miércoles, 13 de enero de 2016

Nos han dado la tierra.

Nos han dado la tierra.

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin ori­llas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
—Son como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Enton­ces me digo: «Somos cuatro.» Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros.
Faustino dice:
—Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensa­mos: «Puede que sí.»
No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agu­jero en la tierra y dejando una plasta como la de un sali­vazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las som­bras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivoca­ción se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las ho­jas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes an­dábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Aho­ra no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la ca­rabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar arma­do. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con «la 30» amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubié­ramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y ta­maña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagarti­jas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tepetate para que la sembráramos. Nos dijeron:
—Del pueblo para acá es de ustedes. Nosotros preguntamos:
— ¿El Llano?
—Sí, el llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles lla­mados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama el Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:
—No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
—Es que el llano, señor delegado…
—Son miles y miles de yuntas.
—Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
— ¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.
—Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
—Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
—Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a co­menzar por donde íbamos…
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando. Melitón dice:
—Ésta es la tierra que nos han dado. Faustino dice:
— ¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso: «Melitón no tiene la ca­beza en su lugar ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor que le ha traspasado el sombrero y le ha ca­lentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.»
Melitón vuelve a decir:
—Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr ye­guas.
— ¿Cuáles yeguas? —le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.
Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
—Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
— ¡Es la mía! —dice él.
—No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
—No la merqué, es la gallina de mi corral.
—Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?
—No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.
—Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire. Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire ca­liente de su boca. Luego dice:
—Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos he­mos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero ade­lante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras.
Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acer­camos a las primeras casas. Le desata las patas para de­sentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.
— ¡Por aquí arriendo yo! —nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá arriba.

martes, 12 de enero de 2016

Batir de alas.

Batir de alas.

1.
Cuando la punta curva de un esquí se cruza con la otra, uno cae hacia delante. La nieve se le mete por las mangas, le escalda la piel y no resulta fácil volver a ponerse en pie. Kern, que hacía mucho tiempo que no esquiaba, empezó a sudar con el esfuerzo. Un poco mareado, se quitó de un tirón el gorro de lana que le hacía sentir un picor en las orejas y se limpió con él la nieve húmeda que le había quedado prendida en las pestañas.
Todo era alegría y azul delante del hotel de seis pisos. Los árboles se elevaban incorpóreos en el resplandor del ambiente. Las huellas de innumerables esquís cubrían como una melena de cabellos oscuros el dorso de las colinas nevadas. Y, envolviéndolo todo, una gigantesca blancura se precipitaba hacia el cielo y brillaba, libre, en el firmamento.
Los esquís de Kern crujían mientras trataba de remontar la pendiente. Al observar la fortaleza de sus hombros, su perfil aquilino, y el brillo robusto de sus pómulos, la joven inglesa que había conocido el día anterior, al tercer día de su llegada, le había tomado por un compatriota. Isabel, Isabel la Voladora, como la habían bautizado una pandilla de jóvenes morenos y delgados, de tipo argentino que corrían a todas partes detrás de ella: al salón de baile del hotel, por las escaleras, por las nevadas pendientes en un ballet de polvo brillante. Su aspecto era impetuoso y deportista, tenía una boca tan roja que parecía que el Creador hubiera extraído de la tierra un puñado de tórrido carmín y se lo hubiera pasado por la parte inferior del rostro. En sus ojos chispeantes había un apunte de risa. En su pelo negro y brillante como el satén se erguía una peineta española, tiesa como una ola e hincada en una onda profunda de su pelo. Así era como Kern la había visto ayer, a la puerta de su habitación, la treinta y cinco, cuando el timbre ligeramente sordo del gong la convocó a cenar. Y el hecho de que fueran vecinos, y que el número de la habitación de la joven coincidiera exactamente con el de los años que él tenía en ese momento, así como la circunstancia de que ella estuviera sentada frente a él en la gran table d’hôte, tan alta, vivaracha, con un traje negro escotado, y una estola de seda negra en su cuello desnudo, todo esto le pareció a Kern tan significativo que le abrió una fisura en la aburrida melancolía que le llevaba sofocando durante los últimos seis meses.
Fue Isabel quien le abordó, pero él no se mostró sorprendido. En este inmenso hotel que resplandecía, aislado, en una grieta entre las montañas, la vida palpitaba ligera y un poco achispada después de los años muertos de la guerra. Además, a ella, a Isabel, nada le estaba prohibido, ni el seductor juego de pestañas, ni la melodía de risa en su voz, cuando decía, alcanzándole el cenicero a Kern: «Creo que usted y yo somos los únicos ingleses aquí», para luego acercársele hasta casi tocarle con su hombro translúcido tan sólo sujeto por una cinta negra, y añadir: «Sin contar, claro está, a una media docena de ancianas y a aquel personaje sentado más allá con el cuello vuelto del revés».
Kern contestó: «Está equivocada. Yo no tengo patria. Es verdad que he pasado una serie de años en Londres. Además…».
A la mañana siguiente, tras seis meses de apatía completa, sintió de nuevo inesperadamente el placer de entrar en el cono ensordecedor de una ducha fría como el hielo. A las nueve, después de un desayuno copioso y prudente, salió haciendo crujir con sus esquís la arena rojiza que habían esparcido sobre el resplandor desnudo del camino delante de la terraza del hotel. Cuando hubo subido por la pendiente nevada, haciendo espiga, como hacen los buenos esquiadores, allí, entre pantalones de cuadros y rostros rubicundos, estaba Isabel.
Ella le saludó a la inglesa —se limitó a concederle un asomo de sonrisa. Los esquís de Isabel irradiaban un dorado color oliva. La nieve se agarraba a las intrincadas fijaciones que le sujetaban los pies. Había una cierta energía poco femenina en sus pies y en sus piernas, bien proporcionadas a pesar de las rudas botas y las polainas que las envolvían y apretaban. Una sombra púrpura se deslizó tras ella por la superficie crujiente, cuando con las manos desenfadadamente enfundadas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, con el esquí izquierdo ligeramente avanzado, se lanzó ladera abajo, cada vez más rápido, con la bufanda al viento entre chorros de nieve en polvo. De pronto, a toda velocidad, hizo un giro con una rodilla muy flexionada, se volvió a estirar, y se lanzó pendiente abajo, dejando atrás los abetos y la pista de patinaje turquesa. Un par de jóvenes abrigados con jerseys de vivos colores y un famoso deportista sueco con cara de terracota y cabello incoloro, peinado hacia atrás, fueron tras ella a toda velocidad.
Un poco más tarde, Kern se la volvió a encontrar, cerca de una pista azulada por la que se deslizaba la gente con un débil chasquido, bocabajo en sus trineos chatos como si fueran ranas velludas. Con un destello de sus esquís, Isabel desapareció tras un montículo de nieve, y cuando Kern, avergonzado de sus torpes movimientos, la alcanzó en una vaguada entre heladas ramas de plata, ella le saludó con un gesto de los dedos, se dio impulso con sus esquís y desapareció de nuevo. Kern se detuvo un momento entre las sombras violetas, y de repente sintió una bocanada de aquel miedo al silencio que tan bien conocía. El encaje de las ramas en el aire esmaltado tenía la frialdad de un cuento de terror. Los árboles, las intrincadas sombras, sus propios esquís, todo parecía participar extrañamente de una calidad como de juguete. Se dio cuenta de que estaba cansado, de que tenía una ampolla en el talón y, tras agarrarse a unas ramas para ayudarse a dar la vuelta, inició el retorno. Los patinadores se deslizaban mecánicamente por el suave turquesa de la pista. En la ladera nevada, el Sueco de terracota ayudaba a levantarse a un tipo larguirucho, todo cubierto de nieve, con gafas de montura de concha, que estaba caído entre el polvo resplandeciente como si fuera un torpe pájaro. Como un ala que se hubiera desprendido, un esquí que se le había soltado del pie se deslizaba colina abajo.
En su habitación, Kern se cambió y al oír el hueco sonido del gong, llamó al timbre y pidió rosbif frío, unas uvas y una botella de Chianti.
Tenía un dolor persistente en la espalda y en los muslos.
Quién le mandaba a él perseguirla, pensó. Un hombre se pone un par de tablas en los pies y procede a saborear la ley de la gravedad. Ridículo.
Hacia las cuatro bajó al amplio salón de lectura, donde la chimenea exhalaba un calor naranja y una serie de gente invisible reposaba, oculta tras sus periódicos, en unos inmensos sillones de piel, con las piernas extendidas que surgían debajo de un lugar de nadie hecho de letra impresa. Sobre una larga mesa de roble había un montón de revistas desordenadas, llenas de anuncios de perfumería, de chicas de cabaret y de chisteras parlamentarias. Kern cogió un ejemplar algo estropeado del Tatler de junio anterior y durante largo rato estuvo examinando la sonrisa de la mujer que durante siete años había sido su esposa. Recordó su rostro muerto, convertido en algo
Tan frío y tan duro, y algunas cartas que había encontrado en una pequeña caja.
Dejó a un lado la revista, y la uña chirrió contra el brillo de la página.
Luego, echó a andar con esfuerzo, dando bocanadas a su pipa, hasta llegar a la enorme terraza cubierta, donde tocaba una orquesta helada y la gente bebía un té muy fuerte, arropada con bufandas de vivos colores, dispuesta a salir de nuevo corriendo al frío, a las pistas que brillaban con insistente luz trémula a través de los grandes ventanales. Con ojos escrutadores, recorrió la terraza con la mirada. La mirada curiosa de alguien le traspasó como cuando una aguja alcanza el nervio de una muela. Abandonó el lugar de inmediato.
Entró en la sala de billar, empujando con el hombro la puerta de roble que cedió a su paso y se encontró a Monfiori, un tipo bajo, pálido y de pelo rojo que sólo respetaba la Biblia y las carambolas de billar, que se inclinaba sobre el tapete verde, moviendo su taco, apuntando a una bola. Kern lo acababa de conocer y el hombre le abrumó con citas de las Sagradas Escrituras. Dijo que estaba escribiendo un libro importante en el que demostraba que, si analizamos el Libro de Job de una cierta manera, entonces… Pero Kern dejó de escucharle, porque su atención quedó repentinamente prendida en las orejas de su interlocutor, puntiagudas, llenas de polvo de color canario, con una pelusilla rojiza en las puntas.
Las bolas chocaron y se dispersaron. Enarcando las cejas, Monfiori le invitó a jugar. Tenía unos ojos melancólicos, ligeramente bulbosos, cabrunos…
Kern ya había aceptado, e incluso había frotado un poco de tiza en la punta de su taco, pero de repente sintió una ola de hastío tremendo que le provocó un inmenso dolor de estómago y un estrépito en sus oídos, y entonces dijo que le dolía el codo, luego contempló al pasar por una ventana el brillo azucarado de los montes, y volvió a la sala de lectura.
Allí, con las piernas cruzadas y aguantándose el daño que le hacía uno de sus zapatos de charol, volvió a examinar la fotografía gris perla, los ojos infantiles y los sombreados labios de la belleza londinense que había sido su mujer. La primera noche después de su suicidio, siguió a una mujer que le sonrió en una esquina en la noche de niebla y se vengó de Dios, del amor, y del destino.
Y ahora venía Isabel con aquella herida roja de su boca. Si uno pudiera…
Apretó los dientes y los músculos de su poderosa mandíbula se tensaron. Toda su vida anterior parecía una inestable hilera de biombos de colores tras los que se había escudado para protegerse de las corrientes cósmicas. Isabel no era sino el último panel, el más brillante, de su biombo. ¡Cuántos jirones de seda como éste había tenido y cuántos había tratado de colgar contra el agujero negro y voraz! Viajes, libros encuadernados con exquisitez y siete años de un éxtasis de amor. Estos jirones se mecían al compás del viento de fuera, se rasgaban, se caían uno a uno. El vacío no se puede ocultar, el abismo respira y lo succiona todo. Esto lo comprendió cuando el detective con sus guantes de cabritilla…
Kern sintió como una sacudida y le pareció que una pálida joven de cejas rosas le estuviera mirando escondida tras una revista. Cogió un Times de la mesa y abrió sus gigantescas páginas. El papel se interponía como una sábana contra el abismo. La gente se inventa crímenes, museos, juegos, sólo para escapar del desconocido y vertiginoso firmamento. Y ahora, esta Isabel…
Dejó a un lado el periódico, se llevó a la frente su puño enorme y de nuevo sintió la mirada de alguien fija en su persona. Entonces salió despacio de la habitación, esquivando las piernas lectoras, por delante de la mandíbula abierta y naranja de la chimenea. Se perdió por los pasillos ruidosos, y se encontró inesperadamente en un salón donde las patas blancas y curvas de las butacas se reflejaban en el parquet del suelo, y donde colgaba un gran cuadro de Guillermo Tell haciendo blanco en la manzana que su hijo sostenía en la cabeza; a continuación examinó con detenimiento la tristeza de su rostro recién afeitado, las venillas rojas de sus ojos, su pajarita de cuadros, en un cuarto de baño resplandeciente donde el agua borboteaba musicalmente y una colilla dorada abandonada por alguien flotaba en el fondo de porcelana.
Al otro lado de los ventanales, las nieves comenzaban a empañarse y a volverse azules. El cielo se iluminaba con delicadas tonalidades. Los batientes de la puerta giratoria que conducía al estruendoso vestíbulo centelleaban lentos a medida que daban entrada a las nubes de vapor que acompañaban a los esquiadores, que llegaban sin resuello y con rostros arrebolados, fatigados de sus juegos nevados. Las escaleras respiraban con cada pisada, con cada grito y con cada risotada. Luego, el hotel se quedó en silencio: todo el mundo se vestía para la cena.
Kern, que se había quedado vagamente adormecido en el sillón de su habitación a la luz del crepúsculo, se despertó con las vibraciones del gong. Feliz con su renovada energía, encendió las luces, se puso los gemelos en una camisa limpia y recién almidonada sacó un par de pantalones negros del ropero. Cinco minutos más tarde, ya mucho más ligero y seguro de sí mismo al comprobar su atuendo, el pelo firme y peinado en su cabeza, el más mínimo detalle de su ropa perfectamente planchada, bajó al comedor.
Isabel no estaba allí. Sirvieron la sopa, a continuación el pescado, pero ella seguía sin aparecer.
Kern examinaba con repugnancia a aquellos jóvenes bronceados y mates, el rostro aladrillado de una mujer mayor que se había pintado una peca para disimular un grano, a un hombre con ojos de cabra, y dejó que su mirada melancólica se posara en una pequeña pirámide espiral de jacintos que surgía de una maceta verde.
Ella no se dignó aparecer hasta que, en el salón que presidía Guillermo Tell, comenzaron a aullar y a retumbar los instrumentos de una banda de negros.
Olía al frío del aire y a perfume. Su pelo parecía mojado. Había algo en su rostro que le dejó pasmado.
Le dedicó una gran sonrisa y se arregló la cinta negra que cruzaba sus hombros transparentes.
—Acabo de llegar. Apenas he tenido tiempo de cambiarme y tomarme un sandwich a toda prisa.
Kern le preguntó:
—¿No me dirá que ha estado esquiando todo este tiempo? Pero si está completamente oscuro allí fuera.
Ella le dedicó una intensa mirada, y Kern se dio cuenta entonces de lo que le había chocado en ella: sus ojos, que brillaban centelleantes como si los cubriera el polvo del hielo.
Isabel comenzó a resbalar planeando como una paloma por las vocales del inglés:
—Desde luego. Ha sido extraordinario. Me he lanzado como un rayo por las pendientes en la oscuridad, he volado por encima de los badenes. He llegado hasta las estrellas.
—Podía haberse matado —dijo Kern.
Y ella, entrecerrando la suavidad de sus ojos, repitió:
—Hasta las estrellas —y añadió, con un destello en el hombro—, pero ahora quiero bailar.
La banda de músicos negros gritaba y aullaba en el vestíbulo. Unas linternas japonesas flotaban llenas de color. De puntillas, alternando los pasos cortos con otros largos y detenidos, sus manos juntas, Kern avanzaba de la mano de Isabel, sus cuerpos juntos. Un paso más, y la maravillosa pierna de aquella mujer se pegaría a su cuerpo, otro más, y ella se le entregaría sin resistencia. La frescura fragante de su pelo le hacía cosquillas en la sien, y sentía, bajo la hoja de su mano, las curvas sinuosas y flexibles de su espalda desnuda. En silencio, entraba en los quiebros de la música, para a continuación deslizarse de compás en compás… En su entorno flotaban los rostros intensos de parejas de rasgos angulosos con miradas perversamente ausentes. Y el patrón de un ritmo primitivo puntuaba sobre el sonido opaco de las cuerdas.
La música se aceleró, creció en volumen y se interrumpió con estrépito. Todo se detuvo. Y entonces estalló el aplauso, pidiendo más de lo mismo. Pero los músicos habían decidido tomarse un descanso.
Kern sacó un pañuelo de la manga y se limpió el sudor, antes de seguir a Isabel, quien, con un leve golpe de su abanico negro, se dirigía ya hacia la puerta. Se sentaron uno junto a otro en unas grandes escaleras.
Sin mirarle, ella le dijo:
—Lo siento… tenía la sensación de que todavía estaba entre la nieve y las estrellas. Ni siquiera me di cuenta de si bailaba bien.
Kern la miró como si no la oyera, como si de verdad ella estuviera inmersa en sus brillantes pensamientos, pensamientos desconocidos para él.
Unos escalones más abajo, un joven vestido con una chaqueta muy estrecha descansaba acompañado de una joven muy delgada con una marca de nacimiento en la espalda. Cuando la música volvió a sonar de nuevo, el joven invitó a Isabel a bailar un Boston. Kern tuvo que bailar con la joven flaca. Olía a lavanda ligeramente amarga. En el salón de baile los remolinos de serpentinas de colores se enredaban en torno a los bailarines. Uno de los músicos llevaba un bigote blanco, postizo y, por alguna razón, Kern sintió vergüenza ajena. Cuando acabó aquella pieza, abandonó a su pareja y se fue corriendo en busca de Isabel. No estaba por ninguna parte… ni en el bufé, ni en la escalera.
Claro, ya era hora de irse a dormir, pensó Kern conciso.
De nuevo en su habitación retiró la cubierta de la cama antes de acostarse y, sin pensar, se puso a contemplar la noche. Las ventanas se reflejaban en la oscuridad de la nieve delante del hotel. En la distancia, las cumbres metálicas flotaban en un resplandor fúnebre.
Tuvo la sensación de que había estado contemplando la muerte. Cerró las cortinas de tal modo que no pudiera entrar ni el más mínimo rayo de la noche en la habitación. Pero cuando apagó la luz y se tumbó, notó un destello en el filo de un estante de cristal. Se levantó y se entretuvo arreglando las cortinas junto a la ventana, maldiciendo las salpicaduras de la luz de la luna. El suelo estaba frío como el mármol.
Cuando por fin Kern se soltó el cordón del pijama y cerró los ojos, las laderas y pendientes empezaron a desfilar vertiginosas bajo sus pies. En su corazón comenzó un golpeteo intenso, como si a lo largo del día se hubiera esforzado en silenciarlo y ahora quisiera aprovecharse del silencio reinante. Empezó a asustarse a medida que escuchaba este golpeteo. Se acordó de cómo, hace mucho tiempo, en un día de mucho viento, al pasar con su mujer por delante de una carnicería, una res muerta se balanceó en su gancho golpeando en la pared con un ruido sordo. Esa misma era la sensación que ahora se había aposentado en su corazón. Su mujer, mientras tanto, había entrecerrado los ojos contra el viento y se sujetaba el sombrero, mientras decía que el viento y el mar la estaban volviendo loca, que tenían que irse, tenían que irse…
Kern se dio la vuelta, con cuidado, para que no le explotara el pecho con aquellos golpes internos.
—No puedo seguir así —murmuró a la almohada, doblando las piernas desolado. Se quedó quieto, tumbado de espaldas y mirando al techo, a los pálidos destellos que habían penetrado en la habitación, tan cortantes como sus costillas.
Cuando cerró los ojos de nuevo, unas chispas silenciosas comenzaron a deslizarse delante de él, y luego dieron paso a espirales transparentes que se iban desenrollando sin cesar. Los ojos de nieve de Isabel y también su ardiente boca destellaron a su paso, y luego, de nuevo volvieron las chispas y las espirales. Por un momento su corazón se contrajo en un nudo lacerante. Luego, se relajó y dio un fuerte latido.
No puedo seguir así, me voy a volver loco. Sin futuro, nada más que un muro negro. No queda nada.
Tenía la impresión de que las serpentinas de colores se iban deslizando por su rostro, crujiendo y rasgándose en jirones estrechos. De que las linternas japonesas circulaban en ondas de colores por el parquet. Y él mismo estaba bailando, avanzando un poco más.
Si tan sólo pudiera aflojarla, abrirla… Luego…
Y la muerte le pareció un sueño que planeaba, una caída complaciente. Sin pensamientos, sin palpitaciones, sin dolor.
Los rayos de luna que formaban vigas en el techo se habían desplazado imperceptiblemente. Unos pasos cruzaron silenciosos el pasillo, en algún lugar chirrió una cerradura, se oyó un débil zumbido; y de nuevo, pasos, el murmullo y el susurro de los pasos.
Eso quiere decir que el baile ha terminado, pensó Kern. Le dio la vuelta a su almohada para ventilarla.
Ahora, todo era un inmenso silencio que gradualmente iba adquiriendo tonos gélidos. Sólo se movía su corazón, tenso y pesado. Kern tanteó la mesilla, localizó la jarra de agua, y bebió un trago directamente del pico de la jarra. Un chorro helado le escaldó el cuello y la clavícula.
Empezó a pensar en métodos para conciliar el sueño. Se imaginó unas olas que se montaban rítmicamente hacia la orilla de la costa. Y luego unas ovejas grises y gordas que muy despacio iban saltando y cayendo por una cerca. Una oveja, dos, tres…
Isabel está durmiendo en la puerta de al lado, pensó Kern. Isabel está despierta, y lleva probablemente un pijama amarillo. El amarillo le sienta bien. Un color español. Si rascara con las uñas la pared me oiría. Malditas palpitaciones…
Se quedó dormido justo en el momento en que había empezado a decidir si valía o no la pena encender la luz y ponerse a leer un rato. Tengo una novela francesa ahí encima del sillón. El cuchillo de marfil se desliza cortando las páginas. Una, dos…
Se despertó en mitad de la habitación; le despertó una sensación de terror insoportable. El terror le había hecho saltar de la cama. Había estado soñando que la pared contra la que se apoyaba su cama empezaba a derrumbarse despacio sobre su cuerpo, y había saltado como una exhalación para librarse del desplome.
Kern encontró el cabecero al tacto y habría vuelto a la cama inmediatamente de no haber sido por el ruido que oyó a través de la pared. De momento no sabía muy bien de dónde procedía el ruido, y la misma acción de escuchar con atención hizo que su conciencia, presta a deslizarse por las pendientes del sueño, recobrara abruptamente la lucidez. El ruido se produjo de nuevo: un tañido vibrante, seguido por la rica sonoridad de las cuerdas de una guitarra.
Kern recordó que era Isabel la que ocupaba la habitación vecina. Y de pronto, como si respondiera a sus pensamientos, llegó hasta él una carcajada de su risa. Dos veces, tres, la guitarra sonó, vibrante; luego calló. A continuación se oyó un extraño ladrido, intermitente. Luego, cesó.
Sentado en su cama, Kern escuchaba maravillado. Se imaginó una escena pintoresca: Isabel con una guitarra y un inmenso gran danés mirándola con ojos beatíficos. Apoyó el oído contra la pared helada. De nuevo el ladrido, la guitarra que sonaba como si le hubieran propinado un capirotazo y luego empezó a oírse un susurro ondulante como si un gran viento se arremolinara allí mismo, en el cuarto de al lado. El susurro se fue convirtiendo en un silbido y de nuevo la noche se llenó de silencio. Finalmente se oyó un golpe de la ventana contra el marco: Isabel la había cerrado.
Una chica incansable, pensó —el perro, la guitarra, las corrientes heladas.
Ahora todo estaba en silencio. Probablemente, Isabel, tras haber expulsado todos aquellos ruidos de su cuarto, se había ido a la cama y ahora ya dormía.
—¡Maldita sea! No entiendo nada. No tengo ni la más mínima pista. ¡Maldita sea! ¡Maldita! —se lamentaba Kern, enterrándose en la almohada. Una pesada fatiga le atenazaba las sienes. Le dolían las piernas y sentía un picor insoportable. Gimió en la oscuridad durante largo rato, sin parar de dar vueltas. Los rayos del techo hacía tiempo que habían desaparecido.
2.
Al día siguiente Isabel no apareció hasta la hora del almuerzo.
Desde por la mañana el cielo había estado deslumbrantemente blanco y el sol se había mostrado con la forma y claridad de la luna. Luego la nieve comenzó a caer, despacio y verticalmente. Los densos copos, como topos que decoraran un velo blanco, enmarcaban en su caída la vista de las montañas, los abetos cargados de nieve, el apagado turquesa de la pista de patinaje. Las suaves y sordas partículas de nieve crujían en susurro contra los cristales de la ventana, mientras caían y caían y no dejaban de caer. Si uno se las quedaba mirando durante un rato, tenía la impresión de que todo el hotel había empezado una lenta ascensión hacia las alturas.
—Estaba tan cansada ayer —le decía Isabel a su vecino de mesa, un joven de amplia frente color oliva y ojos penetrantes—, tan cansada que decidí quedarme hasta muy tarde en la cama.
—Hoy estás guapísima —dijo cansinamente el joven, con una cortesía que resultaba exótica.
Ella hizo un gesto de desprecio.
Mirándola a través de los jacintos, Kern le dijo fríamente:
—No sabía, Isabel, que tuviera en su habitación un perro, ni tampoco una guitarra.
Sus suaves ojos parecieron encerrarse en sí mismos como defendiéndose de un cierto sentimiento de vergüenza. Pero al momento su expresión se rompió en una sonrisa, toda ella carmín y marfil.
—Ayer por la noche, Kern, se excedió usted en la pista de baile —contestó. El joven oliváceo y el tipo bajito que sólo respetaba la Biblia y el billar se rieron, el primero con una risa abierta y cordial, y el segundo como en sordina, y con una expresión de sorpresa en su mirada.
Kern dijo frunciendo el ceño.
—Le pediría que no tocara la guitarra por la noche. Me cuesta mucho dormirme.
Isabel le abofeteó la cara con una mirada desafiante, lúcida.
—Sería mejor que se lo pidiera a sus sueños, no a mí.
Y empezó a hablar con su vecino de mesa acerca del campeonato de esquí que iba a tener lugar al día siguiente.
En los últimos minutos Kern había sentido que sus labios, incontrolados, se estiraban hasta adoptar una mueca involuntaria de sarcasmo. Las comisuras de su boca se crisparon con dolor, y de repente sintió ganas de tirar del mantel y de estampar los jacintos contra la pared.
Se levantó de la mesa tratando de ocultar el temor insoportable que le poseía, y, sin ver a nadie, salió de la habitación.
—¿Qué me está pasando? —se preguntó con angustia—. ¿Qué está pasando aquí?
Abrió de un golpe la maleta y empezó a hacer el equipaje. Inmediatamente se sintió mareado. Dejó lo que estaba haciendo y comenzó a pasear por el cuarto. Irritado, llenó la pipa. Se sentó en el sillón junto a la ventana, al otro lado de la cual la nieve seguía cayendo con nauseabunda regularidad.
Había venido a este hotel, a este elegante refugio invernal llamado Zermatt, para fundir la sensación de blanco silencio con el placer que le proporcionarían una serie de encuentros diversos y despreocupados, porque si en estos momentos temía algo, eso era la soledad absoluta. Pero ahora comprendía que los rostros humanos también le resultaban intolerables, que la nieve le trastornaba la mente, y que carecía de la genial vitalidad y de la tierna perseverancia sin las cuales la pasión es impotente. En cuanto a Isabel, probablemente, su vida consistía en una maravillosa carrera de esquí continua, en una risa impetuosa, en un perfume y también en el aire helado.
¿Quién es? ¿Una diva solar, que ha roto sus cadenas? ¿O la hija fugitiva de un lord arrogante y malhumorado? ¿O sencillamente, una de esas mujeres parisinas…? ¿Y de dónde procede su dinero? Un poco vulgar, sin embargo…
Pero, por mucho que diga, tiene un perro, y es inútil que ella lo niegue. Será un gran danés de pelo sedoso. Con orejas calientes y morro frío. Y sigue nevando, además, Kern pensó, casualmente. Y en mi maleta —y justo en ese momento, algo pareció abrirse, con un chasquido, en su cerebro— tengo una Parabellum.
Hasta la noche estuvo deambulando por el hotel, o dedicado al crujido seco de las páginas de los periódicos en el salón de lectura. Desde la ventana del vestíbulo vio a Isabel, al Sueco y a varios jóvenes con sus chaquetas sobre gruesos jerseys de rayas, que se montaban sobre un trineo con curvas de cisne. Los caballos ruanos hacían sonar sus arneses alegres. La nieve caía silenciosa y densa. Isabel, salpicada toda de pequeñas estrellas blancas, gritaba y se reía entre sus compañeros. Y cuando el trineo se puso en marcha con una sacudida y empezó a acelerar, ella se echó atrás, dando palmas en el aire con sus manos enguantadas en piel.
Kern se apartó de la ventana.
Sigue con tu juego, diviértete con tu paseo… Me es igual.
Luego, durante la cena, trató de no mirarla. Ella estaba dominada por una alegría festiva y un punto achispada, y no le hizo ningún caso. A las nueve, la música negra comenzó a gemir y a sonar con estrépito. Kern, en un estado de languidez enfermiza, se quedó de pie en el quicio de la puerta, contemplando las parejas agarradas y el abanico rizado de Isabel.
Una voz dulce le dijo al oído:
—¿Te apetece ir al bar?
Se volvió y vio los ojos de melancolía cabruna, las orejas con su pelusilla rojiza.
En la penumbra carmesí del bar, las mesas de cristal reflejaban los pliegues de las pantallas.
Había tres hombres sentados en los taburetes de la barra metálica, los tres con polainas, y las piernas recogidas, sorbiendo las pajas de tres bebidas de colores chillones. Detrás de la barra, donde botellas de distintos colores brillaban en las estanterías como una colección de escarabajos convexos, un hombre corpulento y sensual, con bigote negro, vestido con un esmoquin color cereza, mezclaba cócteles con una destreza extraordinaria. Kern y Monfiori eligieron una mesa escondida en las profundidades de terciopelo del bar. Un camarero les tendió una carta abierta con una larga lista de bebidas, reverente y cautelosamente, como si fuera un anticuario exhibiendo un libro raro.
—Vamos a tomar todos los cócteles, una copa de cada, copa tras copa —dijo Monfiori en su voz melancólica y ligeramente cavernosa—, y cuando lleguemos al final, volveremos a empezar eligiendo los que más nos hayan gustado. Quizá lleguemos a uno que nos guste mucho y nos detengamos saboreándolo durante un largo rato. Y luego, volveremos de nuevo al principio.
Le dirigió al camarero una mirada pensativa.
—-¿Está claro?
Y el camarero, o mejor, la raya de su pelo, se volcó en una inclinación.
—A eso se le llama la ronda de Baco —le dijo Monfiori a Kern con una risita lastimera—. Hay gente que aborda su vida diaria de la misma manera.
Kern contuvo un bostezo trémulo.
—Ya sabes que todo esto acaba por hacerte vomitar.
Monfiori suspiró, bebió un par de tragos, chasqueó los labios y marcó con un portaminas una X en la primera bebida de la lista. Dos surcos profundos corrían a lo largo de su rostro, desde las aletas de la nariz hasta su fina boca.
Después de su tercera copa, Kern encendió un cigarrillo en silencio. Después de su sexta copa —un brebaje de chocolate y champán demasiado dulce—, sintió la imperiosa necesidad de hablar.
Exhaló un megáfono de humo. Entornando los ojos, dio unos golpecitos a la ceniza de su cigarrillo con una uña amarillenta.
—Dime, Monfiori, ¿qué piensas de… de, cómo se llama, Isabel?
—No conseguirás nada con ella —contestó Monfiori—. Pertenece a una especie escurridiza. Todo lo que busca es un contacto fugaz.
—Pero toca la guitarra por la noche y se entretiene con su perro. Eso no está bien, ¿no crees? —dijo Kern, mirando su copa con ojos desencajados.
Con otro suspiro, Monfiori dijo:
—Por qué no te olvidas de ella. Después de todo…
—Eso me suena a envidia… —empezó a decir Kern.
El otro le interrumpió con suavidad:
—Es una mujer. Y yo, como ves, tengo otras inclinaciones —y aclarándose la garganta con una cierta modestia, marcó otra X en la carta.
Las copas de rubí fueron reemplazadas por otras doradas. Kern tenía la sensación de que la sangre se le estaba volviendo dulce. Una especie de bruma se le iba instalando en el cerebro. Las polainas blancas abandonaron el bar. Los ritmos y melodías de la distante música cesaron.
—Dices que hay que ser selectivo… —su voz era espesa y hablaba como con desmayo—, mientras que yo he llegado a un punto en que… Mira, por ejemplo, yo estuve casado una vez. Se enamoró de otro. Y resultó ser un ladrón. Robaba coches, collares, pieles… Y ella se quitó la vida. Con estricnina.
—¿Y crees en Dios? —le preguntó Monfiori con el aire de un hombre que por fin va a atacar su tema favorito—. Después de todo, Dios existe.
Kern se rió artificiosamente.
—El Dios de la Biblia… un vertebrado gaseoso… No soy creyente.
—Eso es de Huxley —observó insinuante Monfiori—. Y, sin embargo, hubo un Dios bíblico… Lo que pasa es que El no es el único; hay numerosos dioses bíblicos… Innumerables. Mi favorito es… «Estornudó y se hizo la luz. Sus ojos son como las pestañas de la aurora», ¿entiendes lo que esto quiere decir? ¿Lo entiendes? Y aún hay más: «… las partes carnales de su cuerpo están sólidamente conectadas, y no se moverán jamás». ¿Qué te parece? ¿Qué te parece? ¿Entiendes?
—Espera un segundo —gritó Kern.
—No, no, tienes que meditarlo. «¡Transforma el mar en un ungüento hirviente; deja tras de sí un rastro de resplandor; el abismo se asemeja a una mancha de cabello gris!»
—Espera, quieres esperar —le interrumpió Kern—. Quiero decirte que he decidido matarme…
Monfiori se le quedó mirando impertérrito, con atención, cubriendo su copa con la mano. Se quedó un rato en silencio.
—Justo lo que yo pensaba —comentó con inesperada amabilidad—. Esta noche, cuando estabas mirando cómo bailaba la gente, e incluso antes, cuando te levantaste de la mesa… Había algo en tu cara… Ese surco entre las cejas… Tan especial… Lo comprendí al momento… —se quedó callado, acariciando el borde de la mesa.
—Escucha lo que voy a decirte —continuó, cerrando sus pesados párpados violáceos cuyas pestañas parecían verrugas—. Voy por todas partes buscando a los que son como tú, en hoteles de lujo, en trenes, en lugares de veraneo, en los muelles de las grandes ciudades, por la noche —una sonrisa de ensueño burlón pasó fugazmente por sus labios.
—Me acuerdo que una vez en Florencia… —alzó sus ojos de liebre—. Escucha, Kern, me gustaría estar presente cuando lo hagas. ¿Te importaría?
Kern, en un golpe de desmayo y parálisis, sintió un escalofrío en el pecho bajo su camisa almidonada. Los dos estamos borrachos, fueron las palabras que cruzaron por su mente, y además este tipo es peligroso.
—¿Te importaría? —repitió Monfiori con una mueca—. Guapísimo, por favor (y le rozó con su manita velluda y pegajosa).
Kern dio un salto y tambaleándose inseguro se levantó de la silla.
—¡Vete al infierno! Déjame marchar… Estaba bromeando.
La mirada atenta de los ojos de sanguijuela de Monfiori no pestañeó, inmutable.
—¡Ya estoy harto de ti! ¡Estoy harto de todo! —Kern se fue corriendo, haciendo un gesto como si quisiera quitarse las salpicaduras de lodo con las manos. La mirada de Monfiori, como obedeciendo a un golpe seco, perdió su inmutabilidad.
—¡Basura! ¡Muñeca! ¡No son más que palabras! ¡Basta!
Se golpeó la cadera contra el filo de la mesa y se hizo daño. Aquel tipo gordo color de cereza que estaba detrás de la barra vacilante se ahuecó la pechera de la camisa y empezó a flotar, como en un espejo curvo, entre sus botellas. Kern atravesó las olas deslizantes de la alfombra, y empujó con el hombro la puerta de cristal.
El hotel estaba completamente dormido. Subió las alfombradas escaleras con dificultad y localizó su habitación. Alguien se había dejado la llave puesta en la puerta contigua. Se había olvidado de encerrarse. Las flores serpenteaban en la pálida luz del pasillo. Ya en su habitación pasó un buen rato buscando a tientas en la pared el interruptor de la luz. A continuación se desplomó en un sillón junto a la ventana.
Se le ocurrió entonces que tenía que escribir algunas cartas, cartas de despedida. Pero las bebidas almibaradas le habían debilitado. Tenía en los oídos un hueco clamor denso, y unas olas gélidas se derramaban por su frente. Tenía que escribir una carta y había algo más, algo que le preocupaba. Como si se hubiera marchado de casa sin la cartera. La negrura de espejo de la ventana le devolvía el reflejo de su cuello de rayas y de su frente pálida. Tenía que escribir aquella carta… no, ¡no era eso! De pronto, algo se encendió en los ojos de su mente. ¡La llave! La llave en la cerradura de la puerta de al lado…
Kern se levantó con esfuerzo y salió al pasillo débilmente iluminado. De la llave enorme colgaba una placa brillante con el número treinta y cinco. Se detuvo delante de aquella puerta blanca. Un temblor ávido agitaba sus piernas.
Un viento helado le azotó la frente. La ventana de la habitación, espaciosa y completamente iluminada estaba abierta de par en par. Y en la cama, vestida con un pijama amarillo escotado, estaba tumbada Isabel. Una mano pálida, con un cigarrillo encendido entre los dedos, colgaba a un lado de la cama. Se debía de haber quedado dormida sin darse cuenta.
Kern se acercó a la cama. Se golpeó la rodilla contra una silla y una guitarra soltó un débil tañido. El cabello azul de Isabel se extendía en círculos precisos sobre la almohada. Se quedó mirando sus oscuras pestañas, la sombra delicada entre sus pechos. Tocó la manta. Sus ojos se abrieron inmediatamente. Entonces, inclinándose suplicante como un jorobado, Kern le dijo: «Necesito tu amor. Mañana me voy a pegar un tiro».
Nunca hubiera soñado que una mujer, incluso sorprendida, pudiera asustarse tanto. De entrada, Isabel se quedó inmóvil, pero luego reaccionó como con una embestida y, sin apartar los ojos de la ventana abierta, se bajó al instante de la cama y pasó corriendo delante de Kern con la cabeza baja como si intentara esquivar un golpe.
La puerta se cerró de repente. Unas hojas de papel volaron de la mesa.
Kern se quedó de pie en medio de la gran habitación iluminada. En la mesilla unas uvas brillaban en oros y violetas.
—Está loca —dijo para que se le oyera.
Se estiró con cierto esfuerzo. Temblaba como un corcel de frío en un escalofrío prolongado. Luego, súbitamente, se quedó inmóvil y helado.
Al otro lado de la ventana, se acercaba una especie de alegre ladrido que iba hinchándose y creciendo en espasmos violentos. En un abrir y cerrar de ojos el cuadrado de negra noche del vano de la ventana se llenó y se inflamó en un tumulto de pieles sólidas y bulliciosas. Con un único y ruidoso movimiento aquel tosco pelaje ocultó por completo el cielo nocturno, enmarcado en la ventana. Al momento siguiente, aquello creció, se estiró, e irrumpió de través por la ventana, desplegándose luego. Y entre el ruido y la agitación de aquella maraña de pieles desplegadas se dejó ver el resplandor de un pálido rostro. Kern agarró la guitarra por el mástil y, con toda su fuerza, golpeó aquel rostro blanco que volaba ante sus ojos. Como si se tratara de una tempestad de pelo, la nervadura de un ala de aquel gigante le tumbó de un golpe al suelo. Estaba abrumado por el olor de aquel animal. Kern se levantó dando bandazos.
En el centro de la habitación había un ángel inmenso.
Ocupaba toda la habitación, todo el hotel, todo el mundo. Su ala derecha se había quebrado, y la apoyaba en ángulo contra el armario de luna. La izquierda no dejaba de mecerse imponente, enredándose en las patas de una butaca volcada en el suelo. La butaca se balanceaba, rítmicamente, en el suelo. El pelo pardo de las alas humeaba, irisado con la escarcha. Ensordecido por el golpe, el ángel se apoyaba en las palmas de sus manos como una esfinge. En sus manos blancas latían bien visibles e hinchadas unas venas azules, y en los hombros, junto a la clavícula se veían zonas de sombras. Sus ojos alargados y miopes, verde pálido como el aire que precede a la aurora, contemplaban a Kern sin pestañear desde el fondo de unas cejas unidas y absolutamente rectas.
Asfixiado con el penetrante olor a piel mojada, Kern se quedó de pie e inmóvil con la absoluta indiferencia que produce el terror límite, contemplando al gigante, sus alas humeantes y su rostro blanco.
Un ruido hueco comenzó a oírse al otro lado de la puerta, en el pasillo y Kern se vio dominado por una emoción distinta: una vergüenza desgarradora. Estaba avergonzado hasta el dolor, hasta el horror de pensar que en cualquier momento alguien pudiera llegar hasta allí y encontrarle con semejante criatura, tan absolutamente increíble.
Con un ruidoso jadeo el ángel se esforzó por moverse. Pero tenía los brazos débiles y se desplomó sobre el pecho. Una de sus alas dio unas cuantas sacudidas. Castañeteando, tratando de no mirar, Kern se inclinó sobre él, agarró aquella masa de piel maloliente y húmeda, sujetándola por los hombros pegajosos. Notó con un horror de náusea que los pies del ángel eran pálidos y no tenían huesos, y que le resultaría imposible mantenerse en pie. El ángel no se resistió. Kern, a toda prisa, lo empujó hacia el armario, abrió de par en par la puerta de luna y se dispuso a meter dentro aquellas alas, que crujían al verse apretadas en el fondo del armario. Las cogió por los nervios, tratando de doblarlas y meterlas dentro. Pero las alas pugnaban por desplegarse, y pelos y piel no dejaban de golpearle con sus aletazos en el pecho. Por fin consiguió cerrar la puerta de un buen golpe. En aquel instante se oyó un grito lacerante, insoportable, el grito de un animal aplastado por una rueda. Al cerrar la puerta de golpe había pillado un ala, eso era. Una puntita del ala sobresalía por una rendija. Kern abrió ligeramente la puerta y remetió la cuña sinuosa con su propia mano. Cerró con llave.
Todo se quedó muy tranquilo. Kern sintió que unas lágrimas ardientes le corrían por la cara. Respiró hondo y salió corriendo al pasillo. Isabel estaba junto a la pared, un montón de encogida seda negra. La recogió en sus brazos, la llevó a su habitación y la depositó en la cama. A continuación cogió la pesada Parabellum de su maleta, le quitó el seguro, salió corriendo casi sin respirar e irrumpió en la habitación treinta y cinco.
Las dos mitades de una fuente rota yacían, blancas, en la alfombra. Las uvas estaban esparcidas aquí y allá.
Kern se vio en el espejo del armario: un mechón de cabello sobre la ceja, una pechera de camisa almidonada y manchada de rojo, el destello alargado del cañón de su arma.
—Tengo que rematarlo —exclamó con voz apagada, y abrió el armario.
No había nada salvo una ráfaga, de pelusa maloliente. Unos grasientos mechones pardos se arremolinaban por el suelo de la habitación. El armario estaba vacío. En el suelo, una sombrerera blanca aplastada.
Kern se acercó a la ventana y miró. Unas nubéculas peludas se deslizaban contra la luna y proyectaban en su entorno apagados arco iris. Cerró los cajones, volvió a poner la butaca en su sitio, y empujó a patadas los mechones pardos bajo la cama. Luego, con cautela salió al pasillo. Estaba tan tranquilo como antes. La gente duerme como un tronco en los hoteles de montaña.
Y cuando volvió a su habitación lo que vio fue a Isabel con los pies desnudos colgando fuera de la cama, temblando, con la cabeza entre las manos. Sintió vergüenza, como unos minutos antes, cuando el ángel le estaba mirando con sus extraños ojos verdosos.
—-Dime ¿dónde está? —le preguntó Isabel con ansiedad.
Kern se dio la vuelta, fue hasta el escritorio, se sentó, abrió el secante y respondió:
—No lo sé.
Isabel encogió sus pies desnudos y los metió en la cama.
—¿Me puedo quedar aquí contigo? Estoy tan asustada…
Kern asintió en silencio. Dominando el temblor de su mano, empezó a escribir. Isabel comenzó a hablar de nuevo, con una voz apagada y agitada, pero por alguna razón Kern pensó que su miedo era un miedo femenino, terrenal.
—Lo conocí ayer cuando volaba en la noche sobre mis esquís. Ayer por la noche vino hasta mí.
Tratando de no escuchar lo que Isabel decía, Kern escribió con mano resuelta:
«Querido amigo, ésta será mi última carta. Nunca olvidaré cómo me ayudaste cuando el desastre cayó sobre mí. Probablemente él viva en el pico de alguna montaña donde caza águilas alpinas y se alimenta con su carne…»
Volviendo en sí, rompió lo que acababa de escribir y tomó otra hoja de papel. Isabel sollozaba con el rostro escondido en la almohada.
—¿Y qué voy a hacer ahora? Volverá y me perseguirá para vengarse… Oh, Dios mío…
«Mi querido amigo», escribió Kern deprisa, «ella buscó caricias inolvidables y ahora dará a luz a una pequeña bestia con alas…». ¡Maldita sea! Y arrugó la hoja que acababa de escribir.
—Trata de dormirte —se dirigió a Isabel por encima del hombro—. Y mañana vete. A un monasterio.
Y al oírlo Isabel se encogió de hombros. A continuación se quedó quieta y callada.
Kern escribía. Ante él sonreían los ojos de la única persona en el mundo con la que podía hablar con toda libertad o quedarse callado si así lo prefería. Le escribió a esa persona que la vida estaba acabada, que últimamente había empezado a pensar que, en lugar de un futuro, lo que se perfilaba, cada vez más próximo, era un muro negro, y que ahora había ocurrido algo terrible, tras lo cual un hombre no puede ni debe seguir viviendo. «Mañana, a las doce, moriré», escribió Kern, «mañana, porque quiero morir en pleno uso de mis facultades, a la sobria luz del día. Y ahora me encuentro en un estado de profundo shock».
Cuando hubo acabado se sentó en el sillón junto a la ventana. Isabel seguía durmiendo, su respiración apenas se oía. Un cansancio agobiante le atenazaba la espalda. El sueño descendió sobre él como la suave niebla.
3.
Le despertó un golpe en la puerta. Por la ventana se derramaba un azul de escarcha.
—Entre —dijo estirándose.
El camarero depositó silenciosamente una bandeja con una taza de té encima de la mesa y, con una inclinación, se retiró.
Riéndose de sí mismo, Kern pensó: «Y aquí sigo yo a estas horas con un esmoquin todo arrugado».
Y entonces, al momento, recordó lo que había sucedido durante la noche. Se puso a temblar y contempló la cama. Isabel se había ido. Debía haber vuelto a su habitación con la llegada de la mañana. Y a aquellas horas ya se habría ido, sin duda… Tuvo una visión fugaz de las derrotadas alas pardas. Se levantó deprisa y abrió la puerta del pasillo.
—Escuche —llamó al camarero que ya se iba dándole la espalda—. Tengo una carta para que la lleve al correo.
Fue al escritorio y empezó a buscar desordenadamente. El tipo le esperaba en la puerta. Kern comprobó sus bolsillos y miró debajo del sillón.
—Puede irse. Se la daré al conserje más tarde.
La raya del pelo se inclinó y la puerta se cerró con suavidad.
Kern estaba disgustado por haber perdido la carta. Aquella carta precisamente. Lo había formulado tan bien, tan sencilla y llanamente, todo lo que necesitaba ser dicho. Y ahora no podía recordar las palabras. Sólo le venían frases sin sentido. Sí, aquella carta había sido una obra maestra.
Empezó a escribir de nuevo, pero resultó fría y retórica. Selló la carta y copió la dirección con esmero.
Se sintió ligero, como aliviado. Se mataría de un tiro a las doce; después de todo, un hombre que ha decidido matarse es un dios.
La nieve azucarada resplandecía al otro lado de la ventana. Se sintió atraído por ella, por última vez.
Las sombras de los árboles cubiertos de escarcha reposaban sobre la nieve como plumas azules. Las campanillas de los trineos tintineaban en algún lugar, divertidas y densas. Había mucha gente, chicas con gorros de piel que se movían timoratas y torpes sobre sus esquís, jóvenes que exhalaban nubes de risa al llamarse los unos a los otros, gente madura, rubicunda con el esfuerzo, y algún vigoroso anciano de ojos azules que arrastraba un trineo cubierto de terciopelo. Kern pensó al pasar, por qué no darle al tipo un golpe en la cara, con el dorso de la mano, simplemente para divertirse, porque ahora todo estaba permitido. Rompió a reír. Hacía tiempo que no se sentía tan bien.
Todo el mundo se encaminaba a la zona donde acababa de empezar la competición de saltos. El lugar consistía en un descenso escarpado que a mitad de camino se transformaba en una plataforma nevada que se terminaba abruptamente, proyectándose en ángulo recto. Un esquiador se deslizó por la sección empinada y saltó al aire volando por la rampa que se proyectaba al aire azul. Volaba con los brazos extendidos, aterrizó de pie en la pista de nieve que se extendía bajo la rampa, y se deslizó por la misma. El Sueco acababa de romper su propio récord, y, más abajo, en un remolino de polvo de plata, hizo un brusco giro extendiendo una de sus piernas doblada.
Otros dos, con jerseys negros, pasaron a toda velocidad, saltaron y con la máxima flexibilidad golpearon el suelo.
—A continuación va a saltar Isabel —dijo una voz suave a espaldas de Kern. Kern pensó rápidamente, No me digas que todavía está aquí… Pero cómo puede… y se quedó mirando a la persona que había hablado. Era Monfiori. Con la chistera encajada en sus salientes orejas, y un pequeño abrigo negro con tiras de terciopelo ajado en el cuello, se destacaba divertido entre los espectadores vestidos de lana. ¿Debería decírselo?, pensó Kern.
Rechazó con asco las pardas alas malolientes; no debía pensar en eso.
Isabel subió la colina. Se volvió a decirle algo a su compañero, alegre, tan alegre como siempre. Esta alegría le produjo a Kern un sentimiento de miedo. Entrevió lo que parecía ser una fugaz visión momentánea de algo ahí encima de las nieves, encima del hotel de cristal, encima de la gente tan minúscula —un escalofrío, un resplandor trémulo…
—¿Y cómo te encuentras hoy? —preguntó Monfiori, frotándose las manos inertes.
Y justo en ese momento unas voces exclamaron junto a ellos: «¡Isabel!, ¡Isabel la Voladora!».
Kern volvió la cabeza. Venía lanzada por la empinada pendiente. Por un instante vio su rostro resplandeciente, sus relucientes pestañas. Con un suave silbido pasó rozando por el trampolín, voló y se quedó colgada inmóvil, crucificada en medio del aire. Y entonces…
Nadie, desde luego, podía haberlo esperado. En pleno vuelo Isabel se desplomó en un espasmo, cayó como si fuera una piedra, y empezó a rodar entre las ráfagas de nieve que producían sus esquís al dar tumbos.
Inmediatamente quedó oculta por las espaldas de la gente que corrió hacia ella. Kern se acercó lentamente, encorvado. Lo contempló vivido en su mente, como si lo hubieran escrito en grandes letras: venganza, batir de alas. El Sueco y el tipo larguirucho de gafas de montura de hueso se inclinaron sobre Isabel. Con gestos profesionales el hombre de las gafas palpaba su cuerpo sin vida. Murmuró: «No lo puedo entender, tiene la caja torácica aplastada…».
Alzó la cabeza tratando de verla. Sólo vislumbró fugazmente su rostro muerto, y aparentemente desnudo.
Kern se volvió con un crujido de talones y se encaminó a paso decidido hasta el hotel. Junto a él trotaba Monfiori, que se le adelantaba, queriéndole arrancar a hurtadillas lo que sus ojos decían.
—Ahora voy a subir a mi habitación —dijo Kern, tratando de tragarse su risa y sus sollozos, tratando de contenerlos—. Arriba… si deseas acompañarme…
La risa se acercó a su garganta y estalló. Kern subía las escaleras como si estuviera ciego. Monfiori le ayudaba, manso y desbocado.

lunes, 11 de enero de 2016

Es que somos muy pobres.

Es que somos muy pobres.

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos ente­rrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llo­ver como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin dar­nos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un mano­jo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le re­galó para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el es­truendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumban­do el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazo­nes y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se no­taba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había per­dido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tama­rindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque aho­ra ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más es­pesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin can­sarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subi­mos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpen­tina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puer­ta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera es­tado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y sus­pirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y aca­lambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había vis­to. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árbo­les con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o tron­cos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos ha­bía conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que cre­cieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y enten­dían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el sue­lo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguan­tó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantar­las más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos.»
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: pun­tiagudos y altos y medio alborotados para llamar la aten­ción.
—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa era la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entien­de. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido seme­jante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

viernes, 8 de enero de 2016

El manual de Himeneo.

El manual de Himeneo.

The Handbook Of Hymen
Yo, Sanderson Pratt, que dejo asentado aquí mi testimonio, opino que el sistema educativo de los Estados Unidos debiera estar a cargo de la oficina meteorológica. Me considero en condiciones de ofrecer excelentes razones para demostrarlo, y. usted no podría aclararme por qué no sería preferible que nuestros profesores universitarios fueran transferidos al departamento meteorológico. Son expertos en leer y con suma facilidad podrían hojear los diarios de la mañana y telegrafiar a la oficina central informando el pro nóstico del tiempo. Pero éste es el otro aspecto de la proposición. Ahora paso a contarle de qué manera el tiempo nos proporcionó a Idaho Green y a mí una educación distinguida.
Nos hallábamos en los Montes Raíces Amargas, más allá de la frontera de Montana, buscando oro. En Wa lla Walla un individuo que usaba perilla y acarreaba un buen surtido de esperanzas como exceso de equipaje nos había abarrotado de provisiones, y allí estábamos cavando al pie de las montañas con bastante alimento a mano como para mantener a un ejército durante una conferencia de paz.
Un día, procedente de Carlos más allá de las montañas, llegó un cartero a caballo; hizo un alto para despachar tres latas de hortalizas y nos dejó un periódico de fecha moderna. Ese diario incluía un sistema de premoniciones meteorológicas, y el respectivo tirador de cartas, como última baraja de su mazo, anunciaba para los Montes Raíces Amargas:
“Caluroso y bueno, con leves brisas del oeste”.
Esa noche empezó a nevar con fuertes vientos del este. Idaho y yo trasladamos nuestro campamento ladera arriba a una vieja cabaña desocupada, convencidos de que eso no era nada más que una pasajera tormenta de noviembre. Pero cuando la nieve llegó a tener el espesor de un metro en terreno llano, el asunto comenzó a ponerse serio y comprendimos que estábamos bloqueados. Habíamos hecho una abundante provisión de leña antes de que la capa de nieve creciera y teníamos material ingerible suficiente para dos meses, de modo que dejamos a los elementos en paz para que devastaran y derribaran cuanto creyeran conveniente. Si usted desea fomentar el arte del homicidio no tiene más que encerrar un mes a un par de hombres en una cabaña de unos cinco metros por seis. La naturaleza humana es incapaz de soportarlo.
Cuando empezaron a caer los primeros copos de nieve, cada uno de nosotros, Idaho Green y yo, festejábamos con grandes carcajadas los chistes del otro, encomiábamos la sustancia que extraíamos de una cacerolita y la llamábamos pomposamente alimento. Al cabo de tres semanas, Idaho pronunció una especie de sentencia contra mí. Dijo:
—Para hablar con la exactitud que corresponde, nunca escuché el ruido que hace la leche agria al gotear desde un globo aerostático sobre el fondo de un recipiente de hojalata, pero se me ocurre que eso sería música de las esferas comparado con la estrangulada corriente de asfixiado pensamiento que emana de los órganos parlantes de usted. Los semimasticados sonidos que emite todos los días me traen a la memoria el recuerdo de una vaca rumiando, sólo que ella es lo bastante señora como para guardarse los ruidos para sí misma, en tanto que usted no procede del mismo modo.
—Señor Green —respondí—, como en algún tiempo fue amigo mío, vacilo un poco antes de confesarle que si yo estuviera en condiciones de elegir como compañía entre usted y un vulgar cachorrito amarillo de tres patas, en este mismo momento uno de los habitantes de esta cabaña estaría meneando la cola.
Las cosas siguieron así dos o tres días y después de jamos de dirigirnos la palabra. Repartimos los utensilios de cocina, e Idaho se hacía su comida en un costado del hogar y yo la mía en el otro. La nieve ya había llegado hasta las ventanas y teníamos que mantener el fuego encendido todo el día.
Como usted comprende, Idaho y yo jamás habíamos recibido educación alguna, exceptuando aprender a leer y a sumar “si Juan tiene tres manzanas y Jaime cinco” en una pizarra. Nunca sentimos ninguna necesidad especial de obtener un título universitario, pero, sin embargo, a fuerza de andar dando vueltas por el mundo, ambos habíamos adquirido una especie de inteligencia intrínseca que nos era útil en caso de apuro. Pero al hallarnos bloqueados por la nieve en esa cabaña en los Montes Raíces Amargas, intuimos por primera vez que sí hubiésemos estudiado Hornero o griego y quebrados y las más nobles esferas del conocimiento, podríamos haber dispuesto de ciertos recursos en el ramo de la meditación y la reflexión. He conocido tipos universitarios del Este que trabajaban en campamentos a lo largo de todo el Oeste, pero jamás dejé de comprobar que, para ellos, la educación era un inconveniente menor de lo que usted puede suponer. Por ejemplo, una vez junto al Río de la Culebra, cuando su caballo de silla enfermó de parásitos, Andrew Me Williams mandó un carretón a diez kilómetros de distancia en busca de uno de esos forasteros que aseguraba ser botánico. Pero aquel caballo murió.
Una mañana Idaho estaba tanteando con ayuda de un palo la parte superior de una pequeña repisa demasiado alta para alcanzarla con la mano. Dos libros cayeron al suelo. Me adelanté de inmediato; me de tuvo la mirada de Idaho. Habló por primera vez en una semana.
—No te quemes los dedos —anunció—. Pese al hecho de que sólo eres apto para servir como compañía a una tortuga de pantano en período de hibernación, te daré un trato equitativo. Y esto es más de lo que tus padres hicieron por ti cuando te soltaron en el mundo con la sociabilidad de una víbora de cascabel y los modales de un nabo helado. Jugaremos una partida de naipes; el ganador elegirá el libro que prefiera y el perdedor se quedará con el otro.
Jugamos. Idaho ganó. Eligió su libro y yo recogí el mío. Acto seguido cada uno se recluyó en su rincón de la cabaña y dio comienzo a la lectura.
Al ver una pepita de oro de diez onzas jamás me sentí tan alegre como en el momento en que entré en posesión de ese libro. E Idaho miraba el suyo como un chico contempla un paquete de caramelos.
El mío era un libro pequeño de unos quince por veinte centímetros titulado Manual de Herkimer sobre Información Indispensable. Aún lo conservo, y puedo desafiarlo a usted o a cualquier otro hombre cincuenta veces en cinco minutos con la información contenida en él. ¡Y después que me hablen de la sabiduría de Salomón o del material noticioso que ofrece el Tribune de Nueva York! Herkimer los supera ampliamente a los dos. Este hombre debe haber invertido cincuenta años y recorrido un millón de kilómetros para reunir todos esos datos. Allí figuraba la población de cuan tas ciudades uno pudiera imaginar, la manera de establecer la edad de una muchacha y cuántos dientes tiene un camello. Informaba cuál es el túnel más largo del mundo, la cantidad de estrellas, cuánto tarda en brotar la varicela, cuánto debe medir el cuello de una dama, qué poderes de veto tienen los gobernadores, las fechas en que fueron construidos los acueductos romanos, cuántas libras de arroz podrían comprarse por día sin estar acompañadas por tres cervezas, el promedio anual de temperatura en la población de Augusta (Maine), la cantidad de semillas necesaria para sembrar en sur cos un acre con zanahorias, antídotos para venenos, la cantidad de cabellos que crece en la cabeza de una dama rubia, cómo conservar los huevos, la altura de todas las montañas del mundo y las fechas de todas las guerras y todas las batallas, y cómo revivir a los ahogados y la insolación, y la cantidad de tachuelas que entran en medio kilogramo y cómo fabricar dinamita, cultivar flores y preparar canteros, y qué hacer antes de que llegue el médico… v cientos y cientos de otros datos. Si había algo que Herkimer no supiera, no me di cuenta de que faltara en el libro.
Me instalé y leí ese manual horas y horas sin parar. Todas las maravillas de la educación estaban compila das en él. Me olvidé de la nieve v de que el bueno de Idaho y yo no nos dirigíamos la palabra. El estaba sentado, silencioso, en un banquito, leyendo y leyendo con una extraña expresión, en parte .apacible, en parte misteriosa, que relucía a través de sus patillas color roble obscuro.
—Idaho —pregunté—, ¿qué clase de libro es el tuyo?
Sin duda él también se había olvidado, porque con testó en tono afable sin ningún indicio de desdén o malevolencia.
—Bueno —respondió—. Al parecer éste es un volumen escrito por Hornero K. M.
—Hornero K. M., ¿qué? —inquirí.
—Bien, exactamente Hornero K. M. —dijo.
—Eres un mentiroso —respondí, un tanto encolerizado al suponer que intentaba burlarse de mí—. Nadie anda por allí firmando libros con sus iniciales. Si se trata de Hornero K. M. Spoonpandyke o de Hornero K. M. McSweeneey o de Hornero K. M. Jones, ¿por qué no lo dices con valentía en lugar de morder el extremo del nombre como una cabra que mordisquea el faldón de una camisa colgada en la cuerda para que se seque?
—Te informo las cosas tal como son, Sandy —respondió Idaho sosegadamente—. Este es un libro de poesía escrito por Hornero K. M. Al principio me pareció sin ton ni son, pero después comprobé que tiene gran atractivo, si te tomas la molestia de descubrirlo. No me desprendería de él ni aunque me ofrecieran un par de mantas rojas.
—Me parece muy bien —repliqué—. Lo que yo necesito es un conjunto de hechos objetivos que la mente pueda elaborar y, según creo, esto es lo que me ofrece el libro que me tocó en suerte.
—Lo que conseguiste —contestó Idaho— es estadísticas, el peldaño más ínfimo de información que existe. Envenenarán tu mente. Para mí no hay nada superior al sistema de sobreentendidos del querido Hornero K. M. Al parecer es algo así como un traficante en vinos, Su brindis habitual es “nada, nada, nada” y se diría que tiene mal carácter, pero lo mantiene tan bien lubricado con bebidas alcohólicas que sus puntapiés más agresivos suenan como una invitación a tomar un trago. Pero esto es poesía —prosiguió Idaho— y miro con desprecio ese mamarracho tuyo que trata de inculcar sensatez con ayuda de centímetros y metros. Cuando llega el momento de explicar el instinto de la filosofía mediante el arte de la naturaleza, el bueno de Hornero K. M. derrota a tu hombre y sus perforaciones, hileras, parágrafos, medidas del pecho y promedio anual de precipitación pluvial.
Así era como Idaho y yo encarábamos el asunto. Día y noche nuestra única diversión consistía en estudiar nuestros respectivos textos. Sin duda alguna, esa tormenta nos proporcionó un espléndido bagaje de cono cimientos. Cuando se derritió la nieve, si usted súbitamente me hubiese encarado para preguntarme de sopetón, “Sanderson Pratt, ¿cuánto costaría por metro cuadrado cubrir un techo con chapas de zinc de veinte por veinte centímetros al precio de nueve dólares con cincuenta el cajón?”, le hubiese respondido con la misma velocidad a que se desplaza la luz a lo largo del mango de una pala a un promedio de trescientos mil kilómetros por segundo. ¿Cuántos están en condiciones de hacerlo? Despierte en medio de la noche a cualquier individuo que conozca y pídale que responda en el acto cuántos huesos tiene el esqueleto humano, sin contar los dientes, o qué porcentaje de votos se necesita para que la Legislatura de Nebraska anule un veto. ¿Cuál será la respuesta del susodicho individuo? Haga la prueba y verifíquelo.
Ignoro qué beneficios extrajo Idaho de su poesía. Ala baba al vendedor de vino cada vez que abría la boca, pero yo no estaba nada convencido.
A través de lo que se desprendía del libreto, vía Idaho, llegué a la conclusión de que ese tal Hornero K. M. era bastante parecido a un perro que observa la vida como si fuera una lata atada a su cola. Después de haber corrido y corrido hasta quedar medio muerto, el perro se sienta, saca la lengua, mira la lata y dice:
—Bien, como no podemos librarnos del jarro, vamos a llenarlo en la taberna y que todos tomen un trago a mi salud.
Además, parece que este tal Hornero K. M. era persa, y nunca tuve noticias de que Persia produjera nada digno de tenerse en cuenta, con excepción de alfombras turcas y gatos malteses.
Aquella primavera Idaho y yo obtuvimos mena de primera calidad. Teníamos por costumbre vender rápido y seguir viaje. Entregamos la mena a nuestro proveedor de comestibles a cambio de ochocientos dólares por cabeza. Luego nos encaminamos a toda velocidad a esta pequeña urbe, Rosa, ubicada junto al Río Salmón para descansar, ingerir alimentos dignos de un ser humano y hacernos podar los bigotes.
Rosa no era un campamento minero. Se erguía en el valle y se hallaba tan libre de estrépito y pestilencia como cualquiera de las poblaciones rurales de la campiña. Había una línea de tranvías que recorría unos tres kilómetros y mordisqueaba los alrededores. Idaho y yo pasamos una semana yendo y viniendo en uno de los vehículos; por la noche nos dejábamos caer en el hotel Sol del Ocaso. Como en ese momento contábamos con sólidas lecturas y además habíamos viajado mucho, muy pronto alternamos pro re nata con la mejor sociedad de Rosa, y fuimos invitados a las recepciones más elegantes y de mayor jerarquía. Idaho y yo conocimos a la esposa del difunto D. Ormond Sampson, la reina de la sociedad roseña, en un recital de piano seguido por un concurso de comedores de codornices que tuvo lugar en el Salón Municipal a beneficio del cuerpo de bomberos.
La señora Sampson era viuda y poseía la única casa de dos pisos que había en la ciudad; el edificio estaba pintado de amarillo y desde cualquier sitio que se mi rara podía vérselo con tanta claridad como una jirafa navegando sobre un témpano. Además de Idaho y yo mismo, en Rosa había veintidós individuos que estaban intentando reivindicar derechos sobre esa casa amarilla.
Después de que las partituras musicales y los huesos de codorniz fueron barridos del Salón Municipal, se dio comienzo al baile. Veintitrés del tropel se lanzaron a toda carrera a solicitar una pieza a la señora Sampson. Por mi parte, pasé por alto las actividades coreo gráficas y le pedí autorización para acompañarla a su casa. Entonces fue cuando me anoté un punto a mi favor.
Mientras recorríamos el trayecto, me dijo:
—¿No le parece, señor Pratt, que esta noche las estrellas son hermosas y resplandecientes?
—Gracias a la oportunidad que han conseguido, se están esforzando de una manera muy digna de elogio.
Esa grande que ve allí está a una distancia de cien billones de kilómetros. Su luz tarda treinta y seis unos en llegar hasta nosotros. Con un telescopio de dieciocho pies puede observar cuarenta y tres millones de estrellas, incluyendo las de decimotercera magnitud; si una de ellas se extinguiera en este preciso momento usted seguiría viéndola doscientos setenta años.
—¡Caramba! —dijo la señora Sampson—. Nunca tuve noticias de tales cosas. ¡Qué templada está la noche! Advierto que estoy tan transpirada como cual quiera puede estarlo después de haber bailado tanto.
—Eso es fácil de explicar —respondí— cuando uno está enterado de que tiene dos millones de glándulas sudoríparas funcionando al mismo tiempo. Si todos sus conductos respiratorios, cada uno de los cuales mide unos seis milímetros, fueran colocados uno a continuación del otro, cubrirían una distancia de siete kilómetros.
—¡Caramba! —exclamó nuevamente la señora Sampson—. Se diría, señor Pratt, que está describiendo un canal de riego. ¿Cómo adquirió tantos conocimientos e informaciones?
—Gracias a la simple observación —repliqué— Mantengo los ojos bien abiertos cuando recorro el mundo.
—Señor Pratt —aseguró ella—, un hombre instruido siempre despertó mi admiración. Hay tan pocos eruditos entre los individuos necios y de cortos alcances de esta ciudad que resulta un verdadero placer platicar con un caballero culto. Me sentiré encantada si usted me visita cada vez que le sea grato.
Y de ese modo conquisté la benevolencia de la dama que habitaba la casa amarilla. Todos los martes y viernes por la noche iba a visitarla y le hablaba sobre las maravillas del universo tal como han sido descubiertas, tabuladas y recogidas en la naturaleza misma por Herkimer. Idaho y los restantes advenedizos de la ciudad se apropiaban de todos los minutos que podían del resto de la semana.
Nunca se me ocurrió que Idaho estuviera tratando de conquistar a la dama ateniéndose a las pautas de galanteo propuestas por el bueno de Hornero K. M., hasta que una tarde, cuando me encaminaba a ofrecer a la señora Sampson un canastillo de ciruelas silvestres, la encontré mientras ella avanzaba por la senda que conducía a su casa. Sus ojos relampagueaban de cólera y su sombrero se inclinaba peligrosamente sobre un ojo.
—Señor Pratt —prorrumpió—, según creo este tal señor Green es amigo suyo.
—Desde hace nueve años —dije.
—Ponga fin a esa amistad. ¡No es un caballero!
—Bueno, señora —sostuve—, no se olvide de que el señor Green es un simple montañícola ornamentado con todas las escabrosidades y defectos propios de un manirroto y un mentiroso, pero yo nunca, ni siquiera en las oportunidades más trascendentales, tuve el valor de negar que fuese un caballero. Es posible que en lo concerniente a sus camisas y al sentido de la altivez y de los buenos modales Idaho ofenda la mirada, pero he descubierto, señora Sampson, que en su fuero íntimo es impermeable a las manifestaciones más indiscretas del delito y de la obesidad. Después de nueve años pasados en compañía de Idaho, señora Sampson —concluí mi argumento—, me repugnaría acusarlo y me repugnaría comprobar que lo acusan.
—Es sumamente plausible de parte suya, señor Pratt —dijo la señora Sampson—, que se obnubile en defensa de su amigo, pero eso no modifica el hecho de que me ha formulado propuestas tan impertinentes como para vilipendiar el enardecimiento de quien se considera una dama.
—¡Oh, Dios mío! —exclamé—. ¡El bueno de Idaho procedió así! Antes lo hubiese creído de mí mismo. Con excepción de una sola cosa, nunca me enteré de nada que lo convirtiera en culpable de vituperio: la responsable fue una nevisca. En aquella oportunidad, cuando estábamos bloqueados por la nieve en las montañas, Idaho fue presa de una suerte de poesía espuria y procaz que quizá haya corrompido su comportamiento. —Efectivamente —confirmó la señora Sampson—; desde el momento mismo en que lo conocí me ha estado recitando un montón de poemas irreverentes compuestos por una persona a quien él llama Rubia Yat y que no es mejor de lo que debiera, si se tiene en cuenta la clase de poesía que escribe.
—Entonces Idaho ha conseguido un nuevo libro, porque el que tenía era de un individuo que usaba el nom de plume Hornero K. M.
—Hubiera sido preferible que se aferrara a él —dijo la señora Sampson—, sea quien fuere. En la actualidad ha llegado al colmo. Me envió un ramo de flores acompañado por una esquela. Bien, señor Pratt, usted es capaz de reconocer a una dama cuando la ve y además no ignora qué lugar ocupo en la sociedad de Rosa. ¿Cree por un instante que me internaría en los bosaues en compañía de un hombre con un jarro de vino y una hogaza de pan y que andaría brincando y cantando bajo el follaje con él? En las comidas tomo un poco de clarete, es cierto, pero no tengo por costumbre irme con un jarro de clarete a los matorrales y armar un alboroto infernal de esa índole. Y, por supuesto, el señor Green habría llevado consigo su libro de versos. Así lo dice en la esquela. ¡Que se vaya solo a hacer esas escandalosas francachelas! ¡O que invite a su querida Rubia Yat! Tengo la seguridad de que no protestaría, a menos que fuese para quejarse de que hay demasiado pan. Bien, señor Pratt, ¿qué opina de su caballeresco amigo?
—Bueno —respondí—, es posible que esa invitación de Idaho sea algo así como una poesía y que no se propusiese agraviarla. Acaso pertenece a la clase de composiciones que llaman alegóricas. Ofenden a la ley y al orden, pero pueden exhibirse públicamente en los puestos donde se venden periódicos con el argumento de que significan algo que no está explícito. Me sentiría muy feliz, en consideración a Idaho, si usted pasara por alto este asunto —dije—. Y ahora erradiquemos nuestras mentes de las inferiores regiones de la poesía para ascender a los planos más elevados de los hechos y de la imaginación. En una tarde tan hermosa como ésta, señora Sampson, debemos procurar que nuestros pensamientos se desenvuelvan concomitantemente. Aunque aquí el tiempo está templado, nos es preciso recordar que en la línea ecuatorial la zona de hielos perpetuos se halla a una altura de unos cinco mil metros. Entre las altitudes de 40 y 49 grados, ese nivel debe ubicarse entre mil quinientos y tres mil metros, aproximadamente.
—¡Oh, señor Pratt —exclamó la señora Sampson—, es tan gratificante escucharlo exponer esos hermosos hechos después de haber recibido una conmoción tan grande por culpa de la poesía de esa descarada rubia!
—Sentémonos en este tronco a la vera del camino —invité— y olvidemos la inhumanidad y la desvergüenza de los poetas. La belleza debe buscarse en las gloriosas columnas de hechos establecidos y de medidas legalizadas. En este tronco en el cual estamos sentados, señora Sampson, las estadísticas son más maravillosas que cualquier poema. Sus anillos permiten de terminar que tiene sesenta años de edad. A una profundidad de unos setecientos metros se convertiría en carbón en un lapso de tres mil años. La mina de carbón más profunda del mundo se halla en Killingworth, cerca de Newcastle. Un cajón de un metro treinta de longitud, un metro de ancho y ochenta centímetros de profundidad puede contener una tonelada de carbón. Si se corta una arteria, aplique un torniquete más arriba de la herida. La pierna de un hombre tiene treinta huesos. La Torre de Londres se incendió en 1841.
—Prosiga, señor Pratt —reclamó la señora Sampson—. ¡Sus ideas son tan originales y consuelan tanto! Creo que las estadísticas son exactamente tan encantadoras como deben ser.
Pero hasta dos semanas más tarde no obtuve todo lo que Herkimer me tenía reservado.
Una noche me desperté al escuchar que la gente gritaba “¡Fuego!” desaforadamente. Salté de la cama, me vestí y salí del hotel para disfrutar del espectáculo. Cuando vi que se trataba de la casa de la señora Sampson proferí una especie de aullido y llegué allí en dos minutos.
La planta baja íntegra era presa de las llamas y toda la población masculina, femenina y canina de Rosa es taba en el lugar chillando, ladrando y poniéndose en el camino de los bomberos. Lo vi a Idaho tratando de desprenderse de seis bomberos que lo sujetaban. Le decían que toda la planta baja estaba ardiendo y que nadie podía entrar y luego salir con vida.
—¿Dónde está la señora Sampson? —pregunté.
—No se la ha visto —replicó uno de los bomberos—. Duerme arriba. Tratamos de entrar pero no podemos y nuestra dotación todavía carece de escaleras.
Me acerqué rápidamente a la luz que emanaba del inmenso fuego y extraje el Manual de un bolsillo interior. Emití algo parecido a una risa cuando mis manos entraron en contacto con el volumen; admito que es taba un tanto fuera de mí a causa de la excitación.
—¡Rápido, querido y viejo amigo! —le dije al Manual mientras daba vuelta febrilmente sus páginas—, hasta ahora jamás me has mentido y nunca me dejaste abandonado en un atolladero. ¡Dime qué tengo que hacer, viejo amigo! ¡Dímelo!
Llegué a la sección “Qué hacer en caso de accidentes” en la página 117. Recorrí las líneas con el dedo y encontré lo que necesitaba. ¡El bueno y viejo Herkimer jamás pasaba nada por alto! Estas eran las instrucciones:
Sofocación provocada por inhalar humo o gas. No hay nada mejor que la linaza. Coloque unas pocas semillas en el ángulo externo del ojo.
Guardé el Manual en el bolsillo y atrapé a un muchachito que pasaba corriendo.
—Toma —le dije al tiempo que le entregaba dinero—, ve a toda carrera a la botica y tráeme un dólar de linaza. Apresúrate y cuando estés de regreso habrá otro dólar para ti. ¡La señora Sampson —proclamé a continuación ante la multitud allí congregada— muy pronto estará con nosotros!
Acto seguido me desembaracé de mi saco y de mi sombrero.
Cuatro individuos, entre bomberos y simples ciudadanos, me sujetaron. Sostenían que penetrar en la casa significaba una muerte segura porque los pisos estaban empezando a desmoronarse.
—¿Cómo diablos suponen que puedo colocar linaza en un ojo sin tener ese ojo a mi disposición? —grité, riendo un poco, aunque sin sentirme demasiado seguro.
Clavé cada uno de mis codos en la cara de un bombero, propiné un puntapié en la canilla a uno de los ciudadanos y derribé a otro con un revés. De inmediato me introduje precipitadamente en el edificio. Si me muero primero, le escribiré una carta y le diré si allá abajo se está mucho peor que dentro de esa casa amarilla; pero todavía no lo crea. Yo estaba mucho más cocido que el pollo hervido que se consigue en los restaurantes cuando uno pide que se lo sirvan lo más rápido posible. El fuego y el humo me derribaron dos veces y ya estaba a punto de cubrir de vergüenza a Herkimer cuando los bomberos acudieron en mi ayuda con su chorrito de agua y así conseguí llegar a la habitación de la señora Sampson. Se había desmayado por efectos del humo; la envolví en las ropas de cama y me la coloqué sobre el hombro. Bien, los pisos no estaban en tal mal estado como se decía porque en caso contrario jamás podría haber hecho lo que hice. La transporté hasta una distancia de unos cincuenta metros de la casa y la deposité sobre el pasto. Entonces, por supuesto, todos y cada uno de los otros veintidós que suspiraban por la mano de la dama se apiñaron alrededor munidos de recipientes de hojalata llenos de agua, dispuestos a revivirla. En ese momento llegó a la carrera el muchachito con la linaza.
Quité las mantas que cubrían la cabeza de la señora Sampson. Abrió los ojos y dijo: —¿Es usted, señor Pratt?
—Ssssss —fue mi respuesta—. No hable hasta que le haya aplicado la medicina.
Le rodee el cuello con un brazo y le levanté la cabeza suavemente mientras con la mano que me que daba libre rompía el paquete de linaza. Entonces, me incliné sobre ella y, con tanta destreza como me fue posible, le introduje tres o cuatro semillas de lino en el ángulo externo del ojo.
Para ese entonces llegó al galope el médico del pueblo, dio un resoplido, tomó el pulso a la señora Sampson y quiso saber qué cosa malditamente disparatada estaba haciendo yo.
—Bueno, esto es jalapa y semillas de roble de Jerusalén —le informé—. No poseo título habilitante, pero de todos modos pongo a su disposición la autoridad en la cual me fundamento.
Me alcanzaron el saco y extraje el Manual.
—Mire en la página 117 —aclaré— donde se in forma cuál es el remedio para la sofocación provocada por humo o por gas. Linaza en el ángulo externo del ojo, explica. Ignoro si actúa de modo tal que elimina el humo o si hace entrar en acción el complejo nervioso hipopótamo gástrico, pero Herkimer lo aconseja, y a mí me llamaron primero para atender este caso. Si usted desea que hagamos una consulta, no tengo ninguna objeción.
El viejo médico tomó el libro y lo miró con ayuda de sus anteojos y de la linterna de un bombero.
—Bien, señor Pratt —afirmó—, evidentemente usted se equivocó de párrafo el hacer su diagnóstico. La receta para la sofocación es ésta: “Sacar al paciente al aire libre lo más pronto posible y colocarlo en una posición reclinada”. La linaza es el remedio aconsejado para “Polvo y cenizas en el ojo” y está en el párrafo de arriba. Pero, después de todo…
—Escuchen —interrumpió la señora Sampson—, creo que tengo algo que decir en esta consulta. Esa linaza me mejoró mucho más que cualquier otra medicina que haya usado jamás.
Levantó la cabeza, volvió a apoyarla en mi brazo y dijo:
—Ponme un poco en el otro ojo, querido Sandy.
Por lo tanto, si mañana o cualquier otro día usted hace un alto en Rosa, verá una casa amarilla nueva y hermosa y a la señora Pratt —anteriormente conocida como señora Sampson— embelleciéndola y ornamentándola. Y si usted penetra en esta morada, advertirá sobre la mesa recubierta de mármol que se halla en el centro de la sala el Manual de Herkimer sobre Información Indispensable, recién encuadernado en tafilete rojo y listo para ser consultado sobre cualquier asunto concerniente a la felicidad y a la sabiduría humanas.