse el pelo. El sobaco de una mujer es una obra maestra, especialmente si la mujer es delgada y musculosa como Berta. Su axila huele, además, muy bien, cuando no lleva desodorante, claro. Un olor agridulce y que me excita a fondo. Ella lo sabe muy bien.
Voy a ver a un motociclista en Gordon’s.
¡Ah! ¿Uno con una moto?
Hay una película de Hitchcock a las once en la TV.
No me gusta la tele, detesto las películas dobladas, dijo Berta de mal humor.
Entonces quédate estudiando la apertura de Nimzovitch. Permite muy buenas celadas posicionales. Vuelvo en seguida.
Berta dijo que no me esperaría, que yo no tenía ninguna consideración con ella, ni respeto.
Cuando me detuve en la puerta de Gordon’s, aún dentro del coche, vi al de la moto. Era un muchacho bajo, fuerte, de pelo castaño oscuro. Estaba discutiendo, de manera insolente, con una chica. Ella tenía el pelo tan negro, que parecía teñido, la cara muy pálida, distinta de las mocitas bronceadas que frecuentaban el Gordon’s. Tal vez su palidez hiciera que el cabello pareciese más negro, y éste, a su vez, diera un tono más pálido al rostro, y a su vez —mientras me divertía con esta proposición, recordando al cuáquero de la lata de avena que tomaba cuando era niño —un cuáquero con una lata de avena en la mano donde había otro cuáquero con otra lata de avena en la mano, etc., ad infinitum—, la chica se sentó en la grupa de la moto y partieron velozmente por la calle del Visconde de Pirajá. No podía seguirlos, mi automóvil había quedado bloqueado. Salté, fui hasta el mostrador del Gordon’s, pedí una coca y un bocadillo. Comí lentamente. Esperé una hora. No volvieron.
Berta estaba en la cama, durmiendo, la televisión encendida.
Llamé a Cavalcante Méier.
El apóstol ése no apareció por allá, le dije. De nada servía contarle con detalle lo ocurrido.
¿Y qué va a hacer usted ahora? Hablaba en voz baja, con la boca pegada al aparato. Mis clientes hablan siempre así. Me ponen furioso.
Nada. Me voy a la cama. Mañana hablaremos. Colgué.
Besé suavemente a Berta en los labios. Se despertó.
Di que me quieres, dijo Berta.
Me levanté de la cama con ganas de beber un vaso de Faísca. A Berta no le gustaba que bebiera tan temprano, pero el vino portugués no hace daño a ninguna hora del día ni de la noche. Puse en marcha la grabadora. Había un recado de Cavalcante Méier.
Marqué el número.
¿Ha leído los periódicos?, preguntó Cavalcante Méier.
Acabo de despertarme, mentí. ¿Qué hora es?
Las doce ya. ¿Ha leído los periódicos? No, es claro que aún no los ha leído. La policía dice que hay un sospechoso.
Siempre hay un sospechoso, que suele ser inocente.
De acuerdo con su lógica, siendo inocente puedo ser el sospechoso. Otra cosa: me ha llamado ese Márcio. Dice que vendrá a mi casa esta tarde.
Estaré ahí. Puede usted presentarme como su secretario particular.
¿Cuánto tiempo llevas encharcándote de vino?, preguntó Berta entrando en el despacho.
Le expliqué que Churchill tomaba champán al levantarse, fumaba puros y ganaba guerras.
Leí los periódicos mientras me fumaba un cigarro negro de Suerdieck. Dedicaban mucho espacio a la muerte de Marly, pero no había novedades. Nadie hablaba de un sospechoso.
Llamé a Raúl.
Oye, lo de esa chica de la Barra. Cuéntame algo.
¿Qué chica? ¿La que estrangularon, la que aplastó un auto, la que murió de un tiro en la cabeza, o la que…?
La del tiro en la cabeza.
Marly Moreira, secretaria del Cordovil & Méier. Es gente mía la que lleva el caso.
Dicen que hay un sospechoso. ¿Sabes algo?
Ya me enteraré.
Cavalcante Méier vivía en Gávea Pequena. Paré el coche ante el portal y llamé al timbre. Salió de su garita un guardia particular. Llevaba pistola al cinto, pero tenía cara de no saber usarla. Abrió el portón.
¿Es usted el doctor Paulo Mendes?, preguntó.
Sí.
Puede entrar.
Tendría usted que pedirme que me identificara.
Puso cara de desconcierto y me pidió que me identificara. Esos falsos profesionales de hoy andan metidos en todas partes.
Subí por una alameda a través de un césped bien cuidado. Césped inglés, desde luego. El mayordomo abrió la puerta. Era el mismo viejo que yo había previsto, con rencor en el rostro y la joroba del lameculos. Con voz reverente me preguntó el nombre y me rogó que esperara.
Me quedé paseando de un lado al otro del hall de mármol. Una amplia escalinata llevaba al piso superior. Por ella bajó una joven acompañada de un perro dálmata. Tenía el pelo rubio, vestía unos jeans y una blusita ajustada. Yo no podía apartar los ojos de ella. Al llegar junto a mí, preguntó con voz impersonal:
¿Espera a alguien? Ojos azules.
Al doctor Cavalcante Méier.
¿Ya sabe papá que está usted aquí? Su mirada me atravesaba como si fuera yo de vidrio.
El mayordomo ha ido a anunciarme.
Sin otra palabra me dio la espalda, abrió la puerta y se fue, acompañada por el perro.
Un día, cuando era adolescente, iba andando por la calle cuando vi una mujer bonita y me enamoré de manera súbita y avasalladora. Ella pasó ante mí y continuamos caminando en dirección opuesta, yo volviendo la cara, viéndola distanciarse ágil y noble, avec sa jambe de statue, hasta que desapareció entre la multitud. Entonces, con un impulso desconsolado, me volví y me di de narices contra el poste.
Me quedé mirando la puerta por donde había salido la muchacha y pasándome la mano por la cicatriz que el tiempo no había borrado.
Por favor, ¿quiere acompañarme?, dijo el mayordomo.
Atravesamos una sala enorme en cuyo centro había una gran mesa redonda, rodeada por sillas de terciopelo. Luego otra, con sillones y grandes cuadros en las paredes.
Cavalcante Méier me esperaba en su despacho abarrotado de libros.
¿Quién es esa chica del perro? Es una rubia preciosa.
Es mi hija Eva. Se casa el veintitrés, ya se lo dije.
Cavalcante Méier iba, como la primera vez, vestido con un traje elegante. El pelo, bien peinado, con raya al lado, ni un cabello fuera de lugar. Parecía Rodolfo Valentino en La Dama de las Camelias, con Alia Nazimova.
Le pregunté si había visto la película. No, no había nacido siquiera cuando la exhibieron. Yo tampoco, pero frecuentaba las cinematecas.
¿Tiene algo que ver con usted la casa Cordovil & Méier?
Es mi empresa de exportación.
Así pues, la muchacha muerta era empleada suya… Era secretaria de mi gerente de marketing internacional.
Pasó una sombra por el rostro de Cavalcante Méier. Son pocos los actores que saben hacer pasar una sombra por su rostro. Everett Sloane lo sabía hacer, Bogart, no. Hacer muecas es otra cosa.
Sonó el teléfono. Cavalcante Méier contestó.
Déjelo pasar, dijo.
Oí el ruido de la motocicleta. El sonido se apagó por algún tiempo y volvió a oírse de nuevo. Cavalcante Méier pareció no prestar interés al ruido. Estaba dándole instrucciones al mayordomo, para que trajera inmediatamente a su presencia a aquel recién llegado.
Márcio, el de la moto, entró en la sala, en el rostro la misma arrogancia que ostentaba en el Gordon’s. Mirándole mejor, parecía una máscara mal colocada.
Usted dijo que íbamos a estar solos. ¿Quién es este tipo?
Es mi secretario.
Tenemos que hablar a solas, échelo de aquí.
Se queda, dijo Cavalcante Méier controlando su ira.
Entonces, quien se va soy yo, dijo Márcio.
Esperen, calma, no vamos a empezar con problemas, puedo esperar ahí fuera, dije.
Salí al salón. Desde la ventana vi a Eva sentada en el césped, el dálmata a su lado. El sol, filtrado entre las ramas de los árboles, doraba aún más su pelo.
Se abrió la puerta del despacho y Márcio pasó rápidamente ante mí, sin mirarme siquiera. Oí el ruido de la moto. La muchacha, en ese momento, se levantó rápidamente.
Todo resuelto, dijo Cavalcante Méier desde la puerta del despacho.
¿Cómo dice?, pregunté sin alejarme de la ventana. Eva corrió por el césped seguida por el perro y desapareció de mi campo visual.
He llegado a un acuerdo con ese muchacho. Ya no preciso de sus servicios. ¿Cuánto le debo?
¿Quién ha dicho que el lenguaje existe precisamente para ocultar el pensamiento?, pregunté apartándome de la ventana.
No lo sé, ni me interesa. ¿Cuánto le debo?
Nada.
Le volví la espalda. El mayordomo estaba en el hall. Parecía haber andado tras las puertas escuchando todas las conversaciones.
Subí al coche. Ni señal de Eva. El guarda abrió la puerta y le pregunté si el motociclista se había detenido en medio del camino antes de entrar en la casa.
Se paró junto al lago para hablar con la señorita Eva.
El guarda miraba algo por encima del capot del coche. Miré también y vi a una muchacha pálida, de cabello oscuro, parada a unos veinte metros. Era la muchacha a quien había visto a la grupa de la moto, en el Gordon’s. Al notar que yo la miraba, se alejó caminando lentamente.
¿Quién es esa chica?, pregunté.
Es sobrina del doctor, dijo el guarda. Se llamaba Lili y vivía cerca de la casa del tío.
Sonó el teléfono de la garita y el guarda fue a atenderlo. Al volver, abrió el portalón. Acerqué el coche.
¿Ha estado por aquí otras veces el tipo ese de la moto?
No sé nada, dijo el guarda volviendo la cara. Debía haber recibido instrucciones de evitar charlas conmigo.
Llegué a casa, abrí la nevera, saqué una botella de Faísca. En la mesa, una nota: podías haber utilizado la salida de Würtzberg. Te bastaba con sacrificar la dama, pero eso es algo que eres incapaz de hacer. Te quiero. Berta.
Llamé a mi socio, Wexler.
Hoy no voy al despacho.
Ya lo sé, dijo Wexler. Te vas a pasar el día jugando al ajedrez con una mujer y atizándole al vino. Y yo aquí, dando el callo, mientras tú te acuestas con mujeres.
Ando metido en un caso que me mandó el doctor Medeiros. Se lo conté todo.
Eso no va a servir para nada, dijo Wexler.
Llamé a Raúl. Había concertado una cena en el Albamar con el inspector que llevaba el caso de Marly.
¿Es de la ciudad?, grité.
Los de homicidios trabajan aquí, en la ciudad. Se llama Guedes.
Guedes era un hombre joven, precozmente calvo, flaco, con ojos de un castaño tan claro, que parecían amarillos. Pidió una coca-cola. Raúl tomaba güisqui. No había Faísca y pedí un Casa de Calçada. Prefiero los vinos maduros, pero a veces uno joven, bien fresco, no cae mal.
Marly llevaba un Rólex de oro en la muñeca, una alianza de brillantes y seis mil cruceiros en el bolso, dijo Guedes.
Eso facilita las cosas, dijo Raúl.
Las facilita, pero estamos en plena oscuridad.
Los periódicos dicen que tienen un sospechoso.
Eso es para despistar.
¿Ha aparecido ya en este lío el nombre del jefe de la chica en Cordovil & Méier, el gerente de marketing?, pregunté.
Artur Rocha. Los amarillos ojo suspicaces de Guedes examinaron mi rostro.
Leí su nombre en el periódico, dije.
El nombre no ha salido en el periódico. Los ojos de Guedes ardían sobre mí. Vi que no iba a sonsacarle nada, parecía un tira decente.
He hecho un pequeño trabajo para el presidente de la empresa, el senador Cavalcante Méier.
Yo personalmente le he tomado declaración a Artur Rocha. Afirmó que no sabía nada de la secretaria, dijo Guedes.
¿Y crees que dijo la verdad?
Ya hemos investigado su vida, de arriba abajo. La chica fue asesinada el viernes, entre ocho y nueve de la noche. A las once, Rocha estaba en Petrópolis, en casa de unos amigos. No le interesan las mujeres, parece que lo que realmente le gusta es ostentar su riqueza. Se hizo un picadero en su casa, en Petrópolis, y dicen que ni siquiera sabe montar. ¿Entiende la cosa? La gente de por allá tiene en su casa piscina y campo de tenis; pues él tiene todo eso y, además, un picadero. Y caballos, para prestárselos a los amigos.
Pues si un gerente gana para eso, imagínate el presidente, dijo Raúl.
No debe ser un asalariado, debe ser socio. Asalariados somos nosotros, quiero decir Raúl y yo, usted no.
¡Eh! No me trates de usted, llámame Mandrake, dije.
Dicen que usted es un abogado rico.
Ojalá lo fuera.
Mandrake es un genio, dijo Raúl, que se había bebido ya la mitad de la botella de güisqui. Y un tremendo hijo de puta. Se tiró a mi mujer. Hem, ¿Mandrake, te acuerdas?
Aún estoy sufriendo por aquello, dije.
Te he perdonado, dijo Raúl. Y a aquella hija de puta también.
Su mujer se lo daba a todo el mundo. Y, además, no estaban casados. En fin…
El crimen se configura en principio como un crimen pasional, dijo Guedes, poco interesado en mi charla con Raúl. Artur Rocha no tiene capacidad para enamorarse ni para matar, quiero decir en un crimen pasional. Ni por dinero o por cualquier otra cosa. Pero tengo la impresión de que está mintiendo. ¿Qué le parece?
Cuando investigo un asesinato, hasta mi madre es sospechosa, dijo Raúl.
Guedes continuaba mirándome, esperando una respuesta.
La gente mata cuando siente miedo, tergiversé. Cuando odia, cuando envidia.
Cita del Almanaque Capivarol, dijo Raúl.
Sé que miente, dijo Guedes.
Yo solo, en el coche, más tarde, dije al espejo retrovisor que todo el mundo está mintiendo.
Al día siguiente los periódicos ya no destacaban la muerte de Marly. Todo cansa, cariño, como decía el poeta inglés. Los muertos hay que renovarlos, la prensa es de una necrofilia incansable. Llamó mi atención una noticia en los Ecos de Sociedad: se aplazaba la boda de Eva Cavalcante Méier con Luis Alfredo Vieira Souto. Algunos columnistas lamentaban que se hubiera roto el compromiso. Uno de ellos exclamaba: ¿Qué harán ahora con la cantidad inmensa de regalos que el ex futuro matrimonio había recibido de todos los rincones de Brasil? Era un problema realmente serio.
Cogí el coche y me acerqué a la carretera de Gávea. Me detuve a cien metros del portalón de la casa. Metí en el toca-cintas del coche un cassette de Jorge Ben y me quedé allí, siguiendo el ritmo, con los nudillos, en el panel del coche.
Apareció primero el Mercedes. Cavalcante Méier sentado en el asiento de atrás. El chofer vestido de azul marino, camisa blanca, corbata negra, gorra negra en la cabeza. Esperé más de media hora y se abrieron las puertas y salió disparado un Fiat deportivo.
Lo seguí. El coche tomaba las curvas a una velocidad tremenda, con los neumáticos rechinando. No era fácil seguirlo. Hoy la palmo, pensé. ¿Cuál de mis mujeres iba a sufrir más? Berta quizá dejara de roerse las uñas.
El Fiat se detuvo en Leblón, a la puerta de un pequeño edificio. La muchacha saltó del auto y entró por la puerta donde se veía un cartel: Bernard-Gimnasia Femenina. Esperé dos minutos.
Sala de espera tapizada, las paredes llenas con reproducciones de bailarinas de Degas y pósters de danza. Detrás de una mesa de acero y vidrio, una recepcionista de cabello oxigenado, muy maquillada, con uniforme rosa, me dio los buenos días y me preguntó si deseaba algo.
Quería inscribir a mi esposa en el curso de gimnasia.
Miró el fichero. No puede ser, dijo.
Me rasqué la cabeza y le expliqué que no quería que mi esposa asistiera a un curso cualquiera, que podían llamarme anticuado, pero que yo era así.
La recepcionista abrió la boca en una amplia sonrisa como sólo saben hacer los que tienen todos los dientes, y dijo que aquél era el lugar que buscaba, una academia frecuentada por señoras y señoritas de clase. Dijo esto con la boca llena. Llevaba las uñas largas, pintadas de un rojo fuerte.
¿Cómo se llama su esposa?
Pérola… Ummm… Pero, vamos a ver… Bueno, ¿quién es el que les enseña, una mujer o un hombre?
Un profesor. Pero que no me preocupara, Bernard sabía mantenerse en su sitio.
Le pedí que me dejara ver un poco el aula.
Sólo un poquito, dijo la rubia levantándose. Era de mi estatura, cuerpo esbelto, senos pequeños, sólida.
¿También usted hace gimnasia?
Yo no, este cuerpo me lo dio Dios, pero podía ser obra de Bernard, hace verdaderos milagros.
Salió deslizándose ante mí hasta una puerta con espejo, que entreabrió.
Las alumnas seguían el ritmo agitado de la música transmitida a todo volumen por unas bocinas dispersas por el suelo. Con un gesto rápido inclinaron el tórax hacia delante, la cabeza abajo, metieron las manos entre las rodillas, hacia atrás, luego enderezaron el cuerpo, levantaron de nuevo los brazos y volvieron a empezar.
Eran unas quince mujeres, vestidas con mallas de distintos colores, aunque dominaba el azul, pero había también rojo, rosa y verde. En medio de la sala, con una varita en la mano, estaba Bernard, también en maillot. Debía haber sido bailarín, y desde luego se le veía orgulloso de sus firmes nalgas.
¡No doble las rodillas, Pia Azambuja! ¡Contraiga las nalgas, Ana María Melo!
¡Zas! Un varazo en el trasero de Ana María Melo.
¡Siga el ritmo, Eva Cavalcante Méier! ¡No pare, Renata Alburquerque Lins! Bernard decía los nombres de las alumnas enteros, eran apellidos importantes, de los padres, de los maridos.
La recepcionista cerró la puerta.
¿Qué? ¿Lo ha visto todo?
¿Siempre les arrea golpecitos a las alumnas?, pregunté.
Suavemente, no les hace daño, no tenga miedo. No se enfadan. Hasta les gusta. Bernard es una maravilla. Llegan las alumnas llenas de celulitis, fláccidas, con posturas equivocadas, la piel hecha una pena, y Bernard las deja con un cuerpo de miss.
Llenamos la ficha de mi mujer.
¿Pearl White?
Mi mujer es norteamericana. Pearl quiere decir Perla. No sé por qué me paso la vida haciendo chistes que nadie entiende, pero qué le vamos a hacer. Así soy.
Me quedé yendo y viniendo junto al Fiat, jugando con las blancas, controlando el centro 3R, 3D, 4AR, 4R, 4AD, 5AR, 5R, 5D, 5AD, 6R y 6D. El poder inmenso de la acción. Giuoco Piano. Siciliana. Nimzoindia.
Eva apareció con el pelo mojado, pantalones de dril, blusa de malla, los brazos al aire. Llevaba una bolsa grande.
Hola. Me coloqué ante ella.
¿Nos conocemos?, preguntó fríamente.
En casa de su padre. Me contrató como abogado.
¿Sí…?
Pero ya me despidió.
¿Sí…? Hablaba con cierta rigidez, pero no se iba.
Quería oír lo que tenía que decirle. Las mujeres son curiosas como los gatos. (Los hombres también son como los gatos. En fin.)
Alguien quería enredarlo con la muerte de Marly Moreira, la chica que apareció en la Barra con un tiro en la cabeza.
¿Sólo eso?
Un chantajista llamado Márcio dice que tiene documentos que pueden servir de base para una acusación contra su padre.
¿Y nada más?
La policía sospecha de él. Podría decirle más cosas, pero no aquí, en la calle.
Cuando vino el camarero, ella pidió agua mineral. Dios, Bernard y Régimen Feroz habían hecho el milagro. Yo pedí Faísca. Nos quedamos en silencio.
Si mi padre está en peligro, con quien realmente debía usted hablar es con él. No sé de qué le sirve hablar conmigo.
Su padre ha prescindido de mis servicios.
Alguna razón tendrá.
Le expliqué a Eva las entrevistas que había mantenido con Cavalcante Méier, mi ida al Gordon’s cuando vi a su prima Lili con el de la moto. Su rostro permanecía impenetrable.
¿Cree usted realmente que mi padre mató a esa chica? Sonrisa de desprecio.
No sé.
Mi padre tiene muchos defectos, es vanidoso y débil, y otras cosas peores, pero no es un asesino. Basta verlo para tener la seguridad de que no lo es.
Recordé los rostros de los asesinos que conocía. Ninguno de ellos tenía cara de asesino.
Pues alguien mató a la chica, y no fue un ladrón.
Ni mi padre.
Márcio, el de la moto, cuando fue a ver a su padre, se detuvo un momento en el jardín para hablar con usted.
Está equivocado. Yo no sé quién es ese hombre.
Observé con atención el rostro inocente de la chica. Sabía que ella sabía que yo sabía que ella mentía. Eva tenía una cara como pintada por Boticelli, poco brasileña en aquel día de sol, y, tal vez por eso, más atractiva para mí. No me gustan las mujeres quemadas por el sol. Es un artificio. La piel sabe su color, y el pelo, y los ojos. Usar el sol como cosmético es una estupidez.
Es usted muy hermosa, dije.
Pues usted es un tipo desagradable, feo, ridículo, dijo ella.
Eva se levantó y salió, pisando como enseñaba Bernard.
Llegué a casa, descolgué la grabadora del teléfono. Berta se había ido a su casa. Me he pasado toda la vida sin soñar o bien olvidando la mayor parte de lo que había soñado. Pero siempre recordaba dos sueños, sólo esos dos. En uno soñaba que estaba durmiendo y soñaba un sueño que olvidaba al despertarme, con la sensación de que con mi olvido se perdía una importante revelación. En el otro estaba yo en la cama con una mujer y ella acariciaba mi cuerpo y yo sentía la sensación de la mujer al tocar mi cuerpo como si mi cuerpo no fuera de carne y hueso. Yo despertaba (fuera del sueño, en la realidad) y me pasaba la mano por la piel y sentía como si estuviera cubierta de metal frío.
Desperté con el ruido del timbre de la puerta. Wexler.
¿Qué has andado haciendo? ¿Sabes a quién tienes a tus talones? Al comisario Pacheco. ¿Es que andas ahora liado con los comunistas?
Wexler me explicó que aquella mañana, muy temprano, apareció por el despacho el comisario Pacheco preguntando por mí. Pacheco era famoso en todo el país.
Quiere que vayas a la jefatura de Policía, a hablar con él.
Yo no quería ir, pero Wexler me convenció. De Pacheco nadie escapa, me dijo.
Wexler fue conmigo. Pacheco no nos hizo esperar mucho. Era un hombre gordo, de cara agradable; no aparentaba la maldad que su fama proclamaba.
Estamos investigando sus actividades, dijo Pacheco con aire soñoliento.
No sé qué hago aquí. Yo soy un corrupto, no un subversivo. Otro chiste.
Usted no es ni una cosa ni otra, dijo Pacheco con voz cansada, pero sería difícil demostrar que no es las dos cosas. Me miró como un hermano mayor mira a un mocoso metido en un lío.
Un amigo ha venido a verme y me dijo que usted anda fastidiándolo. Pare eso.
¿Puedo preguntarle quién es su amigo? Yo molesto a mucha gente.
Usted sabe perfectamente quién es. Déjelo en paz, payaso.
Bueno, entonces nos vamos, dijo Wexler. Su padre había sido muerto en el pogromo del gheto de Varsovia, en 1943, delante de él, un chiquillo de ocho años. Sabía leer en la cara de la gente.
Cuidado con ese nazi, dijo Wexler en la calle. Y, vamos a ver, ¿en qué condenado lío te has metido?
Le conté el caso de Cavalcante Méier. Wexler escupió con fuerza en el suelo —no decía groserías, pero escupía en el suelo cuando se ponía furioso— y me agarró el brazo.
Tienes que dejar el caso. Óyeme bien. Sal de eso como puedas. Estos tipos son unos nazis. Otro escupitajo.
Llamé a Berta.
Bebé, tú abres con la Ruy López y yo te gano en quince movimientos.
Mentira. Las dificultades de las negras en esta apertura son enormes cuando los dos jugadores son parejos, como ocurría en nuestro caso. Pero yo quería tener cerca de mí a alguien que me amaba.
No tienes buena cara, dijo Berta al llegar.
Mi cara es un collage de varias caras, empezó a los dieciocho años. Hasta entonces mi rostro tenía unidad y simetría, yo era uno sólo. Después me convertí en muchos.
Puse una botella de Faísca al lado del tablero.
Empezamos a jugar. Ella abrió con Ruy López, como habíamos acordado. Al llegar al decimoquinto movimiento, mi situación era difícil.
¿Qué te pasa? ¿Por qué no has usado la defensa Steinitz para dejar la columna del rey abierta a la torre? O la defensa Tchigorin, desarrollando el flanco de la dama. No puedes quedarte así, inmóvil ante la Ruy López.
Mira, Berta, Benita, Bertona, Berteta, Bertísima, Bertérrima, Bertititísima, Bertontorrona, Bebé.
Estás borracho, dijo Berta.
Efectivamente.
Pues no sigo jugando.
Quiero abrazarte, apoyar la cabeza en tu pecho, sentir el calorcito de tu entrepierna. Estoy cansado, Bebé. Y además, estoy enamorado de otra mujer.
¿Cómo? ¿Conque ahora me vienes con una de Le Bonheur?
Es una película mediocre, le dije. Berta tiró las piezas por el suelo. Era una mujer impulsiva.
¿Quién es esa mujer? Aborté, tuve un aborto tuyo, tengo derecho a saberlo.
Es la hija de un cliente.
¿Cuántos años tiene? ¿Como yo? ¿O es que ya estás bajando? ¿Dieciséis? ¿Doce?
Tu edad.
¿Es más bonita que yo?
No sé. Quizá no. Pero es una mujer que me atrae enormemente.
Ustedes, los hombres, son infantiles, débiles, fanfarrones. ¡Tonto, eres un tonto!
Te quiero, Bebé, dije pensando en Eva.
Entonces nos fuimos a la cama, yo pensando todo el tiempo en Eva. Después de hacer el amor Berta se quedó dormida boca arriba. Roncaba levemente, con la boca abierta, inerte. Cuando he bebido mucho, sólo logro dormir media hora, y me despierto con complejo de culpa. Allí estaba Berta, con la boca abierta, como un muerto soñando. ¡Qué debilidad esta de dormir! Los chiquillos lo saben. Por eso duermo poco, tengo miedo de quedarme desarmado. Berta roncaba. Qué raro, una mujer tan deliciosamente suave. Iba amaneciendo, una luz fantástica entre blanco y rojo. Aquello merecía una botella de Faísca. Acabé de beber, me bañé, me vestí, salí para el despacho. El portero preguntó: ¿Tenía hormigas en la cama, doctor?
Me senté y compuse las alegaciones finales de un cliente. Llegó Wexler y empezamos a discutir cosas sin importancia, pero que nos irritaron a los dos.
Debe de ser una buena mierda eso de ser hijo de un inmigrante portugués, me dijo Wexler.
¿Y qué te parece ser hijo de un judío muerto en un pogromo?, pregunté.
Mi padre era profesor de latín, mi madre tocaba Bach, Beethoven y Brahms al piano; pero tu padre pescaba bacalao y tu madre era costurera.
Wexler se fue a la ventana y escupió.
Bach, Beethoven, Brahms, Belsen y Buchenwald, cinco bes al piano, dije.
Puso cara dolorida, una mirada que sólo los judíos son capaces de poner.
Perdona, dije. Su madre había muerto en Buchenwald; una mujer joven, bonita en el retrato, con un rostro dulce y moreno. Perdona.
Acabó el día y decidí no ir a casa. No quería ver a Berta, oír la grabadora del teléfono, nada, a nadie, sólo pensaba en Eva. Mis amores son breves, pero fulminantes.
Un hotel ordinario en la calle Corrêa Dutra, en Flamengo. Cogí la llave y me fui a la habitación. Me tumbé mirando el techo.
Había una lámpara, un globo de luz sucio que yo encendía y apagaba. El ruido de la calle se mezcló con el silencio, en una masa viscosa, opaca y neutra. Eva, Eva. Caín mató a Abel. Siempre alguien está matando a alguien. Me pasé la noche dando vueltas en la cama.
Por la mañana, pagué la habitación y me fui a cortar el pelo y afeitarme.
La defensa Steinitz, le dije al barbero, no es tan segura como parece. La torre tiene los movimientos limitados, es una pieza fuerte, pero previsible.
Tiene usted razón, dijo el barbero cuidadosamente.
La defensa Tchigorin pone en peligro la dama, y yo nunca pongo en peligro la dama, continué. Todo es un inmenso error, el himno nacional con su letra estúpida, la bandera positivista sin el color rojo, todas las banderas deben tener el color rojo. ¿De qué vale el verde de nuestros bosques y el amarillo de nuestro oro sin la sangre de nuestras venas?
Todo es una mierda, dijo el barbero.
Mientras el barbero hablaba del costo de la vida, yo leía el periódico. Márcio Amaral, también conocido como Márcio el de la Suzuki, había aparecido muerto en su piso del barrio de Fátima, Un tiro en la cabeza. En la mano derecha, el revólver Taurus, calibre 38, con un cartucho disparado en el tambor. La policía sospechaba que pudiera tratarse de un homicidio. Márcio el de la Suzuki parecía estar complicado en el tráfico de estupefacientes en los barrios del sur de la ciudad.
Me importa un bledo, que se jodan todos, el senador canalla y su hija dedetizada, la sobrinita pálida, la secretaria muerta y sus padres parlanchines, el tío de la moto y el rayo que lo parta, estoy harto.
El barbero me miró asustado.
En mi departamento, una nota:
¿Dónde te has metido? ¿Es que estás loco? Wexler quiere hablar contigo, es algo urgente. Estoy en la tienda. Llámame. Te quiero. Muero de añoranza de ti. Berta.
Berta me gustaba aún, pero mi corazón ya no se disparaba al oír su voz y leer sus notas. Berta se iba convirtiendo en una persona perfecta para casarse uno cuando fuera ya viejo y empezaran a jorobarle los achaques.
Llamé a Berta, concertamos una cita para aquella noche. ¿Qué podía hacer yo? Llamé a Wexler.
Creí que Pacheco te había echado la mano encima, dijo Wexler. Raúl te anda buscando, dice que es importante.
Sonó el teléfono de Raúl, sonó, sonó y cuando ya iba a colgar, lo cogieron.
Estaba en la ducha. Guedes se muere de ganas de hablar contigo. Pasa por Homicidios, dijo.
Le conté lo de las amenazas de Pacheco. Raúl me dijo que anduviera con tiento.
En Homicidios, Guedes me recibió en seguida.
Yo juego limpio con usted, me dijo. Lea eso.
Letra redonda, los puntitos de las íes eran pequeños círculos: Rodolfo, no creas que puedes tratarme así, como un objeto que se usa y se tira. Estoy dispuesta a hacer las mayores locuras, a hablar con tu mujer, a armar un escándalo en la empresa, a contárselo a todo el mundo, a escribir a los periódicos; no sabes de qué soy capaz. Y ya no quiero tu apartamento. Tú no me compras a mí como haces con todo el mundo. Eres el hombre de mi vida, nunca he conocido a otro, ni quiero conocerlo. Ahora no quieres verme, como si me anduvieras esquivando, pero no es así como se acaba una relación como la nuestra. Quiero verte. Llámame en seguida. Estoy como loca. Soy capaz de todo. Marly.
¿Y bien…?, dijo Guedes.
Bien, ¿qué?
¿Se le ocurre algo?
¿Y qué se me puede ocurrir?
¿Qué la parece la carta?
¿La ha visto algún perito calígrafo?
No. Pero estoy seguro de que la letra es de Marly Moreira. ¿Sabe dónde encontraron la carta? La tenía un tal Márcio Amaral, alias Márcio el de la Suzuki. Quien mató a Márcio puso el cuarto patas arriba, posiblemente buscando la carta, pero se olvidó de buscarla en el bolsillo de la víctima. La carta estaba allí.
Trabajo de aficionado, dije.
Exactamente, de aficionado. Trató de organizar la cosa como para que pareciese un suicidio. Pero no conocía los trucos. Márcio no tenía señales de pólvora en los dedos, la trayectoria del proyectil va de arriba abajo; muchos errores. El asesino estaba de pie y la víctima sentada. Y creo que sé quién es el asesino. Un tipo importante.
Cuidado, los tipos importantes compran a todo el mundo.
No todos se venden, dijo Guedes. Podría decir que era incorruptible, pero los que realmente no se venden, como él, no lo presumen.
El senador Rodolfo Cavalcante Méier mató a Marly, continuó Guedes. Márcio, no sabemos cómo, consiguió la carta y sometió a chantaje al senador. Para ocultar el primer crimen, el senador cometió el segundo, matando a Márcio.
Tenía ante mí a un hombre decente haciendo su trabajo con dedicación e inteligencia. Me dieron ganas de contarle todo lo que sabía, pero no lo conseguí. Cavalcante Méier no era siquiera cliente mío, era un burgués rico, asqueroso y tal vez un asesino torpe, pero incluso así no conseguía denunciarlo. Mi negocio consiste en arrancar a la gente de las garras de la policía, y no puedo hacer lo contrario.
¿Entonces?, dijo Guedes.
El senador no necesitaba matar personalmente; encontraría sin duda a alguien capaz de hacerlo por él, dije.
No estamos en Alagoas, dijo Guedes.
Aquí también hay pistoleros que matan por unos pesos.
Pero en ésos no se puede confiar. La policía los agarra, los muele a palos y cantan en un santiamén. No son como esos bandidos rurales protegidos por los hacendados, dijo Guedes. Por otra parte usted está de acuerdo en que los dos delitos son cosa de aficionado. Repetí que no sabía nada de los asesinatos, que mi opinión era superficial.
Raúl dijo que usted podía ayudarnos, dijo Guedes, decepcionado, cuando me despedí.
Preparé el tablero. Puse una botella de Faísca en el cubo de hielo.
No quiero jugar al ajedrez ni beber vino, dijo Berta.
¿Pero qué te pasa, cariño?, pregunté, harto de saberlo.
Si quieres que siga contigo, tienes que acabar con esa chica.
¡Pero si no tengo nada con ella! ¿Cómo puedo acabar lo que no existe?
Te gusta. Eso existe. Quiero que deje de gustarte. Una vez me dijiste que sólo te pueden gustar las personas a quienes gustas, que sólo te gustan las que quieres que te gusten. Pues quiero gustarte yo. Yo sola. De lo contrario, adiós. Y se acabó lo de las partidas de ajedrez a la hora que te da la gana, y acabar sacando vino por las orejas. No me gusta el vino. Odio el vino, para que te enteres. Si bebo vino, es por ti. Lo odio, lo odio, lo odio.
¿Y el ajedrez?
El ajedrez me gusta, dijo Berta secándose las lágrimas. En vez de ser protagonista de su propia vida, Berta lo era de la mía.
Le prometí que iba a esforzarme en olvidar a Eva. Dejé que ganara utilizando el contragambito Blemenfeld. La verdad es que habría ganado de cualquier forma, pues yo estuve todo el tiempo pensando en quién habría hecho que la carta de Marly Moreira llegara a manos de Márcio el de la Suzuki. P4D, C3BR. Cavalcante Méier, desde luego, guardaría la carta con cuidado. C3BR, P3R. ¿Por qué no la destruyó? Quizá no la hubiera recibido, interceptada por alguien. P4B, P4B. En ese caso sería alguien de su casa, si es que la carta llegó a su casa. Podía haberse recibido en el despacho. Tenía la corazonada de que había sido en la casa. ¿El mayordomo? Me dieron ganas de reír. P5D, P4CD. ¿De qué te ríes?, dijo Berta. Ya verás dentro de un momento. P x PR, PB x P. Berta se echó a reír a su vez. Alguien en quien confiaba. O la mujer, a quien nunca había visto yo, o la hija, o la sobrina. Como decía Raúl, uno debe desconfiar hasta de su madre. P x P, P4D. ¡Mate!, dijo Berta.
Bebé, ni Alekhine jugaría tan brillantemente, dije.
Es que tú jugaste muy mal, dijo Berta.
Estaba dispuesto a olvidar a Eva, como había prometido a Berta, pero al llegar a casa de Cavalcante Méier, Eva abrió la puerta y renació mi entusiasmo. Había ido primero al despacho y me habían dicho que el senador estaba en casa, indispuesto. En la mano llevaba un periódico con noticias de la muerte de Marly Moreira. El asunto había vuelto otra vez a primera página. Los peritos habían establecido que Márcio el de la Suzuki había sido muerto por la misma arma que mató a Marly. El comisario Guedes, en una entrevista, decía que había un pez gordo metido en aquel lío y que la policía estaba dispuesta a detenerlo costara lo que costara. Se hablaba también de tráfico de estupefacientes.
Quiero hablar con tu padre.
No puede atender a nadie.
Dile que es algo importante para él. Que la policía tiene la carta. Sólo eso.
Me miró con su rostro impasible, de muñeca; la piel saludable parecía de porcelana, mejillas rosadas, labios rojos, radiantes ojos azules, una violenta lozanía en la flor de la edad. Parecía una diapositiva en colores proyectada en el aire.
No puede atender a nadie, repitió Eva.
Mira, pequeña, tu padre está metido en un lío, y yo lo que quiero es ayudarlo. Haz el favor de ir ahí dentro y le dices que la policía tiene la carta.
Cavalcante Méier me recibió en bata de terciopelo rojo, una bata corta. Llevaba el pelo cuidadosamente peinado y engomado, como si acabara de salir del cuarto de baño.
La policía tiene la carta, le dije. Saben que iba dirigida a un tal Rodolfo, y creen que ese Rodolfo es usted. Afortunadamente no han encontrado el sobre y no pueden probar nada.
Rompí el sobre, dijo él. No sé por qué no rompí también la carta. La guardé en el cajón de la mesita de noche, en mi habitación.
Un vicio de banquero, pensé, ése de guardar documentos.
Yo no he matado a Marly. Y no tengo la menor idea de quién lo ha hecho.
No sé si creerle. Yo creo que ha sido usted.
Demuéstrelo.
Parecía Jack Palance, Wilson el pistolero poniéndose los guantes negros y diciendo “demuéstrelo” a Elisha Cook, Jr., antes de sacar rápidamente el Colt y pegarle un tiro resonante en el pecho y tirarlo de bruces en el barro surcado por las huellas de las diligencias.
Hay muchos Rodolfos en el mundo. Puedo probar que no he visto a esa chica en mi vida. ¿Sabe dónde estaba yo a la hora del crimen? Cenando con el Gobernador del Estado. Él puede confirmarlo. Usted es un tipo destrozado por la envidia. Eso es. Odia a los que hemos triunfado en la vida, a los que no hemos acabado como está acabando usted, hecho un picapleitos que casa clientela a la puerta de las comisarías.
Yo no odio a nadie. Pero desprecio a los canallas como usted.
Entonces ¿qué ha venido a hacer aquí? Viene tras el dinero.
No. La verdad es que vengo tras su hija.
Cavalcante Méier levantó la mano para golpearme. Se la cogí en el aire. Su brazo no tenía fuerza. Dejé la mano de aquel fantoche, explotador áulico, sibarita, parásito.
Raúl estaba esperándome en el despacho.
Guedes fue separado del caso Marly por orden del Jefe de Policía, hoy mismo. Concedió unas entrevistas a la prensa y eso está prohibido por el reglamento. Creen que anda intentando promocionarse. Lo han trasladado a la comisaría de Bangú. Ya no puede abrir el pico.
Guedes no quería promocionarse. Estaba convencido de que el culpable era Cavalcante Méier y quería lanzar la noticia a la calle antes de que echaran tierra encima. Era un hombre con fe en la prensa, en la opinión pública, un ingenuo, pero a veces la gente así hace cosas increíbles.
¿Cómo va eso?, preguntó Wexler.
¡Ah, León, estoy enamorado!
Bueno, siempre lo estás. Berta es buena chica.
Pero es que es otra. Es la hija del senador Cavalcante Méier.
Amigo, parece que quieres tirarte a todas las mujeres del mundo, dijo Wexler recriminándome.
Es verdad.
Era verdad. Tengo un alma de sultán de las mil y una noches; cuando era niño me enamoraba y me pasaba las noches llorando de amor, por lo menos una vez al mes. Ya de adolescente, empecé a dedicar mi vida a tirarme mujeres. Las hijas de mis amigos, las mujeres de mis amigos, las conocidas y las desconocidas, lo que fuera, sólo no me cogí a mi madre.
Hay una chica en la sala de espera que quiere hablar con usted, dijo Gertrudes, la secretaria. Gertrudes estaba cada día más fea. Empezaba a quedarse calva y le salía bigote. Tuve la impresión de que me miraba bizca, con un ojo para cada lado. Una santa mujer. Pensándolo bien, ¿sería realmente así?
Eva en la sala de espera. Nos quedamos leyendo cada uno en la mirada del otro.
¿Juegas ajedrez?, le pregunté.
No. Bridge.
¿Me enseñas?, pregunté.
Sí.
Me estaba controlando para no salir volando por el despacho como un abejorro loco.
No fue mi padre. Sé quién fue.
Te amo, le dije. Te amo desde el primer momento en que te vi.
Sus ojos parecían un soplete.
También yo quedé muy perturbada aquel día.
Wexler, al entrar, nos encontró cogidos de las manos.
Acaba de llegar Raúl. Le dije que estabas ocupado. ¿Quieres hablar con él?
Debe de ser algo relacionado con el caso Marly. Hablaré con él. Espérame aquí, dije a Eva.
Estaba en la puerta cuando Eva dijo, salva a mi padre.
Volví.
Para eso tienes que ayudarme.
¿Cómo?
Empieza dejando de mentirme.
No mentiré más.
¿Qué es lo que hablaste con Márcio el de la Suzuki en tu casa? ¿De qué lo conocías?
Márcio le proporcionaba cocaína a mi prima Lili, pero hace seis meses más o menos que ella dejó el vicio. Aquel día le pregunté a Márcio si Lili había vuelto a tomar, y me dijo que no. Yo tenía miedo de que hubiera ido para llevarle droga.
¿De dónde sacaba Lili el dinero para comprar el polvo?
Papá le da a Lili todo lo que pide. Es hija de un hermano suyo, que murió cuando Lili era muy niña. Su madre no quiso saber nada de la hija, se casó de nuevo y Lili se vino a vivir con nosotros cuando tenía ocho años.
¿Y por qué dices que sabes que tu padre no mató a Marly ni a Márcio?
Mi padre no sería capaz de matar a nadie.
Entonces es sólo un presentimiento, una simple presunción.
Sí, dijo desviando sus ojos de los míos.
Raúl estaba de pie, en el despacho de Wexler, yendo y viniendo de un lado para otro. Guedes dice que va a presentar una denuncia contra el senador, por asesinato, y que no le importa lo que pueda ocurrir.
Guedes está loco, dije. Tenemos que evitar que haga esa tontería.
Raúl y yo salimos en busca de Guedes. Eva se fue a su casa. Le prometí que luego le telefonearía.
Guedes estaba en el Instituto Oswaldo Éboli hablando con un perito amigo. Preparaba la documentación que iba a entregar a los periódicos.
No fue Cavalcante Méier, le dije.
Hace dos días usted no sabía nada del caso, y ahora me viene con eso.
Le conté una parte de lo que sabía.
Y si no fue Cavalcante Méier, ¿quién fue entonces?
No lo sé. Tal vez un traficante de drogas.
Desmenucé la vida de Marly Moreira, no hay la menor posibilidad de que esté complicada en un asunto de tráfico de estupefacientes. Y los dos fueron muertos por la misma persona. Su teoría no se sostiene.
Intenté defender mi punto de vista. Mencioné la coartada de Cavalcante Méier. Al fin y al cabo, no podía dejar de lado el testimonio del gobernador.
Todos son unos corruptos. Ya verá cómo el gobernador aparece como socio de Cavalcante Méier en cuanto deje el cargo.
Guedes, cuidado, que se va a dar un batacazo.
Me da igual. ¿Qué puedo perder? ¿La carrera? Estoy harto ya de ser policía.
Acusar a un inocente es calumnia, un delito.
Cavalcante Méier no es inocente. Tengo pruebas. Los ojos de Guedes rutilaban de rectitud, de sentido de justicia, de honradez y probidad. ¿Sabía que el senador Cavalcante Méier tiene licencia para un revólver Taurus 38, el mismo calibre de los proyectiles que causaron la muerte de Marly y de Márcio?
Hay mucha gente que tiene un 38 en casa. ¿Cuándo va a ser esa entrevista?, pregunté.
Mañana, a las diez.
Llegué a la casa de la Gávea cuando empezaba a caer la noche.
¿Qué pasa? ¿Qué cara es ésa?, preguntó Eva.
¿Dónde está tu padre?
En su cuarto. No se encuentra bien.
Tengo que hablar con él. Es importante.
Quedé sorprendido al ver a Cavalcante Méier. Iba desgreñado, sin afeitar, con los ojos enrojecidos, como si hubiera estado bebiendo mucho o llorando. La mirada de Jannings, haciendo de profesor Rath, en El Ángel Azul, luchando por no sentir vergüenza, sorprendido ante la incomprensión del mundo. Junto a Cavalcante Méier estaba Lili con el rostro más pálido que nunca, la piel parecía pintada con cal. Llevaba un bolso en la mano. El vestido negro acentuaba su hermoso aire fantasmagórico.
Fui yo, sí, dijo Cavalcante Méier.
¡Papá!, exclamó Eva.
Algo sonaba falso en la voz de Cavalcante Méier. He visto muchas películas y conozco a los peces gordos.
Fui yo, he dicho que fui yo. Dígale a su amigo el policía que puede detenerme. ¡Y váyase de mi casa!
Se acercó a mí como si fuera agredirme. Eva lo sujetó.
Vete, por favor, vete, suplicó Eva.
Lili me acompañó al salir. Se detuvo junto a mi coche.
¿Puedo acompañarlo?
Sí.
Lili se sentó a mi lado. Avancé lentamente por las alamedas oscuras del jardín de la casa y llegamos a la carretera.
Miente, dije. Debe ser para proteger a alguien. Tal vez a Eva.
Lili empezó a temblar, pero no salía sonido alguno de su garganta. Al pasar junto a un farol vi que su rostro estaba mojado de lágrimas.
No fue él; ni tampoco Eva, dijo Lili, en voz tan baja, que yo apenas entendía las palabras.
Así pues, era verdad. Lo sabía ya, pero ¿qué más da? ¿Hay realmente culpables e inocentes?
Te escucho, dije. Puedes empezar.
Hace dos años me di cuenta de que amaba a tío Rodolfo, pero no como a un tío o a un padre, que era lo que había sido para mí hasta entonces, sino como amante.
Me quedé callado. Sé cuando una persona empieza a abrir su alma hasta el fondo.
Hace seis meses que somos amantes. Él lo es todo para mí, y yo para él.
¿Y por eso mataste a Marly?
Sí.
¿Lo sabía él?
No. Se lo he contado hoy. Quiso protegerme. Me quiere tanto como yo a él.
En la penumbra del automóvil, su rostro parecía una efigie fluorescente iluminada por una luz negra.
Puedo contarle cómo ocurrió.
Pues cuenta.
Mi tío me dijo que tenía problemas con una chica de una de sus empresas, con la que había tenido un lío. Lo amenazaba con un escándalo, con contárselo todo a mi tía. Mi tía es una mujer enfermiza. La quiero como si fuera mi madre.
No la he visto nunca. Las familias ricas tienen secretos inviolables, rostros secretos, complicidades sombrías.
No sale de su cuarto. Tiene siempre una enfermera a su cabecera. Puede morir en cualquier momento.
Sigue.
Mi tío recibió la carta, creo que fue un lunes. Todas las noches, hacia las once, yo iba a su habitación, y volvía a la mía temprano, antes de que los criados empezaran a dar vueltas por la casa.
¿Lo sabía Eva?
Sí.
Continúa, dije.
Tío Rodolfo me mostró la carta de esa Marly, y luego la dejó en la mesilla de noche. Al día siguiente cogí la carta, localicé a aquella mujer y le telefoneé. Le dije quién era yo, y que tenía un recado de tío Rodolfo. Fijamos una cita. Elegí un lugar desierto, donde a veces voy a bañarme. Llegó muy segura de sí, agresiva. Me dijo que advirtiera a mi tío que no iba a abandonarla así como así. Cuando muera la vieja, dijo, ese cerdo va a tener que casarse conmigo. Yo llevaba en el bolso el revólver de tío Rodolfo. Disparé un solo tiro. Cayó de bruces, gimiendo. Salí de allí a la carrera, cogí el coche y fui a buscar a Márcio, a pedirle que me vendiera un poco de polvo. Me quedé aspirando cocaína en su casa. Era la primera vez en más de seis meses. Estaba desesperada. Me quedé dormida y Márcio debió registrarme el bolso mientras yo dormía. Encontró la carta. Cuando tío Rodolfo me dijo que usted iba a ver a Márcio en el Gordon’s, yo me adelanté para evitar que lo encontrara. Le dije que tío Rodolfo había mandado a un policía a detenerlo.
No le sigas llamando tío, por favor.
Siempre lo he llamado así, no voy a cambiar ahora. Márcio se puso furioso y al día siguiente fue a casa de tío Rodolfo. Usted lo vio todo. Esta parte ya la conoce.
Todo no.
Encontré a Márcio en el jardín, cuando salí. Me dijo que tío Rodolfo había pagado, pero que no le iba a devolver la carta. Fijamos una cita para comprarle cocaína. Estaba dispuesta a acabar con él. Márcio estaba sentado en un sillón, viendo la tele, lleno ya de polvo y güisqui. Me acerqué y disparé a la cabeza. No sentí nada, sólo asco, como si fuera una cucaracha.
Y no hallaste la carta. Estaba en el bolsillo de Márcio.
Busqué por todas partes. Ni se me ocurrió mirar en los bolsillos. Me daba asco tocarlo, dijo Lili.
¿Y el dinero?
Estaba en un maletín. Me lo llevé a casa. Está en el armario de mi habitación.
Detuve el coche. Lili sujetaba el bolso con fuerza, le temblaban las manos.
Dame eso, dije.
¡No!, respondió apretando más el bolso contra su pecho.
Le arranqué el bolso de las manos. Dentro estaba el Taurus, cañón dos pulgadas, culata de nácar. Los ojos de Lili eran un abismo sin fondo.
Déjeme el revólver, pidió.
Moví la cabeza negativamente.
Entonces, lléveme otra vez junto a tío Rodolfo.
Tengo que encontrar a Guedes. Coge un taxi. Y busca inmediatamente un buen abogado.
Todo está perdido, ¿no?
Desgraciadamente. Para todos nosotros, respondí.
La metí en un taxi. Salí en busca de Guedes. Pensé en Eva. Adiós, mi amor, un largo adiós. El gran sueño. No había nadie en mi cuerpo, mis manos en el volante parecían ser de otra persona.

martes, 19 de enero de 2016

Descrédito.

Descrédito.

Aquello era el fin. Subienkow había recorrido un largo ca­mino de amargura y horror. Regresaba como una de esas palo­mas mensajeras que vuelven a las capitales europeas, de donde las arrancaron, y ahora, ya en las remotas regiones de Alaska, terminaba el viaje. Estaba sentado en la nieve, con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Contemplaba con cu­riosidad a un corpulento cosaco que, postrado ante él, gemía de dolor. Los hombres ya habían terminado su trabajo con el gigan­te y lo entregaron a las mujeres. Los gritos del cosaco demostra­ban que ellas aventajaban en crueldad a sus compañeros.
Subienkow, que seguía observando la escena, se estremeció. No tenía miedo a morir. Después de conservar su vida a lo largo del fatigoso camino que iba de Varsovia a Nulato, no podía tem­blar ante la simple idea de la muerte. Pero la tortura le desagra­daba. Hería su alma, no tanto por el dolor físico que tendría que soportar, como por el lamentable espectáculo que daría a conse­cuencia de este dolor. Sabía que se desharía en súplicas y gemi­dos, como Iván el Grande y los demás que le habían precedido. Esto sería lamentable. Habría deseado morir como un valiente, con gallardía, con una sonrisa y una chanza en los labios. Perder el dominio de sí mismo, sentir que enloquecía al no poder so­portar los dolores de la carne, gritar y farfullar como un mono, convertirse en una bestia… Esto era sencillamente horrible.
No había tenido la menor probabilidad de escapar. Desde el primer día en que empezó a acariciar el ardiente sueño de la independencia polaca, fue como un muñeco en manos del des­tino. Desde sus comienzos en Varsovia, y luego en San Peters­burgo, y en las minas de Siberia, y en Kamchatka, y en los des­vencijados barcos de los ladrones de pieles, el destino lo había arrastrado hacia este final. Sin duda, su fin estaba grabado en el mismo corazón del mundo…, el fin que le reservaba la suerte a él, un hombre tan fino y sensible, con los nervios a flor de piel; un soñador, un poeta, un artista… En vez de realizar sus sueños, el vibrante haz de sensibilidad que constituía su cuerpo había de vivir, porque tal era su sino, en un ambiente crudo, salvaje y vociferante, para acabar muriendo en aquella lejana tierra cre­puscular, en aquel lugar sombrío situado más allá de las últimas fronteras del mundo.
Suspiró. Aquella piltrafa que yacía ante él era Iván el Gran­de, el gigantesco Iván, el hombre desprovisto de nervios y duro como el acero, el cosaco filibustero, tan flemático como un buey y dotado de un sistema nervioso tan tosco, que aquello que para un hombre ordinario era dolor para él resultaba un simple cos­quilleo. Pero aquellos endemoniados indios de Nulato se habían propuesto encontrar los nervios de Iván y seguirlos hasta las raíces de su alma temblorosa, y a fe que lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre pudiese sufrir hasta tal punto y seguir viviendo. Iván estaba pagando la rudeza de sus nervios, pues tardaba el doble que los demás en morirse.
Subienkow se dijo que no podría seguir soportando mucho tiempo los sufrimientos del cosaco. ¿Por qué no se moriría de una vez? Se volvería loco si aquellos gemidos no cesaban. Pero cuando Iván callase, le tocaría a él. Allí estaba Yakaga esperán­dole, sonriéndole anticipadamente; Yakaga, a quien él había echa­do a puntapiés del fuerte la semana anterior, después de cruzarle el rostro con uno de aquellos látigos especiales para perros. Yakaga se encargaría de él. Sin duda, Yakaga le reservaba tor­turas más refinadas todavía, que destrozarían aún más sus nervios. ¡Ah! El tormento debía de haber llegado a su paroxismo, a juz­gar por los alaridos que profería Iván. Las squaws que se habían inclinado sobre él dieron un paso atrás, riendo y palmo­teando. Subienkow vio la monstruosidad que habían cometido, y empezó a reír histéricamente. Los indios le miraron, sorprendi­dos de que se riese. Pero la hilaridad de Subienkow era incon­tenible.
Comprendió que no debía reírse y procuró dominarse. Sus espasmódicas contracciones nerviosas se fueron amortiguando. Se esforzó en pensar en otras cosas y empezó a pasar las páginas del libro de su vida. Se acordó de sus padres, del caballito moteado, y del ayo francés que le enseñó a bailar y que un día le dio a hurtadillas un viejo y usado libro de Voltaire. Vio de nuevo París, el melancólico Londres, la alegre Viena, Roma… Y volvió a ver a aquel grupo alocado de jóvenes que compartieron su sueño de una Polonia independiente con un rey polaco en el trono de Varsovia. Entonces fue cuando empezó el largo camino. Él era el que había durado más. Uno a uno, empezando por los dos que fueron ejecutados en San Petersburgo, fue contando los hombres de alma indómita que habían ido desapareciendo. Uno murió a consecuencia de la tremenda paliza que le propinó un carcelero, y otro cayó para no levantarse más al margen del ca­mino ensangrentado del destierro, por el que marcharon durante meses interminables, entre golpes y malos tratos de los cosacos que los custodiaban. Siempre le rodeó el salvajismo, la brutalidad. Después murieron otros de fiebre, en las minas, o bajo los golpes del knut. Los dos últimos cayeron después de huir, luchando con los cosacos, y solamente él consiguió llegar a Kamchatka con la documentación y el dinero robados a un viajero que quedó tras él, tendido en la nieve.
Por doquier le rodeó la crueldad. Durante todos aquellos años, en contraste con sus ilusiones, que se cifraban en los estu­dios, los teatros y las cortes, sólo vio brutalidad en torno a él. Tuvo que comprar su derecho a la vida con sangre. Matar o mo­rir. Hubo de matar a aquel viajero para obtener su pasaporte. Demostró ser un hombre de pies a cabeza al batirse en duelo en un solo día con dos oficiales rusos. Tuvo que demostrar lo que era capaz de hacer, para conseguir un lugar entre los ladrones de pieles. Costase lo que costase, tenía que conseguir sus fines. A sus espaldas se extendía la milenaria ruta que atravesaba la Siberia y Rusia. No podía escapar por allí. Para seguir adelante tenía que cruzar el tenebroso y helado mar de Behring rumbo a Alaska. Este camino le sumió progresivamente en una atmósfera de bru­talidad. En aquel barco de ladrones de pieles, los hombres, con­sumidos por el escorbuto, sin víveres ni agua, zarandeados por las interminables borrascas de aquel mar proceloso, se convirtie­ron en bestias. Tres veces zarpó de Kamchatka hacia el Este y tres veces, después de toda suerte de penalidades y sufrimientos, los supervivientes se vieron obligados a regresar a Kamchatka. No había otra ruta de escape y él no podía volver sobre sus pa­sos, so pena de encontrarse de nuevo con las minas y el knut. Nuevamente, por cuarta y última vez, zarpó hacia el Este. Fue con los descubridores de las fabulosas islas de las Focas, pero no regresó con ellos para participar de la riqueza que supo­nían aquellas pieles y que aquellos aventureros gastaron en locas orgías en Kamchatka. Había jurado no regresar jamás. Sabía que para alcanzar algún día las soñadas capitales de Europa, tenía que ir siempre adelante. Cambió, pues, de barco y se quedó en las nuevas tierras tenebrosas. Sus compañeros eran cazadores es­lavos y aventureros rusos, mongoles, tártaros y aborígenes de Siberia; y abrieron un rastro de sangre entre los salvajes del nuevo mundo. Pasaron a cuchillo aldeas enteras que se negaban a ofrecerles el exigido tributo de pieles; y ellos, a su vez, cayeron a docenas bajo las balas de los navegantes. Él y un finlandés fueron los únicos supervivientes de uno de los grupos. Pasaron un in­vierno de soledad y hambre en un islote perdido de las Aleutia­nas y, por verdadero milagro, fueron rescatados en primavera por otro barco peletero.
Pero siempre les rodeó aquella terrible atmósfera de bes­tialidad. Pasando de barco en barco y negándose siempre a regre­sar, se enroló finalmente en una nave de exploración que iba rum­bo al Sur. Bajaron costeando Alaska, sin encontrar más que hor­das salvajes. Cada vez que fondeaban entre los innumerables is­lotes o bajo los sombríos acantilados de tierra firme, tenían que librar un combate o capear un temporal. Cuando no los amena­zaba la borrasca con la destrucción, aparecían canoas de combate tripuladas por vociferantes indígenas de caras pintarrajeadas con los colores de guerra, y que acababan por inclinarse ante las san­grientas virtudes de la pólvora de los aventureros del mar. Si­guieron navegando hacia el Sur, rumbo a la fabulosa California, donde se rumoreaba que había gran número de aventureros espa­ñoles que se habían abierto paso combatiendo desde Méjico. Al oír hablar de estos aventureros se sintió esperanzado. Si se unía a ellos, lo demás sería fácil. Un año o dos más de vagabundeo, poco importaba. El caso era que conseguiría llegar a Méjico y desde allí embarcar para Europa. Pero no encontraron españoles: solamente aquella muralla inexpugnable de bestialidad. Los ha­bitantes de los últimos confines del mundo, cubiertos con sus pinturas de guerra, los expulsaron de la costa. Por último, en vista de que una lancha fue copada y todos sus tripulantes pere­cieron, el capitán abandonó la busca y volvió a poner rumbo al Norte.
Pasaron los años. Sirvió a las órdenes de Tebenkoff cuando se fundó el reducto de Michaelovski. Permaneció dos años en la región de Kuskokwim, y dos veranos consecutivos, en pleno mes de junio, consiguió llegar hasta la entrada del estuario de Kotze­bue. En esta época del año las tribus celebraban allí su mercado. Los productos de intercambio más corrientes eran las pieles de ciervo moteado de Siberia, el marfil de las islas Diomedes, las pieles de morsa de las costas del Ártico y unas extrañas lámparas de piedra que pasaban de tribu en tribu en sucesivos cambios y cuya procedencia nadie conocía. Una vez, Subienkow encontró allí incluso un cuchillo de caza hecho en Inglaterra. Además, el polaco sabía que aquélla era la escuela ideal para aprender geo­grafía, pues podía hablar con esquimales del estuario del Nor­ton, de la isla del Rey, de la isla de San Lorenzo, del cabo Prín­cipe de Gales y de Punta Barrow. Estos lugares tenían allí otros nombres y las distancias se medían por días.
Aquellos mercaderes salvajes procedían de una región inmen­sa, y sus lámparas de piedra y aquel cuchillo de acero tenían un origen todavía más lejano y habían llegado allí pasando de una mano a otra. Subienkow amenazó, aduló y sobornó. Hizo com­parecer ante él a todos los que venían de lejos y a miembros de tribus desconocidas. Le hablaron de peligros increíbles, de bes­tias salvajes, de tribus hostiles, de selvas impenetrables y de imponentes cordilleras. Pero siempre llegaba de más allá el ru­mor y la leyenda de los hombres blancos, de ojos azules y cabello rubio, que luchaban como demonios y se mostraban insaciables de pieles. Vivían muy lejos, hacia levante. Nadie les había visto. Sólo su fama se había transmitido de boca en boca.
Fue un aprendizaje muy duro. Era difícil estudiar geografía a través de extraños dialectos, de mentes oscuras en las que la realidad se mezclaba con la fábula y que medían las distancias por «sueños», que variaban según las dificultades de la marcha. Pero un día llegó a oídos de Subienkow un rumor que levantó su ánimo. Hacia levante corría un gran río, a cuyas orillas se hallaban aquellos hombres de ojos azules. El río se llamaba ­kon. Al sur del reducto de Michaelovski desembocaba otro gran río que los rusos conocían por el nombre de Kwikpak. Se afir­maba que ambos ríos eran el mismo.
Subienkow regresó a Michaelovski. Durante un año no cesó de proponer que se organizase una expedición para remontar el Kwikpak. Entonces surgió Malakoff, el mestizo ruso, para eri­girse en jefe de la pandilla más feroz y patibularia que había en­gendrado el infierno. La integraban los peores aventureros pro­cedentes de Kamchatka. Malakoff eligió como lugarteniente a Subienkow. Subieron por el laberinto del gran delta del Kwilpak, pasaron junto al pie de los montes bajos de la orilla septentrional y avanzaron casi un millar de kilómetros con sus canoas de piel cargadas hasta la borda de artículos de cambio y municiones, lu­chando con la corriente de cinco nudos de un río que tenía de tres a quince kilómetros de ancho, siguiendo un canal de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow opinaba que debían continuar, pero no tardó en aceptar la idea de establecerse en Nulato. El largo invierno se aproximaba. Era preferible esperar. En los comienzos del ve­rano siguiente, después del deshielo, Subienkow remontaría el Kwilpak y se abriría paso hasta los puestos avanzados de la «Compañía de la Bahía de Hudson». Malakoff no conocía el ru­mor de que el Kwilpak y el eran el mismo río y Subienkow prefirió dejarlo en la ignorancia.
Iniciaron la construcción del fuerte. Para ello utilizaron mano de obra esclava. Los muros de troncos alineados se alzaron entre los suspiros y los gemidos de los indios de Nulato. Las huellas de los latigazos cruzaban sus espaldas y era la mano de hierro de los merodeadores de la mar la que empuñaba el látigo. Algunos indios lograron evadirse, pero los capturaron y los condujeron al fuerte, donde los tendieron de bruces para que ellos y su tribu conocieran la eficacia del knut. Dos murieron a consecuencia de los azotes; otros quedaron lisiados para toda su vida, y, apren­dida la lección por los demás, no se produjeron nuevas evasio­nes. La nieve empezó a caer antes de que el fuerte estuviese ter­minado, y entonces llegó el tiempo de las pieles. Impusieron un gravoso tributo a la tribu. Los golpes y los latigazos continuaron y, para asegurar el pago de los tributos, las mujeres y los niños fueron retenidos como rehenes y tratados con la brutalidad de que sólo son capaces los ladrones de pieles.
Aquello fue una siembra de sangre, y después llegó la cose­cha. El fuerte había sido arrasado. Al lívido resplandor del in­cendio, la mitad de los ladrones de pieles fueron pasados a cuchi­llo, y la otra mitad sometidos a tortura. Sblo quedaban Subienkow e Iván el Grande…, si aquella piltrafa que gimoteaba y temblaba en la nieve podía ser el Iván que él conocía. Subienkow vio que Yakaga le miraba sonriendo perversamente. Nada podía salvarle. La señal del látigo todavía cruzaba el rostro del indio. En verdad, Subienkow no tenía derecho a quejarse, pero no podía soportar la idea de lo que iba a hacerle Yakaga. Pensó en apelar a Maka­muk, el jefe de la tribu; pero su razón le dijo que sería inútil. Luego tuvo la idea de romper sus ligaduras y morir luchando, final que sería más rápido; pero no le era posible romper las correas de caribú , fuertes como el hierro, con que estaba atado. Siguió devanándose los sesos y, de pronto, se le ocurrió una idea. Llamó por señas a Makamuk y también por señas le pidió que llamara a un intérprete que supiese el dialecto de la costa.
-Escúchame, Makamuk -le dijo por medio del intérpre­te -. Yo no debo morir. Soy un gran hombre, y sería un error que me matasen. No, no debo morir. Yo no soy como esta ca­rroña.
Miró a la gemebunda piltrafa que quedaba de Iván el Grande y lo empujó desdeñosamente con la punta del pie.
– Soy demasiado sabio para morir. Has de saber que tengo el secreto de una gran medicina. Nadie más que yo la conoce. Si vivo, podrás disponer de ella.
– ¿Qué medicina es ésa? – preguntó Makamuk.
– La fórmula es muy complicada.
Al decir esto, Subienkow dio muestras de luchar consigo mismo, como si no quisiera desprenderse de su secreto.
-Óyeme. Si te frotas con esta medicina, tu piel será tan dura como la roca y como el hierro, de modo que ni el arma más afilada la podrá cortar. El golpe más fuerte asestado con un hacha se estrella contra el poder de esta medicina. Ante ella, un cuchillo de hueso no produce más efecto que si fuera de barro. Y mella el filo de los cuchillos de hierro que nosotros os hemos dado. ¿Qué me concederás a cambio del secreto de esta me­dicina?
– Te concederé la vida – respondió Makamuk por medio del intérprete.
Subienkow rió desdeñosamente.
– Y serás un esclavo en mi casa hasta que mueras – añadió Makamuk.
La risa del polaco se hizo aún más desdeñosa.
-Di que me desaten las manos y los pies y hablaremos – dijo.
El jefe dio la orden con un gesto, y Subienkow, cuando tuvo las manos libres, hizo un pitillo y lo encendió.
– Estás mintiendo – dijo Makamuk -. Tu medicina no existe. No puede existir. El filo de un hacha es más fuerte que todas las medicinas.
A pesar de su incredulidad, el jefe vacilaba. Había visto entre los ladrones de pieles demasiadas cosas diabólicas que habían dado resultado. No desconfiaba del todo; no podía.
– Te concederé la vida y no serás esclavo – declaró.
– Necesito más.
Subienkow continuaba su juego con la misma frialdad que si estuviese regateando para comprar una piel de zorro.
– Es una medicina extraordinaria. Me ha salvado la vida muchas veces. Quiero un trineo, y perros, y seis de tus cazado­res. Éstos deben acompañarme río abajo y protegerme hasta un «sueño» del reducto Michaelovski.
-Te quedarás a vivir aquí para enseñarnos todas tus artes diabólicas.
Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio. Lanzó una bocanada de humo al aire helado y contempló con un gesto de curiosidad lo que quedaba del corpulento cosaco.
– ¿Y esa cicatriz? – preguntó Makamuk de pronto, seña­lando al cuello del polaco, donde una lívida señal recordaba una cuchillada recibida durante una pelea en Kamchatka -. Tu me­dicina no es buena. El filo de ese cuchillo fue mejor que tu medicina.
Subienkow reflexionó un momento y dijo:
-El hombre que me asestó la cuchillada era muy fuerte, más fuerte que tú, más fuerte que el más forzudo de tus caza­dores, más fuerte que este gigante.
Con la punta de su mocasín tocó de nuevo el cuerpo del co­saco, que, tendido sin conocimiento en la nieve, tenía un aspecto horrible. Sin embargo, la vida se resistía a abandonar aquel cuer­po martirizado y se aferraba a él, también destrozada y torturada.
– Además, la medicina era débil, pues allí no había bayas de cierta clase. En cambio, aquí hay muchas, y la medicina ten­drá gran fuerza y eficacia.
– Te dejaré ir río abajo – dijo Makumuk – y te daré lo que me pides: el trineo, los perros y los seis cazadores.
– Te ha costado mucho decidirte – respondió el polaco fríamente -. Has cometido una ofensa contra mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Por eso ahora quiero más. Quiero cien pieles de castor.
Makamuk soltó una risita burlona.
– Quiero cien libras de pescado seco.
Makamuk asintió, porque el pescado era allí abundante y barato.
-Quiero dos trineos: uno para mí y otro para las pieles y el pescado. Además, tenéis que devolverme el rifle. Si no aceptas, subiré aún más el precio.
Yakaga susurró algo al oído del jefe.
– Pero ¿cómo sabré que tu medicina tiene las virtudes que dices? – preguntó Makamuk.
-Nada más fácil. Iré al bosque ahora mismo y…
Yakaga volvió a susurrar algo a Makamuk, el cual hizo un gesto de desconfianza.
– Puedes enviar veinte cazadores conmigo – prosiguió Su­bienkow -. Tengo que recoger las bayas y las raíces para hacer la medicina. Después, cuando estén aquí los dos trineos y hayas cargado en ellos el pescado, las pieles de castor y el rifle; cuando hayas escogido los seis cazadores que han de acompañarme… y, en fin, todo esté a punto, yo me frotaré el cuello con la medicina, así, y lo pondré sobre ese tronco. Entonces tu cazador más for­zudo puede empuñar el hacha y dar tres hachazos en mi cuello. Si quieres, tú mismo puedes manejar el hacha.
Makamuk se quedó boquiabierto al oír aquel último prodigio de los ladrones de pieles.
– Pero te advierto – se apresuró a añadir el polaco – que entre golpe y golpe tendré que aplicarme de nuevo la medicina. El hacha es muy pesada, estará bien afilada, y no quiero cometer ningún error.
– Tendrás todo cuanto has pedido – exclamó Makamuk, de­cidido de pronto a aceptar todas las condiciones -. Prepara tu medicina.
Subienkow trató de ocultar su júbilo. Su juego era desespe­rado y no podía cometer el menor fallo.
– Te has mostrado muy remiso – dijo con arrogancia -. Mi medicina está ofendida. Para apaciguarla, tienes que darme a tu hija.
Señaló a la muchacha, una criatura repugnante, con un ojo cubierto por una catarata y agudos dientes de lobo. Makamuk se encolerizó, pero el polaco, imperturbable, encendió otro ci­garrillo.
– Contesta pronto – le dijo en son de amenaza -. Si no te das prisa, aún te pediré más.
En el silencio que siguió, el lúgubre escenario ártico se des­vaneció ante los ojos del polaco, y éste vio de nuevo su país natal, y Francia, y, al mirar casualmente a la muchacha de colmillos de lobo, evocó la imagen de otra joven, cantante y bailarina, a la que conoció en París.
– ¿Qué quieres hacer con la muchacha? – preguntó Ma­kamuk.
– Que me acompañe río abajo. – Subienkow la examinó con ojo crítico -. Será una buena esposa y emparentarme contigo será para mí un honor que bien merece mi medicina.
Recordó de nuevo a la bailarina francesa y tarareó una can­ción que ella le había enseñado. Veía su antigua vida de una ma­nera impersonal. Evocaba imágenes y recuerdos como si pasara las páginas de una vida ajena. La voz del jefe rompió de súbito el silencio, y le sobresaltó.
– Sea – dijo Makamuk -. Mi hija se irá río abajo contigo. Pero los tres hachazos te los daré yo.
– Y yo tendré que ponerme tres veces la medicina, como ya te he dicho – respondió Subienkow, haciendo ver que sentía una mal disimulada inquietud.
– Te podrás poner la medicina antes de cada golpe. Ahí es­tán los cazadores que te vigilarán para que no huyas. Ve al bos­que a buscar lo que necesitas.
Makamuk quedó convencido del valor de la medicina, por la rapacidad que demostraba el polaco. Solamente la mejor de las medicinas podía hacer que un hombre en el umbral de la muerte regatease como una vieja.
-Además -susurró Yakaga tan pronto como el polaco y su escolta desaparecieron entre los abetos -, cuando sepas cómo se hace esa medicina, podrás aniquilarlo fácilmente.
– No, no podré – arguyó Makamuk -. Su medicina lo pro­tegerá.
– Podrás matarlo por alguna parte de su cuerpo donde no se haya aplicado la medicina – replicó Yakaga -. Por sus ore­jas, por ejemplo. Sí, lo atravesaremos de parte a parte con una lanza por las orejas. O por los ojos. Seguramente, la medicina es tan fuerte, que no se podrá frotar con ella los ojos.
El jefe asintió.
– Eres un hombre sabio, Yakaga. Si no posee otras artes diabólicas, lo aniquilaremos.
Una vez en el bosque, Subienkow no perdió el tiempo. Para reunir los ingredientes de su medicina, eligió lo primero que le vino a mano: agujas de abeto, un trozo de corteza interior de un sauce, una tira de corteza de abedul y una buena cantidad de bayas, que hizo extraer a los cazadores de debajo de la nieve. Completó su fórmula con algunas raíces heladas y emprendió el camino de regreso al campamento.
Makamuk y Yakaga, en cuclillas a su lado, observaban las cantidades y las clases de ingredientes que echaba en un reci­piente lleno de agua hirviendo.
– Hay que tener mucho cuidado en echar primero las bayas – les explicó -. Pero falta una cosa, ahora me acuerdo: el dedo de un hombre. Ven, Yakaga; deja que te corte un dedo.
Yakaga se llevó las dos manos a la espalda y torció el gesto.
– Aunque sólo sea el meñique – le dijo Subienkow.
– Yakaga, dale un dedo – ordenó Makamuk.
– Hay por ahí dedos mejores – gruño el indio, indicando los cadáveres mutilados de los veinte infelices que habían sido torturados hasta la muerte y que yacían en la nieve.
-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.
– ¿El dedo de un hombre vivo? Ahora mismo lo tendrás.
Yakaga se acercó al cosaco y le cortó un dedo.
– Todavía no está muerto – dijo, tirando el sangriento des­pojo en la nieve, a los pies del polaco -. Además, este dedo es muy bueno, porque es grande.
Subienkow lo echó al fuego que ardía bajo el recipiente y empezó a cantar. Era una cancioncilla amorosa francesa, y la can­taba con gran solemnidad mientras revolvía el brebaje. Luego explicó:
– Sin esta canción, la medicina no produciría efecto. Su efi­cacia se debe principalmente a las palabras de este canto… Bue­no, ya está lista.
– Dime esas palabras despacio para que yo las aprenda – or­denó Makamuk.
– Primero debemos hacer la prueba. Cuando me hayas dado los tres hachazos en el cuello, te revelaré el secreto de las pala­bras mágicas.
-Pero ¿y si la medicina no es buena? -preguntó Maka­muk con ansiedad.
Subienkow le miró, colérico.
– Mi medicina siempre es buena. Pero si no lo fuese, pue­des hacerme lo mismo que has hecho a los demás: cortarme a menudos trozos… Como a éste – y señaló al cosaco -. La me­dicina ya está fría. Ahora me froto el cuello con ella, diciendo otras palabras mágicas.
Con toda gravedad y lentamente entonó una estrofa de la Marsellesa, mientras frotaba su cuello con el nauseabundo bre­baje.
Un grito interrumpió esta farsa. El gigantesco cosaco, con la última chispa de su tremenda vitalidad, se había puesto de rodi­llas. Entre los nulatos se oyeron risas, gritos de sorpresa y aplau­sos cuando Iván el Grande empezó a arrastrarse por la nieve, sa­cudido por terribles espasmos.
Subienkow sintió náuseas ante aquel espectáculo, pero do­minó su repugnancia y fingió encolerizarse.
– Necesito silencio – dijo -. Acabad con él y entonces ha­remos la prueba. Yakaga, encárgate de poner fin a este escándalo.
Mientras Yakaga cumplía la orden, Subienkow se volvió a Makamuk.
– Recuerda que tienes que dar los hachazos con fuerza. Esto no es un juego de niños. Ven, da un hachazo al tronco: quiero ver si puedes manejar el hacha como un hombre.
Makamuk obedeció, dando dos hachazos extraordinariamente precisos y vigorosos, que arrancaron una gran astilla del tronco.
– Está bien. – Subienkow paseó su mirada por el círculo de rostros salvajes que parecía simbolizar el muro de brutalidad que le había rodeado desde que la policía zarista lo detuvo en Var­sovia -. Empuña el hacha, Makamuk, y ponte ahí. Ahora yo me tenderé. Cuando levante la mano, golpea con toda tu fuerza. Y no permitas que haya nadie detrás de ti. La medicina es superior, y el hacha podría rebotar en mi cuello y escaparse de tus manos.
Miró los dos trineos cargados de pescado y pieles, y ya con los perros enganchados. Sobre las pieles de castor se veía su rifle. Las seis cazadores que tenían que escoltarle estaban de pie junto a los trineos.
– ¿Dónde está la muchacha? – preguntó el polaco -. Traed­la. Debe estar junto a nuestro trineo antes de que empiece la prueba.
Hecho esto, Subienkow se tendió en la nieve y apoyó la cabeza en el tronco como un niño cansado que se echa a dormir. Ciertamente, los años terribles que había vivido le habían fa­tigado.
– Me río de ti y de tu destreza, Makamuk – dijo -. Ma­neja el hacha con toda tu fuerza.
Y levantó la mano. Makamuk hizo girar sobre su cabeza la pesada y potente arma de desbastar troncos. La brillante hoja de acero centelleó en el aire glacial, se detuvo un instante sobre la cabeza de Makamuk y luego se abatió sobre el cuello desnudo de Subienkow. El hacha cortó de un tajo la carne y el hueso y se clavó profundamente en el tronco. Los salvajes, sorprendidos, vieron cómo la cabeza saltaba a un metro del tronco, mientras del cuello brotaba a chorros la sangre.
Reinó un gran desconcierto y un gran silencio. Poco a poco, todos fueron comprendiendo que nunca había existido tal medi­cina. El ladrón de pieles había demostrado ser más listo que ellos. Entre todos los prisioneros, él había sido el único que se había librado de la tortura. Había jugado y había ganado. Reso­naron estrepitosas carcajadas. Makamuk bajó la cabeza, avergon­zado. El ladrón de pieles se había burlado de él, y él había que­dado en ridículo ante todo su pueblo. Todos continuaban lan­zando estentóreas carcajadas.
Makamuk dio media vuelta y se alejó con la cabeza baja. Sa­bía que a partir de entonces ya no le llamarían Makamuk, sino el Burlado. El recuerdo de su vergüenza le acompañaría hasta la tumba. Cada vez que las tribus se reuniesen, en primavera para la pesca del salmón, o en verano para comerciar, la historia pa­saría de boca en boca, junto a las hogueras de los campamentos. Todos repetirían que el ladrón de pieles consiguió morir sin su­frimiento, de un solo golpe del hacha manejada por el Burlado.
– ¿Y quién es el Burlado? – le pareció oír que preguntaba con insolencia un jovenzuelo.
– El Burlado – le respondían – se llamaba Makamuk cuan­do aún no había cortado la cabeza al ladrón de pieles.

lunes, 18 de enero de 2016

Cartas de amor traicionado.

Cartas de amor traicionado.

La madre de Analía Torres murió de una fiebre delirante cuando ella nació y su padre no soportó la tristeza y dos semanas más tarde se dio un tiro de pistola en el pecho. Agonizó varios días con el nombre de su mujer en los labios. Su hermano Eugenio administró las tierras de la familia y dispuso del destino de la pequeña huérfana según su criterio. Hasta los seis años Analía creció aferrada a las faldas de un ama india en los cuartos de servicio de la casa de su tutor y después, apenas tuvo edad para ir a la escuela, la mandaron a la capital, interna en el Colegio de las Hermanas del Sagrado Corazón, donde pasó los doce años siguientes. Era buena alumna y amaba la disciplina, la austeridad del edificio de piedra, la capilla con su corte de santos y su aroma de cera y de lirios, los corredores desnudos, los patios sombríos. Lo que menos la atraía era el bullicio de las pupilas y el acre olor de las salas de clases. Cada vez que lograba burlar la vigilancia de las monjas, se escondía en el desván, entre estatuas decapitadas y muebles rotos, para contarse cuentos a sí misma. En esos momentos robados se sumergía en el silencio con la sensación de abandonarse a un pecado.
Cada seis meses recibía una breve nota de su tío Eugenio recomendándole que se portara bien y honrara la memoria de sus padres, quíenes habían sido dos buenos cristianos en vida y estarían orgullosos de que su única hija dedicara su existencia a los más altos preceptos de la virtud, es decir, entrara de novicia al convento. Pero Analía le hizo saber desde la primera insinuación que no estaba dispuesta a ello y mantuvo su postura con firmeza simplemente para contradecirlo, porque en el fondo le gustaba la vida religiosa. Escondida tras el hábito, en la soledad última de la renuncia a cualquier placer, tal vez podría encontrar paz perdurable, pensaba; sin embargo su instinto le advertía contra los consejos de su tutor. Sospechaba que sus acciones estaban motivadas por la codicia de las tierras, más que por la lealtad familiar. Nada proveniente de él le parecía digno de confianza, en algún resquicio se encontraba la trampa.
Cuando analía cumplió dieciséis años, su tío fue a visitarla al colegio por primera vez. La Madre Superiora llamó a la muchacha a su oficina y tuvo que presentarlos, porque ambos habían cambiado mucho desde la época del ama india en los patios traseros y no se reconocieron.
–Veo que las Hermanitas han cuidado bien de ti, Analía –comentó el tío revolviendo su taza de chocolate–. Te ves sana y hasta bonita. En mi última carta te notifiqué que a partir de la fecha de este cumpleaños recibirás una suma mensual para tus gastos, tal como lo estipuló en su testamento mi hermano, que en paz descanse.
–¿Cuánto? –Cien pesos. –¿Es todo lo que dejaron mis padres? –No, claro que no. Ya sabes que la hacienda te pertenece, pero la agricultura no es tarea para una mujer, sobre todo en estos tiempos de huelgas y revoluciones. Por el momento te haré llegar una mensualidad que aumentaré cada año, hasta tu mayoría de edad. Luego veremos.
–¿Veremos qué, tío? –Veremos lo que más te conviene. –¿Cuáles son mis alternativas? –Siempre necesitarás a un hombre que administre el campo, niña. Yo lo he hecho todos estos años y no ha sido tarea fácil, pero es mi obligación, se lo prometí a mi hermano en su última hora y estoy dispuesto a seguir haciéndolo por ti.
–No deberá hacerlo por mucho tiempo más, tío. Cuando me case me haré cargo de mis tierras.
–¿Cuando se case, dijo la chiquilla? Dígame, Madre, ¿es que tiene algún pretendiente? – ¡Cómo se le ocurre, señor Torres! Cuidamos mucho a las niñas. Es sólo una manera de hablar. ¡Qué cosas dice esta muchacha! Analía Torres se puso de pie, se estiró los pliegues del uniforme, hizo una breve reverencia más bien burlona y salió. La Madre Superiora le sirvió más chocolate al caballero, comentando que la única explicación para ese comportamiento descortés era el escaso contacto que la joven había tenido con sus familiares.
–Ella es la única alumna que nunca sale de vacaciones y a quien jamás le han mandado un regalo de Navidad –dijo la monja en tono seco.
–Yo no soy hombre de mímos, pero le aseguro que estimo mucho a mi sobrina y he cuidado sus intereses como un padre. Pero tiene usted razón, Analía necesita más cariño, las mujeres son sentimentales.
Antes de treinta días el tío se presentó de nuevo en el colegio, pero en esta oportunidad no pidió ver a su sobrina, se limitó a notificarle a la Madre Superiora que su propio hijo deseaba mantener correspondencia con Analía y a rogarle que le hiciera llegar las cartas a ver si la camaradería con su primo reforzaba los lazos de la familia.
Las cartas comenzaron a llegar regularmente. Sencillo papel blanco y tinta negra, una escritura de trazos grandes y precisos. Algunas hablaban de la vida en el campo, de las estaciones y los animales, otras de poetas ya muertos y de los pensamientos que escribieron. A veces el sobre incluía un libro o un dibujo hecho con los mismos trazos firmes de la caligrafía. Analía se propuso no leerlas, fiel a la idea de que cualquier cosa relacionada con su tío escondía algún peligro, pero en el aburrimiento del colegio las cartas representaban su única posibilidad de volar. Se escondía en el desván, no ya a inventar cuentos improbables, sino a releer con avidez las notas enviadas por su primo hasta conocer de memoria la inclinación de las letras y la textura del papel. Al principio no las contestaba, pero al poco tiempo no pudo dejar de hacerlo. El contenido de las cartas se fue haciendo cada vez más útil para burlar la censura de la Madre Superiora, que abría toda la correspondencia. Creció la intimidad entre los dos y pronto lograron ponerse de acuerdo en un código secreto con el cual empezaron a hablar de amor.
Analía Torres no recordaba haber visto jamás a ese primo que se firmaba Luis, porque cuando ella vivía en casa de su tío el muchacho estaba interno en un colegio en la capital. Estaba segura de que debía ser un hombre feo, tal vez enfermo contrahecho, porque le parecía imposible que a una sensibilidad tan profunda y una inteligencia tan precisa se sumara un aspecto atrayente. Trataba de dibujar en su mente una imagen del primo: rechoncho corno su padre con la cara picada de viruelas, cojo y medio calvo; pero mientras más defectos le agregaba más se inclinaba a amarlo. El brillo del espíritu era lo único importante, lo único que resistiría el paso del tiempo sin deteriorarse e iría creciendo con los años, la belleza de esos héroes utópicos de los cuentos no tenía valor alguno y hasta podía convertirse en motivo de frivolidad, concluía la muchacha, aunque no podía evitar una sombra de inquietud en su razonamiento. Se preguntaba cuánta deformidad sería capaz de tolerar.
La correspondencia entre Analía y Luis Torres duró dos años, al cabo de los cuales la muchacha tenía una caja de sombrero llena de sobres y el alma definitivamente entregada. Si cruzó por su mente la idea de que aquella relación podría ser un plan de su tío para que los bienes que ella había heredado de su padre pasaran a manos de Luis, la descartó de inmedíato, avergonzada de su propia mezquindad. El día en que cumplió dieciocho años la Madre Superiora la llamó al refectorio porque había una visita esperándola. Analía Torres adivinó quién era y estuvo a punto de correr a esconderse en el desván de los santos olvidados, aterrada ante la eventualidad de enfrentar por fin al hombre que había imaginado por tanto tiempo. Cuando entró en la sala y estuvo frente a él necesitó varios minutos para vencer la desilusión.
Luis Torres no era el enano retorcido que ella había construido en sueños y había aprendido a amar. Era un hombre bien plantado, con un rostro simpático de rasgos regulares, la boca todavía infantil, una barba oscura y bien cuidada, ojos claros de pestañas largas, pero vacíos de expresión. Se parecía un poco a los santos de la capilla, demasiado bonito y un poco bobalicón. Analía se repuso del impacto y decidió que si había aceptado en su corazón a un jorobado, con mayor razón podía querer a este joven elegante que la besaba en una mejilla dejándole un rastro de lavanda en la nariz.
Desde el primer día de casada Analía detestó a Luis Torres. Cuando la aplastó entre las sábanas bordadas de una cama demasiado blanda, supo que se había enamorado de un fantasma y que nunca podría trasladar esa pasión imaginaria a la realidad de su matrimonio. Combatió sus sentimientos con determinación, primero descartándolos como un vicio y luego, cuando fue imposible seguir ignorándolos, tratando de llegar al fondo de su propia alma para arrancárselos de raíz. Luis era gentil y hasta divertido a veces, no la molestaba con exígencias desproporcionadas ni trató de modificar su tendencia a la soledad y al silencio. Ella misma admitía que con un poco de buena voluntad de su parte podía encontrar en esa relación cierta felicidad, al menos tanta como hubiera obtenido tras un hábito de monja. No tenía motivos precisos para esa extraña repulsión por el hombre que había amado por dos años sin conocer. Tampoco lograba poner en palabras sus emociones, pero si hubiera podido hacerlo no habría tenido a nadie con quien comentarlo. Se sentía burlada al no poder conciliar la imagen del pretendiente epistolar con la de ese marido de carne y hueso. Luis nunca mencionaba las cartas y cuando ella tocaba el tema, él le cerraba la boca con un beso rápido y alguna observación ligera sobre ese romanticismo tan poco adecuado a la vida matrimonial, en la cual la confianza, el respeto, los intereses comunes y el futuro de la familia importaban mucho más que una correspondencia de adolescentes. No había entre los dos verdadera intimidad. Durante el día cada uno se desempeñaba en sus quehaceres y por las noches se encontraban entre las almohadas de plumas, donde Analía –acostumbrada a su camastro del colegio– creía sofocarse. A veces se abrazaban de prisa, ella inmóvil y tensa, él con la actitud de quien cumple una exigencia del cuerpo porque no puede evitarlo. Luis se dormía de inmediato, ella se quedaba con los ojos abiertos en la oscuridad y una protesta atravesada en la garganta. Analía intentó diversos medios para vencer el rechazo que él le inspiraba, desde el recurso de fijar en la memoria cada detalle de su marido con el propósito de amarlo por pura determinación, hasta el de vaciar la mente de todo pensamiento y trasladarse a una dimensión donde él no pudiera alcanzarla. Rezaba para que fuera sólo una repugnancia transitoria, pero pasaron los meses y en vez del alivio esperado creció la animosidad hasta convertirse en odio. Una noche se sorprendió soñando con un hombre horrible que la acariciaba con los dedos manchados de tinta negra.
Los esposos Torres vivían en la propiedad adquirida por el padre de Analía cuando ésa era todavía una región medio salvaje, tierra de soldados y bandidos. Ahora se encontraba junto a la carretera y a poca distancia de un pueblo próspero, donde cada año se celebraban ferias agrícolas y ganaderas. Legalmente Luis era el administrador del fundo, pero en realidad era el tío Eugenio quien cumplía esa función, porque a Luis le aburrían los asuntos del campo. Después del almuerzo, cuando padre e hijo se instalaban en la biblioteca a beber coñac y jugar dominó, Analía oía a su tío decidir sobre las inversiones, los animales, las siembras y las cosechas. En las raras ocasiones en que ella se atrevía a intervenir para dar una opinión, los dos hombres la escuchaban con aparente atención, asegurándole que tendrían en cuenta sus sugerencias, pero luego actuaban a su amaño. A veces Analía salía a galopar por los potreros hasta los límites de la montaña deseando haber sido hombre.
El nacimiento de un hijo no mejoró en nada los sentímientos de Analía por su marido. Durante los meses de la gestación se acentuó su carácter retraído, pero Luis no se impacientó, atribuyéndolo a su estado. De todos modos, él tenía otros asuntos en los cuales pensar. Después de dar a luz, ella se instaló en otra habitación, amueblada solamente con una cama angosta y dura. Cuando el hijo cumplió un año y todavía la madre cerraba con llave la puerta de su aposento y evitaba toda ocasión de estar a solas con él, Luis decidió que ya era tiempo de exigir un trato más considerado y le advirtió a su mujer que más le valía cambiar de actitud, antes que rompiera la puerta a tiros. Ella nunca lo había visto tan violento. Obedeció sin comentarios. En los siete años siguientes la tensión entre ambos aumentó de tal manera que terminaron por convertirse en enemigos solapados, pero eran personas de buenos modales y delante de los demás se trataban con una exagerada cortesía. Sólo el niño sospechaba el tamaño de la hostilidad entre sus padres y despertaba a medianoche llorando, con la cama mojada. Analía se cubrió con una coraza de silencio y poco a poco pareció irse secando por dentro. Luis, en cambio, se volvió más expansivo y frívolo, se abandonó a sus múltiples apetitos, bebía demasiado y solía perderse por varios días en inconfesables travesuras. Después, cuando dejó de disimular sus actos de disipación, Analía encontró buenos pretextos para alejarse aún más de él. Luis perdió todo interés en las faenas del campo y su mujer lo reemplazó, contenta de esa nueva posición. Los domingos el tío Eugenio se quedaba en el comedor discutiendo las decisiones con ella, mientras Luis se hundía en una larga siesta, de la cual resucitaba al anochecer, empapado de sudor y con el estómago revuelto, pero siempre dispuesto a irse otra vez de jarana con sus amigos.
Analía le enseñó a su hijo los rudimentos de la escritura y la aritmética y trató de iniciarlo en el gusto por los libros. Cuando el niño cumplió siete años Luis decidió que ya era tiempo de darle una educación más formal, lejos de los mimos de la madre, y quiso mandarlo a un colegio en la capital, a ver si se hacía hombre de prisa, pero Analía se le puso por delante con tal ferocidad, que tuvo que aceptar una solución menos drástica. Se lo llevó a la escuela del pueblo, donde permanecía interno de lunes a viernes, pero los sábados por la mañana iba el coche a buscarlo para que volviera a casa hasta el domingo. La primera semana Analía observó a su hijo llena de ansiedad, buscando motivos para retenerlo a su lado, pero no pudo encontrarlos. La criatura parecía contenta, hablaba de su maestro y de sus compañeros con genuino entusiasmo, como si hubiera nacido entre ellos. Dejó de orinarse en la cama. Tres meses después llegó con su boleta de notas y una breve carta del profesor felicitándolo por su buen rendimiento. Analía la leyó temblando y sonrió por primera vez en mucho tiempo. Abrazó a su hijo conmovida, interrogándolo sobre cada detalle, cómo eran los dormítorios, qué le daban de comer, si hacía frío por las noches, cuántos amigos tenía, cómo era su maestro. Pareció mucho más tranquila y no volvió a hablar de sacarlo de la escuela. En los meses siguientes el muchacho trajo siempre buenas calificaciones, que Analía coleccionaba como tesoros y retribuía con frascos de mermelada y canastos de frutas para toda la clase. Trataba de no pensar en que esa solución apenas alcanzaba para la educación primaria, que dentro de pocos años sería inevitable mandar al niño a un colegio en la ciudad y ella sólo podría verlo durante las vacaciones.
En una noche de pelotera en el pueblo Luis Torres, que había bebido demasiado, se dispuso a hacer piruetas en un caballo ajeno para demostrar su habilidad de jinete ante un grupo de compinches de taberna. El animal lo lanzó al suelo y de una patada le reventó los testículos. Nueve días después Torres muríó aullando de dolor en una clínica de la capital, donde lo llevaron en la esperanza de salvarlo de la infección. A su lado estaba su mujer, llorando de culpa por el amor que nunca pudo darle y de alivio porque ya no tendría que seguir rezando para que se muriera. Antes de volver al campo con el cuerpo en un féretro para enterrarlo en su propia tierra, Analía se compró un vestido blanco y lo metió al fondo de su.maleta. Al pueblo llegó de luto, con la cara cubierta por un velo de viuda para que nadie le viera la expresión de los ojos, y del mismo modo se presentó en el funeral, de la mano de su hijo, también con traje negro. Al término de la ceremonia el tío Eugenio, que se mantenía muy saludable a pesar de sus setenta años bien gastados, le propuso a su nuera que le cediera las tierras y se fuera a vivir de sus rentas a la ciudad, donde el niño terminaría su educación y ella podría olvidar las penas del pasado.
–Porque no se me escapa, Analía, que mi pobre Luis y tú nunca fueron felices –dijo.
–Tiene razón, tío. Luis me engañó desde el principio. –Pos Dios, hija, él siempre fue muy discreto y respetuoso contigo. Luis fue un buen marido. Todos los hombres tienen pequeñas aventuras, pero eso no tiene la menor importancia.
–No me refiero a eso, sino a un engaño irremediable. –No quiero saber de qué se trata. En todo caso, pienso que en la capital el niño y tú estarán mucho mejor. Nada les faltará. Yo me haré cargo de la propiedad, estoy viejo pero no acabado y todavía puedo voltear un toro.
–Me quedaré aquí. Mi hijo se quedará también, porque tiene que ayudarme en el campo. En los últimos años he trabajado más en los potreros que en la casa. La única diferencia será que ahora tomaré mis decisiones sin consultar con nadie. Por fin esta tierra es sólo mía. Adiós, tío Eugenio.
En las primeras semanas Analía organizó su nueva vida. Empezó por quemar las sábanas que había compartido con su marido y trasladar su cama angosta a la habitación principal; enseguida estudió a fondo los libros de administración de la propiedad, y apenas tuvo una idea precisa de sus bienes buscó un capataz que ejecutara sus órdenes sin hacer preguntas. Cuando sintió que tenía todas las riendas bajo control buscó su vestido blanco en la maleta, lo planchó con esmero, se lo puso y así ataviada se fue en su coche a la escuela del pueblo, llevando bajo el brazo una vieja caja de sombreros.
Analía Torres esperó en el patio que la campana de las cinco anunciara el fin de la última clase de la tarde y el tropel de los niños saliera al recreo. Entre ellos venía su hijo en alegre carrera, quien al verla se detuvo en seco, porque era la prímera vez que su madre aparecía en el colegio.
–Muéstrame tu aula, quiero conocer a tu maestro –dijo ella.
En la puerta Analía le indicó al muchacho que se fuera, porque ése era un asunto privado, y entró sola. Era una sala grande y de techos altos, con mapas y dibujos de biología en las paredes. Había el mismo olor a encierro y a sudor de niños que había marcado su propia infancia, pero en esta oportunidad no le molestó, por el contrario, lo aspiró con gusto. Los pupitres se veían desordenados por el día de uso, había algunos papeles en el suelo y tinteros abiertos. Alcanzó a ver una columna de números en la pizarra. Al fondo, en un escritorio sobre una plataforma, se encontraba el maestro. El hombre levantó la cara sorprendido y no se puso de pie, porque sus muletas estaban en un rincón, demasiado lejos para alcanzarlas sin arrastrar la silla. Analía cruzó el pasillo entre dos hileras de pupitres y se detuvo frente a él.
–Soy la madre de Torres –dijo porque no se le ocurrió algo mejor.
–Buenas tardes, señora. Aprovecho para agradecerle los dulces y las frutas que nos ha enviado.
–Dejemos eso, no vine para cortesías. Vine a pedirle cuen– tas –dijo Analía colocando la caja de sombreros sobre la mesa. –¿Qué es esto? Ella abrió la caja y sacó las cartas de amor que había guardado todo ese tiempo. Por un largo instante él paseó la vista sobre aquel cerro de sobres.
–Usted me debe once años de mi vida –dijo Analía. –¿Cómo supo que yo las escribí? –balbuceó él cuando logró sacar la voz que se le había atascado en alguna parte.
–El mismo día de mi matrimonio descubrí que mi marido no podía haberlas escrito y cuando mi hijo trajo a la casa sus primeras notas, reconocí la caligrafía. Y ahora que lo estoy mirando no me cabe ni la menor duda, porque yo a usted lo he visto en sueños desde que tengo dieciséis años. ¿Por qué lo hizo? –Luis Torres era mi amigo y cuando me pidió que le escribiera una carta para su prima no me pareció que hubiera nada de malo. Así fue con la segunda y la tercera; después, cuando usted me contestó ‘ya no pude retroceder. Esos dos años fueron los mejores dé mi vida, los únicos en que he esperado al– go. Esperaba el correo.
–Ajá. –¿Puede perdonarme? –De usted depende –dijo Analía pasándole las muletas. El maestro se colocó la chaqueta y se levantó. Los dos salieron al bullicio del patio, donde todavía no se había puesto el sol.