viernes, 15 de mayo de 2015

El hada de los deseos.

El hada de los deseos

La pequeña Margarita estaba sentada junto al arroyuelo debajo de una florida mata de saúco. Las vacaciones, el verano, el resplandor del sol y el libro de cuentos sobre el regazo: esto constituía todo su paraíso. Pero allí, enfrente, en la casita, su madre tenía trabajo a manos llenas.
Margarita contemplaba las luminosas olas, y soñaba. De repente exclamó en voz alta:
– ¡Oh, yo desearía ser el hada de los deseos! Poder decir: “Madre, ¿qué quieres tú? ¡Madre dime tus deseos! Todo lo tendrás tú.” ¡Esto sería maravilloso!
– ¡Así sea! – dijo una voz a sus espaldas.
¿Había descendido el hada del libro de cuentos? Por su aspecto, no lo parecía ciertamente. No llevaba ningún vestido tejido de rayos de sol, ni tampoco ninguna diadema en los cabellos, pero sí dos ojos llenos de bondad, aunque, claro está, un hada puede adoptar toda clase de figuras. Esta vez se parecía, sin embargo, a la anciana mujer del mensajero, con su tosca falda de lana gris. Llevaba un pesado cesto del brazo y dijo, sonriendo a la niña, al alejarse:
– Tú eres ya un hada de los deseos. Lo que ocurre es tan sólo que no has probado nunca, hasta ahora, tu poder. ¡Ve hacia tu madre! Tú puedes convertir en realidad todos sus deseos.
La pequeña Margarita la contempló asombrada. ¿No sería esto un sueño? Alargó los brazos, miró hacia la radiante luz del sol y exhaló luego un profundo suspiro. Después se apresuró, a grandes saltos, por el sendero de la pradera, al encuentro de su madre.
– ¡Madrecita! ¿Tienes tú algún deseo?
– ¡Oh, sí¡ Ve corriendo hasta la aldea, y compra sal para la sopa.
La niña rióse y voló montaña abajo. ¡Cuán maravilloso era poder convertir en realidad los deseos!
– ¡Madrecita, desea otra cosa! – rogó Margarita a su regreso.
– Si alguien me pusiera la mesa, estaría yo muy contenta.
Rióse de nuevo la chiquilla. Mantel y cubiertos fueron rápidamente colocados, sin olvidar tampoco los vasos ni el cestito del pan, y todo le salía tan ligero de la mano como es propio de una deliciosa hada de los deseos.
– ¡Y ahora, el tercer deseo, madrecita!
– Niña, que no hables siempre tanto durante la comida. Papá necesita un poco de tranquilidad en las vacaciones.
– ¡Sea! – dijo Margarita sonriendo a la madre -. Y así fue: durante la comida no pronunció una sola palabra, si no era preguntada.
– ¿Qué le ocurre a nuestra Margarita? Está completamente cambiada – se admiró el padre.
– Soy el hada de los deseos – gritó, jubilosa, la niña -, y desde ahora realizaré siempre los deseos de mi madrecita.
Entonces la madre, llena de alegría, juntó las manos. Miró a su hija como si la viera por primera vez. Margarita estaba junto a la ventana, y los rayos solares resplandecían sobre la blonda cabellera. Toda la muchacha resplandecía. Parecía verdaderamente una pequeña hada, por lo que la madre exclamó:
– ¡Cuán grande es mi suerte!

jueves, 14 de mayo de 2015

La maravillosa flor del haravec.

La maravillosa flor del haravec

Cierto día de hace muchos siglos, el Inca HuiraCocha, rey absoluto del
imperio incaico, desaparecido después por la dominación española, y que
abarcaba los territorios que hoy forman Perú y parte de Bolivia y
Argentina, se sintió repentinamente enfermo de un mal desconocido.
En vano se consultaron, con la urgencia que el caso requería, a los
amautas y hechiceros de todos sus dominios.
Sus consejeros y familiares, desesperados, ya que el emperador se
debilitaba por instantes acordaron convocar al pueblo para efectuar
solemnes rogativas a Inti, el Dios Sol, solicitando su ayuda para evitar la
muerte del sabio monarca.
Un día, se abrieron las suntuosas puertas de oro macizo del Coricancha o
casa dedicada a la adoración de los dioses y una muchedumbre inmensa
de hombres y mujeres llegados de todas partes de la nación, se
prosternaron ante un disco de oro que el gran Villac-Umu, el sacerdote,
mostró al pueblo desde la entrada del templo.
– ¡Inti! -gritó el sacerdote, mirando al radiante astro que los iluminaba
desde el cenit.- ¡Inti! Padre del Cielo y de la Tierra… humildemente te
rogamos devuelvas la salud a nuestro bondadoso emperador.
Miles de hombres de todas las clases sociales, levantaron las manos al
escuchar al Villac-Umu y miraron al sol, con sus ojos inundados de
lágrimas, en demanda de la gracia solicitada por el gran sacerdote.
Después, surgieron del templo, como si fueran mariposas blancas, cientos
de muchachas vestidas con vaporosas telas y al compás de los extraños
instrumentos de aquel tiempo llamados quenas, se pusieron a danzar
alrededor del disco de oro que simbolizaba al astro rey. Eran las Vírgenes
del Sol o sacerdotisas de aquella singular religión incaica.
Mientras tanto, Huiracocha, postrado sobre blandos cojines, dormía,
pálido y demacrado, rodeado de sus familiares que no sabían qué hacer
para devolver la salud a tan digno gobernante.
Aquella noche, el Villac-Umu o gran sacerdote, dictó una proclama,
comunicando al pueblo que Inti, el Dios Visible, había depositado en uno
de los hombres de los extensos dominios, el don de curar al Inca y que,
como señal de tal virtud, el elegido tendría un sueño extravagante en el
que se le aparecería el Sol y lo besaría en la frente.
El Villac-Umu también comunicaba que, si alguien tenía ese sueño,
inmediatamente se presentase en el palacio del emperador, donde sería
recibido por éste, y al que se le prometía, si curaba al soberano, todo el oro
que cupiera en el gran salón del trono del palacio del Coricancha.
Para dar a conocer esta proclama, los ministros enviaron cientos de
mensajeros hasta los más apartados lugares del país, que pregonaron la
voluntad de Huiracocha, desde las llanuras dilatadas hasta las cumbres
más abruptas.
Por ese tiempo, muy lejos de la ciudad del Cuzco, capital del Imperio lnca,
junto a las márgenes del hermoso lago Titicaca, vivían dos hermanos
llamados Rimac y Húcar, los que cuidaban de sus ancianos padres, con el
producto de la venta de hermosas llamas , que domesticaban desde
pequeñas.
Una noche descargó una terrible tempestad en aquellos regiones y los
torrentes que se precipitaban desde las cumbres anegaron la llanura y
ahogaron a todos los animales que con tanto esmero cuidaban Rimac y
Húcar.
– ¡Qué desgracia! -exclamaba el hermano mayor entre sollozos.- ¡Es
nuestra ruina! ¿Qué será de nuestros padres?
– ¡Inti nos ha abandonado! -gritaba el menor. -¡Inti es malo!
– ¡No digas eso! -exclamó Rimac con cara de enojo.- ¡Inti es bueno! ¡Él hace
los campos feraces y que los frutos sazonen! ¡Él alumbra nuestro camino y
pone alegría en nuestros corazones! ¡Él es el padre de la Pachamama o
Madre Tierra, ya que sus rayos calientan el mundo y hacen brotar la vida!
– ¡Mentira! -interrumpió furioso Húcar.- ¡Inti no vale nada! ¡Inti nada
puede, ya que no supo detener la tormenta que nos ha arruinado!
– ¡No blasfemes! -gritó Rimac.
Y así, los dos hermanos, disgustados, se recogieron aquella noche,
entristecidos por la terrible miseria caída sobre ellos.
Al día siguiente, resolvieron viajar por las tierras desconocidas que se
extendían del otro lado del Gran Lago, con el propósito de buscar nuevas
llamas salvajes, para domesticarlas y así continuar la tarea que les daba el
sustento y, sin vacilar, emprendieron la marcha, cargados sus alforjas con
víveres y entre ellos el maíz, que en aquella época se denominaba Upy.
Varios días anduvieron entre terribles soledades, siempre blasfemando el
malo de Húcar, por la desgracia, sin escuchar los sabios consejos de su
hermano mayor, que le pedía no hablara mal de Inti el Padre de la Tierra.
Una noche fría que se habían recogido bajo de unas rocas de la montaña,
los dos hermanos tuvieron distintos sueños, que los llenaron de estupor.
Rimac, el mayor, soñó que el Sol se le aparecía en un gran trono de oro,
tan brillante que hacía daño a los ojos, y que después de sonreírle, se le
acercaba hasta besarlo en la frente.
Húcar, el menor, soñó que el Sol se ponía en el horizonte y que las
sombras de la noche se hacían eternas, sin que nunca más apareciese el
gran disco de fuego, muriendo de frío cuanto había con vida en el mundo.
Los dos hermanos, asustados de sus sueñas, se despertaron al otro día y
se contaron lo que habían visto con los ojos del alma.
Húcar, el menor, convencido de que su sueño era cierto, exclamó
entristecido:
– ¡Ya ves, Inti se muere! ¡No volverá a aparecer jamás! ¡Es un mal dios que
se deja vencer por las sombras de la noche!
– ¡No digas eso! -exclamó Rimac, el mayor¡
Inti se hunde en el horizonte
para dormir, pero siempre vuelve a aparecer para alegrar la tierra y el
corazón!
Pensando cosas tan diferentes, los dos hermanos se disgustaron, y
mientras Húcar, el menor, resolvió regresar a la casa paterno y esperar la
muerte sin lucha, Rimac, el mayor, prosiguió su camino con la esperanza
de encontrar un mejor porvenir.
Así anduvo por espacio de muchas semanas, hasta que por fin llegó a un
pueblecito donde, con gran asombro, escuchó la proclama del Inca
Huiracocha.
– ¿Cómo? -se dijo en el colmo del estupor.¡
Ese hombre a quien busca soy
yo! ¡Yo he soñado con el Sol que me daba un beso en la frente! -Y, sin
vacilación, emprendió el camino del Cuzco, la capital del Imperio donde
agonizaba el gran lnca Huiracocha.
Un mes más tarde, hizo su entrada en la ciudad incaica y se presentó a los
soldados que guardaban la entrada del Palacio Imperial.
-¿Qué quieres? -le preguntaron.
– Vengo a ver al Inca.
– ¿Quién eres tú, pobre diablo, para ver a nuestro emperador?
– ¡Soy el hombre que ha soñado con el Dios Inti!
Al oír tal respuesta, los soldados se prosternaron y las puertas del
esplendoroso palacio se abrieron de par en par ante el asombrado Rimac,
el mayor.
Después de cruzar muchas habitaciones primorosamente adornadas, llegó
hasta el trono de oro y piedras preciosas en donde reposaba el triste
monarca.
– ¿Es verdad que Inti te ha besado en la frente? -le preguntó el Inca
abriendo los ojos,
– ¡Sí, Majestad! -respondió puesto de rodillas el tembloroso viajero.
– Según el Villac-Umu, tú deberás curarme.
– ¿Yo?-respondió, en el colmo del asombro, Rimac, el mayor.
– ¡Sí, tú! ¡Las palabras del Dios Invisible nunca se ponen en duda! Desde
hoy eres mi huésped de honor. En mi palacio tendrás todo lo que
apetezcas hasta que llegue la hora de mi curación. -Y al pronunciar estas
palabras, el Inca señaló al pastor la puerta de oro por donde se
contemplaba el interior de aquel palacio de ensueño.
Rimac, el mayor, penetró turbado en la sala que le habían destinado,
pensando, con amargura y temor, cómo salir de aquel compromiso tan
grande que podía costarle la vida,
– ¡Si Huiracocha muere, yo también moriré! decía
a solas el muchacho sin
saber qué decisión tomar.
Así pasaron varios días y en todos ellos, a la puesta del sol, entraba el
Gran Sacerdote para preguntarle qué novedades tenía para la curación del
soberano.
– ¡Ninguna! -había respondido siempre Rimac, dominado cada momento
por más intensos temores.
Pero, hete aquí que, una noche que dormía sobre su cama de plumas,
soñó otra vez con Inti. Contempló cómo el Sol lo miraba con su redonda
faz roja y, luego de sonreírle con dulzura le decía, con una voz grave y
pausada:
– ¡Rimac! ¡Tú eres bueno y mereces ser feliz! ¡Tú crees en mí, y proclamas
mis bondades para con los habitantes de la tierra! ¡Yo, en pago, haré que
cures al Inca Huiracocha!
– ¿De qué manera? -había respondido Rimac, el mayor.
– ¡El Inca -prosiguió el Sol- tiene más enferma el alma que el cuerpo! Vete
hasta las cumbres de Ritisuyu y en ellas encontrarás la inmaculada flor
del haravec, que nadie aún ha visto. Recoge sus pétalos que tienen el don
de ahuyentar la tristeza y hazlos aspirar al desgraciado monarca.
Aquella misma noche, Rimac, el mayor, cumplía la orden del Padre Inti y
se encaminaba silenciosamente hacia las más altas cimas de la cordillera
de los Andes, en busca del preciado y mágico tesoro.
Caminó muchos días por colinas escarpadas, atravesó grandes torrentes
que caían de piedra en piedra con gran estruendo y, después de matar un
cóndor que intentó atacarlo con sus agudas garras y de trepar murallones
casi verticales, llegó a las agudas cumbres de la montaña, siempre
cubiertas de blanca nieve.
– ¿Será aquí? – se preguntó, mirando a todos partes,
Pero nada encontró y prosiguió buscando.
Otros días más lo vieron los cóndores continuar su camino, observando las
más insignificantes grietas de la roca.
Cansado ya, una noche, muerto de frío por el helado viento de la montaña,
se tendió en una caverna solitaria y cerró los ojos en un suspiro de
desaliento.
Bien pronto el sueño lo dominó y el Sol se le apareció de nuevo casi
quemándole la frente.
– Hijo mío -le dijo el astro rey,- admiro tu valor y tu tenacidad para cumplir
mi orden. El triunfo es de los perseverantes y a ti ya te llegó el momento de
regresar. Mañana, uno de mis rayos, te indicará dónde se oculta la
maravillosa flor del haravec.
Al otro día, Rimac, el mayor, recordando su prodigioso sueño, salió de la
caverna y continuó su marcha por las empinadas sendas de las montaña.
De pronto, ante su sorpresa, vio que del Sol que reinaba casi sobre su
cabeza, se desprendía un rayo más brillante que su permanente luz, que al
describir en el cielo una caprichosa curva, caía vertiginoso sobre la tierra,
lanzando mil chispas de oro en un lugar del camino, muy próximo a donde
se encontraba.
– ¡Ahí debe ser! -dijo el pastor y se encaminó corriendo hacia el sitio donde
aun resplandecía la misteriosa luz.
Efectivamente, de entre las negras grietas de la montaña, brotaba una
diminuta planta, nimbada de rayos dorados y en su centro se abría una
magnífica flor de pétalos azules y corola blanca.
Rimac, el mayor, se arrodilló ante ella, y luego de elevar sus oraciones de
gracia hacia el Padre Inti, recogió sus pétalos uno por uno y los fue
depositando con todo cuidado en su alforja de lana de vicuña.
Siete días después, llegó a la ciudad del Cuzco Y se dirigió hacia el Palacio
Real, penetrando con rapidez hasta las habitaciones del trono.
– ¡Inca! -gritó cuando estuvo frente a Huiracocha.- ¡Aquí tienes lo que
esperabas!
– ¿Qué me traes? -preguntó el monarca.
– ¡La vida! -Y diciendo esto, dejó caer sobre las manos del enfermo
emperador, los azules pétalos de la flor del optimismo.
– ¿Qué debo hacer con estas hojas? -preguntó, sorprendido, Huiracocha.
– ¡Aspira su perfume y salvarás tu cuerpo! -respondió Rimac.
El Gran Inca acercó los pétalos a sus narices y aspirando el suave aroma
de la maravillosa flor, sintió que dentro de su pecho resucitaba la vida y
dentro de su corazón la alegría.
– ¡Es verdad! ¡Es verdad! -gritó levantándose del trono con incontenible
entusiasmo.- Inti ha salvado a su hijo! ¡El sueño del Villac-Umu se ha
hecho realidad!
El agradecimiento del monarca no se hizo esperar y el buen Rimac, el
mayor, no sólo llenó las alforjas de sus llamas de enormes cantidades de
oro, sino que también llevó hacia sus tierras del Lago Titicaca, a la más
hermosa princesa que habitaba el palacio real del Cuzco.
Meses después llegó a su humilde morada, ante el asombro de los suyos,
y, al reunirse con su hermano, el descreído Húcar, el menor, le contó su
aventura y la verdad invencible de su sueño.
Desde entonces, Húcar, el menor, creyó en el poder sobrenatural del rojo
astro que nos calienta
y nos da vida, y prosiguieron felices la existencia, junto al maravilloso lago
en el que todas las mañanas contemplaban los reflejos de los primeros
rayos, tibios y acariciadores, del dorado y eterno Padre Sol.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Como fueron engañados los malos hijos.

Como fueron engañados los malos hijos

Un hombre muy rico, creyendo que estaba a punto de morir, llamó a sus hijos y dividió entre ellos sus propiedades. Sin embargo, no murió y al levantarse de la cama, se encontró con que sus hijos ya no le querían, ni tenían con él las delicadezas que antes, cuando todos esperaban conseguir mayor parte de su fortuna.
Todos le trataban mal, y no se recataban para decir que deseaban que muriese lo más pronto posible, ya que su vida sólo originaba gastos y molestias.
El pobre hombre no cesaba de llorar, y un día se encontró con un viejo amigo, a quien contó lo que le ocurría. El amigo, conmovido por lo que acababa de oír, prometió hallar una solución a aquel estado de cosas.
En efecto, la encontró y a los pocos días llegó con gran pompa a la casa de su amigo, seguido de diez criados que eran portadores de unos pesados sacos llenos de piedras.
Cuando estuvieron solos, el amigo dijo:
– Te he traído estas piedras para engañar a tus hijos. Cuando me marche vendrán a ver lo que te he traído. Diles que he venido a pagarte una deuda muy antigua, y que eres más rico que antes. Ya verás cómo todos se desviven por ti. Volveré dentro de algún tiempo para ver cómo van las cosas.
Cuando, transcurridos unos meses, volvió el amigo, encontró al viejo rodeado de sus hijos, que todos a una se desvivían por él. Y así siguieron haciéndolo hasta que murió, descubriendo entonces el engaño, que tenían bien merecido.

La grulla agradecida.

La grulla agradecida

Erase una vez había un joven que vivía solo en una casita al lado del bosque. De regreso a casa durante un día de invierno bastante nevoso, oyó un ruido extraño. Se puso a caminar hacia un campo lejano de donde venía el sonido, y allí descubrió una grulla tumbada sobre la nieve llorando de dolor. Una flecha incada en la ala tenía, pero el joven, muy cariñoso, se la quitó con mucho cuidado. El pájaro, ya libre, voló hacia el cielo y desapareció.
El hombre volvió a casa. Su vida era muy pobre. Nadie le visitaba, pero esa noche a la puerta sonó un frap-frap-frap. “¿Quién será, a esta hora y en tanta nieve?” pensó él. ¡Qué sorpresa al abrir la puerta y ver a una mujer joven y bonita! Ella le dijo que no podía encontrar su camino por la nieve, y le pidió dejarla descansar en su casa, para lo cual él fue muy dispuesto. Se quedó hasta el amanecer, y también el día siguiente.
Tan dulce y humilde era la mujer que el joven se enamoró y le pidió ser su esposa. Se casaron, y a pesar de su pobreza, se sentían alegres. Hasta los vecinos se alegraban de verlos tan contentos. Pero el tiempo vuela y pronto llegó otro invierno. Se quedaron sin dinero y comida, tan pobres como siempre.
Un día, para poder ayudar un poco, la mujer joven decidió hacer un tejido y su marido le construyó un telar detrás de la casa. Antes de empezar su trabajo ella pidió a su marido prometerla nunca entrar al cuarto. El lo prometió. Tres días y tres noches trabajó ella sin parar y sin salir del cuarto. Casi muerta parecía cuando la mujer joven por fin salió, pero a su marido le presentó un tejido hermoso. El lo vendió y consiguió un buen precio.
El dinero les duró bastante tiempo pero cuando se acabo todavía seguía el invierno. Ya que, otra vez se puso a tejer la mujer joven, y otra vez su marido le prometió no entrar al cuarto. Fueron no tres sino cuatro días cuando ella, viéndose peor que la vez siguiente, salió del cuarto y le dio a su marido un tejido de tan gran maravilla que, al venderlo en el pueblo, consiguieron dinero suficiente para dos inviernos duros.
Mas seguros para el futuro que nunca, desafortunadamente el hombre se hizo avaro. Tormentazo, tanto por el deseo de ser rico como por los vecinos siempre preguntándole que cómo se podía tejer sin comprar hilo, el joven le pidió a su señora hacer otro tejido. Ella pensaba que tenían bastante dinero y que no había necesidad, pero el avaricioso no dejaba de insistir. Puesto que, después de recordarle a su marido la promesa, la mujer se metió en el cuarto a trabajar.
Esta vez la curiosidad no le dejaba al hombre en paz. Ignorando su promesa, fue al cuarto donde su señora trabajaba y abrió un poquito la puerta. La sorpresa de lo que vio le hizo escapar un grito. Manejando el telar estaba no su señora sino un pájaro hermoso, cual de las plumas que se iba arrancando de su propio cuerpo hacia un tejido igualmente hermoso. Cuando el pájaro, al oírle gritar, se dio cuenta de que alguien la miraba dejó de trabajar y de repente su forma se convirtió a la de la mujer joven.
Entonces, ella le explicó su historia, que ella era esa grulla cual él ayudó y que, agradecida, se convirtió a mujer, y que empezó a tejer para ayudarle no ser pobre, esto a pesar del sacrificio que tejer con las plumas de su propio cuerpo le costaba. Pero, ahora que él sabía su secreto, tendrían que dejar de ser juntos. Al oír esto, el prometió que la quería más que todo el dinero del mundo, pero ya no había remedio. Cuando acabó su historia, ella se convirtió a grulla y voló hacia el cielo.

lunes, 11 de mayo de 2015

Sueño de flautas.

Sueño de flautas

«Toma esto», dijo mi padre, y me alcanzó una pequeña flauta de hueso, «tómala y no olvides a tu anciano padre cuando alegres a la gente con tu música en países lejanos. Es tiempo de que veas el mundo y aprendas algo. He mandado hacer esta flauta, porque no te gusta ninguna otra tarea, excepto cantar. Piensa también que debes tocar siempre canciones bonitas y amables, de lo contrario sería malgastar el don que Dios te ha concedido. »
Mi querido padre entendía poco de música, era un erudito. Él pensaba que yo no tenía más que soplar en la linda flauta para que todo anduviera bien. Como no lo quería despojar de su creencia, le agradecí, guardé la flauta y procedí a despedirme.
Nuestro valle me era conocido hasta el gran molino del caserío; detrás comenzaba el mundo, y debo admitir que me gustó mucho. Una abeja fatigada de volar se había posado sobre mi manga, y la llevé conmigo para tener, en mi primer descanso, un mensajero que llevara enseguida mis saludos a la patria que dejaba atrás.
Bosques y praderas acompañaban mi camino, y muy lozano también el río me acompañaba. Descubrí que el mundo se diferenciaba poco de mi patria. Los árboles y flores, las espigas de trigo y los avellanos me hablaban; yo cantaba sus canciones con ellos, y ellos me comprendían, como en casa. De pronto mi abeja despertó, se arrastró despaciosamente hasta mi hombro, levantó el vuelo y giró dos veces en torno a mí con su zumbido dulce y profundo; luego se orientó rectamente hacia atrás, hacia el hogar.
En eso surgió del bosque una muchacha joven, que llevaba un cesto en el brazo y un sombrero de paja de ala ancha que dejaba en sombras la rubia cabeza.
«Dios te guarde», le dije, «¿adónde vas?»
«Debo llevar la comida a los segadores», dijo. Y se puso a caminar a mi lado. «¿Y tú, dónde quieres ir?»
«Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Él cree que yo debo tocar mi flauta en público, ante la gente, pero yo no sé hacerlo bien todavía, antes debo aprender mucho.»
«Bueno, bueno. ¿Y qué sabes hacer en realidad? Porque algo debes saber.»
«Nada en especial. Puedo cantar canciones.»
«¿Qué clase de canciones?»
«De todo tipo ¿sabes? A la mañana y a la noche, ¿a los árboles, a las bestias, a las flores. Ahora, por ejemplo, podría cantar una canción bonita acerca de una muchacha joven que sale del bosque para llevar la comida a los segadores.»
«¿Puedes hacerlo? ¡Cántala entonces!»
«Lo haré, pero, ¿cómo te llamas?»
«Brigitte.»
Entonces entoné la canción de la linda Brigitte con el sombrero de paja, y lo que llevaba en el cesto, y de cómo las flores la miraban cuando pasaba y los vientos azules la seguían a lo largo del cerco del jardín, y todo lo relacionado con ello. Atendió seriamente a la canción, y me dijo que era buena. Y cuando le comenté que estaba hambriento, levantó la tapa del cesto y extrajo un pedazo de pan. Mientras yo le echaba el diente con ahinco, al tiempo que continuaba ágilmente la marcha, ella me dijo: «No se debe comer a la carrera. Una cosa después de la otra». Entonces nos sentamos sobre la hierba, yo comí mi pan y ella se abrazó las rodillas con sus manos bronceadas y me miró.
«¿Quieres volver a cantarme alguna otra cosa?». preguntó cuando dejé de comer.
«Con gusto. ¿Qué quieres que cante?»
«Algo acerca de una chica que está triste porque ha sido abandonada por su novio.»
«No, no puedo. No conozco eso, y tampoco debe uno estar triste. Mi padre dijo que debo cantar siempre canciones graciosas y amables. Te cantaré algo acerca del cuclillo o de la mariposa.»
«Y de amor, ¿no sabes ninguna?» preguntó luego.
«¿De amor? Oh sí, eso es lo más lindo de todo.»
Enseguida empecé una canción acerca de cómo el rayo de sol está enamorado de las rojas amapolas y juega con ellas lleno de alegría. Y de la hembra del pinzón, cuando aguarda al pinzón y al llegar éste vuela como si estuviera asustada. Y seguí cantando acerca de la muchacha de ojos pardos y del joven que llega y canta y recibe un pan de regalo; pero ahora no quiere más pan, quiere un beso de la doncella y quiere ver dentro de sus ojos pardos, y canta y canta hasta que ella empieza a sonreír y le cierra la boca con sus labios.
Entonces Brigitte se inclinó y cerró mi boca con sus labios; luego cerró los ojos y los volvió a abrir. Y yo miré las estrellas cercanas de un dorado oscuro y en ellas estábamos reflejados yo mismo y un par de blancas flores del prado.
«El mundo es muy hermoso», dije, «mi padre tenía razón. Pero ahora te ayudaré a llevar estas cosas hasta donde está esa gente.»
Tomé su cesto y proseguimos el camino. Su paso sonaba con el mío y su alegría coincidía con la mía, y el bosque hablaba delicado y fresco desde la montaña. Yo nunca había caminado tan contento. Durante un largo rato canté con fuerza, hasta que tuve que cesar de puro exceso; era demasiado todo lo que susurraba y hablaba desde el valle y la montaña, desde la hierba y el follaje, desde el río y los matorrales.
Entonces pensé: si pudiera comprender y cantar al mismo tiempo las mil canciones del universo, del pasto y las flores, de los hombres y las nubes, de la floresta y el bosque de pinares, y también de los animales. Y asimismo todas las canciones de los mares lejanos y las montañas, de las estrellas y la luna; y si todo eso pudiera simultáneamente resonar en mi interior y ser cantado, entonces yo sería como el buen Dios y cada canción debería ser como una estrella en el cielo.
Pero mientras yo pensaba de este modo, lo cual me había dejado silencioso y maravillado, pues antes jamás se me habían ocurrido cosas así, Brigitte se detuvo y sujetó firmemente el asa del cesto.
«Ahora debo subir», dijo. «Allá arriba está nuestra gente. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Por qué no vienes conmigo?»
«No, no puedo ir contigo. Tengo que ver el mundo. Muchas gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.»
Ella tomó su cesto con la comida; y otra vez sus ojos de sombras pardas se inclinaron sobre mí, y sus labios se adhirieron a los míos. Su beso fue tan bueno y dulce, que casi me puse triste de pura felicidad. Entonces le dije adiós y marché presuroso carretera abajo.
La muchacha subió lentamente por la montaña; se detuvo bajo el follaje que caía al borde del bosque, y miró hacia abajo donde yo estaba. Y cuando le hice señas y, agité el sombrero sobre mi cabeza, inclinó ella la suya .una vez más y desapareció en silencio, como una imagen, entre la sombra de las hayas.
Yo, por mi parte, continué tranquilo el camino sumido en mis pensamientos, hasta que el sendero dio la vuelta en un recodo.
Allí había un molino, y junto al molino se hallaba una barca en el agua. Un hombre sentado en la barca parecía estar esperándome; en efecto, cuando me saqué el sombrero y subí a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida río abajo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón. Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.
«Donde quieras», dijo con voz apagada. «Río abajo hacia el mar o a las grandes ciudades, la elección es tuya. Todo me pertenece. »
«¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres el rey?»
Quizá dijo él. «Y tú eres un poeta, según creo. ¡Cántame entonces una canción de viaje!»
Me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido río abajo, que saqué fuerzas de flaqueza y canté acerca del río que lleva las naves y en el que se refleja el sol; el río, que es más ruidoso en contacto con las orillas rocosas y termina alegremente su peregrinaje.
El semblante de aquel hombre permanecía impasible; cuando finalicé, asintió silenciosamente, como uno que sueña. Y enseguida, ante mi asombro, él mismo comenzó a cantar. Y también cantó acerca del río y del viaje del río por los valles, y su canción era más bella y vigorosa que la mía, pero todo sonaba muy distinto.
El río, tal como él lo cantaba, bajaba como un ser destructor dando tumbos desde las montañas, hosco y salvaje, rechinando los dientes al sentirse refrenado por los molinos y presionando por los puentes; odiaba a todos los barcos que debía sostener; y bajo sus olas, y entre largas y verdes plantas acuáticas, mecía sonriente los blancos cuerpos de los ahogados.
Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan hermoso y enigmático que quedé completamente confundido, y angustiado callé. Si lo que aquel cantor viejo, sutil e inteligente cantaba con su voz sofocada era cierto, entonces todas mis canciones habían sido nada más que tontería, torpes juegos infantiles. Entonces el mundo no era básicamente bueno y lleno de luz, como el corazón de Dios, sino opaco y sufriente, malo y sombrío; los bosques no susurraban de placer, susurraban de dolor.
Seguimos navegando. Las sombras se hicieron más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar mi voz sonaba menos clara, e iba apagándose. Y cada vez el extrafío cantor respondía con una canción que hacía al mundo más y más incomprensible y doloroso, y a mí me dejaba más y más desconcertado y triste.
Me dolía el alma, y sentía no haberme quedado en tierra junto a las flores o al lado de la bella Brigitte; para consolarme, empecé a cantar en la oscuridad creciente, con voz fuerte a través del rojo resplandor del anochecer, la canción de Brigitte y de sus besos.
Entonces se inició el ocaso y enmudecí. El hombre al timón cantó, y también él cantó del amor y del placer del amor, de ojos oscuros y ojos azules, de labios rojos y húmedos, y era hermoso y conmovedor lo que cantaba Reno de pena a medida que oscurecía sobre el río. Pero en su canción el amor era también lúgubre y temible, y se había convertido en un secreto mortal, dentro del cual los hombres, extraviados y dolidos, tanteaban entre penurias y anhelos, y se torturaban y mataban los unos a los otros.
Yo escuchaba y quedé muy fatigado y entristecido, como si hubiera estado viajando durante años a través de la mayor miseria y aflicción. Sentía que del desconocido emanaba y se deslizaba en mi corazón una permanente, silenciosa, fría corriente de pena y mortal angustia.
«Así que la vida no es lo más elevado y hermoso», dije finalmente con amargura, «sino la muerte. Entonces te ruego, olí triste monarca, que cantes una canción a la muerte.»
El hombre al timón cantó de la muerte, y cantó más bellamente que antes. Pero tampoco era la muerte lo más hermoso y alto, tampoco en ella había consuelo. La muerte era vida, y la vida muerte, y estaban enzarzadas entre sí en un furioso combate de amor, y esto era lo último y el sentido del mundo, y de allí se desprendía un resplandor que podía, a pesar de todo, alabar toda miseria, pero también una sombra que enturbiaba todo placer y belleza rodeándolos de tiniebla. Pero desde esa tiniebla ardía el placer más bella e íntimamente, y el amor ardía más profundo en medio de esa noche.
Yo escuchaba y me había quedado totalmente en silencio; no existía en mí otra voluntad que la del extranjero. Su mirada descansó sobre mí, callada y con una cierta bondad melancólica, y sus ojos grises estaban cargados del dolor y la belleza del mundo. Me sonrió, y entonces cobré ánimos y le rogué en mi necesidad: «¡Ah, retorna, por favor! Tengo miedo aquí en la noche, quisiera volver a la casa de mi padre, o volver para encontrar a Brigitte.»
El hombre se levantó y señaló la noche; el farol resplandeció claramente sobre su rostro enjuto e imperturbable. «Ningún camino va hacia atrás», dijo seria y amablemente, «hay que proseguir siempre hacia delante, si se quiere conocer el mundo. Y de la muchacha de los ojos oscuros ya has tenido lo mejor y más hermoso, y cuanto más te alejes de ella, tanto más hermoso y mejor será. Pero marcha hacia donde quieras; te daré mi lugar al timón.»
Yo me hallaba tremendamente entristecido, pero sabía que él tenía razón. Lleno de nostalgia pensé en Brigitte y en mi país y en todo lo que había sido hasta entonces cercano, luminoso y mío, y en todo lo que había perdido. Pero en ese momento iba a tomar el sitio del extraño y conducir el timón. Así debía ser.
Me levanté en silencio y me dirigí a través de la barca al asiento del timonel; el hombre se acercó a mí también en silencio, y cuando estuvimos el uno frente al otro me miró fijamente a la cara y me dio su farol.
Pero cuando me senté al timón y hube afianzado el farol junto a mí, me encontré solo en la barca; advertí con un profundo estremecimiento que el hombre había desaparecido. Sin embargo, no me sentía asustado, lo había presentido. Me parecía que el hermoso día de viaje, Brigitte, mi padre y la patria habían sido sólo un sueño, y que yo era un viejo apenado y que siempre había viajado a través de aquel río nocturno.
Comprendí que no debía llamar a ese hombre, y el reconocimiento de la verdad se desplomó sobre mí como una helada.
Para saber lo que ya presentía, me incliné sobre el agua y alcé el farol, y desde la negra superficie me miró un rostro penetrante y serio con ojos grises, un rostro viejo y sabio. Era el mío.
Y como ningún camino lleva hacia atrás, continué el viaje por las aguas oscuras a través de la noche.

viernes, 8 de mayo de 2015

Nunca apuestes tu cabeza al diablo.

Nunca apuestes tu cabeza al diablo

Cuento con moraleja
Con tal que las costumbres de un autor sean puras y castas —dice don Tomás de las Torres en el prefacio a sus Poemas amatorios—, importa muy poco que no sean igualmente severas sus obras. Presumimos que don Tomás ha de estar ahora en el Purgatorio a causa de su afirmación. Sería bueno tenerlo allí, desde un punto de vista de justicia poética, hasta que sus Poemas amatorios se agoten o empiecen a juntar polvo en las bibliotecas por falta de lectores. Toda ficción debería tener una consecuencia moral; y, lo que es más, los críticos han descubierto que no hay ficción que no la tenga. Hace ya tiempo, Felipe Melancthon escribió un comentario de la Batracomiomaquia, probando que lo que el poeta quería era volver odiosas las sediciones. Pierre La Seíne, dando un paso adelante, mostró que la verdadera intención consistía en recomendar a los jóvenes la temperancia en la comida y la bebida. Jacobus Hugo, por su parte, quedó convencidísimo de que, en Euenis, Homero insinuaba la persona de Calvino; que Antinoo era Martín Lutero; los Lotófagos, los protestantes en general, y las arpías, los holandeses. Nuestros escoliastas modernos son igualmente agudos. Estos señores demuestran la existencia de un sentido oculto en Los antediluvianos, de una parábola en Powhatan, de nueve ideas en Arrorró mi niño y del trascendentalismo en Pulgarcito. En resumen, se ha demostrado que ningún hombre de este mundo puede sentarse a escribir sin un profundísimo designio. Con esto, los autores se ahorran muchas preocupaciones. Un novelista, por ejemplo, no necesita preocuparse de las consecuencias morales, pues allí están —vale decir, están en alguna parte de su libro—, y tanto ellas como los críticos pueden arreglarse solos. Cuando llegue el momento oportuno, todo lo que dicho caballero se proponía y todo lo que no se proponía asomará a la luz, sea en el Dial o en el Down Easter, conjuntamente con aquello que debería haberse propuesto y aquello que claramente intentó proponerse; vale decir que todo se arreglará muy bien al final.
No hay ninguna justificación, pues, en la acusación que ciertos ignorantes han formulado contra mí; a saber: que jamás he escrito un cuento moral o, con palabras más precisas, un cuento con moraleja. Lo que pasa es que aquéllos no son los críticos predestinados a ponerme de manifiesto y a desarrollar mis moralejas; he ahí el secreto. Poco a poco, la North American Quarterly Humdrum los hará sentir avergonzados de su estupidez. Pero por el momento, con el fin de aplazar la ejecución capital y mitigar las acusaciones alzadas contra mí, ofrezco el siguiente y triste relato, cuya obvia moraleja no puede ser cuestionada de ninguna manera, ya que cualquiera puede leerla en las mayúsculas que forman el título del relato. Debería reconocerse mi mérito por esta disposición, mucho más sabia que la de La Fontaine y otros, que reservan hasta el último momento la impresión que desean producir y la meten de rondón en el final de sus fábulas.
Defuncti injuria ne officiantur, decía una ley de las doce tablas, y De mortuis nil nisi bonum es un excelente corolario, aun si los muertos en cuestión no son más que bagatelas difuntas. Lejos de mí la intención, pues, de vituperar a mi finado amigo Toby Dammit. Era un pobre perro, la verdad sea dicha, y tuvo una muerte de perros; pero no hay que reprocharle sus vicios. Nacieron de un defecto personal de su madre. Aquella señora hacía todo lo posible en materia de azotes cuando Toby era niño, ya que para su bien ordenada mente los deberes eran siempre placeres, y los niños, al igual que las chuletas duras o los olivos griegos, mejoran si se los golpea. Pero, ¡pobre mujer!, tenía el infortunio de ser zurda, y mejor es no azotar a un chico que azotarlo con la mano izquierda. El mundo gira de derecha a izquierda. Dar de latigazos a un crío de izquierda a derecha no sirve de nada. Si cada golpe en la dirección adecuada arranca de raíz una propensión maligna, se sigue que cada porrazo propinado en el sentido opuesto ahincará aún más la maldad. Muchas veces fui testigo de los castigos aplicados a Toby, y, aunque sólo fuera por la forma en que pateaba, podía percatarme de que cada día se estaba poniendo más malo. Noté, por fin, a través de las lágrimas que velaban mis ojos, que no quedaba esperanza alguna para el pequeño miserable, y cierto día en que le habían dado tantos golpes que tenía la cara completamente negra, al punto que lo hubieran tomado por un pequeño africano, sin otro efecto visible que el de hacerlo retorcerse en un ataque de ira, me fue imposible soportar aquello por más tiempo y, cayendo de rodillas, alcé mi voz para profetizar su ruina.
La precocidad de Toby para el vicio era horrorosa. A los cinco meses de edad le daban tales ataques de rabia que no podía articular palabra. A los seis meses lo pesqué mordisqueando un mazo de barajas. A los siete tenía por costumbre abrazar y besar a los bebés del sexo opuesto. A los ocho rehusó perentoriamente agregar su firma a un memorial en pro de la temperancia. Y así fue creciendo en iniquidad, mes tras mes, hasta que, al cumplir su primer año de vida, no sólo insistía en usar bigotes, sino que había adquirido una gran propensión a las palabrotas y juramentos, así como a sostener sus afirmaciones mediante apuestas.
La ruina que había vaticinado a Toby Dammit se cumplió, por fin, a causa de la poco caballeresca práctica mencionada en último término. Aquella costumbre «creció con su crecimiento y se esforzó con sus fuerzas», de modo que, cuando Toby llegó a ser hombre, apenas podía pronunciar una frase sin aderezarla con una promesa de juego. Y no apostaba en firme… nada de eso. Seré justo con mi amigo y diré que antes hubiera preferido hacerse monje. En su caso, aquello era una simple fórmula, y nada más. Sus expresiones no tenían el menor sentido positivo. Eran desahogos, simplemente —ya que no puedo decir que lo fueran inocentemente—; frases imaginativas con las cuales redondeaba sus declaraciones. Cuando decía: «Le apuesto esto y aquello», a nadie se le ocurría formalizar la apuesta, pero de todos modos yo no podía dejar de considerar que mi deber era reprenderlo. Aquella costumbre era inmoral, y así se lo decía. Era vulgar, y le rogaba que me creyera. Era desaprobada por la sociedad, y nadie me desmentiría por decirlo. Estaba prohibida por una ley del Congreso, y afirmándolo así no incurría en ninguna mentira. Le hacía reproches, sin resultado; aducía pruebas, vanamente. Si lo amenaza, se sonreía; si le suplicaba, prorrumpía en carcajadas. Si rogaba, se encogía desdeñosamente de hombros. Si lo amenazaba… se ponía a jurar. Si le daba de puntapiés… llamaba a la policía. Si le tironeaba de la nariz, se sonaba y apostaba su cabeza al diablo a que no me atrevería a repetir el experimento.
La pobreza era otro vicio que la deficiencia física de la madre de Dammit había acumulado sobre su hijo. Era detestablemente pobre, y por esa razón, sin duda, sus expresiones coléricas acerca de las apuestas tomaban raras veces un giro pecuniario. Nadie me hará decir que en alguna oportunidad le haya escuchado figuras de lenguaje tales como: «Le apuesto a usted un dólar». Por lo regular decía: «Le apuesto lo que quiera», o «Le apuesto cualquier cosa», o bien, mucho más significativamente, «Le apuesto mi cabeza al diablo».
Esta última fórmula era la que parecía agradarle más, quizá porque envolvía menos riesgo, pues Dammit se había vuelto muy parsimonioso. Si alguien le hubiera aceptado la apuesta, poco habría perdido, dado que tenía la cabeza muy pequeña; pero ésta es una observación personal y no estoy nada seguro de poder atribuírsela con justicia. De todos modos, la frase en cuestión se le pegaba más y más, a pesar de lo impropio que resultaba que un hombre apostara todo el tiempo su cerebro como si fuese un billete de banco; empero, la perversa naturaleza de mi amigo no le permitía darse cuenta de ello. Terminó por abandonar todas las restantes fórmulas, entregándose de lleno a: Le apuesto mi cabeza al diablo, con una pertinacia y una exclusividad que me desagradaban tanto como me sorprendían. Siempre me repelen aquellas circunstancias que no puedo explicarme. Los misterios obligan a un hombre a pensar, con lo cual su salud se perjudica. A decir verdad, había algo en el aire con que Mr. Dammit pronunciaba aquella ofensiva expresión, algo en su modo de enunciarla, que primero me interesó y luego me hizo sentirme muy preocupado; algo que, a falta de un término más preciso, se me permitirá calificar de raro —pero que Mr. Coleridge hubiese llamado místico, Mr. Kant panteístico, Mr. Carlyle retorcido y Mr. Emerson hiperenigmático—. Aquello empezó a no gustarme nada. El alma de Mr. Dammit estaba en peligro. Resolví emplear toda mi elocuencia a fin de salvarla. Prometí consagrarme a él como San Patricio, en la crónica irlandesa, se consagró al sapo, vale decir «despertándolo a su verdadera situación». Me puse a la tarea de inmediato. Una vez más me preparé para reprochar su lenguaje a mi amigo. Una vez más reuní mis energías para una tentativa final de reconvención.
Cuando hube terminado mi conferencia, Mr. Dammit se permitió algunas actitudes sumamente equívocas. Durante unos instantes guardó silencio, limitándose a mirarme interrogativamente a la cara. Luego ladeó la cabeza, mientras alzaba muchísimo las cejas. Tendiendo las palmas de sus manos, se encogió de hombros. Guiñó a continuación el ojo derecho, repitiendo la operación con el izquierdo. Inmediatamente cerró los dos ojos, apretando mucho los párpados. Los abrió a continuación de tal manera que me alarmé seriamente por las consecuencias. Aplicándose el pulgar a la nariz, consideró oportuno efectuar un indescriptible movimiento con el resto de los dedos. Por fin, colocando los brazos en jarras, condescendió a contestarme.
Sólo recuerdo los titulares de su discurso. Me estaría muy agradecido si me callaba la boca. No tenía ninguna necesidad de mis consejos. Despreciaba mis insinuaciones. Era lo bastante crecido como para cuidarse a sí mismo. ¿Lo creía todavía el bebé Dammit? ¿Pretendía insinuar alguna cosa sobre su carácter? ¿Me proponía insultarlo? ¿Estaba loco? ¿Estaba mi madre enterada, en una palabra, de que yo había salido de casa sin permiso? Me hacía esta última pregunta considerándome capaz de responder la verdad, y se declaraba dispuesto a creer en mi respuesta. Una vez más me preguntaba explícitamente si mi madre estaba enterada de que yo había salido solo de casa. Mi confusión —agregó— me traicionaba y, por tanto, estaba dispuesto a apostarle la cabeza al diablo a que mi buena madre no estaba enterada.
Mr. Dammit no se detuvo a esperar mi réplica. Girando sobre los talones, se alejó con precipitación muy poco digna. Y más le valió haberlo hecho así. Me sentí injuriado. Hasta colérico. Hubiera querido recoger por una vez su insultante apuesta. Hubiera ganado para el Archienemigo la mínima cabeza de Mr. Dammit; pues la verdad es que mamá estaba perfectamente enterada de mi momentánea ausencia del hogar.
Pero Khoda shefa midêhed —el cielo trae alivio—, como dicen los musulmanes cuando alguien les pisa los pies. Había sido insultado mientras cumplía con mi deber, y soporté el insulto como un hombre. Parecióme, no obstante, que había hecho todo lo que se podía pedir en el caso de aquel miserable individuo y resolví no molestarlo más con mis consejos, abandonándolo a su conciencia y a sí mismo. De todos modos, aunque no volví a hablarle del asunto, no pude privarme por completo de su compañía. Llegué incluso a tolerar algunas de sus tendencias menos reprobables y en ciertas ocasiones hasta alabé sus pésimas bromas (aunque con lágrimas en los ojos, como elogian los epicúreos la mostaza); a tal punto me dolía oír su profano lenguaje.
Un día radiante, en que habíamos salido a pasear tomados del brazo, nuestro camino nos condujo hasta un río. Había un puente y resolvimos cruzarlo. Era un puente techado, que protegía del mal tiempo y, como dentro tenía pocas ventanas, resultaba desagradablemente oscuro. Cuando penetramos, el contraste entre el brillo exterior y la penumbra influyó penosamente en mi ánimo. No así en el desdichado Dammit, quien apostó en seguida su cabeza al diablo a que yo estaba melancólico. Por su parte parecía de excelente humor. Quizá en exceso, lo cual me hacía sentir no sé qué rara sospecha. No me parecía imposible que fuera víctima de algún trascendentalismo. Pero no soy tan versado en el diagnóstico de esta enfermedad como para afirmar nada y, por desgracia, ninguno de mis amigos del Dial se hallaba presente. Sugiero la idea, no obstante, a causa de una cierta austera bufonería que parecía haber invadido a mi pobre amigo, induciéndolo a comportarse como un estúpido. Nada podía disuadirlo de deslizarse y saltar por encima o por debajo de cualquier cosa que se cruzara en su camino; todo esto gritando o susurrando palabras y palabrotas, a tiempo que su rostro conservaba una profunda gravedad. Realmente yo no sabía si tenerle lástima o emprenderla a puntapiés con él. Por fin, cuando habíamos atravesado casi todo el puente y nos acercábamos a su fin, nuestra marcha se vio impedida por un molinete. Pasé como corresponde en estos casos, es decir, que hice girar el molinete. Pero esto no convenía al capricho de Mr. Dammit. Insistió en saltar sobre el molinete, afirmando que era capaz de hacer al mismo tiempo una pirueta en el aire.
Pues bien, hablando seriamente, no me pareció que pudiera hacerlo. Las mejores piruetas, en cualquier estilo, las ha hecho mi amigo Mr. Carlyle, y sé muy bien que, así como no sería capaz de hacer ésta, tampoco podría hacerla Toby Dammit. Así se lo dije, agregando que era un fanfarrón y que hablaba por hablar. No me faltaron luego razones para lamentar haberme expresado así; pues instantáneamente Toby apostó su cabeza al diablo a que lo hacía.
Disponíame a replicarle, no obstante mi anterior resolución, con algunos reproches sobre su impiedad, cuando oí toser a mi lado. Aquella tos se parecía mucho a la exclamación «¡hola!», tanto que me sobresalté y miré en torno lleno de sorpresa. Por fin mis ojos cayeron de lleno en un nicho que había en la estructura del puente y vieron a un anciano y diminuto caballero cojo, de venerable aspecto. Nada podía ser más venerable que su apariencia, pues no sólo estaba enteramente vestido de negro sino que usaba una camisa muy limpia, cuyo cuello se plegaba esmeradamente sobre una corbata blanca, y sus cabellos aparecían partidos al medio, como los de una muchacha. Apoyaba pensativamente las manos en el estómago y tenía los ojos en blanco.
Al observarlo más de cerca percibí que llevaba puesto un delantal de seda negra sobre sus ropas, y la cosa me pareció sumamente extraña. Pero antes de que tuviera oportunidad de hacer la menor observación sobre tan singular circunstancia, me interrumpió con un segundo «¡hola!».
No me hallaba preparado para contestarle de inmediato. A decir verdad, las observaciones tan lacónicas como aquélla son de muy difícil respuesta. He conocido cierta revista trimestral que se quedó estupefacta a causa de la expresión «¡Disparates!»; se comprenderá, pues, que no me avergoncé de volverme a Mr. Dammit en busca de ayuda.
—Dammit —dije—, ¿qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice «¡hola!»
Y lo miré severamente a tiempo que le hablaba. Porque si he de decir la verdad, me sentía especialmente perplejo, y cuando un hombre está especialmente perplejo debe fruncir el ceño y tomar un aire salvaje, pues de lo contrario es seguro que pondrá cara de estúpido
—Dammit —continué, aunque esta repetición del nombre empezaba a parecerse a un juramento, cosa que estaba muy lejos de mis intenciones—. Dammit —agregué—, este caballero ha dicho «¡hola!»
No tengo intención de sostener que mi observación era profunda, pero he notado que el efecto de nuestras palabras no siempre está de acuerdo con la importancia que tienen para nosotros. Si hubiera hecho estallar una bomba a los pies de Mr. Dammit, o le hubiese golpeado en la cabeza con los Poetas y Poesías de Norteamérica, no lo hubiera visto tan trastornado como cuando me dirigí a él con aquellas simples palabras: «¡Dammit! ¿Qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice ¡hola!»
—¡No me digas! —jadeó por fin, después de pasar por más colores que los que enarbola sucesivamente un barco pirata cuando se ve perseguido por otro de guerra—. ¿Estás seguro de que dijo eso? En fin, de todas maneras ya estoy pronto, y lo mejor es poner al mal tiempo buena cara. Ahí va, pues… ¡Hola!
Al oír esto el diminuto caballero pareció muy complacido, Dios sabe por qué. Saliendo del hueco que había ocupado hasta entonces, avanzó cojeando con un aire muy gentil y estrechó la mano de Dammit, mientras lo miraba en la cara con el más auténtico aire de bondad que pueda imaginar un ser humano.
—Estoy absolutamente seguro de que usted ganará, Dammit —dijo con una sonrisa llena de franqueza—. Pero, de todos modos, tenemos que hacer una prueba, aunque no sea más que por mera formalidad.
—¡Hola! —repitió mi amigo, quitándose la chaqueta con un profundo suspiro, atándose un pañuelo de bolsillo a la cintura y modificando indescriptiblemente su expresión al revolver los ojos y dejar caer las comisuras de la boca—. ¡Hola! —agregó, repitiendo la palabra después de una pausa. Y desde ese instante no le oí pronunciar ninguna otra que no fuese el consabido «¡hola!».
«Pues bien —me dije—, he aquí un silencio bastante notable por parte de Toby Dammit, y sin duda es consecuencia de toda su verbosidad anterior. Un extremo induce al otro. Me pregunto si se habrá olvidado de las numerosas preguntas que me hizo con tanta fluidez el día en que le propiné mi última conferencia. De todas maneras parece que se ha curado del trascendentalismo.»
—¡Hola! —prorrumpió Toby, como si hubiera estado leyendo en mis pensamientos, y mirándome con la cara de una oveja decrépita en una pesadilla.
El anciano caballero lo tomó del brazo y lo condujo un trecho hacia el interior del puente, a cierta distancia del molinete.
—Estimado amigo —dijo—, considero mi deber concederle todo este terreno para tomar impulso. Espere aquí, mientras me instalo junto al molinete a fin de verificar si usted lo salta elegante y trascendentalmente, sin omitir ninguno de los movimientos de una buena pirueta. Pura formalidad, por supuesto. Diré «una, dos, tres… ¡vamos!». Tenga buen cuidado de no arrancar hasta oír el «vamos».
Colocóse al lado del molinete, hizo una pausa como si se sumiera en profunda reflexión, luego miró hacia arriba y, según me pareció, sonrióse ligeramente, tras lo cual se ajustó las cintas del delantal, observó largamente a Dammit y, finalmente, dio la orden convenida:
—¡Una… dos… tres… y… vamos!
Exactamente al oírse la última palabra mi pobre amigo se lanzó a la carrera. Su estilo no era tan excelente como el de Mr. Lord, pero tampoco tan malo como el de los críticos de Mr. Lord; de todos modos me sentí seguro de que saltaría el obstáculo. Después de todo, si no lo saltaba… ¿qué? ¡Ah, ésa era la cuestión! ¿Y si no lo saltaba?
—¿Qué derecho tiene este caballero de obligar a otro a dar un salto? —dije en alta voz—. ¿Quién es este personaje achacoso? ¡Si me pide a mí que salte, no lo haré, como que estoy vivo, y no me importa en absoluto quién demonios sea!
Ya he dicho que el puente aquel estaba cubierto de la manera más ridícula, por lo cual las palabras producían un eco desagradable… aunque nunca había reparado en él tan claramente como al pronunciar mis últimas tres palabras.
Pero lo que dije, o pensé, o escuché fueron cosas que sólo llenaron un instante. Menos de cinco segundos después de tomar impulso, mi pobre Toby daba su salto. Lo vi venir corriendo ágilmente y dar un grandísimo salto, a tiempo que efectuaba las evoluciones más extraordinarias con las piernas a medida que se elevaba. Lo vi en el aire, haciendo una admirable figura de danza justamente encima del molinete; y, como es natural, me pareció insólitamente singular que no siguiera su recorrido hacia adelante. Pero todo aquello fue cosa de un segundo; antes de que tuviera tiempo de hacer la menor reflexión profunda, vi a Mr. Dammit que se desplomaba de espaldas y del mismo lado del molinete de donde se había elevado. Y al mismo tiempo vi que el anciano caballero salía corriendo a toda velocidad, tras de recoger y envolver en su delantal alguna cosa que acababa de caer desde la oscuridad de la techumbre del puente, justamente sobre el molinete.
Me quedé profundamente estupefacto ante todo esto, pero no tuve tiempo de pensar, pues Mr. Dammit estaba curiosamente inmóvil, por lo cual deduje que se sentía muy agraviado y que necesitaba de mi ayuda. Me apresuré a acercarme, descubriendo que había recibido lo que cabe calificar de herida grave. En efecto, había sido privado de la cabeza, que inútilmente busqué por todas partes. Decidí entonces llevarlo a casa y mandar llamar a los homeópatas. Entretanto se me ocurrió algo y, luego de abrir una ventana que había en esa parte del puente, descubrí instantáneamente la triste verdad. A unos cinco pies sobre el nivel del molinete, atravesando la techumbre a manera de soporte, veíase una fina barra de acero, con el filo colocado horizontalmente; formaba parte de una serie de soportes análogos que reforzaban la estructura del puente. No cabía duda de que el cuello de mi infortunado amigo habíase puesto en contacto con el filo de aquella barra.
Mr. Dammit no sobrevivió a su terrible pérdida. Los homeópatas no le suministraron bastante poca medicina, y la poca que le dieron no pudo él tomarla. Al final empeoró y acabó muriéndose, dando con ello una lección a todos los seres de vida desenfrenada. Regué su tumba con mis lágrimas, agregué una barra siniestra en el escudo de armas de su familia y, a fin de cubrir los gastos generales de su funeral, envié una cuenta sumamente moderada a los trascendentalistas. Los villanos se negaron a pagarla, por lo cual hice exhumar de inmediato a Mr. Dammit y lo vendí como alimento para perros.

jueves, 7 de mayo de 2015

Mecánica popular.


Mecánica popular.

Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana —una ventana abierta a la altura del hombro— que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.
Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas!, gritó. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! Empezó a llorar. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.
Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después se dio la vuelta y volvió a la sala.
Trae aquí eso, le ordenó él.
Coge tus cosas y lárgate, contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala.
Ella estaba en el umbral de la cocina, con el niño en brazos.
Quiero el niño, dijo él.
¿Estás loco?
No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
A este niño no lo tocas, advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
Oh, oh, exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
¡Por el amor de Dios!, se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
Quiero el niño.
¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina.
Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
Suéltalo, dijo.
¡Apártate! ¡Apártate!, gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.
Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
Suéltalo, repitió.
No, dijo ella. Le estás haciendo daño al niño.
No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.
Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
¡No!, gritó al darse cuenta de que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaba.
Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas.
Así, la cuestión quedó zanjada.