miércoles, 9 de marzo de 2016

El inmortal.

El inmortal.

Uno de los principales inconvenientes de ser inmortal es que no te podés quedar en un mismo lugar. Después de diez o quince años la gente empieza a notar que no envejecés y empieza a cuestionar tu origen. Entonces es tiempo de partir. No importa lo bien que te sintás en el lugar, lo mucho que te puedan querer algunos, no importa si hay mujeres hermosas enamoradas de vos. Te tenés que ir. Les contaré la historia a grandes rasgos, pero omitiré detalles para no ponerme en peligro.
Nací en Guatemala el cinco de febrero de 1865, y créanme, todo era muy pero muy diferente. Pero la gente, de algún modo, siempre sigue siendo un poco la misma.
Durante siglos se han escrito historias de inmortales y siempre la inmortalidad es debida a algún suceso sobrenatural, como la mordida de un vampiro o un pacto con alguna oscura divinidad. No señores, no es así, lo sé por experiencia propia. Es mucho más sencillo: una curiosa combinación de genes hace que seamos inmunes a todas las enfermedades y que nuestras células se regeneren de manera constante. El efecto es que llegada la adultez no envejecemos ni enfermamos. Podemos morir en un accidente o ser asesinados, pero no morimos de enfermedad.
Hablé en plural porque no soy el único. Durante mis 150 años de existencia he conocido personalmente a tres colegas, pero hay varios por ahí. Son aquellos artistas y empresarios que desaparecen de la noche a la mañana, aquellas actrices de las que nadie supo después, esos hábiles estafadores que desaparecen en el momento justo. Algunos, aburridos de no ser como los demás, se suicidan. Otros, como yo, tenemos que idear una estrategia de supervivencia que nos permita vivir en sociedad por todo el tiempo que se pueda. Algún día tendré un accidente mortal o alguien decidirá que debo dejar de existir.
Sabemos congeniar en sociedad pero no nos apegamos a la gente y no solemos desarrollar amistades largas. Todo debe quedar en un cómodo trato superficial. El primero de los colegas que conocí llegó a mí en 1902, porque yo trabajaba en un muy conveniente puesto en el registro civil de Guatemala. No sé cómo, pero supo al instante que yo era de los inmortales. Por supuesto, le di trámite a su defunción y lo resucité con otro nombre. En aquel tiempo él tenía 95 años, pero se miraba de 30. Se fue a México y me envió cartas durante un par de años, pero no supe más de él. En las cartas, sin embargo, nunca habló de su experiencia como inmortal. De manera verbal, antes de irse, me dijo que planeaba suicidarse algún día porque la vida tiene que terminar.
He estado en varios países y me libré por poco de sufrir en la primera y segunda guerras mundiales. Aquello fue realmente de terror, pero logré viajar antes de que sucediera todo. La circunstancia de no permanecer en ningún lugar hizo que no estuviera en ninguna guerra, por fortuna.
Aparento unos 25-30 años y procuro mantenerme en forma y alejarme de actividades delictivas, salvo por la estafa. Es fácil quitarle a la gente el dinero si se dice lo que quieren escuchar. Con los años de experiencia, ya sé leer a la gente, ya sé de quién me puedo aprovechar o no. La primera regla de la estafa dice que no se puede estafar a un hombre honrado y eso he tenido mucho tiempo de comprobarlo, una y otra vez.
Me entretengo con mucha lectura y con el violín. Me río siempre que leo a algún escritor joven en alguna entrevista de prensa. Todos creen ser geniales y que serán recordados. No es así, todo mundo será olvidado, salvo algunos cuantos genios, y lo más probable es que el de la entrevista de la prensa no lo sea. Cuando leo la entrevista de algún escritor viejo, lo que me da es lástima. Ya tuvo tiempo de enterarse de qué va el asunto y si sigue en las mismas no es más que un pendejo.
Mi modo de operar los negocios es llegar a una nueva ciudad, alquilar una oficina lujosa en un sector exclusivo y visitar algunos clubs de gente con dinero. Los nuevos ricos son mi mercado, pero a veces también caen los hijos de ricos que son desordenados en sus gastos. Me vendo como inversor inmobiliario, inversor de la bolsa de valores o experto en antigüedades. Soy muy bueno con las antigüedades, tanto para fabricarlas como para conocer las verdaderas. Luego con documentos sencillos se logra dar la apariencia de formalidad y la gente me entrega su dinero con la avaricia encendida.
Todo se trata de apariencias y de envidia. Tenés que generar envidia en los clientes para que den su dinero con la idea de que lograrán igualarte o incluso superarte.
A estas alturas del relato, supongo que ya algún listo me habrá diagnosticado como un demente con delirios de grandeza que además es psicópata. Puedo asegurarles que todo lo que digo es cierto, y que la experiencia que me da mi tiempo prolongado de vida ha sido un factor clave en mi supervivencia.
Conocí el teléfono, el cine y la televisión cuando era novedad, luego vino la televisión por cable, luego el teléfono celular e internet. Es fantástico esto de internet. La estafa nigeriana es una de mis favoritas.
Sucedió que un investigador una vez fue más hábil que yo y me atraparon. Pasé varios años en la cárcel en España en los años 1960 y me perdí un poco del inicio de la temporada de los hippies. El peor delito del mundo y el más castigado es el asesinato, así que siempre me cuidé de no llegar a tales extremos.
No he acumulado mucho dinero porque eso es además de muy llamativo, un lastre cuando te querés ir de alguna ciudad, sobre todo si son propiedades. Es mejor mantener la maleta liviana.
Me enamoré una docena de veces, y la mujer que más recuerdo aún hoy, es Alicia. Fue a la única que no abandoné, porque murió poco tiempo después de casarnos, cuando cayó en un lago no sabiendo nadar en un paseo que daban con su familia y al que no asistí yo. Eso fue en el año 1984, cuando yo estaba en Chile. Era una mujer muy hermosa e inteligente, y creo que fue la única que ha sospechado de mi naturaleza peculiar.
Ahora estoy encerrado en un hospital psiquiátrico. Es obvio que no he dicho nada de esto al personal e incluso estoy de encargado de la biblioteca. Saldré en un año y de nuevo me mezclaré por ahí. Si mirás que un hombre joven llega por tu ciudad con un nuevo negocio muy rentable, es muy probable que sea yo. Pero no temás si sos honrado, sólo puedo tomar el dinero de los ambiciosos, porque sólo ellos estarán dispuestos a entregármelo.
Es la primera vez que hablo tan abiertamente de lo que soy y lo que hago. Agradezco al dueño de este blog, quien cedió este espacio para que pudiera librarme del deseo de contárselo a alguien. Sé que la mayoría de lectores no creerá nada, pero con que haya una sola persona que sepa y acepte mi verdad será suficiente. Tal vez encuentre algún otro inmortal entre los lectores y al comunicarnos se alivie un poco el sentimiento de soledad.

martes, 8 de marzo de 2016

La mascota.

La mascota.

Los ricos y poderosos y algunos famosos con dinero suelen tener a su alrededor a personas que sólo les dicen lo que necesitan oír. A cambio de la lisonja constante a veces les dan un empleo o los mantienen sin más. En ocasiones, por supuesto, se intercambian favores sexuales. Podría considerarse cómodo para la mascota humana que acepta tales condiciones, sobre todo si el otro es generoso, pero vayan ustedes a soportarle la neurosis y la megalomanía al rico de turno a ver cómo les va. Así es como me gano la vida y de eso voy a contarles un poco.
Desde pequeño supe que yo no sería un buen estudiante ni buen trabajador. Por eso fui afinando el arte de leer a las personas, y de decirles lo que quieren oír. Así ganaba favores y la vida era más fácil. La gente en general se cree más y mejor de lo que es. Por eso es que hay tanto incomprendido que inunda las redes sociales protestando contra un mundo tan cruel que no es capaz de ver y aplaudir su genialidad y además pagar por ella. Las redes sociales no son más que un mercado de la lisonja.
Eso está bien para las personas normales, pero como nunca tuve la intención de trabajar en una empresa de ocho a cinco, ni de trabajar duro para obtener nada, le he buscado y encontrado rentabilidad a mi habilidad del trato con las personas. ¿Por qué no hacer feliz por un instante a la recepcionista fea diciéndoles que hoy está muy bonita? ¿Por qué no decirle al dueño de la empresa que los cambios que hace seguro la harán más rentable y mejor? En eso es en donde fallan aquellos que creen que son muy buenos en su trabajo pero le niegan palabras y acciones amables a las personas adecuadas.
A mi primer mecenas lo conocí cuando yo acababa de cumplir dieciocho años, en un hotel de Antigua Guatemala. Los hoteles son lugares muy buenos para conectar gente. Era un tipo muy conocido de los medios que además era en ocasiones pastor evangélico. Se llamaba Alejandro y le decían Ale. Parecía estar triste y me acerqué y le caí bien. Desde el principio supe que era un homosexual que no quería salir del closet, así que sería un patrocinador generoso. Yo no soy gay, así que lo que tocaba hacer era alimentar un poco sus fantasías, y cuando se acercara demasiado tirar onda moralista. Ale era tan buena gente que hasta le compraba regalos caros a mis novias. Fui para él como una especie de secretario privado, a veces lo acompañaba a giras.
Solía dejar camisetas en su casa para que le ayudaran en sus fantasías. Me pagaba la universidad, me proporcionaba carro y me tenía un sueldo. Además de viáticos y otros gastos. Nunca lo pude comprobar, pero siempre sospeché que lavaba dinero del narco. A mí me iba bien y eso era lo que importaba. En la universidad me convencí a un nerd de media tabla para que me hiciera tareas y me pasara copia en los exámenes y estaba todo resuelto. Yo sabía que la situación era temporal, así siempre fui observando nuevos prospectos para hacer el cambio cuando se hiciera necesario.
A Ale le serví durante dos años. Por épocas yo procuraba alejarme para que no se hiciera ilusiones, pero los últimos meses el pobre se obsesionó y empezó a exigirme más tiempo con él. Me llamaba o enviaba mensajes de texto todo el tiempo. Además creo que le fue mal en algunos negocios y por eso ya no había mucho dinero. Todo terminó una noche en que llegó desesperado a mi casa a pedirme que me acostara con él. Me hice el sorprendido y ofendido y además le saqué la onda moralista. Le cerré la puerta en la cara, se quedó sentado en la acera de la calle durante algunos minutos y se fue. No se comunicó más.
Mi segundo patrocinador no era gay y con él sí tuve que trabajar un poco. Se llamaba Francisco, pero todos le decían Frank. Era un comerciante de carros y motos que tenía mucho dinero. Sin embargo era un poco inseguro. Necesitaba mucho apoyo en las decisiones y su familia cercana estaba más dedicada a gastarse el dinero. Lo conocí en un autódromo porque él patrocinaba un equipo de carros de carreras y yo era uno de los pilotos. No sé cómo me aceptaron, pero ahí estaba y aproveché, en cuanto vi a Frank, para ponerme a las órdenes. Dos semanas después, ya tenía un puesto como subgerente de algo, pero en realidad yo era el mandadero del patrón.
Frank siempre me llamaba para comentarme algunas decisiones menores y por supuesto yo jugaba a ser juicioso y algunas veces le contradecía para aportar algo más que asentir, pero al final le decía que todo lo que él había pensado estaba bien. Si salían bien las cosas yo recibía algún premio, si salían mal tenía que participar en la solución. Casi siempre salían bien las cosas.
Me tocaba recoger el efectivo en algunas tiendas y su confianza hacia mí llegó a tal punto que en mi casa tenía una caja fuerte con su dinero. Nunca le robé.
Aparte de mi trabajo como recolector de dinero, Frank me solía llamar de noche cuando tenía fiestas con sus amigos. Yo le debía llevar alcohol y putas a cualquier hora de la noche o madrugada. Como nunca trabajé muchas horas, esta era una forma de ganarme el aprecio. Sus otros empleados no lo hacían. Me tocaba decirles a las mujeres qué le gustaba a don Frank para garantizar el trabajo. Siempre quedaba complacido.
Me tocó algunas veces cubrirlo ante su familia por sus amantes. Era enamoradizo y las rupturas solían ponerlo muy triste. Pero se recuperaba pronto. Solía ser cuidadoso con lo que compartía con ellas, tanto en información como en dinero. A veces, cuando se aburría de alguna, me tocaba ir a decirle a la mujer que todo había terminado y que Frank le enviaba algo de dinero como desenlace amistoso. Se hacían las ofendidas, pero siempre tomaban el dinero.
Para Frank trabajé diez años. Logré comprar mi casa y viví bien en ese tiempo. Nunca trabajé mucho. La última novia de Frank lo dejó muy afectado y en su depresión alejó a todo el mundo, incluyéndome. Los hijos tomaron la riendas de las empresas y uno de los primeros en irse fui yo. Intenté visitar a Frank pero nunca me recibió. Supongo que pensaba que yo era uno de los culpables de que la mujer lo haya dejado por otro.
Ahora llegamos a la última patrocinadora, Laura. Me llevaba diez años, y era una ejecutiva dueña de acciones en las principales empresas del país. Venía de familia de dinero y era muy buena en su trabajo. A ella la conocí en un club de tenis. Ella fue la que propuso un partido porque no tenía con quién jugar. Nos hicimos amigos y seguimos jugando una o dos veces a la semana. Supo que no tenía empleo y me propuso trabajar para ella. Yo había pensado en ella como medio para conseguir a alguien que me patrocinara la vida. Era guapa y me gustaba, así que pensaba que era mejor no acercarme, pero las cosas sucedieron de otra manera.
Mis servicios para Laura consistían en visitar una vez a la semana sus negocios y propiedades. En ocasiones me tocaba vender sus casas y ahí la comisión era muy buena. Ella tenía mucho más dinero que mis patrocinadores anteriores, aunque al principio no me di cuenta. Al poco tiempo de trabajar para ella nos hicimos amantes y lo peor para mí es que me enamoré de ella. Laura era inteligente, guapa y elegante y además muy generosa. Retuve a mi novia para que Laura no pensara que me tenía, pero al poco tiempo pasé de ser el necesario a ser el necesitado. La necesitaba a ella, la extrañaba cuando no la veía.
Procuré servirle bien, inclusive comencé a interesarme por lo que hacía y aprendí muchas cosas. De su vida personal no me contaba mucho. Nunca estuve seguro de si ella me quería realmente, o al menos tanto como yo a ella. Nunca nos dijimos nada al respecto, pero yo era el que enviaba mensajes cariñosos, que pocas veces contestaba. Nunca fui tan profesional y nunca trabajé tan a gusto. Nunca gané tanto dinero. Ahora lo recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida.
Estuvimos bien durante tres años, pero luego Laura empezó a distanciarse y a relegarme de algunas actividades. Dejó de buscarme como hombre. Estuve muy triste durante algún tiempo, pero luego comprendí que así debía ser. Me conseguí una novia y sigo trabajando para ella y ganando bien. Pero a veces, cuando por trabajo la visito en el club de tenis y la miro jugar con un chavo unos diez años menor que yo, me entra una nostalgia así bien cabrona y paso el resto del día con un dolorcito sordo en el pecho.

viernes, 4 de marzo de 2016

Acoso en la oficina.

Acoso en la oficina.

Ya hace un par de años de esto, pero aún me sigue causando malestar lo que le hicieron a Paty en la oficina. Paty llegó de secretaria a la empresa en la que trabajo y su carácter poco social y algo tímido hizo que no encajara. Solo el jefe y yo nos acercábamos a su escritorio y a mí me pareció más bien una persona normal. El trabajo lo sacaba bien, recibía las llamadas, organizaba la ruta del mensajero y daba seguimiento a los clientes. Todo empezó cuando Pedro, el diseñador gráfico, la invitó a tomar un café. Ella no aceptó.
Según lo que me contó Paty después, Pedro no se mostró molesto y se despidió de ella por la tarde de forma normal. Al día siguiente, sin embargo, no la saludó al llegar. Ella pensó que sería pasajero, pero durante los siguientes días Pedro comenzó a burlarse de ella con los compañeros diciendo que si era gorda o que si era lesbiana, entre otras cosas. A veces yo les pedía que no siguieran, que era molesto. Se reían.
Me comencé a interesar más por Paty y comenzamos a almorzar juntos. Yo nunca tuve interés romántico en ella, pero me era agradable. Era la única de la oficina que leía libros y gracias a ella conocí a Alice Munro, una de las mejores cuentistas que yo haya leído. Así que habían temas de conversación y el almuerzo era ameno.
Pedro y sus amigos comenzaron a molestarme con que yo era el novio y a reírse a mis espaldas. Durante algún tiempo la dejaron de molestar y hubo algo de calma en el ambiente.
En la oficina éramos quince personas. El negocio era diseño gráfico y web para grandes marcas. El grupo de Pedro, el mejor diseñador que teníamos, era de diez de esas quince personas. Sus diseños se pueden ver todavía en muchas vitrinas, calles y avenidas. Su talento lo hacía sentirse imprescindible. Sus mejores aliados eran Alan y Javier, programador web y asistente de contabilidad, respectivamente.
Un día de tantos a Javier se le perdió su tablet. Aprovecharon para armar escándalo y la primera señalada fue Paty. Alguien la había visto entrar a contabilidad y salir con un sobre, en ese sobre podría ir la tablet. Pedro la fue a confrontar y le exigieron que vaciara su bolsa y que mostrara las gavetas de su escritorio. Ese día no llegué a la oficina porque me tocó atender a un par de clientes.
Al día siguiente la tablet no aparecía y Paty llegó a encontrar condones inflados en su puesto de trabajo y un post-it que decía “idiota” en el monitor de su computadora. El jefe convocó a todos y les dijo que ese tipo de cosas era una falta de respeto no solo hacia Paty sino a toda la empresa. Al salir del trabajo en el parqueo Paty se encontró con una rosa negra en el parabrisas y una llanta pinchada. Rompió a llorar y así estaba cuando yo la encontré. La ayudé a cambiar la llanta.
—No les hagás caso, Paty, vos sos mejor que todos esos hijos de puta —le dije al despedirnos.
La tablet apareció dos días después, pero el acoso siguió y varias veces la vi llorar sobre su escritorio. Yo seguí almorzando con ella y también fui víctima de varias bromas pesadas, pero en menor proporción. A ella le robaban su almuerzo, le metían fotos porno en su computadora, le ponían post-its con insultos en su carro, la llamaban y colgaban.
Yo les reclamaba a todos y a Pedro, Alan y Javier en especial, pero todo mundo se hacía el desentendido. Con el jefe platicamos varias veces y yo le recomendaba deshacerse de Pedro, pero como era tan bueno en su trabajo, el jefe dudaba. Yo le decía que no podía ser el único bueno y que yo mismo ayudaría a encontrar a alguien. Él prefería despedir a Paty, y eso me hacía sentir mal.
Paty vivía sola en un edificio de apartamentos. Un día la siguieron después del trabajo y así supieron en dónde vivía. Me lo contó y le recomendé que renunciara. Me dijo que no podía porque debía dinero y no sabía cuánto tiempo se tardaría en conseguir otro empleo.
Todo estalló cuando la noche de un viernes Pedro junto a Alan y Javier fueron a su casa borrachos. No sabemos cómo ingresaron al edificio, pero golpeaban a su puerta como energúmenos. Paty me llamó como a las once de la noche y yo fui a ver qué pasaba. Pasé por el policía que cuidaba la oficina para que me acompañara. Al llegar los encontré bebiendo alcohol en la puerta del apartamento, riéndose. Javier tenía una pistola. Nadie les había pedido que se fueran, y la policía no llegaba.
Cuando llegué quisieron aparentar cordialidad, pero pronto se pusieron nerviosos y montoneros cuando les pedí que se fueran. En su borrachera decían que tenían que vengar el desaire a Pedro y del robo de la tablet de Javier. El policía privado que iba conmigo estaba muy nervioso.
No me di cuenta de cómo sucedió, pero Javier disparó el arma y yo sólo atiné a agacharme. Desde el suelo vi que había disparado contra la chapa de la puerta y que entraban al apartamento. Yo pensé que todo iba a acabar muy mal. La adrenalina me hizo entrar y luchar, pero a pesar de estar borrachos eran tres contra uno, y me redujeron. El policía que me acompañó solo miraba y después de unos instantes se fue.
La policía llegó justo a tiempo. Los arrestaron y se los llevaron. Por fortuna no habían llegado hasta el dormitorio de Paty y salvo la chapa de la puerta, no se había perdido nada material.
Al día siguiente la oficina parecía un funeral. Por supuesto, los tres acosadores quedaban fuera de la empresa, pero además el jefe despidió a otros cuatro que también habían participado en las bromas pesadas. Paty renunció y se fue a vivir con una tía. A los tres acosadores les dieron condenas de uno o dos años, no supe cuántos a cada quien.
Paty no había trabajado ni siquiera seis meses en la empresa.
Después del suceso se tuvo que subcontratar a otra empresa más pequeña para que se hiciera cargo de algunas cosas. Yo sigo trabajando aquí pero me prometí que si vuelvo a ver algo parecido -aún en contra del criterio jefe-, tengo que evitar que pase a más.
Cuando Paty llegó a la oficina por su cheque me dio las gracias por estar de su lado. Me regaló un libro de Alice Munro. Días después la llamé para saber cómo estaba, pero al parecer había cambiando su número. Intenté con el correo electrónico pero no recibí respuesta. También se había borrado de las redes sociales.
Espero que en cualquier lugar en donde esté la traten bien.

jueves, 3 de marzo de 2016

El gerente.

El gerente.

Después de trabajar por cinco años en la empresa me ascendieron de jefe de ventas a gerente general. No me ilusionó mucho el ascenso porque ya la empresa estaba en las últimas, habían despedido a la mitad del personal y las ventas bajaban todos los meses. Cuando tomé el puesto yo calculaba que a la empresa le faltaba un año para quebrar, si no era antes. Tomé algunas medidas administrativas necesarias, pero decidí que en el tiempo que nos restaba en la empresa a mis compañeros y a mí, la íbamos a pasar bien.
Deseché varias líneas de productos y me deshice de clientes. A la tercera semana la carga de trabajo se había reducido bastante. Compré un futillo y una mesa de ping pong usados y los coloqué en la oficina. Uno de los empleados trajo una tele para ver partidos de fútbol. A los que terminaban sus tareas temprano los dejaba salir antes. Reduje los informes y las sesiones al mínimo. El ambiente de la empresa cambió y los empleados estaban contentos.
Mi intención era crear un ambiente relajado para los meses que durara la empresa. ¿Para qué afanarse si el final ya estaba decidido?
Éramos doce empleados, tres vendedores y el resto de fijo en la oficina. Al que le tenía un gran a precio era al contador, don Cecilio, un hombre a quien yo consideraba muy cabal.
Don Roger, el accionista mayoritario, casi ni se asomaba y cuando lo hacía, era solo para ver los números de ventas, y me decía que faltaba poco, que me dejaba de tarea encontrar la mejor manera de liquidar la empresa sin perder tanto. Como tenía mucho dinero y además estaba en otros proyectos grandes que le estaban dando más dinero todavía, no prestaba demasiada atención.
Con lo que yo no contaba era con que las ventas empezaran a subir. Creo que algo hablaron entre los vendedores y el encargado de compras y se pusieron a trabajar en serio. La subida de ventas empezó a ser interesante. Para el sexto mes desde que asumí el puesto de gerente, los números comenzaron a convencer a don Roger. Parecía que podría haber más vida para la empresa. Con don Cecilio el contable hablamos del tema y ambos estábamos sorprendidos.
Yo no le encontraba explicación al asunto hasta que decidí investigar a fondo sobre las ventas.  Eran dos empresas las que compraban casi todo y de ahí era de donde venía el dinero. Sin embargo, las empresas eran de cartón, no había gente en ellas cuando yo mismo las visité. Un día seguí a la salida al encargado de compras y me llevé una sorpresa. Se estaba reuniendo con don Roger a mis espaldas. Y todo me quedó claro, estaban lavando dinero en mis narices y yo iba a cargar con las culpas si algo malo sucedía.
Así que renuncié al día siguiente y me preocupé de que mi nombramiento fuera revocado y mis firmas en cuentas borradas. Me asesoré con un amigo abogado para verificar que realmente yo quedaba fuera de la empresa sin responsabilidad legal. Salí de la empresa y me sentí realmente libre, aunque ahora empezaba la angustia del desempleo. Me despedí de don Cecilio y le reiteré mi aprecio y admiración a su trabajo y honestidad.
Me deprimí un poco porque la rutina de trabajo sirve para rellenar el tiempo y cuando de pronto eres libre te quedas solo con tus pensamientos, tus temores y tus demonios. No sabía qué hacer. Tuve que tomar antidepresivos por un par de meses. Por fortuna el desempleo sólo duro ocho meses y luego me vi en otra empresa.
Volví a saber de mi empleo anterior cuando recibí una llamada de don Cecilio, que había tomado mi puesto. Me hizo algunas preguntas generales sobre mi nuevo trabajo, y me invitó a almorzar al siguiente día para platicar. Tenía que decirme cosas importantes.
Durante la noche estuve cavilando sobre qué podría ser tan importante como para llamarme. No dormí bien.
Cuando nos reunimos al fin para el almuerzo, vi a don Cecilio desmejorado y flaco, ni la sombra de lo que había sido. Me contó, casi sin introducción, que la empresa siempre había lavado dinero, pero que durante mucho tiempo habían ventas reales que camuflaban las movidas. No fue sino hasta que las ventas reales empezaron a bajar que se hizo más evidente el lavado. El ministerio público ya había intervenido la empresa y congelado cuentas. Habían sido descubiertos y probablemente algunos irían a la cárcel.
La reunión era para contarme que mi firma no había sido borrada de un par de cuentas y que alguien la había falsificado en varios cheques después de mi salida. Se me heló todo el cuerpo de pensar las consecuencias de todo esto. Don Cecilio me dijo que debía regresar a mi antigua oficina a firmar documentos en donde hiciera constar que ya no estaba en la empresa para salvarme. Me asusté como no tienen idea.
Sin embargo después de consultar con mi abogado me recomendó no ir a ninguna parte ni firmar nada. Si surgía algo legal habría que afrontarlo, pero no sabíamos si en realidad habían firmas mías. Era mejor esperar.
Días después, vi por la televisión a algunos de mis ex compañeros de trabajo y a don Cecilio, presos y acusados de lavado de dinero. Pasó algún tiempo y no recibí ninguna llamada ni citación. Supongo que ya no sabré nada más, pero la ansiedad me ha causado insomnio y el doctor me ha dicho que tal vez debería tomar ansiolíticos. Por las noches a veces sueño que tocan a la puerta y van a arrestarme.

El gimnasio.

El gimnasio.

Siempre he sido un flaco perdedor. Me he mantenido en los empleos haciendo lo que tenía que hacer y bien, pero no tan bien como para ascender. No me gusta tener que decidir y ascender implica que hay que hacerlo. En el empleo actual entro muy temprano y salgo temprano de la tarde. Cuando comencé a trabajar, me di cuenta de que tener la tarde libre era aburrido. Así que me inscribí a un gimnasio para tener algo qué hacer y me inventé que antes yo era muy gordo y que había bajado 80 libras. No me imaginaba lo que se iba a venir.
Con tal de hacer amistad con Brenda, una chava algo gordita pero guapa que hacía elíptica a la par mía, le conté que el año anterior yo era un gordo deprimido que había logrado bajar 80 libras en otro gimnasio. Yo tenía una semana de ir al gimnasio y nunca había ido antes a ningún otro. La charla fue amena y nos hicimos buenos amigos. Me pedía consejos y yo buscaba en internet o respondía con obviedades. Estaba encantada conmigo. Yo era su inspiración, solía decir.
Brenda tenía novio, así que yo no me hice muchas ilusiones. Lo bueno era tener con quién platicar a la hora del gimnasio y además resultó ser buena persona. Con el tiempo ella se encargó de regar la bola de que yo había hecho la proeza de bajar un montón de libras. La gente empezó a pedirme consejos a invitarme a las reuniones de sus grupos de zumba y baile. Un periodista despistado me hizo una entrevista y me pidió fotos, así que le pedí a un compañero de la oficina que hiciera algo con photoshop para la ocasión. Puso mi cara en un cuerpo de gordo y de esa manera tuve mi antes y después.
Me convertí en una especie de celebridad en el gimnasio y la principal impulsora del culto era mi amiga Brenda. La foto de la prensa estaba pegada en una de las paredes y la gente me empezó a buscar más. Siguieron las invitaciones para contar mi historia. Me miraban como a un gurú y yo sólo tenía que decir lo que esperaban oír.
Podría decir que tenía cargo de conciencia por mentir y además aprovecharme, pero no era así. Eso sí, me aburría ver a la gente tan crédula y con tanta necesidad de encontrar motivación fuera de ellas mismas. Tampoco le encuentro explicación a por qué reciben tanta atención los gordos rebajalibras y no los que siempre se han mantenido en forma.
Ahora ya no era un flaco perdedor, ahora era un flaco con una historia ganadora.
Después de varios meses de coquetear, Brenda dejó a su novio y nos hicimos pareja. Como además ella era de familia con dinero, yo estaba siendo muy bien tratado. Yo era feliz con ella, que además había adelgazado y se miraba muy bien. Había tenido algunas novias, pero Brenda era por mucho la mejor y a la que más había querido.
Pero como todo lo que sube tiene que bajar, ella descubrió mi mentira. Yo había sostenido la mentira porque no uso redes sociales y por lo tanto no habían fotos mías de años anteriores a los que accediera nadie. Sin embargo una prima de Brenda encontró a un primo mío en Facebook y allí habían un par de fotos mías del año en que yo decía que estaba gordo. Tenía unas diez libras más, pero obviamente no estaba gordo.
Brenda me enfrentó en su casa y le dije toda la verdad. Decepcionada y llorando, me dijo que me largara en ese mismo momento. Se sentía una tonta engañada y era un imbécil manipulador sin corazón. Pero si yo te quiero, le decía, mientras ella seguía insultándome. Salí muy triste de su casa. Al día siguiente me llamó para disculparse por su exabrupto, pero me dijo que ya no quería nada conmigo.
No volví a ir al gimnasio. No me importaba tanto lo que dijeran los demás, pero hubiera sido incómodo verla. Me contaron después que ella siguió llegando durante un mes, que se le miraba a veces triste o de mal humor. Después ella también dejó de llegar. Le enviaba mensajes o la llamaba pero nunca obtuve respuesta.
Como las tardes ahora necesitaban un nuevo entrenimiento, me compré una playstation. Compré también un sofá muy cómodo. Ahora me convertí en gamer aficionado y juego todas las tardes. Estoy comiendo más que antes, y ahora sí estoy engordando.


martes, 1 de marzo de 2016

El accidente.

El accidente.

Una llamada a las tres de la mañana me despertó diciendo que Andrés había muerto. Me asusté, por supuesto, pero yo no conocía a ningún Andrés. Llamaba una mujer que decía entre sollozos que se había ido a estrellar en su carro. Cada vez que yo intentaba decirle que estaba equivocada ella me interrumpía y continuaba con el relato. No sabía qué hacer, al parecer la policía la llamó para decirle que Andrés había tenido un accidente, pero no le dijo que había muerto y cuando llegó fue un shock tremendo. Viendo que ella no entendía, me dispuse a escucharla y decirle qué hacer.
Imaginé que la mujer que llamaba era la esposa o la pareja de Andrés. Lo primero que le dije es que se tenía que calmar. Tenía que ser fuerte y tenía que decidir lo que se iba a hacer. Primero debería llamar a los padres de Andrés y explicarles lo ocurrido. Debía hablar con el padre antes de la madre. Pero para hacerlo debía calmarse. Tenía que esperar que las autoridades le dijeran qué hacer pero debía llamar un abogado.
Me escuchó y me agradeció los consejos. El accidente había sido en una avenida muy transitada, el carro se había empotrado contra un poste de energía elétrica y Andrés no llevaba el cinturón puesto. Luego dijo que la llamaba un policía y colgó. Como el susto de llamada me había quitado el sueño, me puse a buscar algo en Netflix para ver. Encontré una serie que contaba historias fantásticas del futuro y me puse a ver un episodio. Quince minutos después volvió a llamar la mujer.
Me dijo que había hecho lo que le dije, que el padre de Andrés se quebró en el teléfono pero respiró profundo y quedó de hablar con un abogado amigo de la familia. A la madre la escuchó por el teléfono gritar negando lo que había pasado. El abogado la llamó y le dijo que había que esperar a ver qué decía el ministerio público y la policía, él iba a llegar en ese momento a atenderla. Esta vez la escuché más calmada, aunque siempre sollozando.
Seguí viendo la serie. En un mundo futurista, el único trabajo de las personas era pedalear todo el día en unas bicicletas estáticas. Los obligaban a ver anuncios de programas de televisión o aplicaciones de celular para que gastaran en eso el dinero que ganaban. Si alguien quería salir de esa vida, tenía que ir a un programa de telivisión de talentos en donde los participantes ganaban premios u otros trabajos.
Recibí una tercera llamada. Todo ya estaba bajo control, el abogado estaba hablando con las autoridades y al ser un accidente vial no habría problema en entregarles el cuerpo, pero ellos debían reportar debidamente el suceso. Los padres de Andrés estaban muy tristes y al ver su cuerpo, la madre se desmayó pero se recuperó pronto. Me dijo que ella se iba ir a su casa a arreglarse para ir a la funeraria después. Se despidió diciendo que me amaba. Yo también, le respondí.
Supongo que después se habrá dado cuenta del error y habría llamado al tipo al que realmente quería llamar porque ya no recibí más llamadas. Apagué la televisión y me dormí. Me desperté tarde y llegué una hora atrasado a la oficina. Había mucho trabajo, así que la mañana transcurrió muy rápido.
Durante el almuerzo, uno de los compañeros comentó sobre un accidente que había habido en la madrugada. Un hombre había muerto y el compañero conocía a la familia. Por todas las señas del accidente, era sin duda el accidente de Andrés. Al compañero le contó la historia una prima de la ahora viuda. Al parecer Andrés había descubierto que su esposa lo engañaba, había salido de madrugada con el carro y se había ido a empotrar a un poste de energía eléctrica intencionalmente.

El club.

El club.

Entre los colegas que venían de Honduras para entrenamientos en Guatemala estaba Francisco, un compañero un tanto nervioso pero buena onda que había venido varias veces. Era un tipo reservado y muy religioso que siempre cargaba su biblia y si había oportunidad te predicaba sobre la vida en Jesús. Era bueno en su trabajo y cumplía sus metas de ventas, así que los dueños de la empresa estaban contentos con él. Cuando con los demás salíamos a tomar algunos tragos él no nos acompañaba. Sin embargo, la última vez que vino por acá se unió al grupo y me solicitó que yo no permitiera que se emborrachara ni que se cogiera a nadie.
Mi trabajo en la empresa era buscar nuevos productos y diseñar estrategias para venderlos. Lo bueno es que los clientes son los que te piden cosas nuevas, así que hay que buscar proveedor y hacer la importación. En Honduras Francisco hacía lo mismo y constantemente nos comunicábamos por internet. Era muy eficiente y era fácil trabajar con él, pero no compartía nada más que trabajo. Supe que estaba casado y tenía dos hijos, pero no mucho más.
Por su carácter y sus antecedentes me sorprendió que decidiera acompañarnos a comer después del trabajo un viernes, cuando celebrábamos el cierre del año con muy buenas ventas. Jorge, me dijo, estoy en una situación personal complicada, y tal vez sea hora de compartir más con los muchachos. No le puse demasiada atención y así nos fuimos a cenar y tomar algunas cervezas. Habíamos terminado pronto el trabajo así que cenamos temprano y al terminar la cena uno de los compañeros sugirió que fuéramos a ver algún show a un club de strippers. Un par de compañeros dijo que prefería descansar.
Para mi sorpresa Francisco se apuntó para acompañarnos. Fue entonces cuando me pidió, muy serio, que yo no lo dejara emborracharse ni cogerse a nadie. Jorge, me dijo, te lo encargo mucho, por favor. Yo le dije que sí, por supuesto, pero no tenía la menor intención de hacer de niñero, era ridículo. Yo creo que Francisco ya estaba un poco borracho. Por favor me vayás a dejar hacer nada, me insistió al entrar al club de strippers.
Ya en el club los muchachos se la pasaron bien. Estábamos contentos de haber tenido un buen año y tranquilos porque tendríamos trabajo para el siguiente. Algunos pidieron baile privado y llegó un momento en que en la mesa sólo quedamos Francisco y yo. Él se miraba muy contento y por primera vez lo veía sonreír sin que fuera por compromiso. Se acercaron un par de muchachas a ofrecer baile, pero yo ya no tenía mucho dinero y Francisco no quería, así que no se quedaron.
Apareció una muchacha después a la que Francisco sí le puso atención. Ya estábamos borrachos, pero me acuerdo de que la mujer me parecía poco femenina, al menos de cara. Francisco la invitó a una cerveza y estaban muy entretenidos platicando. Qué te parece esa Jorgito, me preguntó. Pues está bastante bien, le respondí, y nos reímos como idiotas. No vayás a dejar que me la coja, me insistió, y nos volvimos a reír.
Fui al baño y al regresar ya no los encontré. Pasó algún tiempo y como estaba solo en la mesa, mejor me fui del club.
Al día siguiente recibí una llamada que me despertó. Era Francisco. Yo tenía resaca y dolor de cabeza. Qué querés, le respondí un tanto malhumorado.
—Jorge, anoche me dejaste solo en el club.
—Te perdiste un rato y como no regresabas me fui.
—Pero, ¿no sabés si me cogí a esa mujer? Te había pedido que no me dejaras.
—Ni idea, Francisco, de un momento a otro se perdieron de vista.
—Jorge, es que lo que pasa es que creo que no era mujer.
Tuve que contenerme para no reírme al teléfono. Le dije que sí, que era mujer, que no se preocupara. Le deseé buen viaje de retorno a Honduras. Se despidió de mí diciendobendiciones.
No hablamos del tema en los días siguientes, pero Francisco llenó su perfil de facebook con frases bíblicas. Siguió siendo tan parco como fue siempre. Pensé que iba a estar molesto conmigo, porque así es la gente, pero todo era normal entre nosotros.
Un mes después de la visita al club de strippers con los compañeros, Francisco vino rendir un informe. Antes de salir de Honduras me llamó y me dijo que si a mí no me importaba, él quería ir de nuevo al lugar, porque se encontraría con la mujer de aquel día. Le dije que estaba bien, pero no le quise preguntar si ya había averiguado si de veras era mujer. Fuimos al lugar, se encontró con ella y hablaron muy contentos. Me siguió pareciendo poco femenina de la cara. Los dejé un rato solos cuando fui al baño y al regresar ya no los encontré.