jueves, 11 de febrero de 2016

Una navidad.

Una navidad.

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: «Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve.»
¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleáns, ya que Nueva Orleáns es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaje de más de setecientos kilómetros, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
Era Nueva Orleáns.
Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me cortó la respiración; reía y lloraba; un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
—¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?
Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
—¿Dónde está?
—¿La casa? No muy lejos.
—No, la casa no. La nieve.
—¿Qué nieve?
—Creía que habría un montón de nieve.
Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
—Nunca ha nevado en Nueva Orleáns. Al menos que yo sepa. Pero escucha: ¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.
No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cow-boy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran pocas las casas que tenían radio o refrigerador.
Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita de color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.
Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de que presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano.
Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleáns dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleáns! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, sólo pensarlo me da acidez. No, señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.
Mi pobre padre no tenía ni idea de cuan desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.
Me decía:
—Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleáns?
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.
Dijo mi padre:
—¿Es que a mí no me quieres?
Dije yo:
—Sí.
Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido fantástico! Ya podía ver a mis primos allí abajo mientras yo volaba por entre las nubes. ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no sabía qué me había parecido tan divertido.
Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.
Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama tenían muchas exactamente iguales. ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.
Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
—¡Vaya! —dijo—. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.
Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
—Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
—¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!
Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados, algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.
No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos, aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles.
Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
—¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. ¡Pues por sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.
Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… Moon, moon over Miami… This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?… Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare…
Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleáns aquella Nochebuena.
Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaba reunida en el salón, donde un pálido fuego en la chimenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros muchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acordes de un gramófono. Tras haber sido presentado a los invitados y agasajado por todos, me enviaron arriba; pero, desde la terraza, detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor, como mínimo diez años mayor que mi padre, quien, en aquella época, tenía treinta y cinco.
De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, era más joven que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado. Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre.
Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.
Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilla. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿sabía Sook la verdad y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era, aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.
Estuve observando hasta que mi padre terminó su tarea y apagó las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos.
Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.
Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: «Para Buddy». Todas, excepto una que rezaba: «Para Evangeline». Evangeline era una negra ya mayor que bebía Coca-Cola todo el día y que pesaba ciento cincuenta kilos; era el ama de llaves de mi padre —también lo había criado ella—. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerséis y tonterías por el estilo. Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. Bang. Bang. Bang.
Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par.
Bang. Bang. Bang.
—Buddy, ¿qué diablos crees que estas haciendo?
Bang. Bang. Bang.
—¡Para eso de una vez!
Me reí.
—Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
Más calmado, entró en el salón y me abrazó.
—¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?
Le sonreí. El me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
—Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia; podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeó y dijo:
—Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?
Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuan caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, mientras mi padre rellenaba un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme, insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.
Pero todavía no me había librado de Nueva Orleáns. El problema ahora era una gran petaca de Moonshine; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
—No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos a ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel.
Me apretaba las muñecas con tanta fuerza que me hacía daño.
—A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
(Él nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: tomó la vía del Seconal hace treinta años.)
—Dame un beso. Por favor. Por favor. Dame un beso. Dile a tu papá que le quieres.
Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
—Dilo: «Te quiero». Dilo. Por favor. Buddy. Dilo.
Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.
Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.
Doce horas más tarde estaba en casa, en la cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
—Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegaras a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.
Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue hallada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: «Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy.»

miércoles, 10 de febrero de 2016

El final.

El final.

Me vistieron y me dieron dinero. Yo sabía para qué iba a servir el dinero, iba a servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado debería procurarme más, si quería continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran usados debería ocuparme de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quería continuar. Lo mismo la chaqueta y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo que yo podría continuar en mangas de camisa, si quería. Las prendas—zapatos, calcetines, pantalón, camisa, chaqueta y sombrero—no eran nuevas, pero el muerto debía ser poco más o menos de mi talla. Es decir que él debió ser un poco menos alto que yo, un poco menos grueso, porque las prendas no me venían tan bien al principio como al final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no podía cerrarme el cuello, ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un imperdible, entre las piernas, como mi madre me había enseñado. Debió endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo más. Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero y devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme mi abrigo. Respondieron que lo habían quemado, con mis demás prendas. Comprendí entonces que acabaría pronto, bueno, bastante pronto. Intenté a continuación cambiar el sombrero por una gorra, o un fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito. Pero yo no podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi cráneo. El sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego se acostumbró. Me dieron una corbata, después de largas discusiones. Me parecía bonita, pero no me gustaba. Cuando llegó por fin estaba demasiado fatigado para devolverla. Pero acabó por serme útil. Era azul, como con estrillas. Yo no me sentía bien, pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca estaría mejor que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la cama e hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular. Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita. Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron que me sentara en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido. Me indignaba el hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no así de pie, en el frío, en estas ropas que olían a azufre. Dije, Me podían, haber dejado en mi cama hasta el último momento.
Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron las piezas. Una de las mujeres les siguió y volvió con una silla que colocó ante mí. Había hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles hasta qué punto estaba indignado por no haberme dejado en mi cama mandé la silla a hacer puñetas de una patada. Un hombre entró y me hizo una seña para que le siguiera. En el vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije, un salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido usted. ¿Qué dinero? Dije. Fue entonces cuando recibí el dinero. Pensar que había estado a punto de marcharme sin un céntimo en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada con otras cantidades, pero a mí me parecía grande. Veía los objetos familiares, compañeros de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, íntimo como el que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama. Por un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no ser yo mismo más que un viejo pedazo de madera. Había incluso un agujero para mi quiste. Después en el cristal el sitio en donde se había raspado el esmalte y por donde en las horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco mucho, dije, ¿hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo y sin recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondió él. No hay medio de que me admitan todavía un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de verdad estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento continuó, Si le creyeran a usted realmente dispuesto a ser útil, le admitirían, estoy seguro. Cuántas veces había dicho que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil me sentía! Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme todavía un poco. Somos una institución de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse más, si quiere continuar. No vuelva nunca aquí pase lo que pase, porque ya no le admitiríamos. Nuestras sucursales le rechazarían igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos, vamos, dijo, además no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije. No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito, dije, hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia no cesará en todo el día. Puede usted esperar en el claustro hasta las seis, ya oirá la campana. Si le preguntan no tiene más que decir que tiene usted permiso para guarecerse en el claustro. ¿Qué nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.
No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol apareció. Estaba bajo y deduje que serían cerca de las seis, teniendo en cuenta la época del año. Me quedé allí mirando bajo la bóveda el sol que se ponía tras el claustro. Apareció un hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea? eso dijo. Muy amable. Respondí que tenía permiso del señor Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se fue, pero volvió en seguida. Debió hablar con el señor Weir en el intervalo, porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.
Ahora avanzaba a través del jardín. Había esa luz extraña que cierra una jornada de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y las últimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes. Un niño, tendiendo las manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul, preguntó a su madre cómo era eso posible. Vete a la mierda, dijo ella. Me acordé de pronto que había olvidado pedir al señor Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé, durante nuestra conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos primero lo que nos estamos diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía perfectamente que no me readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino, pero temía que uno de los guardianes me detuviera diciéndome que nunca volvería a ver al señor Weir. Lo que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos casos.
En la calle me encontraba perdido. Hacía mucho tiempo que no había puesto los pies en esta parte de la ciudad y la encontré muy cambiada. Edificios enteros habían desaparecido, las empalizadas habían cambiado de sitio y por todas partes veía en grandes letras nombres de comerciantes que no había visto en ninguna parte y que incluso me hubiera costado pronunciar. Había calles que no recordaba haber visto en su actual emplazamiento, entre las que recordaba varias habían desaparecido y por último otras habían cambiado completamente de nombre. La impresión general era la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal la ciudad. Era quizás una ciudad completamente distinta. No sabía dónde se suponía que debía ir lógicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran. Estaba siempre dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia que tan buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo más posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía, a primera vista, más o menos tal y como lo había dejado. Pero mirando con más atención hubiera descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto general del río, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no había cambiado. El río en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba aún en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado. Se encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell a los caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo que me quedé allí varios caballos sacaron provecho del regalo. Oía los hierros y el clic clac del arnés. Después el silencio. Era el caballo quien me miraba. Después el ruido de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber. Después otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Después otra vez los guijarros. Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado de beber o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los caballos no estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví y vi el caballo que me miraba. El carretero también me miraba. La señora Maxwell se hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, después de un crepúsculo muy largo, me quité el sombrero que me hacía daño. Deseaba estar otra vez encerrado, en un sitio hermético, vacío y caliente, con luz artificial una lámpara de petróleo a ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendría alguien de vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba nada. Hacía mucho tiempo que no había tenido verdaderas ganas de algo y el efecto sobre mí fue horrible.
En los días siguientes visité varios inmuebles, sin mucho éxito. Normalmente me cerraban la puerta en las narices, incluso cuando enseñaba mi dinero, diciendo que pagaría una semana por adelantado, o incluso dos. Ya podía yo exhibir mis mejores maneras, sonreír y hablar con toda precisión, no había acabado aún con mis cumplidos cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta época una forma de descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni insolencia. Hacía deslizar ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía un momento colocado de tal forma que no se podía ver mi cráneo, después con el mismo deslizamiento lo volvía a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad, sin provocar una impresión desagradable, no es fácil. Cuando consideraba que bastaría con tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero tocarse el sombrero no es fácil tampoco. Más tarde resolví el problema, de capital importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí británico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé, conservaba mi sombrero después de todo. Jamás cometí la falta de lleva medallas. Ciertas mujeres tenían tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me enseñaban la habitación. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente conseguí alojarme en un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis fantasías, ese término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo en hacer la cama y limpiar la habitación un vez por semana, en lugar de una vez al mes, como yo le había pedido. Me dijo que durante la limpieza, que sería rápida, podría esperar en el patinillo de al lado. Añadió, con mucha comprensión, que nunca me echaría con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de sí misma. Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Tená un acento extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales y suprimir las consonantes.
Ahora ya no sabía dónde estaba, tenía una vaga imagen, ni siquiera, no veía nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos. Me parecía que formaba cuerpo con otras casas. Llegué al crepúsculo y no presté a los alrededores la atención que quizá les hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No debía por decirlo así esperar más. Es cierto que cuando salí de esta casa hacía un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia atrás al irme. Debí leerlo en alguna parte, cuando era pequeño y todavía leía, que valía más no volver la cabeza al marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso sin contar con esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero el qué? Recuerdo solamente mis pies que salían de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se habían resquebrajado y el sol acusaba las grietas del cuero.
Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el sótano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Traía hacia mediodía una bandeja llena de comida y se llevaba el de la víspera. Traía al mismo tiempo una palangana limpia. Tenía un asa enorme por donde metía el brazo, conservando así las dos manos libres para llevar la bandeja. Después ya no la veía sino por azar cuando asomaba la cabeza para asegurarse de que no había ocurrido nada. No necesitaba afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies que iban y venían por la acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me sentía con ánimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de las que pasaban. Más de una pierna se me hizo así familiar. Una vez mandé a buscar una cebolla azafranada y la planté en el patinillo sombrío, en un bote viejo. Debía ser por primavera, no eran las condiciones óptimas probablemente. Dejé el bote fuera, atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hacía buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo me las arreglaba. No eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció, pero nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas. Me hubiera alegrado tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no iba a cumplirse. Ella quería llevárselo, pero yo le dije que lo dejara. Quería comprarme otro, pero le dije que no quería otro. Lo que más me crispaba eran los gritos de los vendedores de periódicos. Pasaban corriendo todos los dias, gritando el nombre de los periódicos e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que venían de la casa me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño? cantaba todas las tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante mucho tiempo no consegui coger las palabras. Extrañas palabras para una niña, o un niño. ¿Era una canción de mi espiritu, o venía sencillamente de fuera? Era una especie de nana, me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña la que venía. Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sabía quién era. Correteaba un poco por la habitación, después se iba sin haberme dirigido la palabra. Un día recibi la visita de una agente de policia. Dijo que estaba bajo vigilancia, sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo era equívoco. Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera buena persona. Un cura también, un día recibí la visita de un cura. Le informé que pertenecía a una rama de la iglesia reformada. Me preguntó qué clase de pastor me gustaría ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quizá buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio. ¡Un servicio! Se presentó y me explicó dónde podría encontrarle. Debería haberlo apuntado.
Un día la mujer me hizo una proposición. Dijo que tenía necesidad urgente de dinero en metálico y que si yo podía proporcionarle un adelanto de seis meses me reduciría el alquiler del cuarto durante este período. No creo que me equivoque mucho. Esto tenía la ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de agotar casi todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a esto un inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último céntimo, y más allá aún, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un recibo.
Una mañana, poco después de la transacción, me despertó un hombre que me sacudía por el hombro. No podían ser más de las once. Me rogó que me levantara y abandonara su casa inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extrañeza sólo encontraba parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La turca se había marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted en un error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por la mañana lo más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no hablar de sus señas. ¿Ignora usted su nombre? dijo. Debió creer que mentía. Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme así sin previo aviso. No es para tanto, dijo. Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que necesitaba la habitación, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una carretilla, ante la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera conocía y que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté si no me podría ceder otro sitio, apenas un rincón donde poder tumbarme, el tiempo de sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no podía. No es que sea mala persona, añadió. Podría vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él. ¡Largos meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone, ale, hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba. Había sido realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.
Me sentía débil. Debía estarlo. La luz resplandeciente me aturdía. Un autobús me transportó, al campo. Me senté en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho más tarde. Dispuse hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme sombra. Acabé por encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente reemprendí el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me senté al borde de la carretera, al sol, y me sequé la ropa. Me gustaba. Me decía, Nada, nada que hacer ahora hasta que esté seca. Cuando estuvo seca la cepillé con un cepillo, una especie de almohaza me parece, que encontré en un establo. Los establos me han resultado siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en donde mendigué un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me agradaba. La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la nueva hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días siguientes traté de recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo sucedió, si es que no pude encontrar la dirección, o si la dirección no existía, o si la griega ya no estaba allí. Busqué el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba. Ella lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé durante cuánto tiempo circulé así, descansando unas veces en un sitio, otras en otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad había sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general era el mismo. Un día vi a mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba el paso. Se quitó el sombrero y se inclinó y vi que era calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era él. Me volví para seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo. El insoportable hijo de puta.
Un día encontré a un hombre que conociera en época anterior. Vivía en una caverna al borde del mar. Tenía un burro que trotaba por el acantilado, o en los minúsculos senderos agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hacía muy mal tiempo el burro entraba con su amo en la caverna y allí se abrigaba, mientras duraba la tempestad. Habían pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro podía abastecer de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus jardincillos. No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro era viejo, pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así un poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró, en los suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó que le acompañara a su casa y pasara allí la noche. Quédate todo el tiempo que quieras, dijo. ¿Qué le pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le recordé que no tenía costumbre de quedarme con nadie más de dos o tres minutos seguidos y que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no vienes, dijo. Pero ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la sombra de los castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré a las vértebras de la cerviz, una mano luego otra. Los niños nos abucheaban y nos tiraban piedras, pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron una vez, en el sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar el orden público. Mi amigo le recordó que éramos tal y como la naturaleza había acabado por hacernos y que los niños estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar nuestro camino, dijo, y el orden se reestablecerá automáticamente, en su sector. Atajamos por los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó hasta la boca de la caverna, porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba hacia el mar. Después volvió a subir a sus pastizales.
No sé cuánto tiempo me quedé allí. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo. Me traté mis ladillas con agua de mar y algas, pero un buen número de larvas debieron sobrevivir. Me curé el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Veía por encima una gran extensión palpitante, sin islas ni promontorios. Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue allí donde encontré mi frasquito, en el bolsillo. No se había roto, el cristal no era auténtico cristal. Creía que el señor Weir me lo había quitado todo. El otro estaba fuera la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es fácil para un hombre, cuando lo es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me invitó a quedanme todo el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionaría encantado otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida todos los días y vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás por casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos, temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces. Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante horas. Aquí pronto me voy a poner enfermo, dije, y ¿qué habré conseguido entonces? Te vas a ahogar, dijo. Sí, dije, o me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría vivir en otra parte, dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu cabaña en la montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña en la montaña, la había olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunté si la conservaba todavía. Respondió que no la había vuelto a ver desde el día en que salió huyendo, pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin duda. Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué, diciéndole que tenía otros proyoctos. Siempre me encontrarás aquí, dijo, si alguna vez me necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.
Lo que él llamaba su cabaña era una especie de barraca de madera. Había arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya no tenía cristales. El techo se había hundido por varios sitios. El interior estaba dividido, por los restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si había tenido muebles nada quedaba ya. Se habían entregado a los actos más viles, en el suelo y sobre las paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, así como preservativos y vomitonas. En una boñiga habían trazado un corazón, atravesado por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva armónica. Descubrí vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era la habitación de la que me habían ofrecido la llave.
En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolación.
Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jergón de helechos que yo mismo recogí con mil trabajos. Un día no pude levantarme. La vaca me salvó. Aguijoneada por la niebla glacial venía a cobijarse. No era sin duda la primera vez. No debía verme. Traté de mamarla, sin mucho éxito. Sus tetas estaban cubiertas de excrementos. Me quité el sombrero y me puse a ordeñarla dentro, acudiendo a mis últimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa, es gratis. La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan sólo de vez en cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas podían también portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente. Agarrándome con una mano a la teta, con la otra mantenía el sombrero en su sitio. Pero acabó por hartarse. Porque me arrastró atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.
Bebiendo la leche me reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría contar con la vaca y ella pondría a las demás al corriente. Con más control sobre mí mismo hubiera podido hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los días seguida quizás de otras vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se andará.
Una vez en la carretera no tenía más que seguir la pendiente. Carretas pronto, pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me hubiera admitido quizá. Debí cambiar desde mi expulsión del sótano. La cara en especial había debido alcanzar un aspecto decididamente climatérico. La sonrisa humilde e ingenua ya no me aparecía, ni la expresión de miseria cándida, penetrada de estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de viejo cuero sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era una lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía venir una carreta. Para que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba de gemir, ¡Socorro! Pero el tono que brotaba era el de la conversación corriente. Ya no podía gemir. La última vez que había necesitado gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso en la ausencia de cualquier corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a convertirme? Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del camino, en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía cuatro. Al urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula biliar, una falta grave, y tres días después moría, en la flor de la edad. Pero llegó el día en que, mirando a mi alrededor, me encontré en los suburbios, y de aquí a los viejos ámbitos no había más que un paso, más allá de la estúpida esperanza de calma o de dolor más tenue.
Me tapé pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un rincón soleado. Porque me parecía que mis ojos no se habían apagado del todo, gracias quizás a las gafas negras que mi preceptor me diera. Me había dado la Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un niño. Le encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden terrible, fulminado por un infarto. Ah qué calma. La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las gafas le habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo de latón, de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas y las abatía bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales habían sufrido, a fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los demás objetos que allí se encontraran. Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo. Pero yo ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para suavizar el resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho daño. Acabé cortándolo del forro de mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi chaqueta entonces. Era un trapo más bien gris, o incluso escocés, pero me daba por satisfecho. Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del mediodía, después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo. En cuanto a tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de hierro blanco y la sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué me pasa, de mi chaqueta, al nivel del pubis. No se mantenía derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el transeúnte, no había más que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse mucho, se arriesgaba a tocarme. Acabé procurándome una lata más grande, una especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero las gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar, pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero en general a la gente que da una limonsa no le agrada que ello le obligue a agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el penique, soltarlo en plena marcha y oír el Dios se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no decía eso, yo no he sido nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un ruido, con la boca. Acabé procurándome una especie de tablilla que me sujetaba con cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía precisamente a la altura justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi persona para poder depositar el óbolo sin peligro. Podía verse a veces en ella flores, pétalos, espigas, y briznas de esa hierba que se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las buscaba, pero todas las cosas bonitas de este tipo que me caían a la mano, las guardaba para la tablilla. Se podía creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente de blanco, azul y gris, y por la tarde venían a añadirse otros colores. Lo sentía pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara balanceándola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza sobre el pecho. Entonces entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta. Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores, sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes. Había chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que había ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos, para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba. El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opinión, y puede durar mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho después, pero acaba por convertirse en una simple costumbre. Para rascarme no tenía bastante con las dos manos. Tenía en todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de psoriasis que podía poner al rojo con sólo pensar en ellas. Era en el culo donde más satisfacción obtenía. Introducía el índice, hasta el metacarpo. Si después debía defecar, me hacía un daño de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avión, poco rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al acabar la jornada, encontrar los bajos del pantalón mojados. Debían ser los perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche. Yo ya apenas comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del trabajo compraba una botella de leche que bebía por la noche en la cochera. En realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a mí no querían servirme, no sé por qué. Le daba un penique por el servicio. Un día asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóbil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión… hermanos… Marx… capital… bifteck… amor. No entendía nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil—. Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis una perra gorda. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me metía en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla, la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en general el rincón era tranquilo, animado sin ser bullicioso, próspero y conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un poco coloradota.
No trabajaba todos los días. Apenas tenía gastos. Conseguía incluso ahorrar un poco, para los ultimísimos días. Los días en que no trabajaba me quedaba tumbado en la cochera. Situada al borde del río, en una propiedad particular, o que lo había sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombría, estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el lado del río, que marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de treinta pasos más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún los muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos, empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una especie de campo de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo el año. Sólo las ventanas —no. La propiedad parecía abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba invadía los senderos. Sólo las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las demás se iluminaban a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la otra, tenía esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que adopté la cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellené con piedras y pedazos de madera, quité los bancos y me hice la cama. Las ratas se las veían negras para llegar hasta mí, por la inclinación de la quilla. Muchas ganas tenían sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo carne viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia. Se hacían la tualet, con gestos de gato. Los sapos, sí, por la tarde, inmóviles durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad excepcionales. Construí pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que he podido encontrar en mi vida, cada vez que tenía necesidad de una tabla allí estaba, no había más que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no mucho, así así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora otra vez de la tapadera. Lo empujé un poco hacia atrás, entraba en el bote por delante, gateaba hasta la parte de atrás, levantaba los pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me cubría del todo. El empuje se ejercía sobre un travesaño en saliente fijado tras la tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar en el bote por detrás, sacar la tapa sirviéndome de las dos manos hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera salir. Como apoyo para mis manos coloqué dos grandes clavos, allí donde hacía falta. Estos pequeños trabajos de carpintería, si es posible llamarlos así, ejecutados con instrumentos y materiales improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría pronto, y representaba la comedia, verdad, la de—cómo llamarla, no lo sé. Me encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la oscuridad, esa es mi opinión. No hablo del sueño, hablo de lo que se llama me parece estado de vigilia. Por otra parte yo dormía muy poco en aquella época, no tenía ganas, o tenía muchísimas ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé. Tumbado de espaldas no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a través de los minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver nada en absoluto, no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las gaviotas que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al río, los pájaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera. Oía el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido, tan diferente, de la ondulación libre, lo oía también. Yo, cuando me desplazaba, era menos barco que onda, por lo que me parecía, y mis parones eran los de los remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia también, la oía a menudo. A veces una gota, atravesando el techo de la cochera, venía a explotar sobre mí. Todo abocaba a un ambiente más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay que decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes. ¿Pero qué es todo esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa, martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa sabida, pero difícilmente seco, salían con un ruido de bomba, se fundían en el gran jamás. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos años. Que nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y si no necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba bien, claro que sí, perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En cuanto a mis necesidades, se habían en alguna medida reducido a mis dimensiones y, bajo el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda resultaba excluida, desde ese ángulo. Saberme existir, por muy débil y falsamente que fuera, por fuera de mí, tenía en otra época la virtud de conmoverme. Se convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho todo. Es el momento quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se está aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo, pero cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer correr la tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil estaba, y muy en el fondo donde me encontraba. Lo sentía todo cerca, las calles glaciales y tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran, contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me dieran fuerzas. ¡No quería ensuciar mi nido! Lo que me sucedía sin embargo, e incluso cada vez más a menudo. Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía un poco de lado, lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo, mis inmundicias, es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las imágenes, aquí estoy abocado a ver imágenes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dormía. Creo que no las había visto nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo quiere así. Sabía que eran imágenes, puesto que era de noche y estaba solo en mi bote. ¿Qué podía ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No tenía que remar, el reflujo me llevaba. Además no veía remos, habían debido llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá, que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía acercarse un montón de detritus o una chalupa. Había estrellas en el cielo, grato. No veía el tiempo que hacía, no tenía frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las orillas se alejaban cada vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles luces marcaban la separación creciente. Los hombres dormían, los cuerpos recuperaban fuerzas para los trabajos y alegrías del día siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos, zarandeado por las olitas del alta mar incipiente. Todo parecía tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por todas partes, no tenía más que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo de la tierra, en esas condiciones. Veía los faros, hasta un total de cuatro, pertenecientes a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín ya los conocía. Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cogía de la mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor protector, pero en eso estaba p
ensando. Me enseñaba igualmente los nombres de las montañas. Pero para acabar con las imágenes, veía también las luces de las boyas, parecían llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extrañeza amarillas. Y en el flanco de la montaña, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que era, era la retama que ardía. Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego, con una cerilla, siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido. En esta noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo, bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que mi sombrero estaba atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté del banco, en la parte de atrás del bote, y un enérgico campanilleo se hizo oír. Era la cadena que, fijada a la parte de alante, acababa de enrollarse alrededor de mis caderas. Debí desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo, porque aquí me tenéis de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El agujero era pequeño y el agua subiría lentamente. Todavía una media hora, en total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me servía de cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso, después se apartaron hasta los límites del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.


martes, 9 de febrero de 2016

Abenabet y Romaiquia.

Abenabet y Romaiquia.

Lo que sucedió al rey Abenabet de Sevilla con su mujer Romaiquia
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:
-Patronio, hay un hombre que continuamente me está rogando que le ayude y que le favorezca con algún dinero. Aunque cada vez que lo hago me dice que me lo agradece, cuando me vuelve a pedir, si no le doy más, me da la impresión de que olvida todo lo que anteriormente le haya dado. Por vuestro buen entendimiento os ruego que me aconsejéis el modo de portarme con él.
-Señor conde Lucanor -respondió Patronio-, me parece que os está pasando con este hombre lo que sucedió al rey Abenabet de Sevilla con su mujer Romaiquia.
El conde le preguntó qué le había sucedido.
-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, el rey Abenabet estaba casado con Romaiquia y amábala más que a nadie en el mundo. Ella fue muy buena, hasta el punto de que sus dichos y hechos se refieren aún entre los moros; pero tenía el defecto de ser muy caprichosa y antojadiza.
Sucedió que una vez, estando en Córdoba, en el mes de febrero, empezó a caer nieve. Cuando Romaiquia vio la nieve comenzó a llorar. Preguntole el rey por qué lloraba. Ella respondió que porque nunca la llevaba a sitios donde nevara. Como Córdoba es tierra cálida donde sólo nieva muy de tarde en tarde, el rey entonces, por agradarla, mandó plantar almendros por toda la sierra, para que, cuando al florecer por el mes de febrero aparecieran cubiertos de nieve, satisfaciera ella su deseo de verla.
Otra vez, estando en su cámara, que daba al río, vio la reina a una mujer del pueblo que, descalza, pisaba lodo para hacer adobes. Cuando la vio Romalquia se puso a llorar. Preguntole el rey por qué lloraba. Contestole que porque nunca podía hacer lo que quería, aunque fuera una cosa tan inocente como la que estaba haciendo aquella mujer. El rey entonces, por complacerla, mandó llenar de agua de rosas el estanque grande que hay en Córdoba, y en vez de lodo hizo echar en él azúcar, canela, espliego, clavo, hierbas olorosas, ámbar, algalia y todas las demás especies y perfumes que pudo encontrar, y poner en él un pajonal de cañas de azúcar.
Cuando el estanque estuvo lleno de estas cosas, con las que se hizo el lodo que podéis imaginar, llamó a Romaiquia y le dijo que se descalzase y pisara lodo e hiciera con él cuantos adobes quisiera.
Otro día, por otra cosa que se le antojó, comenzó a llorar. Preguntole el rey por qué lloraba. Respondiole que cómo no iba a llorar si nunca él hacia nada por tenerla contenta. El rey, viendo que habla hecho tanto por darle gusto y satisfacer sus caprichos y que ya no podía hacer más, le dijo en árabe:
Wa la nahar at-tin?, lo que quiere decir: ¿Ni siquiera el día del lodo?, como dándole a entender que, pues olvidaba las otras cosas, no debía olvidarse del lodo que mandó hacer por agradarla.
Vos, señor conde Lucanor, si veis que, aunque hagáis mucho por ese hombre, si no hacéis todo lo que él os pide, luego se olvida y no agradece lo que hayáis hecho, no hagáis por él nada que os perjudique; también os aconsejo que, si alguno os favorece en algo, no os mostréis con él desagradecido al bien que os hiciere.
El conde tuvo este consejo por bueno, lo puso en práctica y le fue muy bien.
Viendo don Juan que esta historia era buena la hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:
A quien no te agradezca lo que has hecho
no sacrifiques nunca tu provecho.

lunes, 8 de febrero de 2016

Un cuento de hadas.


Un cuento de hadas.


1
¡La fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía! Erwin los conocía muy bien. Al tomar el tranvía, procuraba sentarse sobre la mano derecha, para estar tan cerca de la acera como fuera posible. Así, dos veces al día, en su viaje de ida y en su viaje de vuelta de la oficina, Erwin observaba por la ventanilla y seleccionaba su harén. ¡Dichoso Erwin, dichoso por vivir en una ciudad alemana tan conveniente, tan propia de un cuento de hadas!
Durante la mañana, en su viaje de ida, registraba una acera; al atardecer, en su viaje de vuelta, la otra. A una a la ida, a la otra a la vuelta, bañábalas el sol con una luz voluptuosa, ya que también el sol iba y volvía. No olvidemos que Erwin padecía de una timidez tan mórbida que sólo una vez en su vida, incitado por descarados amigotes, había abordado a una mujer, y ella le había respondido, con toda serenidad: “Deberías avergonzarte. Déjame en paz”. A partir de tal episodio, había eludido toda conversación con jóvenes desconocidas. A modo de compensación, separado de la calle por el vidrio de la ventanilla, presionando sus costillas con su cartera, con sus raídos pantalones a rayas, con la pierna estirada debajo del asiento de enfrente (si nadie lo ocupaba), Erwin contemplaba, con toda audacia y libertad, a las muchachas de paso, y, súbitamente, se mordía el labio inferior: esto significaba la captura de una nueva concubina; después de lo cual, la dejaba de lado, por así decirlo, y su rápida mirada, saltando como la aguja de una brújula, ya emprendía la búsqueda de la siguiente. Tales bellezas estaban lejos de él, y, por lo tanto, su huraña timidez no afectaba las dulzuras de la libre elección. En cambio, si acaso se sentaba una muchacha en el asiento diagonalmente opuesto al suyo, y un leve sobresalto le indicaba que era bonita, él retraía su pierna, con una evidente hosquedad que no se avenía con su juventud, y le resultaba imposible inventariarla: los huesos de su frente padecían -exactamente sobre las cejas- un agudo dolor provocado por la timidez, tal como si un casco de hierro ciñera vigorosamente sus sienes, impidiéndole alzar los ojos; con qué alivio, luego, la veía levantarse y dirigirse hacia la salida. Entonces, con fingida distracción, él observaba (él, el desvergonzado Erwin) las espaldas que se alejaban, devoraba ávidamente la nuca adorable y las pantorrillas cubiertas por medias de seda, y así, finalmente, la incorporaba a su harén. La pierna recuperaba su sitio, la acera volvía a circular detrás de la ventanilla, y, una vez más, apoyándose contra el vidrio en que traslucía, aplastada, su nariz delgada y pálida, Erwin se dedicaba a recoger esclavas. ¡Así es la fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía!
2
Un sábado, en un frívolo atardecer de mayo, Erwin estaba sentado ante una mesa, en la acera de un café. Observaba, a la apresurada multitud, y, cada tanto, su incisivo mordíale fugazmente el labio. Tintes rosados coloreaban el cielo, y, mientras crecía el crepúsculo, las luces de la calle y los anuncios de los negocios despedían un fulgor sobrenatural. Una muchacha, anémica pero bonita, pregonaba las primeras lilas. El fonógrafo del café, adecuadamente, irradiaba el Aria de la Flor, de Fausto.
Una mujer madura, vestida con un traje sastre negro, se abrió paso, meneando las caderas con pesadez, aunque no sin gracia, entre las mesas. No había ninguna libre. Finalmente, apoyó una mano, ceñida por un guante negro y brilloso, sobre el respaldo de la silla vacía que había frente a Erwin.
-¿Me permite? -sus ojos, desde el velo corto de su sombrero de terciopelo, lo interrogaron con gravedad.
-Sí, naturalmente -respondió Erwin, y se incorporó, saludándola con una leve inclinación. La presencia de esas mujeres sólidas, con pómulos de corte masculino, recubiertos con espeso maquillaje, no lo perturbaba.
La mesa recibió el resuelto impacto de la enorme cartera de la mujer, que ordenó una taza de café y una porción de tarta de manzana. Su voz profunda era algo áspera, aunque agradable.
Las tinieblas invadieron el vasto cielo tiznado de rosa. Crujió un tranvía que pasaba, y sus luces inundaron el asfalto con sus lágrimas radiantes. Desfilaron bellezas con faldas cortas, seguidas por la mirada de Erwin.
“Quiero ésta”, pensó, mordiéndose el labio inferior. “Y aquélla, también”.
-Creo que podríamos solucionarlo -dijo la mujer que tenía frente a él, con esa misma voz, ronca y severa, con que se había dirigido al mozo.
Poco faltó para que Erwin se cayera de espaldas. La dama le ofreció una mirada intensa, mientras se quitaba un guante para sorber su café. Sus ojos, maquillados, ostentaban un fulgor duro y helado, suntuoso como el de las joyas falsas. Debajo de ellos, se abultaban gruesas ojeras y -algo muy poco frecuente en las mujeres, aun cuando tengan cierta edad- asomaban pelos por las ventanas de su nariz felina. Al quitarse el guante, descubrió una mano grande y arrugada, prolongada en uñas largas, hermosas y convexas.
-No te sorprendas -lo contuvo, con una torcida sonrisa. Ahogó un bostezo y añadió-: En realidad, yo soy el Diablo.
Erwin, tímido e ingenuo, creyó que sólo era un modo de decir, pero la dama, bajando la voz, prosiguió de este modo:
-Los que me imaginan con cuernos y una gruesa cola cometen un gran error. Sólo una vez aparecí bajo esa forma, ante un imbécil bizantino, y te aseguro que no me explico por qué tuvo tanto éxito. Nazco tres o cuatro veces cada doscientos años. Hacia 1870, hace cosa de medio siglo, me enterraron, con ceremonias muy pintorescas y gran derramamiento de sangre, en una colina que se yergue ante un grupo de aldeas africanas que habían sido mi reino. Ese período fue un descanso que me tomé después de encarnaciones mas rigurosas. Ahora, soy una mujer alemana cuyo último esposo (creo que tuve tres en total) era de origen francés: un tal profesor Monde. En los últimos años, propicié el suicidio de varios hombres jóvenes, incité a un famoso artista a copiar y multiplicar la imagen de Westminster Abbey que adorna los billetes de una libra, incité a un virtuoso padre de familia… Aunque, en verdad, no hay nada de qué jactarse. Han sido peripecias de escaso interés, y ya estoy harta.
Engulló su porción de tarta, y Erwin, murmurando algo, buscó su sombrero, que había caído al suelo, para recogerlo.
-No, no te vayas aún -dijo Frau Monde, llamando, simultáneamente, al mozo-. Te estoy haciendo una oferta. Te ofrezco un harén. Y, si tienes dudas con respecto a mis poderes… ¿Ves a ese anciano con anteojos de carey que cruza la calle? Hagamos que lo golpee un tranvía.
Erwin, con ojos vacilantes, observó la calle. Al llegar a los rieles, el anciano extrajo su pañuelo, dispuesto a estornudar. En ese instante, chirrió velozmente un tranvía, que pasó y siguió de largo. Desde ambos lados de la avenida, la gente se precipitó hacia los rieles. El anciano, sin anteojos y sin pañuelo, estaba sentado sobre el asfalto. Alguien lo ayudó a incorporarse. Se levantó, meneando la cabeza con timidez, sacudiéndose las mangas con las palmas de ambas manos, y estirando una pierna para comprobar su estado.
-Dije “que lo golpee” y no “que lo atropelle”, cosa que bien pude haber dicho -señaló, fríamente, Frau Monde, introduciendo un grueso cigarrillo en una boquilla esmaltada-. Se trata, en todo caso, de un ejemplo.
Por la nariz dejó escapar dos columnas de humo grisáceo y, nuevamente, fijó sus duros ojos brillosos en el rostro de Erwin.
-Me gustaste enseguida. Esa timidez, esa imaginación audaz. Me hiciste recordar a un monje joven, ingenuo, aunque espléndidamente dotado, que conocí en Toscana. Esta es mi penúltima noche. Ser mujer tiene cierto interés, pero ser una mujer avejentada es infernal, si disculpas la expresión. Además, el otro día cometí una diablura tal (de la cual no tardarás en enterarte, a través del periódico) que es mejor que deje esta vida. Planeo nacer el martes que viene, en otro lugar. Esa mujerzuela de Siberia que he escogido será la madre de un hombre excepcional, monstruoso.
-Ya veo -dijo Erwin.
-Bien, muchacho -prosiguió Frau Monde, atacando su segunda porción de pastel-. Quisiera disfrutar, antes de partir, de alguna diversión inocente. Esto es lo que sugiero: mañana, desde el mediodía hasta la medianoche, puedes seleccionar, de acuerdo con tu método de costumbre -con pesado humor, Frau Monde se chupó el labio inferior con suculencia-, a cada muchacha que se te ocurra. Antes de mi partida, las tendré reunidas, a tu completa disposición. Las mantendrás contigo hasta que, las hayas gozado a todas. ¿Qué te parece, amico?
Bajó Erwin la mirada, y repuso suavemente:
-Si es cierto, me causaría una gran felicidad.
-Perfecto, entonces -dijo ella, y lamió el resto de crema batida que había en su cuchara-. Perfecto. Debemos establecer, sin embargo, una condición. No, no se trata de lo que piensas. Como te conté, ya he dispuesto mi próxima encarnación. No tengo interés en tu alma. La condición es la siguiente: el total de tus elecciones, entre el mediodía y la medianoche, debe ser un número impar. Es esencial y definitivo. De otro modo, nada podré hacer por ti.
Se aclaró Erwin la garganta, y, casi en un susurro, preguntó:
-Pero ¿cómo sabré? Supongamos que elijo una… ¿Qué ocurre en ese caso?
-Nada -respondió Frau Monde-. Tus sentimientos, tus deseos, ya entrañan una orden. De todos modos, para que estés seguro de que se cumple el trato, te haré dar, cada vez, una señal: una sonrisa, no necesariamente dirigida a ti, una palabra dicha por alguien al pasar, una súbita mancha de color, algo por el estilo. No te preocupes, lo sabrás.
-Y… y… -murmuró Erwin, mientras sus pies se agitaban bajo la mesa- ¿dónde va a ocurrir… todo? Sólo dispongo de un cuarto pequeño.
-Tampoco te preocupes por eso -dijo Frau Monde, y se levantó, haciendo crujir su corsé-. Ahora, sería mejor que te fueras a casa. Un buen descanso por la noche nunca viene mal. Te acercaré.
En el taxi descubierto, mientras el viento silbaba, entre el cielo estrellado y el asfalto resplandeciente, el pobre Erwin vivía una profunda exaltación. Frau Monde sentábase muy erguida, sus piernas cruzadas formaban un ángulo pronunciado, y las luces de la ciudad reverberaban en sus ojos, semejantes al rubí.
-Llegamos a tu casa -declaró, palmeando el hombro de Erwin-. Au revoir.
3
La cerveza negra, mezclada con brandy, provoca sueños disparatados. Tal fue la reflexión de Erwin cuando despertó a la mañana siguiente: debía haberse emborrachado y su charla con esa mujer no era sino un desvarío de su imaginación. Este giro retórico es frecuente en los cuentos de hadas; como en los cuentos de hadas, nuestro joven amigo no tardó en comprobar su error.
Salió al mediodía, en el preciso instante en que el reloj de la iglesia emprendía la ardua tarea de dar las doce. Exultantes, también repicaron las campanas dominicales, y una dulce brisa acarició las lilas persas que rodeaban el baño público del pequeño parque cercano a su casa. Las palomas se erguían sobre un viejo Herzog de piedra, o bien invadían el arenero donde niños en cuclillas cavaban con palas de juguete o jugaban con trenes de madera. El viento agitaba las hojas rutilantes de los tilos, cuyas sombras puntiagudas herían, trémulas, el sendero de grava, y, trepándose ágilmente a los pantalones o a las faldas de los transeúntes, corrían hacia sus hombros o sus rostros para dispersarse sobre ellos y deslizarse una vez más hasta el suelo, donde aguardaban, moviéndose apenas, a otro que las llevara. En este matizado escenario, descubrió Erwin a una muchacha vestida de blanco que, inclinada, acariciaba con dos dedos a un cachorro rechoncho y peludo, que tenía verrugas en el vientre. Al bajar la cabeza, ella reveló su nuca, la prominencia de sus vértebras, su esbelta lozanía, el tierno surco que le dividía la espalda; el sol, a través de las hojas, hirió con rubios destellos su pelo castaño. Ella se incorporó a medias, sin dejar de jugar con el cachorro, y dio varias palmadas en el aire. El animalito rodó por la grava, se alejó unos pasos y cayó de lado. Sentóse Erwin en un banco y observó, tímida, ávidamente, el rostro de la muchacha.
La vio con tal claridad, con una fuerza de percepción tan perfecta y penetrante, que, al parecer, ningún otro detalle sobre sus rasgos le hubiera deparado años de previa intimidad. Advirtió en cada crispación (le sus pálidos labios la aparente repetición de cada suave movimiento del perrito; sospechó en sus pestañas vivaces parte del fulgor que emitían sus ojos radiantes; aunque lo más encantador era, acaso, la curva de su mejilla que ahora veía casi de perfil; por supuesto, las palabras no podían describir la delicia de ese trazo perfecto. Mostrando sus hermosas piernas, ella echó a correr, y el cachorro la siguió a los tropezones, tal como tina pelota de lana. Súbitamente Erwin recordó sus milagrosos poderes; contuvo el aliento y aguardó la señal prometida. La muchacha volvió entonces la cabeza y dirigió una sonrisa a esa pequeña criatura rechoncha que corría dificultosamente a su zaga.
-Número uno -díjose a sí mismo Erwin, con complacencia inusual, y abandonó el banco.
Avanzó por el sendero de grava, arrastrando los pasos; calzaba unos zapatos chillones, color amarillo rojizo, que sólo usaba los domingos. Dejó el oasis de ese parque diminuto para dirigirse al Boulevard Amadeus. ¿Estaban sus ojos al acecho? Claro que sí. Pero, probablemente a causa de la impresión que le había causado la muchacha vestida de blanco, más honda que cualquier otra que recordara su memoria, una mancha borrosa danzaba ante sus ojos, impidiéndole un nuevo hallazgo. Esa mancha, sin embargo, no tardó en disolverse, y, cerca de una columna con paneles de vidrio donde se exhibían los horarios del tranvía, observó nuestro amigo a dos damas jóvenes -hermanas, o aun mellizas, a juzgar por su asombrosa semejanza- que discutían sobre el recorrido de una línea con voz vibrante y entusiasta. Ambas eran pequeñas y delgadas, con vestidos de seda negra, con ojos provocadores, con los labios pintados.
-Este es el tranvía que debes tomar -insistía una de ellas.
-Las dos, por favor -apresuróse a pedir Erwin.
-Sí, por supuesto, -dijo la otra, respondiéndole a su hermana.
Erwin continuó recorriendo el boulevard. Conocía cada calle elegante donde hallar las mejores posibilidades.
-Tres -díjose a sí mismo-. Número impar. Hasta ahora perfecto. Y si ya fuera medianoche…
Ella descendía, balanceando la cartera, los escalones del Leilla, uno de los mejores hoteles locales. Su acompañante, robusto, de barbilla azulada, se demoró para encender un cigarro. La mujer era adorable; no usaba sombrero; del pelo rizado le pendía sobre la frente un flequillo que le daba el aspecto de un muchacho que actúa en el papel de damisela. Mientras caminaba (ya cuidadosamente escoltada por nuestro ridículo rival) Erwin advirtió, simultáneamente, la rosa color carmesí que le adornaba la solapa y un anuncio expuesto sobre un cartel: un turco de bigotes rubios, la palabra “¡Sí!” en letra grande y, debajo, en caracteres más pequeños, “Sólo fumo la Rosa del Oriente”. Sumaban cuatro, divisible por dos, y Erwin quiso apresurarse a volver a una cifra impar. En un callejón, fuera del boulevard, había un restaurante barato al que solía acudir los domingos, harto de la comida de la mujer que lo hospedaba. Entre las muchachas que una u otra vez había escogido, hallábase una criada que trabajaba en dicho lugar. Entró y ordenó su plato favorito: morcilla y Sauerkraut. Su mesa estaba próxima al teléfono. Un señor con bombín marcó un número y comenzó a farfullar con tanto entusiasmo como un sabueso que acaba de hallar el rastro de una liebre. La mirada de Erwin solicitó el mostrador, y descubrió a la muchacha que, antes, ya viera tres o cuatro veces. Con sus pecas, era bella sin estridencias, si es que la belleza puede ser pelirroja y vulgar. Cuando alzó los brazos desnudos para ubicar los vasos de cerveza recién lavados, Erwin vio el vello rojo de las axilas.
-Muy bien, muy bien -ladró el señor al tubo telefónico.
Con un suspiro de alivio que culminó en vómito, abandonó Erwin el restaurante. Sentíase pesado, necesitaba una siesta. A decir verdad, los zapatos nuevos mordían como cangrejos. Había cambiado el tiempo, tornándose sofocante. Nubarrones en forma de cúpula crecían, acumulándose, en el cielo cálido. Se vaciaron las calles. Las casas parecían abrumadas por los bostezos de la siesta del domingo. Erwin trepó a un tranvía.
El tranvía avanzó, rechinando. El pálido rostro de Erwin, perlado de sudor, procuró la ventanilla, pero no había muchachas en la calle. Descubrió, mientras pagaba su pasaje, a una mujer, sentada en el otro extremo del pasillo, de espaldas a él. Usaba un sombrero de terciopelo negro y un vestido liviano ornado con crisantemos entrelazados contra un fondo color malva, semitransparente, que delataba los breteles de su combinación. El porte escultural de la mujer incitó a Erwin a observar su rostro. Cuando el sombrero de terciopelo se movió y, como una nave negra, comenzó a girar, él apartó, como de costumbre, los ojos, y fingió contemplar distraídamente sus propias uñas, a un joven sentado frente a él, a un hombrecito de rojas mejillas que bostezaba en la parte trasera del coche; así, fijado el punto de partida que le permitiera proseguir con sus observaciones, dirigió Erwin su mirada casual hacia la dama, que ahora volvía los ojos hacia él. Era Frau Monde. El calor cruzaba su rostro, grande y envejecido, con manchas rojizas; sus cejas masculinas enmarcaban sus ojos penetrantes una sonrisa levemente sardónica contraía las comisuras de sus labios apretados.
-Buenas tardes -lo saludó, con un ronco susurro-. Ven, siéntate conmigo. Ahora podemos charlar un poco. ¿Cómo van las cosas?
-Sólo cinco -respondió Erwin, un tanto incómodo.
-Excelente. Cifra impar. Te aconsejaría que te detuvieras allí. Y, a medianoche.. . . ¡ah, sí, creo que no te avisé. A medianoche debes ir a la calle Hoffmann. ¿Sabes dónde queda? Fíjate entre el Nº 12 y el Nº 14. El terreno baldío que hay allí será reemplazado por una villa con jardín amurallado. Las muchachas que hayas elegido estarán esperándote, echadas sobre alfombras y almohadones. Te encontraré en la puerta del jardín, aunque se entiende -añadió con una sonrisa artera- que no he de entrometerme. ¿Recordarás la dirección? Un farol nuevo iluminará la puerta desde la calle.
-Ah, una cosa -dijo Erwín, haciéndose de coraje-. Al principio, que estén vestidas, quiero decir, que tengan el mismo aspecto que cuando las elegí… y que estén muy alegres y obsequiosas.
-Bueno, naturalmente -ella respondió-. Todo será tal como lo deseas, ya me lo aclares o no. Si no, no tenía sentido alguno empezar con este asunto n’est-ce pas? Sin embargo, muchacho, confiesa que estuviste a punto de incluirme en tu harén. No, no temas, no me burlo de ti. Bueno, aquí debes bajarte. Ha sido, realmente, un gran día. Cinco está bien. Te veo poco después de medianoche, ¡ja, ja!
4
Al llegar a su cuarto, Erwin se quitó los zapatos y se estiró en la cama. Se despertó al anochecer. Desde el fonógrafo de un vecino, un melifluo tenor aullaba, a todo volumen: “Quiero ser feliiiz…”
Erwin se dedicó a recordar: “La Número Uno, la Doncella de Blanco, es la más inexperta de todas. Acaso me apresuré un poco. En fin, no le hace. Luego, las Mellizas de la columna. Criaturas alegres y pintarrajeadas. Con ellas estoy seguro de pasarla bien. Luego la Número Cuatro, Leilla la Rosa, parecida a un muchacho. Esa, creo, es la mejor. Y, finalmente, la Zorra de la cervecería. Tampoco está mal. Pero sólo cinco. ¡No es mucho que digamos!”
Por un rato, permaneció tendido, con la nuca sobre las manos, escuchando al tenor, que insistía en querer ser feliz.
“Cinco. No, es absurdo. Qué lástima que no sea lunes por la mañana: esas tres vendedoras, el otro día… Ah, hay tantas bellezas que esperan ser descubiertas! Y siempre puedo pescar, a último momento, alguna que pasee por la calle.
Calzó los zapatos que usaba habitualmente, cepillóse el cabello y se fue.
Hacia las nueve, ya contaba con dos más. A una, la había visto en un café, donde había entrado por un sandwich y dos tragos de ginebra holandesa. Ella hablaba animadamente con su compañero, un extranjero que se acariciaba la barba, en un idioma incomprensible (ruso o polaco); era de ojos ligeramente oblicuos, de nariz delgada y aguileña, que se arrugaba cuando ella reía; exponía sus hermosas piernas hasta la rodilla. Mientras Erwin observaba sus gestos apresurados, su modo incontenible de arrojar sobre la mesa las cenizas del cigarrillo, una palabra en alemán se abrió, como una ventana, en su lenguaje eslavo y esta palabra casual (offenbar) fue el signo “evidente”. La otra muchacha, el número siete de la lista, surgió en la entrada, de estilo chino, de un pequeño parque de diversiones. Vestía una blusa escarlata y una falda verde, y su cuello desnudo, se hinchaba mientras profería alegres alaridos, tratando de apartar a dos muchachones tontos, que la aferraban por las caderas para que los acompañara.
-¡Quiero ir, quiero ir! -finalmente gritó, y se la llevaron.
Linternas de papel de varios colores alegraban el lugar. Algo semejante a un trineo se arrojó, mientras sus pasajeros gritaban, por un riel en serpentina, desapareció tras las arcadas angulares del escenario medieval, y se sumergió en un nuevo abismo, en medio de nuevos aullidos. Dentro de un cobertizo, cuatro muchachas montaban sendos asientos de bicicleta (no había ruedas; sólo el armazón, los pedales y el manubrio) vestidas con sweaters y shorts (uno rojo, uno azul, uno verde y uno amarillo). Sus piernas desnudas trabajaban afanosamente. Sobre ellas colgaba un indicador en el que se agitaban cuatro agujas (una roja, una azul, una verde y una amarilla). Al principio, vencía la azul; luego la pasó la verde. Un hombre con un silbato estaba a su lado, recogiendo las monedas de los pocos tontos que deseaban apostar. Contempló Erwin esas piernas magníficas, desnudas casi hasta las ingles, que pedaleaban con vigor entusiasta.
“Han de ser bailarinas estupendas”, pensó. “Podría hacerme cargo de las cuatro”.
Obedientes, las agujas volvieron a unirse y se pararon.
-¡Empate! -gritó el hombre del silbato-. ¡Un final sensacional!
Erwin bebió un vaso de limonada, consultó su reloj, y buscó la salida.
-Las once, y once mujeres. Creo que bastará.
Entrecerró los ojos al imaginar los placeres que lo aguardaban. Se felicitó por haberse acordado de ponerse ropa interior limpia.
“Frau Monde lo dijo con toda astucia”, reflexionó Erwin. “Por supuesto que va a espiar. ¿Y por qué no? Le agregará cierto sabor”.
Caminaba con la vista- gacha, meneando su cabeza con deleite, y sólo cada tanto alzaba los ojos para comprobar los nombres de las calles. Sabía que la calle Hoffmann estaba lejos, pero aún le quedaba una hora, de modo que no había razón para apresurarse. Tal como la noche anterior, poblóse de estrellas el cielo y brilló d asfalto como el agua serena, reflejando y alargando las mágicas luces de la ciudad. Pasó ante un cine importante, cuyos fulgores inundaron la calle, y, en la próxima esquina, una carcajada, breve e infantil, llamó su atención.
Vio ante él a un hombre alto, entrado en años, con un traje de noche, a cuyo lado caminaba una muchacha muy joven -una niña de catorce años, con vestido de fiesta negro, muy escotado-. Toda la ciudad conocía a ese hombre, por sus retratos. Era un poeta famoso, un cisne senil, que vivía, solo, en un lejano suburbio. Caminaba con una especie de hastiada elegancia; sus cabellos, cuyo color era el del algodón sucio, cubrían sus orejas, asomando desde el sombrero de felpa. Un botón, sobre el triángulo de su camisa almidonada, reflejó la luz de un farol, y su nariz, larga y huesuda, arrojó la cuña de una sombra sobre sus finos labios. En ese preciso instante, la trémula mirada de Erwin se detuvo en el rostro de la niña que acompañaba al poeta; había algo extraño en ese rostro, algo extraño en la mirada inquieta de sus ojos, excesivamente brillosos, y, de no tratarse de una niña -sin duda, la nieta del anciano- podía sospecharse el rouge en sus labios. Caminaba ella meneando sus caderas muy, muy levemente, con las piernas muy juntas, y le preguntaba algo a su acompañante, con voz cantarina; si bien nada ordenó Erwin mentalmente, pudo saber que su deseo sutil se había cumplido.
-Por supuesto, por supuesto -respondió el anciano, condescendiente, inclinándose hacia la niña.
Se fueron. Erwin olfateó el aroma de un perfume. Miró hacia atrás y luego prosiguió.
“¡Alto, cuidado!”, repentinamente meditó, cuando cayó en la cuenta de que así sumaba doce, número par: “Debo encontrar otra, en media hora”.
Lo molestó un poco continuar la búsqueda, pero, al mismo tiempo, lo halagó esta nueva oportunidad.
“Recogeré una en el camino”, se dijo, sofocando un asomo de pánico. “¡Estoy seguro!”
-¡Acaso sea la mejor! -señaló en alta voz, mientras observaba la noche iluminada.
Minutos más tarde, lo sorprendió esa contracción, familiar y deliciosa, ese estremecimiento en el plexo solar. Con pasos leves, veloces, caminaba, frente a él, una mujer. Sólo la vio de espaldas; difícilmente habría podido explicar qué lo indujo, con tal rigor, a alcanzarla precisamente a ella, para observar su rostro. Podrían hallarse, naturalmente, palabras ocasionales que describieran su porte, el movimiento de sus hombros, la silueta de su sombrero, pero ¿de qué valdría? Algo más importante que los contornos visibles, una especie de atmósfera especial, un etéreo entusiasmo, urgieron a Erwin. Marchaba rápidamente, pero no podía alcanzarla; los húmedos reflejos de luz vacilaban ante él; ella prosiguió con paso firme, y su sombra negra se elevaba al caer en el halo de luz de un farol, deslizándose por la pared, y doblando en sus bordes para desaparecer.
-Caramba, debo ver su rostro -musitó Erwin-, y el tiempo vuela.
Olvidóse del tiempo. Esa extraña persecución nocturna lo embriagó. Pudo, finalmente, alcanzarla, y avanzó sin poco más, pero le faltó coraje para darse vuelta y mirarla; se limitó a aflojar el paso y ella, a su vez, lo pasó, sin darle tiempo a alzar los ojos. Nuevamente la tuvo delante de él, a diez pasos de distancia, y supo , entonces sin ver el rostro de ella, que era su presa principal.
Las calles estallaban con sus luces de color, se desvanecían volvían a relumbrar; cruzaron una plaza, un espacio de bruñida tiniebla, y luego, con un leve chasquido de su zapato de taco alto, la mujer recuperó la acera, siempre perseguida por Erwin, perplejo, desencajado, vencido por el vértigo de las borrosas luces, de la húmeda noche, de la persecución.
¿Qué lo incitaba? Ni su modo de caminar, ni sus formas, sino algo más: un hechizo sobrecogedor, como si un halo de tensa luz la envolviera, tan sólo mera fantasía, acaso el vuelo, los arrebatos de la fantasía, o, acaso, eso que, con un golpe único, divino, trastorna toda la vida de un hombre. Nada sabía Erwin, salvo que debía apresurarse, sobre piedras y asfalto, a los que la noche iridiscente parecía quitar consistencia.
Los árboles, los tilos primaverales, sé unieron a la caza: avanzaron, desde todas partes, susurrando, abrumándolo con su múltiple presencia; los pequeños corazones de sus sombras se enredaban al pie de cada farol, y su aroma, pegajoso y delicado, renovó sus fuerzas.
Nuevamente, Erwin la alcanzó. Un paso más, y estaría a su lado. Ella, abruptamente, se detuvo ante un portón, y extrajo unas llaves de su cartera. Erwin la abordó con tal ímpetu que poco le faltó para tropezar con ella. Ella se volvió hacia él: la luz de un farol se filtró entre hojas de esmeralda y Erwin pudo ver a la muchacha que, esa mañana, jugaba con el cachorro negro y lanudo en el sendero del parque; la recordó de inmediato, y de inmediato comprendió todo su encanto, su tierna calidez, su irresistible fascinación.
Quedóse mirándola, con una sonrisa lamentable.
-Deberías avergonzarte -le dijo ella con toda serenidad-. Déjame en paz.
El portón se abrió y se cerró secamente. Erwin permaneció allí, bajo el susurro de los tilos. Miró a su alrededor, y no supo adónde ir. A poca distancia, vio dos burbujas ardientes: un automóvil detenido. Se acercó y palmeó el hombro del chauffeur, inmóvil, semejante a un muñeco.
-¿En qué calle estamos? Me perdí.
-En la calle Hoffmann -respondió el muñeco con sequedad.
Una voz ronca, calma, familiar, habló desde las honduras del automóvil.
-Hola. Soy yo.
Erwin apoyó una mano en la puerta del auto, y apenas atinó a responder.
-Estoy muerta de aburrimiento -declaró la voz-. Estoy esperando a mi amante. El trae el veneno. Al amanecer, ambos moriremos. ¿Cómo estás tú?
-Número par -dijo Erwin, abriendo, con su dedo, un surco en el polvo de la puerta.
-Sí, ya sé -respondió Frau Monde, serenamente-. La número trece resultó ser la número uno. Lo arruinaste iodo.
-Una lástima -dijo Erwin.
-Una lástima -repitió ella, y bostezó.
Erwin se inclinó, besó el largo guante negro, que culminaba en cinco dedos abiertos, y, con un leve carraspeo, volvió a la oscuridad. Caminó con pesadez; le dolían las piernas, lo agobiaba saber que al día siguiente era lunes y que sería arduo levantarse.