viernes, 18 de marzo de 2016

El Mundial.

El Mundial


Un mes antes de comenzar el mundial de Sudáfrica me despidieron del trabajo y a los pocos días Lucía me dejó. Solo y desempleado, me preparé para ver el mundial en solitario, decidido a aplazar la depresión. Todo sería como cuando era niño: tendría todo el tiempo del mundo. Al menos eso fue lo que creí al principio.
Sin embargo la bola de que yo tenía un apartamento de soltero corrió entre mis amigos. Mi apartamento quedaba en un lugar céntrico, así que podían llegar aunque sea a ver el segundo tiempo. Para el partido inaugural, que acá fue un viernes a las ocho de la mañana, ya tenía un par de cuates autoinvitados que llegaron a la casa, aprovechando que ese día tenían turno por la tarde. Preferían llegar a mi apartamento porque en su casa tendrían a sus mujeres enojadas porque en lugar de colaborar estarían echados viendo fútbol.
Al mediodía llegaron un par de primos míos que trabajaban cerca, llevaron chicharrones y cervezas. Uruguay y Francia no dieron goles ni mucha emoción, pero la pasamos bien. Al siguiente día, sábado, llegaron los cuates del trabajo y los primos a ver a la Argentina dirigida por el Diego. Uno de los primos trajo a una su amante, lo cual, pensé, iba a traer problemas.
Sólo los partidos que eran a las cinco de la mañana no los veía, nadie llegaba tampoco, afortunadamente.
En todo el mundial tal vez un par de partidos los vi solo. Siempre había gente, familia, amigos, amigos de los amigos. Una que otra novia que estaba haciendo puntos o que de veras era futbolera. Mi primo llevaba su amante siempre y un par de veces se encerraron en mi cuarto. La comida y bebida me salían gratis, pero me tocaba limpiar cuando todos se iban. Todo el día era fútbol. Por la mañana y al medio día, los partidos, por la tarde y noche las repeticiones y los comentarios.
Todo el mundial me pasé esperando dos llamadas. Una de algún empleo, otra de Lucía. Sin embargo pasaban los días, el mundial seguía su curso y yo sólo recibía llamadas de la gente que llegaba a la casa. La saturación de fútbol ayudaba a no pensar, a no lamentarme de mi mala suerte. Tenía la esperanza de que para la final ya todo estuviera de nuevo en su lugar.
Y así fue. Para el partido de la semifinal entre Holanda y Uruguay, Lucía me llamó. Me llamó como si nada hubiese pasado, como si nunca me hubiera dejado de hablar. Le conté que mi apartamento se había convertido en un bar deportivo y que venía gente todo el tiempo. La invité a la final y aceptó.
Cuando España ganó la semifinal contra Alemania, me llamaron para ofrecerme trabajo. Fui al día siguiente y quedé contratado, y además empezaba el lunes después de la final. Todo parecía sonreír y yo pensaba que había alguna trampa por ahí, que las cosas no podrían ser tan fáciles.
La final entre España y Holanda la vi en mi casa con Lucía de vuelta, con los amigos, y ya con empleo. Y cuando Iniesta marcó el gol de la victoria y supe que terminaba el mundial, lloré como si yo hubiera sido el que estaba ganando el mundial. Había cierta nostalgia de pensar que ya no tendría fútbol, y que el lunes me esperaba algo nuevo, que no se sabía cómo vendría. No contaba yo con que Lucía se iba a quedar esa noche e iba a descubrir una tanga de la amante de mi primo entre mi ropa. Por más que le expliqué cómo había sido todo, por más que le rogué no me hizo caso y se fue a su casa. No contestaba mis llamadas de nuevo.
El trabajo por otra parte era bueno, cansado como cualquier otro, pero bueno.
Le escribía emails casi a diario porque ya no tenía mundial para entretenerme. A veces le enviaba flores. Tardó cuatro meses en hablarme de nuevo, después de una larga conversación y después de prometerle muchas cosas. Aún hoy seguimos juntos. Pero ahora que empieza el Mundial de Brasil, tengo prohibido invitar amigos.

jueves, 17 de marzo de 2016

El centro comercial abandonado.

El centro comercial abandonado.


Cuando era niño cerca de mi casa había un centro comercial abandonado. Era grande, con parqueo de tres niveles. En sus mejores tiempos estaba lleno de gente, pero después de varios cambios de dueño y de una mala administración los locales fueron desapareciendo hasta dejar vacío el lugar.
Al día siguiente de haber cerrado el último local fui con mi bicicleta a darle un recorrido entero al comercial a solicitud de mi papá, que había quedado como encargado del lugar. Había algunos montones de basura por aquí, algunos muebles viejos por allá y un terrible silencio por todos lados. Me gustaba la libertad de recorrer en bici los tres niveles del parqueo y acelerar a todo lo que daban mis piernas.
Mi papá era la única persona que había quedado con una oficina en el lugar. Por las tardes mi papá atendía a los tres policías privados que cuidaban y luego se encargaba de la papelería. Yo lo acompañaba y toda la tarde me pasaba en la bici dando vueltas, a veces me metía en los pasillos del comercial, paseaba por las salas de cine y hacía piruetas en las gradas eléctricas sin movimiento.
Dos meses después de que el comercial fuera abandonado uno de los policías llevó a su hija, que tenía diez años, como yo. Se llamaba Alejandra y también llevó su bicicleta. Al principio fue un poco huraña y sólo se limitaba a andar conmigo sin decir casi nada. Tenía el pelo más liso y los ojos más negros que yo he visto. Cuando se decidió a ser amigable nos llevamos muy bien.
Recorríamos los pasillos del comercial y los parqueos por las tardes en bicicleta, hacíamos carreras y ella siempre me ganaba. Sacábamos los maniquís de la boutique y los disfrazábamos, jugábamos a ir al cine y ver películas que sólo nos imaginábamos. Con las maderas viejas del lugar construimos pequeñas rampas para saltar con la bicicleta. Nos caímos y raspamos los brazos y las rodillas muchas veces.
En la juguetería hallamos patinetas y patines y los incluimos en nuestros recorridos. A  Alejandra le gustaba probarse los vestidos de la boutique  y a veces se pasaba mucho tiempo viéndose al espejo cómo le quedaban.
—¿Verdad que me miro linda, Rubén?
—Sí Ale, pero ya venite a jugar pues.
Cuando llegó el período de vacaciones fue mejor porque íbamos mañana y tarde, sólo hacíamos escala a mediodía para almorzar en mi casa. A veces invitaba a algunos amigos de la colonia, y era más alegre todavía. No nos gustaban los domingos porque nos quedábamos en casa o salíamos a otra parte con nuestras familias. Siempre recuerdo esas vacaciones como las mejores de mi vida.
A finales de diciembre, después de  navidad, supimos que el comercial tenía un nuevo dueño. En enero llegaría a revisar el lugar. Se hablaba de que iban a demoler el comercial y a construir un edificio de apartamentos. Nosotros sin embargo éramos optimistas y pensábamos que quizá el proyecto se llevaría más tiempo de lo previsto y que todavía disfrutaríamos un tiempo más de nuestro comercial.
El nuevo dueño llegó una tarde de enero al lugar para inspeccionarlo. Alejandra y yo lo vimos venir desde la zapatería del segundo nivel. Lo fuimos a esperar a la entrada del parqueo, en donde el papá de Alejandra le abrió la puerta. Era un tipo bien vestido y perfumado, de esos que arrugan la nariz porque parece que todo les huele mal y a quienes toda la gente quiere complacer no se sabe bien por qué. Nos cayó mal, por supuesto.
El tipo vio todo el lugar y dijo que sí, que lo mejor sería demolerlo para hacer algo mucho mejor, a quién diablos se le había ocurrido hacer un centro comercial en aquel lugar. Hizo algunas llamadas telefónicas con su celular y dijo que al siguiente día empezarían a trabajar. Dijo que no quería ver a ningún niño jugando en bicicleta por el lugar.
Alejandra salió llorando aquella tarde. Yo me fui a casa y me encerré en mi cuarto muy molesto. Al día siguiente fuimos y vimos cómo sacaban basura, madera y muebles viejos. Ese día ella me dijo que gracias por haber sido su novio ciclista. Yo me habré puesto bien rojo porque ella se rio y dijo que parecía tomate.
La construcción del edificio de apartamentos duró un año y a los dueños les llevó algún tiempo llenarlo de gente.
El papá de ella halló trabajo en otra parte y además se mudaron de casa y no supe más de Alejandra hasta unos quince años después, cuando me la encontré en un comercial de la mano de su novio. Seguía teniendo el pelo más liso y los ojos más negros que he visto en la vida. El entusiasmo con que me saludó incomodó al novio, pero no le presté demasiada atención porque me alegró verla.
Me contó que había llorado mucho cuando dejamos de vernos. Se recordaba de ese tiempo en el comercial abandonado como las mejores vacaciones de su vida. Luego se despidió, entró al cine con su novio y desde entonces no la he vuelto a ver. La llamé un par de veces para pedirle una cita. Puso excusas a la primera y a la segunda vez que llamé me dijo que era mala idea reunirnos porque se iba a casar pronto.

miércoles, 16 de marzo de 2016

La pasajera desconocida.

La pasajera desconocida.


Un viernes después de una semana cansada en la oficina fui a traer a mi mujer. Había un tráfico intenso y yo tenía dolor de cabeza. Me estacioné en la calle frente al edificio en donde trabajaba y apenas distinguí su uniforme y su silueta quité el seguro de la puerta del copiloto. Entró, nos dijimos hola y arranqué. Estaba tan agotado que me pareció que era una sombra la que entraba. Ella dijo que estaba muy cansada. Media hora después sonó el celular; era el número de mi mujer. Hasta entonces me di cuenta de que no era mi esposa a quien llevaba conmigo.
Lo primero que pensé cuando vi el número fue que el teléfono estaba funcionando mal. Luego volteé al asiento del copiloto y vi a una mujer dormida que no era mi esposa. No tenía idea de quién era. Contesté el celular y mi mujer me dijo que me estaba esperando. No podía decirle que me había equivocado y ahora llevaba a otra persona, así que le dije que iba para la casa porque tenía dolor de cabeza, que me disculpara. Dijo algo que no recuerdo y colgó molesta.
Después de colgar el teléfono me eché a reír. La mujer que me acompañaba no parecía ser peligrosa y supuse que ella también se había confundido con el carro de su novio o marido. La vi tan plácidamente dormida que no quise despertarla. La sorpresa me quitó el dolor de cabeza y el cansancio. Volteaba a ver a la durmiente de al lado y me reía solo. Ya había oído de gente que olvida a su pareja en una gasolinera, pero no que se confundieran así.
La pasajera desconocida era una mujer veinteañera, de pelo y pestañas largas, delgada y de buen porte, como mi mujer. Despertó asustada, como si hubiera despertado de una pesadilla. Me preguntó quién era, qué quería con ella y qué había pasado. Le pedí que se calmara, que respirara profundo y que me escuchara. Cuando lo hizo y entendió todo, se echó a reír y hubo un momento en que los dos reíamos sin parar. ¡Pero qué bruta soy!, decía entre carcajadas. ¡Qué bruta!
Se llamaba Andrea y trabajaba en la misma empresa de mi mujer, aunque dijo no conocerla. Su novio tenía un carro muy parecido al mío y se subió como hacía todos los días, sin fijarse en detalles. También había tenido una semana muy cansada en el trabajo. Su casa me quedaba en el camino, así que decidimos que ya que estábamos en el tráfico yo pasaría dejándola. Resultó ser una mujer simpática. Los dos coincidimos en que la situación era cómica. Llamó a su novio y le dijo que una amiga le había dado jalón y había aprovechado. El novio se molestó porque la estaba esperando frente al edificio de donde yo la había recogido. La había llamado varias veces pero ella no había contestado. Tenía su celular en su bolsa y en vibrador.
El tráfico estaba muy pesado. Después de una hora y media dejamos de avanzar y el tráfico se paralizó totalmente. Ya era de noche. La gente apagó sus carros y comenzó a bajar a estirar un poco las piernas. Las noticias en la radio indicaban que habían habido al menos dos accidentes graves y varios menores, que la situación era inédita en la ciudad. Un policía de tránsito en moto pasó diciendo por un altavoz que tuviéramos paciencia, que al menos pasarían dos horas antes de que la situación comenzara a mejorar.
A la par de mi carro había un grupo de muchachos universitarios en una camioneta agrícola. Algunos de ellos eran músicos que iban a una fiesta. Sacaron sus guitarras y percusiones y se formó un pequeño grupo de gente. No sé de dónde salieron las cervezas que se repartieron entre los que estábamos por ahí. Una panel que iba a un evento puso a la venta la comida que llevaba, a sabiendas de que no llegaría a su destino en buen estado. En general la gente se estaba tomando relajadamente el extraordinario embotellamiento.
Supe que Andrea había emigrado del interior a la capital para estudiar en la universidad y que sus metas eran viajar algún día a París, tener una familia, una casa muy grande y un empleo bien pagado. Era una mujer determinada, soñadora e ingenua, como suelen ser los veinteañeros. Su novio estudiaba en la universidad con ella los fines de semana. Vivían juntos y pensaban casarse. No quise decirle que lo más probable era que en diez años ya no tuviera tantos sueños. Quizás y ella sí lo lograría y al lograrlo fuera tal como lo había imaginado.
El grupo que se había formado era de veinteañeros, sólo los de la comida y yo teníamos más de treinta. Cantaban con entusiasmo, daba gusto verlos cantar. Andrea estaba contenta y en algún momento de la noche me sacó a bailar. El grupo creció cuando comenzamos a bailar. De pronto el tráfico pesado se había transformado en una pequeña fiesta.
Estuvimos tres horas bailando, cantando, platicando y tomando cerveza. Hasta yo hice de músico desafinado y canté un par de canciones que me sabía en guitarra. Justo cuando se acabó la cerveza, un policía de tránsito en moto pasó diciendo por altavoz que en poco tiempo volvería a fluir el tráfico, que regresáramos a nuestros carros. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos, no sin intercambiar números de teléfono y prometer que nos reuniríamos de nuevo para repetir la fiesta en otro lugar. Y por supuesto, nunca repetimos.
¿Qué cool estuvo, verdad? dijo Andrea cuando subimos al carro y comenzamos a avanzar. Puse música y ella bailaba feliz en el asiento del copiloto. La dejé en su casa y acordamos no enterar a su novio ni a mi mujer de lo que había pasado. A mi mujer le dije que había tomado dos cervezas y había dormido todo el embotellamiento.
Poco tiempo después hubo una fiesta por el aniversario de la empresa en la que trabajaba mi mujer. Fui invitado. Asistí esperando encontrarme de nuevo con Andrea. La vi en el vestíbulo del hotel en que se celebraba la fiesta. Me contó que un día vio mi carro estacionado frente al edificio y tuvo la tentación de subirse de nuevo. Coincidimos con una sonrisa en que fue mejor que no lo hiciera.
No volví a ver a Andrea. Ahora tengo cuidado de verificar que sea mi esposa la que se sube a mi carro.

El suicida.

El suicida.


El lunes había tomado la decisión de suicidarme. Pero no como producto de una depresión severa o de alguna deuda o de alguna mujer desalmada que me hubiera traicionado. No. Simplemente la pura gana de llevarle la contraria a Dios, la naturaleza, el destino o como le llamen ustedes. ¿Cómo es eso que yo no puedo decidir cuándo acabar con esta vida (iba a decir de mierda pero mi vida no es de mierda)?
Le comuniqué mi decisión a mi amigo Humberto y él, como siempre, me dio su total e irrestricto apoyo. Esos son los amigos. Mi familia no lo entendió tanto pero la aceptó, porque una decisión así, tomada en ejercicio total de las facultades mentales, se debe respetar.
Ya con el apoyo de mis amigos y familia fui al puente El Incienso, el clásico punto de suicidio. Quería que la última sensación fuera de vértigo. Ya situado en el puente, decidí llamar a Humberto.
—Mirá mano, ya estoy aquí en el puente, a punto de tirarme —le dije envalentonado.
—Yo estoy con vos manín, vos sabés que podés contar conmigo para todo.
—Gracias vos, sólo llamaba para despedirme. Si voy al cielo o al infierno, vengo a contarte cómo es la onda, así como habíamos quedado.
—Orale pues. Pero te tirás de cabeza, sos hueco si no lo hacés.
—Me canso ganso. Así cuando me encuentren los bomberos tendré la cabeza insertada en el tronco, y no como con los morros que se tiran de pie, que tienen el fémur metido entre los pulmones. Yo soy de los huevudos manin.
—Orale pues, buen viaje.
Al terminar la plática, no voy a negar que me entró un poco de tristeza, al fin y al cabo soy un ser humano.
Ya estaba tomando impulso, cuando sonó mi celular. Algo se le ha olvidado al Humberto, pensé.
—Aló, qué onda —contesté apurado, ya la adrenalina estaba fluyendo.
—Hola tío, soy Paoli —dijo una vocecita al otro lado de la línea—. ¿Qué estás haciendo tío?
—Pues aquí trabajando —mentí.
—Hay te acordás de venir a mi piñata el domingo, te voy a dar tu sorpresa con dulces y juguetes para niño —dijo Paola, recordándome la celebración de su cumpleaños.
—¡Es cierto! El domingo cumplís los cinco, gorda. Tal vez no voy a estar.
—Yo me voy a poner triste si no vas tío —dijo con voz apagada la Paoli.
—Está bien, ahí voy a estar.
—¿Puedo colgar ahora tío?
—Sí claro.
Me quedé un rato viendo al vacío, con las palabras de la Paoli todavía sonando en mis oídos. Me volteé, subí la baranda de regreso y me fui caminando a la oficina.
Otra vez que no lo hiciste, sos un hueco, me dijo el Humberto cuando le conté. Soy un cobarde, qué le vamos a hacer, le contesté.

lunes, 14 de marzo de 2016

El empleado de centro comercial.

El empleado de centro comercial.

Conseguí un empleo en un quiosco en el que se vendían celulares y accesorios. Era en un centro comercial de moda. Había rebotado de trabajo en trabajo haciendo lo que cayera. Cuando me dieron el empleo pensé que todo iba a ser de una manera muy diferente. En los centros comerciales todo parece muy bonito pero muchas veces por dentro está podrido.
Cuando empecé con el trabajo acababa de cumplir veintrés años. El comercial quedaba cerca de mi casa, me pagaban el salario mínimo. A veces. Charlie, el dueño del quiosco, era un tipo simpático pero era desobligado y distraído. Nunca tenía dinero para pagarme. A veces me tocaba esperar una semana para que me pagara el salario del mes, a veces incompleto. Eso sí, Charlie manejaba un carro del año y tenía siempre el último celular y la última tablet que habían salido al mercado.
Nunca fui un tipo luchador, así que aguanté en el empleo porque al fin y al cabo algo tarde pero llega el sueldo. Aprendí a manejar el dinero y el inventario de tal manera que yo mismo me adelantaba el dinero del sueldo y cuando llegaba el pago, lo reponía. Por último dejé de reponer el dinero, pero de eso todavía no hablaré.
Como cualquier empleo al principio era atractivo pero al poco tiempo ya era tedioso y parecía sin sentido. Es ridículo que la gente gaste tanto dinero en comprar y mantener un celular de moda y después no tenga para comprar comida o medicinas. Lo ví muchas veces. Recuerdo a una señora que llegó con fiebre y visiblemente enferma a comprar un estuche para iPhone. Me mostró la receta del doctor, no le alcanzaba para pagar la medicina, así que se gastaba el dinero en un estuche bonito para no sentirse tan mal.
En el mismo nivel en donde estaba mi quiosco había otro en el que vendían artículos de cuero. La encargada, María, se hizo amiga mía casi de inmediato. Yo le echaba un ojo a su local cuando iba al baño o a comer y ella hacía lo mismo conmigo. Ella era lo único bueno de tener ese trabajo.
El primer año fue particularmente sufrido con lo del pago. Charlie siempre me trataba bien, pero no me pagaba a tiempo. Su contador sí que me contaba las costillas. Cuando aún era nuevo y temía que me quitaran el empleo, pasaba días sin almorzar porque no tenía dinero. Iba al supermercado a comer de las degustaciones, pero no alcanzaba y no era de todos los días. María se daba cuenta y sin decirme nada me iba a dejar un pan con frijoles o una taza de café. Al poco tiempo ya estaba enamorado como un idiota de esa mujer.
María era dos años mayor que yo, algo regordeta pero con buenas curvas. Tenía una sonrisa muy agradable, que utilizaba como arma de venta. Le iba bien con eso. Su quiosco vendía bien, la dueña era una pariente suya y además estaba bien surtido y bien administrado. Era un verdadero negocio. Mi quiosco era un desastre y aparte de que no me pagaban a tiempo, no había renovación de producto y los clientes dejaban de preguntar por nuevos productos.
La administración del comercial era estricta. Cada cierto tiempo pasaban viendo que estuviéramos en nuestro lugar, que los quioscos estuvieran limpios y bien presentados, que no hubieran clientes desatendidos. A veces se les pasaba la mano. Llevaron casi a la humillación el regaño que le dieron a una mujer por abandonar su quiosco. Varios de los empleados intervenimos, porque lo que sucedía es que había enterrado a su padre el día anterior y de vez en cuando iba al baño a llorar. Tuvo que llegar al trabajo porque no había quien cubriera el negocio ese día.
Después del primer año en el empleo llegó un nuevo dueño que le quitó a Charlie el derecho del quiosco por una deuda que no le pagó. Con este sí había paga a tiempo, pero me trataba mal, me regañaba sin motivo y me descontaba dinero por cualquier cosa. Para ese entonces María me había rechazado varias veces.
María tenía un su novio del que estaba muy enamorada, pero que no la quería. Yo le decía que estaba perdiendo el tiempo con él, que yo la quería bien. Sin embargo yo para ella sólo era el mejor amigo. Como no tenía mayor cosa que hacer, insistí e insistí hasta que ella cayó. Al cumplir mi segundo aniversario en el trabajo ya éramos novios.
Después de haber tenido un año de estabilidad laboral y de al fin conseguirme una novia, el futuro parecía bueno. Pensábamos independizarnos y abrir un negocio propio. Hablábamos de planes y de futuros en donde estaríamos muy bien. Ahorramos durante un año pensando en casarnos. Así cumplí tres años en el quiosco y era feliz.
Luego todo se derrumbó. De nuevo cambió de dueño el quiosco y ahora volvió el Charlie, que había comprado de nuevo el derecho pero ahora ya no era amigable ni simpático, se había vuelto un tipo irascible y amargado. Volvieron de nuevo los atrasos en los pagos, el producto sin renovarse y los problemas.
Fue ahí en donde me dejé de preocupar por llevar bien las cuentas. Yo tenía mis planes y mis metas y no podía dejarlos aparte por un mal administrador. Junté dinero y renuncié y me cambié de empleo para otro comercial. Ahí se arruinó todo con María.
Le conté que que renunciaba, que ya no podía seguir en ese lugar. El error que cometí fue contarle que como no me pagaban, yo tomaba el dinero de las ventas y a veces tomaba un poco más. Su cara enamorada cambió totalmente después de hacerle tal confesión. Ella conocía al dueño, sabía cómo era y sabía lo que me tocaba pasar por su culpa. Pero nunca entendió que yo no robaba, que yo tomaba lo que me correspondía, y que si me hubiese tratado bien yo no tendría por qué haberlo hecho.
Poco a poco se fue distanciando hasta que un día que llegué a visitarla la encontré platicando con un tipo al que miraba como me había dejado de mirar a mí. No volví a llegar ni ella me volvió a llamar. Esa última vez que nos vimos fue como un rompimiento tácito, como un fin amistoso de contrato.
Sigo vendiendo celulares y accesorios en un quiosco de comercial. La paga no es tan mala, y si hay necesidad la complemento con maniobras de caja y de inventario, de tal manera que no se nota mucho y puedo continuar con el empleo. Estoy más gordo y ahora me emborracho siempre en los días libres. Me sigue pareciendo ridículo que la gente gaste tanto dinero en comprar y mantener un celular de moda.

viernes, 11 de marzo de 2016

La Barbie.

La Barbie.

La Barbie era una morena guapa, de sonrisa enorme, pelo negro largo y una malicia encantadora. Nos conocimos desde pequeños, íbamos al mismo colegio y estábamos en el mismo grado. Siempre se metía en problemas, pero desde pequeña supo que su gracia y belleza la podían sacar de apuros. Su sonrisa era su principal arma. Y por supuesto, siempre me tuvo de su lado como a un pendejo.
Ella jugaba fútbol con los cuates de la cuadra en la calle y cuando la pelota caía en una casa vecina, ella trepaba a la pared, entraba a la casa y volvía con la pelota, si los habitantes de la casa no salían a abrir para devolverla. Lo hacía con tal naturalidad que para nosotros era normal. Una vez un vecino se dio cuenta de que alguien había entrado y cuando salió a la calle me vio con el balón. Me señaló como culpable y se quejó con mis papás. La Barbie dijo que ella había sido, que yo no tenía la culpa, pero nadie le creyó. Estuve castigado dos semanas sin tele ni salir a la calle.
La Barbie me hizo varias tarjetas disculpándose y cuando regresé del castigo me recibió con un abrazo. Teníamos diez años y comenzamos a ser más amigos. Yo iba a su casa a hacer las tareas o a jugar videojuegos. Poco a poco fueron desapareciendo las travesuras de niños y ella se alejó del fútbol de la calle. Un par de años después se fue del vecindario pero seguimos comunicados por internet.
Cuando cumplió quince años sus papás le hicieron fiesta. Ella me pidió que yo fuera su caballero. Quise evadir la invitación pero fue muy insistente y yo a la Barbie no le podía negar nada.
—Bárbara, —le decía—, yo apenas estoy cambiando de voz, voy a hacer el ridículo total.
—No hombre, Rubén, —respondía—, la vamos a pasar bien.
Y en efecto, hice el ridículo total. Yo, un adolescente flaco, con acné y todavía con un poco de cara niño, a la par de una guapa adolescente, casi mujer. Las fotos del evento están en mi galería particular de la vergüenza. Sin embargo, la Barbie se encargó de que la pasáramos bien y en el baile se me olvidó mi calidad de ridículo de la noche. Esa noche, cuando regresé a casa, la extrañé por primera vez.
Seguimos comunicados por internet, pero rara vez nos veíamos. A veces me invitaba a su casa a que la ayudara con matemáticas o física fundamental. Tenía varios enamorados que la llamaban todos los días. Yo siempre pensé que estaba fuera de mi alcance, así que no dije mucho, salvo que siempre estaría de su parte. Tuvo algunos novios, pero tan rápido como se enamoraba los olvidaba. Hasta que llegó Gonzalo, quien cambió la historia.
Conoció a Gonzalo en un evento evento escolar, me contó emocionada por el chat. Ya teníamos dieciocho años los dos. El Gonzo es cool, me dijo. El Gonzo era un rebelde sin causa, hijo de una familia acomodada venida a menos. Su principal afición era entrar sin permiso a casas o apartamentos de ricos y armar fiestas. Tenía contactos que le proveían direcciones y nombres. La Barbie me invitó un par de veces, y la verdad nos la pasamos bien.
La estrategia era sencilla. Debían averiguar bien los nombres de los dueños e identificar bien a los policías privados que abrían los parqueos. Se conseguían las llaves con el personal de limpieza o gente cercana. La encargada de seducir a los policías privados y a las personas de la limpieza era la Barbie. Estuvieron a punto de atraparlos varias veces. También hubo una vez en que uno de los ofendidos ‒el dueño de la casa donde era la fiesta‒ en lugar de denunciarlos se unió a la misma y terminó borracho, cantando música de protesta acompañado de una guitarra desafinada.
Al año siguiente la Barbie dejó al Gonzo. Se puso fastidioso, me dijo. Las fiestas se terminaron.
Cuando al fin superé la adolescencia, invité a salir a la Barbie y en una noche desesperada, le dije que la quería. Se puso a reír a carcajadas, dijo que era una buena broma, que no estaba para esas cosas ahora, que estaba loco, que qué me pasaba, que por qué le decía esto ahora, que era un idiota. Tenía que hacerlo Barbie, le respondí. Hablaba rápido, se puso agitada y me dijo que me largara. Al día siguiente me llamó para disculparse, pero ella no quería pensar en nada de eso ahora.
Después de eso nos distanciamos durante algunos meses. Ella retomó el contacto y hubo un acuerdo tácito de no mencionar el suceso. Me contó que su padre se había metido a unas deudas muy grandes y que no sabían qué hacer. Ya encontrarás cómo resolverlo, le dije, si necesitás de mí estoy a la orden, Barbie. Poco tiempo después me llamó para que la llevara a hacer una diligencia.
Llegué por ella a su casa en mi carro y fuimos a un edificio de apartamentos y me quedé en la calle esperando. Unos minutos después ella salió sonriente con una maleta, se subió al carro y me dijo que la fuera a dejar de regreso a casa. No preguntés qué llevo, Rubén, por favor.
Lo que hacía la Barbie era entrar a los apartamentos y a las casas de ricos de las fiestas de antes, pero ahora ya no a fiestear, sino a robar lo que pudiera. Con su gracia y belleza podía inventarse lo que quisiera y así no forzaba ninguna puerta, ni tenía que lastimar a nadie. Los mismos dueños le daban a veces la llave, bajo el engaño de la limpieza o algún servicio necesario. Lo sospeché al principio, pero no fue sino hasta hace poco que ella me contó todo. Robaba para juntar lo de las deudas de su padre. La mala suerte fue que en último golpe, con el cual terminaría sus andanzas y saldaría las deudas, la atraparon.
Del arresto de la Barbie me enteré de la peor forma. Salió su foto en una noticia de la web con el titular “joven mujer arrestada por robar en apartamentos”. Los comentarios de los hombres no se hicieron esperar porque salía bonita en la foto. Había entrado a un edificio con un par de cómplices y habían vaciado varios apartamentos. Los agarraron con las manos en la masa. Fui a tribunales a buscar su caso y encontré el juzgado que le tocaba a su caso. Cada vez que había audiencia yo iba a verla, hasta que me pidió que no lo hiciera.
Como no habían agravantes de violencia y fueron pocos los robos que le comprobaron, no pasó mucho tiempo en la cárcel. La fui a ver algunas veces, no muchas, porque decía que no le gustaba que la viera de esa forma. Cuando salió de la cárcel me llamó para que la fuera a traer. No la fui a dejar a la que era su casa, la fui a dejar con un tipo a uno de los apartamentos en donde la habían agarrado in fraganti robando.
Me agradeció el favor, pero me pidió que no la buscara. Ella iba a eliminar todas sus cuentas de internet y no me quiso dar su número de celular. Al despedirse me pidió por favor, casi rogando, que no intentara buscarla. Hay te llamo, me dijo, temblando la voz.
Ya pasó algún tiempo de eso y por supuesto, no la he buscado. A veces por las mañanas, cuando hace un día soleado pienso, no sé por qué, que ella va a llamar. Pero otras veces pienso que ya no va a llamarme y quién sabe si la vuelva a ver.

El ladrón del vecindario.

El ladrón del vecindario.

No había descubierto algo que me apasionara y me hiciera sentir vivo hasta una mañana en la que ingresé a una casa vecina y robé algo de dinero y joyas. Me considero una persona normal. O eso creía, ya no estoy seguro. Mis padres siempre me quisieron y me apoyaron, tengo una carrera universitaria, un empleo y una buena esposa. Tengo también buenos amigos. No sé por qué me transformé en un ladrón de vecindario.
Vivo en un barrio de clase media-alta aspiracional. Gente que obtuvo un buen empleo y que decide subir de estatus social y compra a plazos grandes casas y carros. Pocos de ellos tienen dinero de verdad, la mayoría debe todo. Me vine a vivir aquí por la insistencia de mi esposa y mis suegros y además a mis padres les agradó el lugar, pero a mí nunca me convencieron esos aires de superioridad wanabee del vecindario.
Pero bueno, a todo hay que adaptarse y además el lugar es bonito. Como tengo un buen empleo y carrera universitaria y mi esposa también, logramos encajar, lo que quiere decir que nadie se mete con nosotros. Ella hizo amistades por acá, con señoras de mediana edad cuya conversación ronda alrededor de los lujos que se pueden permitir.
No me parece que alguien deba sentirse superior sólo porque por cuestiones del azar tuvo mejores oportunidades. El único mérito, si es que hay alguno, es no haberlas desperdiciado. Pero ni eso debería ser mérito, es lo que tocaba para preservar tu situación de privilegio. Pero si nada de lo que tenés es tuyo, si todo se lo debés al banco, gran cosa no hay que presumir. El pensamiento de estas y otras cosas era lo que me molestaba y en ocasiones me amargaba.
Con las únicas personas que yo tengo una relación amistosa es con los Gramajo, una pareja de comerciantes que compró su casa en efectivo. Son los únicos que me merecen respeto, y además son los menos dados a hablar de grandezas y adquisiciones materiales con el fin de ostentar e impresionar. Con Carlos a veces nos reunimos a ver un partido de fútbol y a tomar una cerveza cuando nuestras mujeres salen de paseo los śabados.
Carlos hizo fortuna como comerciante aunque nunca obtuvo un título universitario. Algunas personas le dicen ‘licenciado’ como queriendo ponerlo a la par de ellos, como diciendo que si no lo fuera no le hablarían. Son una partida de presumidos sin dinero, me decía. Igual que en mi caso, su esposa había decidido el lugar y la compra. Es bonito, lástima la gente, comentamos un día.
Un día perdí la llave de la casa y tuve que llamar a un cerrajero. Llegó con sus herramientas y en menos de un minuto abrió la puerta. Me quedé fascinado por su facilidad para hacerlo. Lo interrogué todo lo que pude acerca del funcionamiento de las cerraduras, al punto de que lo invité a una cerveza en la casa. Cuando se fue, me metí al internet a averiguar todo lo que pude. Practiqué con las cerraduras de mi casa y las de mis padres durante un mes. La idea era entrar a las casas vecinas y saber cómo vivía esa gente, ver sus miserias y reírme un poco.
La primera casa a la me metí fue a la de los Díaz, una pareja de médicos gordos que siempre protestaban por cualquier cosa en las reuniones de vecinos. Eran los más presumidos. Entré fácil un martes por la mañana, entré a todos los ambientes y encontré un desorden total. En la sala todo parecía ordenado, pero en los dormitorios y demás ambientes era evidente el problema de acumulación. Habían dos bicicletas estacionarias y una caminadora que obviamente no se usaban y que solo servían para tender ropa. Cajas con productos que no se abrieron, libros y revisas de cualquier clase. En el baño había un par de blisters de tafil.
Después de la inspección, encendí la televisión y tomé una cerveza de la refrigeradora y unos snacks que tenía por ahí. Estaban transmitiendo un capítulo de Sienfeld en donde encuentran unas cartas del escritor John Cheever a un amante homosexual. No había visto ese episodio, pero sí había leído un par de cuentos del escritor. Después de ver la tele, fui al dormitorio de ellos y me hice con unos pocos billetes de a cien quetzales y tomé unas joyas de ella, que resultaron ser de fantasía. Nunca reportaron el robo.
Seguí entrando furtivamente a las casas, y a veces habían sorpresas. Un tipo que parecía muy decente tenía pornografía infantil, una señora muy católica tenía una colección de consoladores. Un tipo que siempre me pareció tosco y algo bruto tenía una buena biblioteca, con libros en los que además de leer anotaba. En general la vida de la gente es aburrida, pero al entrar en las casas te enterás con qué intentan salir del aburrimiento.
Nunca robé mayor cosa salvo en la primera incursión en la que me robé dinero y joyas que resultaron ser de fantasía. Lo que me llevaba de las casas era algo de comida, alguna revista, a veces un libro. Me gustaba sentarme en los sofás de la gente e intentaba ver cómo veían el mundo desde su propia burbuja. Me excitaba la posibilidad de ser descubierto.
Me hice amigo de los policías de la colonia y además contaba con la ventaja de que no habían cámaras. Antes de entrar en cada casa anotaba en una libreta los itinerarios de los dueños, incluyendo especialmente a las personas de la limpieza. El facebook era una herramienta muy útil, porque así sabía en dónde estaba la gente. La mejor hora era a media mañana, cuando la gente del servicio va a abastecerse, los niños están estudiando y los papás trabajando.
Entré a casi todas las casas vecinas a la mía. El día en que entraba a alguna casa pedía permiso en el trabajo, privilegio que me gané por ser el único que entrega a tiempo su trabajo. A dos casas nunca he entrado, ni creo que lo haga: a la de los Gramajo, en donde está mi amigo Carlos y a la de un tipo que se pasa todo el día en pijama trabajando en algún negocio que no entiendo de internet. Parece que no se baña seguido.
Después de visitar a escondidas a casi todo el vecindario, se terminó la diversión. Volver a entrar ya no era lo mismo. En alguna reunión de vecinos alguien mencionó que parecía que se habían entrado a su casa, pero sin robar nada. Los demás no le hicieron mucho caso. Una vez Carlos insinuó que yo podría ser el visitante desconocido, pero más en son de broma. Como parece que los odiás tanto, me decía.
Así que terminé mi vida delictiva como ladrón del vecindario.
En la oficina casi nunca me quedo después de la hora, pero un día llegó la noche y todavía estaba trabajando en una presentación importante para el día siguiente. Entró un hombre de la limpieza, que se sorprendió al verme pero me saludó cordial. Platicamos durante un rato y así me enteré de cómo es su trabajo y de cómo tiene acceso a varias oficinas dentro del edificio. Me contó también sobre el protocolo de seguridad. Pedí servicio de comida a domicilio y lo invité a cenar para que me contara más. Luego platiqué con gente de la seguridad del edificio para saber más cosas.
Ahora entro furtivamente a las oficinas del edificio. Es sorprendente lo fácil que es entrar, y si vas con uniforme de personal de limpieza ni te voltean a ver.